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sábado, 23 de marzo de 2019

  • 23.3.19
Incienso, música de capilla, el Cristo de la Cárcel, como cada 18 de marzo desde tiempo inmemorial sale de la parroquia a la que llegó días atrás, el 11. Al día siguiente comenzará un quinario en su honor que se prolongará hasta el día 16, para dar paso al día siguiente a la función principal. El día 18 es el día grande para Mairena, porque el Cristo, independientemente del punto de vista religioso, es el elemento aglutinador de toda una comunidad, es el nexo de unión que identifica a la comunidad.



Y el “Señor de Mairena” llega a su ermita, en la plaza de las Flores, lugar en el que recibe culto en un edificio de una sola nave remozado a comienzos del siglo XX. El aspecto actual del exterior del edificio es fruto de la última remodelación que se llevó a cabo en la plaza en el último tercio del siglo pasado.

El edificio fue construido en torno a 1644, en un solar que hasta entonces había ocupado una casatienda, propiedad de la capellanía de don Alejo García. En este mismo año Alonso de Moya, corregidor de la villa, solicitó licencia para que se dijese misa en este edificio que estaba junto a la cárcel, por lo que se comunicó con ésta por medio de una ventana con reja que aún se conserva. El permiso fue concedido tres meses después por la autoridad eclesiástica, de esta manera los presos podían escuchar misa.

En el frente se colocó un altar de madera con un cuadro del Santo Cristo al que se le han atribuido muchos milagros, de ahí la fe y la devoción que se le tenía no solo en Mairena, sino también en la comarca. Podemos hacer referencia al año 1689, fecha en la que una gran sequía asolaba la comarca, a la par que una plaga de langosta. Ante este hecho se decidió hacer rogativas con la imagen y celebrar una novena de misas cantadas.

Entre los gastos que la Cofradía tenía que afrontar tenemos: “una fiesta que se hace con toda solemnidad el día de la exaltación de la Cruz”, cera, reparos de la capilla, aseo y adorno del altar, aceite para la lámpara, sermón que se predicaba, música y fuegos que se quemaban en la víspera. No tenemos constancia si esta Hermandad titulada del “Santísimo Cristo de la Cárcel y de Nuestra Señora del Amparo” tuvo, con anterioridad al último tercio del siglo XIX, reglas. Nos consta que, en 1885 José María López Rodríguez, en nombre de la Hermandad, se dirigió al Cardenal solicitando la aprobación de esta previa aprobación del cura párroco, paso imprescindible para que las mismas pudiesen ir a Palacio.

En la referida ermita se instaló, muy posiblente, a comienzos del siglo XVIII la Hermandad de Nuestra Señora de la Soledad, pues nos consta la existencia de un altar en el que se rendía culto a “nuestra señora de la Soledad”, una dolorosa de candelero de vara y media de altura (1,20 metros.) y la urna de Jesús en el Sepulcro “de madera dorada, con cristales”. Con anterioridad la Hermandad tenía su residencia canónica en la iglesia parroquial, tal y como consta en el año 1622, fecha en la que Alonso Pastor Castejón, diputado y hermano solicita a la autoridad eclesiástica que los cargos se nombrasen siguiendo el turno que especificaban las Constituciones y Reglas. Así lo mandó el Vicario General, y así lo acataron los mayordomos, diputados y escribano de la Hermandad, que manifestaron su disposición a obedecerla.

Como consecuencia de lo pequeña que resultaba la ermita, esta Cofradía, que realizaba su estación de penitencia el Viernes Santo por la tarde, trasladaba sus pasos e insignias , a eso de las dos de la tarde, a la parroquia para allí hacer el descendimiento de la Santa Cruz, colocar al Señor en el Sepulcro y hacer la estación de penitencia. Sin embargo, en 1755 el mayordomo de la referida Cofradía solicitó que la misma hiciese su estación de penitencia desde la misma ermita o desde la plaza pública “para que de este modo la vea todo el pueblo, como es estilo hacerse en otras villas y en la ciudad de Carmona”.

El vicario informa que desde hace tiempo inmemorial dicha cofradía salía de la parroquia el Viernes Santo por la tarde “y habiéndose introducido de pocos años a esta parte en dicha iglesia el paso del descendimiento del señor de la Cruz”, a la que asistían cuatro sacerdotes que hacían las funciones de Santos Varones, que al parecer estaban descontentos por percibir pocos agasajos de la Hermandad, a lo que había que unirle el hecho de que rompían sus ropas, circunstancia que perjudicaba a la parroquia.

En junio del mismo año interviene el fiscal General del Arzobispado que da su parecer y manifiesta que dicho proceder iba en contra del Sínodo del Arzobispado, por lo que este tipo de representaciones estaban prohibidas obligándose a la Cofradía a salir del interior de la ermita.

JOSÉ ÁNGEL CAMPILLO

FOTOGRAFÍA: J. PEDRO MARTÍN


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