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sábado, 3 de noviembre de 2018

  • 3.11.18
En estos días en los que el mes de octubre ha dado paso al mes de Todos los Santos, al mes en el que las costumbres anglosajonas asoman por estos lares, es el momento más adecuado para preguntarnos si la muerte tiene o ha tenido género.



La muerte marca el final del ciclo vital, y como parte de un ciclo tiene un ritual que en mayor o menor medida tiene cierto grado de complejidad que va en función a la importancia que a ésta se le ofrezca; de tal manera que hemos pasado de un culto a la muerte en los siglos XVI-XVII, tal y como lo expresa Lope de Vega en su soneto a una calavera:

A UNA CALAVERA
Esta cabeza, cuando viva, tuvo
sobre la arquitectura destos huesos
carne y cabellos, por quien fueron presos
los ojos que, mirándola, detuvo.
Aquí la rosa de la boca estuvo,
marchita ya con tan helados besos;
aquí los ojos de esmeralda impresos,
color que tantas almas entretuvo.
Aquí la estimativa en que tenía
el principio de todo el movimiento,
aquí de las potencias la armonía.
¡Oh hermosura mortal, cometa al viento!,
¿dónde tan alta presunción vivía
desprecian los gusanos aposento?

De esta cultura que antepone la muerte, hemos pasado a la antítesis, a un período caracterizado por un minimalismo en el ritual, hecho inequívoco que demuestra la escasa importancia que se le concede a la muerte en estos momentos, porque en la sociedad que nos ha tocado vivir, la muerte ha sido “desplazada” a un segundo término, hasta tal punto que la hemos desterrado de nuestras casas, pues el enfermo muere en el hospital y tras el óbito el cadáver es conducido directamente al tanatorio. Estos cambios suponen, entre otras cosas, no romper la privacidad de la familia, a la par que se produce una clara distinción entre la esfera de los vivos y la de los muertos. Hoy no existe el luto como tal, o entendido como lo entendían nuestros padres o abuelos, lutos interminables en los que se hacía una clara distinción entre el hombre y la mujer, de ahí el título de este artículo. Veamos algunos ejemplos que nos pueden resultar ilustrativos.

1.-La enfermedad
Se vivía o padecía en la casa, rodeado de la familia. El familiar enfermo era asistido por las mujeres de la casa, por el matriarcado que tenía en la casa sus dominios.

2.-El testamento
Era costumbre entre la burguesía, además de repartir la herencia, dejar estipulado cómo debía de ser el entierro el día en el que el óbito llegase. Por regla general el testamento se hacía en el momento en el que la persona “se siente enferma” de cuerpo y de “ánima”, de ahí que ve llegado el momento de dejarlo todo arreglado, y como ejemplo tenemos el testamento que redactaron en 1871 el matrimonio formado por don José de los Santos Roldán y doña María Josefa Cumplido Cadenas. En el documento, tras declarar que son cristianos, que creen en la Santa Madre iglesia, etc., mandan cómo ha de ser su entierro. Así, tras la verificación del fallecimiento, disponen ser amortajados con ropa de uso, y sus cuerpos debían de ser colocados en una caja de madera y sepultados en el suelo, bajo una bóveda, quedando constancia de su nombre mediante una lápida.

Por lo que respecta a doña María Josefa, su enterramiento debía de ser de segunda clase, asistiendo a las honras y al cabo de año treinta pobres que recibirían cada uno seis reales de limosna. Además, se darían cuatro reales a igual número de viudas necesitadas de la villa. En cuanto al número de misas se estipulan un total de setenta y cuatro rezadas a diez reales. Por lo que respecta al marido, además de lo estipulado por la esposa especifica que se repartirían, el día después de su entierro, doscientos cuarenta reales en panes de a dos libras cada uno. Por lo que respecta a las misas por su alma éstas serían cincuenta .

3.-El óbito
El enfermo muere en su casa, en su cama, siendo costumbre en la burguesía estar acompañado o acompañada por un sacerdote que ayuda al moribundo “al bien morir”, porque más que temer a la muerte, lo que se teme es la “mala muerte”. El fatal desenlace se da a conocer con el toque de campanas cuyo lenguaje conocen los vecinos, hecho que sirve para determinar la edad y el género del fallecido o fallecida.

4.-La mortaja
Paralelamente al toque de campanas, se procede a amortajar al fallecido. Se trata de lavar y de vestir al difunto con sus mejores galas, pues a no ser que estemos hablando de un pobre de solemnidad, era costumbre entre las personas de cierta edad tener reservado una buena vestimenta para la mortaja, al igual que reservar una colcha blanca para vestir la cama en tal fatal desenlace, y en un momento en el que mucha gente iba a visitar la casa.

Si la familia pertenece a la burguesía el amortajamiento lo hacía gente externa; por el contrario, si la muerte se había producido en una familia trabajadora son las vecinas y algunas mujeres de la familia las que llevan a cabo el ritual.

5.-El velatorio
Una vez que el cadáver ha sido amortajado, es el momento en el que los familiares y vecinos se van acercando a la casa para “cumplir”, y en función a la cercanía o al compromiso el cumplimiento podía pasar desde estar un rato en la casa hasta pasar un número indeterminado de horas, incluyendo estar toda la noche en vela acompañando a los dolientes “velando al muerto”. El velatorio se hacía en la casa, diferenciando claramente el lugar de los hombres y de las mujeres. Si la casa es muy pequeña, la mayor parte de los hombres se quedan en la calle, siendo las mujeres las que están cerca del cadáver rezando y acompañando a las mujeres de la familia.

6.-El entierro
Transcurridas las preceptivas veinticuatro horas, es el momento de conducir el cadáver a la iglesia, es nuevamente el toque de campana el que va marcando los tiempos: primer toque, segundo toque… En el traslado podemos hablar de una evolución que ha ido paralela con los nuevos tiempos. Así, en un principio, eran únicamente los hombres los que acompañaban el cadáver mientras que las mujeres se quedaban en la casa. Con posterioridad las mujeres también acuden a la iglesia, pero en un segundo término, detrás de los hombres. Una vez terminado el responso o la misa, se procede a dar el pésame o la “cabezá” de tal manera que todo aquel que no ha tenido oportunidad de presentar sus respetos a la familia lo puede hacer ahora. Terminado el acto, los hombres se dirigen al cementerio acompañados de los más allegados; mientras tanto, las mujeres se vuelven a la casa a esperar que los hombres vuelvan del cementerio. Es el momento en el que nuevamente se procede a un segundo pésame en la casa.

7.-El luto
Una vez que el cadáver ha sido enterrado, comienza el largo período que viene marcado por el luto, hecho que marca a la familia con una clara distinción entre hombres y mujeres, de tal manera que los hombres llevan, por regla general, un luto más liviano: una camisa negra, o en todo caso una corbata o un galón en una de las mangas o en la solapa de la camisa o chaqueta. Por lo que respecta a las mujeres son las que visten de luto riguroso, tanto que era costumbre, ya fuese verano o invierno, salir a la calle con mangas largas, incluso con rebeca, medias negras muy tupidas y velo, porque durante el primer año (hasta que se celebra el cabo de año) se ha de vestir de luto riguroso, luto que se irá “aliviando” poco a poco. Así era costumbre que las mujeres, jóvenes y no tan jóvenes vistiesen de pies a cabeza de negro, incluso los pendientes debían de ser negro. Como nota de color únicamente se admitía la medalla de oro con la imagen de alguna Virgen o Santo.

De la misma manera el luto del marido hacia su esposa no era el mismo que el de la esposa hacia su marido, porque por regla general la viuda, si no se casa nuevamente, guardará luto de por vida, mientras que el viudo lo irá aliviando con mayor permisividad.

8.-La vivienda
Del luto no se libraba la vivienda ni la propia casa, porque se producen en su interior transformaciones efímeras, es el caso de descolgar cuadros, tapar espejos en señal de duelo, retirar muebles, parar el reloj, etc. El exterior también cambia, pues el rigor del luto hace que durante años no se pinte la fachada y se descuide el aspecto del acerado, de ahí que sean las vecinas las que tengan que velar por el buen estado de la parte de calle que correspondía a la casa. Era signo de luto no arreglar con colgaduras la fachada en Semana Santa o el día del Corpus.

9.-La misa de los nueve días
A los nueve días después del fallecimiento se celebra una misa que recuerda la novena hora en la que Cristo, antes de morir, prometió al buen ladrón el paraíso. Este acto es el que marca las estrictas salidas de las mujeres a la calle, las estrictamente necesarias, pues como dice Bernarda en la tan conocida obra de Lorca:

“En ocho años que dure el luto no ha de entrar en esta casa el viento de la calle”.

JOSÉ ÁNGEL CAMPILLO


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