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sábado, 17 de noviembre de 2018

  • 17.11.18
Cada mañana cuando pasas por mi puerta y los buenos días se convierten en un sonido confuso, no puedo remediar recordarla, onomatopeya no identificada.



Manía persecutoria de que esos sonidos nos rodeen y ya quisiera el que no habla, tener voz para decirlos.

Llegando a cualquier institución del agrado ya perdido, tras una ventanilla encuentro quien, no haciendo honor a su nombre, esquiva la mirada y por sonido un lamento.

A una pregunta sencilla, ni una respuesta cierta, entre papeles perdida la ilusión del que contesta.

Sigo sin entender lo que me quieren decir y ante tanto sinvivir pienso que el error es mío, pudiendo el desvarío llegar a ser infeliz.

No desisto de mi intento y al doctor visitaré, será mi mente ocupada o mi membrana sensible quien falle por esta vez.

Y sigo en esta pesadilla cuando llegando a destino, pienso que es mi sino y no consigo entender.

Revisados mis oídos, en perfecta situación, mi mente sigue luchando por saber tu locución.

Concluyo, por tanto tiempo y por cuestión ya reiterada, que esta anomalía sonora lleva bien aparejada un difícil no sé qué.

Será timidez añadida, será ausencia educacional, será tu mente ausente del sonido terrenal.

Seguiré luchando cada día contra esta especie extendida, quien, a saludos y verbal continencia, responde con absoluta ausencia de su pobre parecer.

O podría también optar, por poder desmenuzar ese minúsculo sonido cargado de contenido difícil de descifrar.

Buenos días,buenas tardes, ¿puede atenderme usted? ¡Gracias!

MARÍA JOSÉ CORTÉS


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