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sábado, 13 de abril de 2019

  • 13.4.19
Hasta las últimas décadas del siglo XIX, la esperanza de vida en España se mantuvo estable a largo plazo entre los 25 y los 30 años de edad. Sólo a partir de entonces, tras la última epidemia de cólera morbo, que tuvo lugar en 1885, la mortalidad comenzó a reducirse de forma consistente, iniciando la transición demográfica que alejaría a España de las condiciones propias del régimen demográfico antiguo.



Como botón de muestra de la mortalidad en El Viso del Alcor en el siglo XIX vamos a tomar el libro de defunciones de 1858. Los años previos, 1856 y 1857, son difíciles, siendo azotados por crisis de subsistencia, epidemias de viruela, brotes de fiebres palúdicas y tabardillo (tifus exantemático),…En otras ocasiones, como en 1865, es el cólera el que llama con frecuencia a la parca.

En el año de 1858, fallecieron 167 visueños, de una población que rondaba los 5200 habitantes, lo que se traduce en una Tasa Bruta de Mortalidad elevada, de 32 muertes por cada mil habitantes. En el fondo del problema subyacía el subdesarrollo económico, el bajo nivel de vida (problemas de alimentación, ropa, vivienda, mala higiene y pésima salubridad pública); y un insuficiente y tardío progreso médico-sanitario.

El 75 % de los fallecidos eran niños que no sobrepasaban los 15 años. Las tres cuartas partes de las muertes infantiles se produce en los primeros tres años de edad, siendo una etapa crítica la temida “cuarentena”. No obstante, una vez superada esa primera etapa, la esperanza de vida se disparaba, llegando, en algunos casos, a edad avanzada, como Catalina Falcón, que llegó a los 90 años, falleciendo de tabardillo (tifus), o Alonso escribano, que murió de calenturas a los 85 años.

La mayor parte de la mortalidad de los adultos era producida por infecciones, fundamentalmente de transmisión aérea, como las calenturas (indefinición médica que puede esconder multitud de causas) y tabardillo, que concentran el 50 % de las muertes. En la expansión de estas epidemias tenía un papel decisivo el escaso nivel de vida de una población básicamente agrícola, de autosubsistencia, con bajo nivel cultural e higiénico, escasez de médicos y escasa demanda de sus servicios por una población que consideraba la mortalidad como un parámetro natural e ineludible en muchos casos (Pérez Moreda, 1980).

Otras causas fueron dolor de vientre, viruelas, hernia, mal de orina, de parto, de catarro pulmonar, etc. La causa de muerte más curiosa es la de irritación (¿ataque al corazón?), acontecida en la calle Carmona a Isabel Aumado, natural de “Mayrena”, de 38 años, soltera. Las condiciones higiénico-sanitarias de los partos eran muy deficitarias y tenemos en este año dos defunciones por este motivo: Antonia Muñoz Belloso, trabajadora del campo, que murió con 39 años; y María Vergara Morillo, que falleció en el alumbramiento, a los 36 años, en su casa de la calle Sevilla.

Por otra parte, la mayor parte de los niños visueños de mediados del siglo XIX morían por enfermedades infecciosas: calenturas (29%), viruelas (17 %), tabardillo (9,5 %) o sarampión (5,6 %); por indigestión: la conocida como hitera (14 %); y por problemas con la dentición (10 %). La supervivencia de los infantes en esta época era toda una odisea: hacinamiento, escasa salubridad, deficiente alimentación,…A ello, hay que añadir el gran número de niños abandonados, los apellidados como “Expósitos”.

Es muy ilustrativo el año 1861, cuando 16 huérfanos (desde escasos meses hasta dos años) mueren en el primer cuatrimestre del año. El registro concluye el 26 de abril, dejando el secretario las demás hojas en blanco. En otros casos, el huérfano era enviado al Hospicio Provincial. Tal es el caso de María Expósito de Rosario Ruiz Oliva, huérfana de padre y madre, de 8 años, hija de Cayetano y Carmen, manifestando el Alcalde a sus concejales, el 19 de octubre de 1899, la necesidad de que esta niña ocupase una vacante en el Hospicio Provincial, en atención a que carecía de medios de subsistencia.

Dada la baja esperanza de vida y la elevada mortalidad infantil, los matrimonios se realizaban a edades tempranas. Los visueños, contrajeron primeras nupcias, como media, en el año 1842, a los 24 años, y las chicas, a los 21.

En definitiva, nuestros antepasados vivieron en un microcosmos con jornadas de trabajo extenuantes, y sueldos miserables para los jornaleros (la mayor parte de la población visueña), donde la muerte, incluida la de los más pequeños, era una realidad cotidiana. El gran avance en este sentido se produjo a partir de los años 60 del siglo pasado, cuando las clases humildes pudieron tener una vida larga y digna, e incluso dar estudios universitarios a sus hijos. ¡No siempre cualquier tiempo pasado fue mejor!

MARCO ANTONIO CAMPILLO DE LOS SANTOS



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