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sábado, 4 de noviembre de 2017

  • 4.11.17
En estos días en los que tenemos aún tan cercanos los días de Todos los Santos y de los difuntos, y en los que inexorablemente se imponen modas ajenas a nuestra cultura, es el momento de recordar, aunque sea someramente, la Historia de los cementerios de nuestro pueblo.



La aparición de un núcleo de población lleva aparejada, de forma paralela, la elección de un lugar en que llevar a cabo los enterramientos. Este hecho se produce en El Viso, muy posiblemente, desde el repartimiento, donde junto a una pequeña capilla o ermita, serían enterrados los que en el lugar fallecían.

Con la consolidación de El Viso como pueblo, aunque pequeño, allá por los siglos XV- XVI, es en torno a la parroquia donde podemos hablar de un cementerio, al igual que en torno a la que fue ermita de San Sebastián, en el Cañalizo. Esto hace que podamos hablar de la existencia de dos cementerios, pero no hemos de entender el concepto con la mentalidad de hombres y mujeres del siglo XXI: un recinto perfectamente murado y porticado, con un horario de apertura y cierre, y bajo la potestad, por regla general, del Ayuntamiento. Estamos hablando simplemente de un espacio junto a un templo, en el que una cruz, nos señala el carácter sagrado del espacio. Esto se complementa con un “carnero” o pudridero en el que se depositaban los restos de los que eran desenterrados para aprovechar la tumba, pues uno de los problemas era el espacio.

Hay que recordar que en el antiguo régimen la muerte, la temida muerte, no igualaba a los hombres, pues los que podían pagar su enterramiento, o pertenecían a alguna cofradía, eran enterrados en el interior de los templos, mientras que los pobres, los que no tenían nada, lo hacían en sus aledaños, de ahí que sea habitual encontrar en las cercanías de las iglesias, tal y como ocurre en el caso de El Viso, una pequeña plazuela conocida como Padre Nicasio.

Si durante los siglos XV y XVI hubo dos lugares de enterramiento, en el siglo XVII hemos de añadir uno nuevo: el convento del Corpus Christi, lugar en el que también eran enterradas aquellas personas que así lo estipulaban en sus mandas testamentarias, tal y como encontramos en los protocolos notariales de la época. En sus testamentos destinaban dinero para un número determinado de misas durante su funeral, a la par que una determinada propiedad o renta para que en el templo se celebrasen tantas misas como fuera posible a lo largo del año, siendo uno de ellos el del aniversario, y todo ello con la esperanza de ascender a los cielos tras la muerte, o en caso de quedar en “el limbo” poder expiar lo antes posible sus pecados para ir a los cielos.

Todo este panorama cambia a finales del siglo XVIII, cuando el rey Carlos III intenta regular los lugares de enterramiento, por lo insalubres que eran, pues la pestilencia que se respiraba en el interior de las iglesias únicamente era contrarrestada por las fumarolas del incienso que se quemaba en las iglesias. La Real Orden prohibía los enterramientos en los templos, hecho que provocó un gran impacto en las mentalidades del momento, a la par que instaba a la creación de cementerios (en el sentido moderno) en las afueras de los pueblos, por lo que el Ayuntamiento de El Viso ve como conveniente situarlo en el entorno de la ermita de San Sebastián, lugar en el que, desde siempre, se habían llevado a cabo. Para ello se tapió un espacio, se le colocó puerta de entrada, con el objeto de cumplir con lo estipulado por la Real Orden.

Sin embargo, el lugar no era el más idóneo para dedicarlo a camposanto, en una época en la que El Viso estaba creciendo mucho, y el cementerio quedaba “a un tiro de piedra” de la localidad. Esta cercanía provocaba malos olores con frecuencia, hecho que provocaba quejas tanto de los vecinos, como de los médicos al indicar que eran insalubres.

Otra cuestión era el suelo, muy calcáreo, por lo que no era el más idóneo para que los cadáveres se corrompiesen lo antes posible. Hecho que también provocó problemas. Esto supuso un grave problema de salubridad, por lo que el Ayuntamiento se planteó buscar una nueva ubicación, pero existía un gran inconveniente, que no era otro que la falta de numerario. Es en este contexto cuando aparece Don Manuel Jiménez León, presidente de la Diputación y visueño de nacimiento. Este señor costeó el nuevo cementerio que se habría de llamar de San Francisco, en honor a su segunda esposa doña Francisca Cadenas Jiménez. Dicho recinto fue bendecido el 10 de abril de 1882, por lo que cuenta en la actualidad con 135 años.

Es D. Manuel Jiménez el que establece el diseño del camposanto. Así, en el centro de un cuadrado debería de situarse una capilla rectangular, que quedaba bajo su propiedad, y en consecuencia para uso y disfrute de su familia, tal y como ocurre en la actualidad. Partiendo de esta capilla, cuatro calles formarían una cruz y dividirían el espacio en cuatro grandes patios cuyos nombres estaban muy vinculados a la familia.

Por lo que respecta a la capilla, que como hemos dicho antes, era de uso propio de la familia, dejó estipulado la forma en la que debía de ser enterrado él, sus esposas, y el resto de la familia, siendo el primero en ser depositado en dicha capilla su padre, don Ildefonso Jiménez Rico, persona de gran caudal que al morir dejó a sus herederos la considerable cantidad (entonces) de un millón de reales.

JOSÉ ÁNGEL CAMPILLO DE LOS SANTOS



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