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viernes, 27 de julio de 2018

  • 27.7.18
Estimada siempre:

Cada vez que te miro tú estás ahí. En tus distintas fases, pero nunca, nunca dejas de estar. Vigía obligada, testigo sublime, acompañante imperativa.



Tu belleza me embriaga y no dejas de sorprenderme a pesar de los tiempos.

Sé que este mes te has revelado, encendido y hasta ruborizado. Puede que intentes cambiar tu ruta. Es que quizás te sofoque lo que ocurre en mí, o es su sofocante presencia.

Sé que no soy perfecto, lucho cada día por mejorar, pero reconozco que son demasiados frentes los que tengo abiertos y pocos los resultados que a veces consigo.

Estamos muy cerca y a la vez tan lejos, somos tan diferentes y a la vez inseparables, nuestras vidas no tienen sentido la una sin la otra.
Puede que no sepa mostrarte todo lo que me gustaría, o trasmitirte lo que te mereces, pero cierto es que mi existencia y el sentido de mi vida depende de ti.

Me interpongo entre vosotros porque no quiero perderte. Él puede cegarte con sus ardientes momentos, sus dulces atardeceres y sus mañanas iluminadas.

Pero quiero recordarte que esos momentos pasan, que él irá y vendrá cada día, no siempre con la misma fuerza, que habrá otros que incluso no se dejará ver. Y tú estarás cada noche esperando tu momento siempre dependiente de él.

Querida Luna, ayer fuiste Luna de Sangre, desbordada por esa pasión que te llevaba, tuve que interponerme sin remedio entre vosotros, evitar que te quemaras con sus fuertes destellos y no me arrepiento.

Entiendo que siempre estará ahí, y no puedo evitarlo, pero quiero que entiendas que somos tres y cada uno tiene su lugar. Que todos mis movimientos orbitan sobre él irremediablemente, pero quiero que sepas que me tendrás en el lugar que desees y necesites de forma incondicional, mientras tú sigas girando feliz sin olvidar el plano de cada uno.

Pd. Carta de la Tierra a la Luna el 27 de julio 2018.

MARÍA JOSÉ CORTÉS



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