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sábado, 9 de marzo de 2019

  • 9.3.19
Hace años me solicitó una amiga que escribiese algo sobre la cuaresma, sin ser yo, precisamente, la persona más docta para ello y aquel escrito quedó, seguramente, en algún recóndito lugar. Han pasado diez años y nada parece haber cambiado en cuanto al motivo de mi escrito que hoy amplío y comparto.



Yo empezaba diciendo: “Si me excomulgan por decir mi verdad, ya fui quemada en la hoguera”. Ninguna de las dos cosas me preocupaba y eso tampoco ha cambiado.

Decidí empezar, ante mi ignorancia, por ver su definición, que ni en su totalidad conocía: “La Cuaresma comienza el Miércoles Ceniza y termina ante la misa de la Cena del Señor del Jueves Santo. Viene a ser cuarenta días de preparación para la Pascua.”

“La duración de los cuarenta días proviene de varias referencias bíblicas y simboliza entre otras cosas, el retiro de Jesús en el desierto previo a su ministerio y el retiro de 40 años de Moisés y Elías en la montaña. También simbolizan los 40 días que duró el diluvio, además de 40 años de la marcha del pueblo judío por el desierto y los 400 años que duró la estancia del pueblo judío en Egipto.”

“A lo largo del tiempo de Cuaresma, los cristianos son llamados a reforzar su fe mediante diversos actos de penitencia y reflexión. “En la Biblia, el número cuatro simboliza el universo material, seguido de ceros significa el tiempo de nuestra vida en la tierra, seguido de pruebas y dificultades.”

Y llegado el momento de la reflexión, eso intento y busco respuestas a tantas cuestiones inexplicables necesitadas de una iluminación divina que nunca vendría por tanta barbarie.

Es antiguo y bien sabido que se puede predicar una cosa y practicar otra, pero según el ámbito en el que se produzca la gravedad es desproporcionada.

Cuando con ese practicar se daña, ultraja, perjudica a lo más inofensivo, débil, inocente e intocable, cuando los más allegados silencian, los que no silencian tampoco dicen nada, los que dicen algo poco dicen, los que poco dicen nada arreglan, la reflexión no existe.

Cuando los que reconocen dan soluciones a medias y en toda esa actuación, los delincuentes quedan impunes protegidos por una Ley que nada tiene que ver con la de Dios, de la fe queda poco.

De la cuaresma me quedo con ese tiempo de reflexión, con los 400 o 4000 años que serían pocos, para que los culpables, cómplices, inductores y quienes con su silencio permiten y otorgan, paguen por las atrocidades cometidas.

Decía un pergamino antiguo: “Hai exmunion contra qualesquiera personas sin que puedan ser absueltas”.

Que sea así.

P.D. Por una cuaresma auténtica, donde en 40 segundos sean expulsados y condenados los que abusan de menores dentro de la iglesia. Y desde luego de cualquier lugar.

MARÍA JOSÉ CORTÉS

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