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sábado, 10 de marzo de 2018

  • 10.3.18
Cuando los trigos de la Vega se mecen al son del viento que arrecia, la visión que tenemos del campanario de la parroquia de Santa María del Alcor no es otra que la de un faro que vigila un inmenso mar, un mar verde.



Y coronando el faro una veleta que gira y señala el lugar del que procede el viento, de tal manera que cuando “el miguelete”, que así se llama nuestra veleta, apunta a una determinada dirección, se anuncian lluvias inminentes, tal y como ocurre en estos días. El Arcángel San Miguel ha sido considerado por las iglesias católica, ortodoxa, copta , anglicana, judía y musulmana como el jefe de los ejércitos de Dios; es por tanto un Santo importante y de gran veneración, tal y como ocurría en nuestro pueblo, de ahí que no nos ha de extrañar que en el campanario se colocase una veleta del mismo, o que en 1643 el Cabildo civil y el Alcaide de la cofradía del Santísimo acordasen hacer una puerta bajo la advocación del Santo, dada la especial devoción que se le tenía.

Iconográficamente se le representa como un ángel con su espada desenvainada matando al maligno (representado en forma de serpiente, generalmente). Es ésta la representación que podemos encontrar en una de las veletas más bellas de toda la comarca y que tenemos la satisfacción de disfrutar en la cúspide del campanario de nuestra iglesia parroquial. Hoy la podemos apreciar con ese color característico que tiene el hierro oxidado, pero hemos de suponer que, en sus mejores tiempos, a mediados del siglo XVII, se pudiera ver vestido de caballero, a la usanza de la época, con sus botas altas y su sombrero con el característico penacho de plumas.

Aunque del siglo XVII, está colocada en un campanario algo más reciente que sustituye al primitivo, más bajo que el actual y situado a los pies de la nave central del templo. Hemos de remontarnos al año 1732, fecha en la que se decide derribar las tres naves del templo parroquial, dado su mal estado; el campanario, como no había más dinero, se mantuvo. Al terminar las obras del remozado templo, que llega a tener un aspecto similar al actual, nos encontramos que el nuevo tejado llega al cuerpo de campanas, por lo que, cuando llovía las aguas entraban dentro del campanario e inundaban el templo. En 1757, después del terremoto de Lisboa, se propuso su derribo dado su mal estado.

El nuevo se debería de hacer en los pies de la nave de la epístola, aprovechando un cuerpo de torre que no era más que la escalera de acceso al existente; de esta manera se le añadió al cuerpo de torre unos tres metros de altura, por lo que la caña adquirió mayor esbeltez. Encima de la caña se colocó el cuerpo de campanas. Actualmente hay cuatro: San José (1918), Santa María (1872), San Pedro y la Purísima (1878). Aunque la función de las mismas se ha reducido en la actualidad, hemos de decir que ya en las ordenanzas municipales de mediados del siglo XVI se habla de la obligación que tenía el sacristán de tocar la campana gorda (esto significa que había más) para dar las horas.

En el año 1807, en unas obras menores, se colocó la reja que tapa uno de los cuatro huecos del cuerpo de campanas. Fue una decisión tomada por el cura párroco, un poco harto de las continuas roturas de tejas que se producían en el tejado de la nave central y que provocaban goteras los días de lluvia. Esta situación la provocaban los muchachos que subían al tejado por el campanario buscando nidos de pájaros.

En el año 1971 se llevó a cabo la restauración de la torre, dado el mal estado en el que se encontraba. Por decisión del párroco se picó toda la pared y se dejó el ladrillo visto con los consiguientes problemas de humedad. En los años noventa se volvió a consolidar nuevamente y, tras la muerte de Manolo el campanero, se sustituyó el toque manual de campanas por uno eléctrico.


JOSÉ ÁNGEL CAMPILLO DE LOS SANTOS



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