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sábado, 15 de septiembre de 2018

  • 15.9.18
Érase una vez una tribu de hombres primitivos.Todos los años pasaban por Los Alcores. El número de individuos oscilaba entre 20 y 50 individuos. Niños, jóvenes, hombres, mujeres y viejos se repartían todas las tareas y colaboraban en la supervivencia del grupo. Eran de tez morena, fuertes y resistentes. No vivían muchos años por las muertes producidas por enfermedades, ataques de animales o de otras tribus o accidentes propios de una vida con muchos riesgos. Valientes y aguerridos con los animales y con las otras tribus.



Iban de un lado para otro buscando alimento y abrigo dependiendo de las estaciones del año. No es difícil imaginar esta horda trashumante de cazadores y recolectores pasar por Los Alcores. La tierra estaba cubierta de un bosque claro de encinas, quejigos, pinos y arbustos que daban refugio y alimento a una gran cantidad de animales: aves, équidos, cérvidos, bóvidos, jabalies, conejos, liebres, etcétera.

En su largo deambular vieron como otras tribus se iban asentando en territorios fijos haciéndose sedentarios. Al practicar la agricultura y la ganadería se aseguraban comida abundante. Muy cerca estaban asentadas otras tribus en los manantiales de los cerros blancos de la vega (Las Albaidas, Torrox, El Cordobés y El Cinta).

Al jefe le pareció bien la propuesta que balbucendo en un lenguaje primitivo le hicieron otros miembros de la tribu.

La Tablá es un alcor que reunía las mejores condiciones. Una planicie en alto, de dificil acceso para los enemigos, con una visión extraordinaria. Varias cuevas en el escarpe donde guarecerse, agua abundante de manantiales que más tarde se convirtieron en fuentes como la de La Muela y La Fuente del Sol que daban lugar a unos arroyos donde anguilas, sábalos, sabogas y albures hacían las delicias de los miembros de la tribu. Una tierra idónea para el cultivo del trigo y la cebada.

Los niños desde muy temprana edad acompañaban a sus padres, que les enseñaban las artes de la caza y de la pesca con ondas, arcos, jabalinas o trampas; anzuelos, arpones o rudimentarias redes. La carne de la caza y de la pesca la consumían fresca o ahumada. Guardaban los huesos para consumir el tuétano para las épocas que había escasez, con el resto del hueso hacían agujas o puntas de flecha. Aprovechaban la piel para abrigarse y fabricarse vestidos.

Grandes observadores, vieron las habilidades de los lobos para la caza. Empezaron a domesticar cachorros de perros salvajes. Más tarde lo hicieron con ovejas o cabras de las que obtenían leche, carne y pieles para vestirse.

A veces y para cazar animales de mayor porte cazaban junto a otras tribus que se habían asentado en otros alcores o cerros de la vega.



En un principio vivieron en las cuevas de La Tablá y La Santa. Más tarde construyeron cabañas redondas con zócalos de piedra del alcor o adobe y techumbre de palos, paja y barro. Pasado el tiempo prefirieron hacer una muralla rodeando toda la parte alta, para hacer más efectiva la defensa. Lo que fue un pequeño poblado se convirtió en una ciudad amurallada de 7 hectáreas de extensión. Probablemente la ciudad de La Tablá en su época fue de las más habitadas de toda la península.

Con el barro de las faldas del alcor, fabricaban vasijas, ánforas, platos, lucernas y otros objetos de cerámica que cocían en hornos u hogares.

Un fuerte auge tuvo el poblado con la llegada de los fenicios que introdujeron nuevos cultivos como el olivo y técnicas de alfarería y metalurgia. Las primitivas cabañas redondas con la influencia fenicia deja paso a casas rectangulares compartimentadas y alineadas en calles. Ayudaron a construir unas torres vigías en los alrededores para mejorar la defensa de La Tablá

Más tarde y con la invasión de romanos primero y árabes más tarde, esta ciudad se eclipsó con el encumbramiento de Carmona. Muchos siglos después en el puerto entre los alcores de La Tablá y El Calvario se fundó El Viso del Alcor.

Y colorín colorado este cuento no se ha acabado. No se ha acabado porque sabemos que las entrañas de nuestra Tablá tienen guardadadas muchos secretos de estos antecesores de los visueños. El tipo de viviendas que tenían, el uso del fuego, los cultivos, su ganadería, la religión que practicaban, como enterraban a sus muertos.

La existencia de numerosas hachas de piedras, restos de cerámicas, cuencos, útiles, puntas de flecha, monedas, sillares, restos de murallas, molinos de mano, azadas, hoces, restos de cobre, bronce e hierro, tumbas nos dan idea de la verdadera dimensión que tuvo la ciudad prerromana de La Tablá.

Las séptimas jornadas de historia, en noviembre de este año, organizadas por la Asociación Cultural Fuente del Sol y nuestro Ayuntamiento girarán en torno a La Tablá. El estudio de la zona por un "georradar", la intervención de arqueólogos y excavaciones ayudarán para descubrir parte de estos secretos. Así sea.

CESÁREO DE LOS SANTOS


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