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viernes, 13 de abril de 2018

  • 13.4.18
Debajo del asfalto hay vida, tierra, animalitos. Una vida con mucha fuerza. Paseando he visto dos margaritas guerreras que se niegan a que las ninguneen. Emergían con energía de entre las baldosas de la acera. Las hojas de los árboles caen en otoño y abonan en el suelo para que otros seres pueden alimentarse: hacen que la tierra sea fértil para que, al llegar la primavera, vuelva la vida que ha estado dormida y latente. Paseamos sin ver cómo la naturaleza cambia, cómo tiene un ciclo parecido al humano, distintas etapas que se van sucediendo.



Últimamente estoy más filosófica y me escapo de la cotidianidad para asombrarme con todo lo que me rodea: las abejas que ya empiezan hacer su trabajo; los tímidos brotes del azahar; el verde clorofila que se intuye en los días de lluvia. Todo está en constante cambio y transformación, aunque yo no me mueva del mismo lugar.

Mi cuerpo es un micromundo en perpetua transformación y yo continúo esperando una normalidad. Pero, ¿qué es ser normal? Alguno de mis cabellos se ha vuelto rebelde y blanco; trasnochar ya no es tan divertido; mi sofá y mi manta son el reino de muchos fines de semana.

Mis pulmones y mi corazón trabajan sin descanso, la mayoría de las veces en silencio, aunque otras se hacen sentir y a mí me entra el miedo. ¿Me va a dar un infarto? ¿Os es solo la ansiedad cabalgando sobre mi pecho? Horas de estrés, minutos de calma, sueño suave, pesadillas extrañas, deseo, apatía, ilusión, desengaño, frustración, poder... Todos estos sentimientos me habitan y van apareciendo sin aviso. Y yo quiero controlarlos todos.

Quiero controlar a la de la cofia, que es "Mariquita, la que mejor limpia", que todo el día me empuja a hacer cosas y a hacerlas bien. Pero luego vive en mí una Margarita a la que le gusta pasear, mientras sus pulseras tintinean, y descubrir una lombriz que atraviesa una carretera o dos álamos blancos que bailan con destellos plateados. Esta es la que me trae a la verdadera realidad: la de la vida que sigue adelante aunque nos empeñemos en pararla.

Algún día seré abono de una tierra de la que brotarán flores y la hierba verde me cubrirá haciéndome cosquillas cuando el viento de marzo la mueva. Mis miles de células hacen su trabajo cada día para que yo pueda moverme, alimentarme, oler la savia, sentir el frío en mis huesos y la lluvia en mi cara.

Yo soy un ser vivo que forma parte de un gran sistema que funciona sin ningún mecanismo que lo empuje. Solo sigue su curso, como un río que sabe hacia dónde tiene que ir. La vida es un misterio que empieza con respirar aire. Desde el inicio sabemos dónde está el alimento: nadie nos enseña a mamar.

Durante un tiempo, nuestra mente nos dibuja inmortales para que podamos disfrutar y creer que no nos va a pasar nada. A este etapa le sigue la madurez, cuando empezamos a ver que solo somos tiempo, pero la rutina nos arrastra robándonoslo.

A lo mejor de tu tronco salen otras ramas, esos hijos que, a su vez, pueden tener otras ramitas. Un día te vas con tus recuerdos y vivencias, y algo de tu esencia queda en el corazón de los que te conocieron. Todo esto no es triste: no somos más que hojas que caen para dar paso a nuevas vidas.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

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