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sábado, 18 de mayo de 2019

  • 18.5.19
La concesión del Premio Pritzker de Arquitectura del año 2016 fue una auténtica sorpresa puesto que, por un lado, recaía sobre un arquitecto muy joven que contaba solamente con 48 años y, por otro, el país al que pertenecía, Chile, no se encontraba dentro del conjunto de lo que podríamos denominar como potencias arquitectónicas.



Lo cierto es que Alejandro Aravena era el cuarto latinoamericano en recibir este galardón, considerado como el Nobel de la Arquitectura, después que lo recibieran el mexicano Luis Barragán (en 1980) y los brasileños Oscar Niemeyer y Paulo Mendes da Rocha (en 1988 y 2006, respectivamente).

Después de 40 años, dado que este premio fue creado en 1979 por el estadounidense Jay A. Pritzker en Chicago, el que solamente cuatro veces fuera para arquitectos de América Latina nos da una visión de la distancia tan grande que hay en este tema con otras partes del mundo. Por otro lado, quisiera apuntar que, al igual que los premios Nobel en sus distintas modalidades, el Premio Pritzker solo se les concede a los arquitectos vivos, por lo que en la relación de los nominados faltan grandes nombres de la arquitectura contemporánea que han fallecido.



Como habitualmente suelo hacer, antes de conocer la obra, conviene realizar una breve semblanza del autor que comentamos. Quizás, Alejandro Gastón Aravena, al nacer en Santiago de Chile en 1967, tuviera la suerte inicial de contar con unos padres que eran profesores en el Colegio Alemán de esta ciudad, puesto que sus estudios iniciales los realizó en este centro, lo que es de suponer la atención que le prestaba el resto del profesorado.

Tras finalizar los estudios de bachillerato, al pasar a la Universidad se decanta por continuar con los de arquitectura, de modo que se matricula en la Facultad de Arquitectura, Diseño y Estudios Urbanos de la Universidad Católica de Chile.

Una vez que se gradúa como arquitecto en 1992, realiza un posgrado en el Instituto Universitario de Arquitectura de Venecia. Dos años después, comienza a ejercer profesionalmente en su país de manera independiente. En 2001, junto con otro arquitecto, Andrés Iacobelli, crea el estudio Elemental, ubicado en la capital del país andino: Santiago de Chile. En la actualidad, aparte el propio Aravena, forman parte del estudio otros cuatro arquitectos: Gonzalo Arteaga, Juan Ignacio Cerda, Diego Torres y Víctor Oddó.

Otro dato a tener en cuenta es que Alejandro Aravena forma parte de los arquitectos que alternan sus trabajos como proyectistas con la función docente, por lo que, a partir de 1994, ejerce como profesor en la Escuela de Arquitectura de la Universidad en la que llevó a cabo sus estudios universitarios. Por otro lado, y para dar a conocer su relevancia internacional, apuntaría que de modo habitual es invitado como profesor en la Universidad de Harvard.



El reconocimiento de Alejandro Aravena, y que le granjeó el Premio Pritzker, proviene de sus trabajos relacionados con las viviendas sociales en distintas localidades de su país, puesto que ha proyectado más de 2.500 en distintos lugares de Chile.

Las que se muestran en la imagen anterior pertenecen a la denominada Quinta Monroy, viviendas muy modestas inacabadas, puesto que a los futuros propietarios se les ofrece lo más básico de la construcción para que puedan iniciar sus vidas, de forma que, a medida que ellos dispongan de más recursos económicos puedan completar aquellas casitas en las que comenzaron a habitual. De este modo, la obra inicial se modifica según las necesidades de las familias, ya que ellas mismas pueden acabar las viviendas.





El criterio descrito para la Quinta Monroy es el mismo que se sigue en las Casas de Villa Verde de la localidad chilena de Constitución. Como puede apreciarse, con módulos constructivos similares, para abaratar costes, se les entrega a los modestos propietarios una vivienda en la que la mitad aparece vacía para que la vayan completando, según sus posibilidades familiares y económicas.

Así pues, lo que inicialmente es un conjunto de viviendas que se muestra repetitivo, acaba modificándose por las intervenciones de los propietarios, tal como vemos en la segunda imagen de las Casas de Villa Verde.





Pero no son solo las viviendas sociales las que ha dado fama a Alejandro Aravena. También los edificios de las nuevas facultades de Matemática, de Medicina y de Arquitectura para la Universidad Católica de Santiago de Chile, en la que estudió, han tenido una importante proyección internacional.

Así, en Estados Unidos, uno de los proyectos más relevantes del arquitecto chileno es la creación de las nuevas instalaciones de St. Edward’s University de Austin, en Texas, construidas entre los años 2007 y 2008.

Para comprender el significado de esta obra, acudo a las palabras del propio Aracena: “Pensamos que una residencia de estudiantes es como un monasterio: la idea es organizar una serie de pequeñas celdas que se repiten (…) y relacionarlas con el refectorio y la capilla. Aquí teníamos las habitaciones, el comedor y los espacios comunes. Ambas instituciones aluden a viejas y atávicas situaciones: dormir, estudiar y comer. O por decirlo de un modo más sugerente: alimentar el cuerpo y el alma y realizar la digestión”.

De todos modos, la sobriedad que presenta la piedra del exterior del edificio cambia cuando se pasa a los espacios interiores, en los que el acristalamiento de los espacios en tonos azules y rojos provoca una intensa vivacidad cromática, que contrasta con la mesura externa.







Quisiera cerrar este breve recorrido por la semblanza de Alejandro Aravena con la presentación de una obra de enorme singularidad, puesto que si hay una casa que haya proyectado y que llama poderosamente la atención es aquella que se realizó para sí mismo y que se encuentra ubicada en un tramo de la costa norte de Santiago.

Así, en un entorno denominado Ochoalcubo se reúne un conjunto de viviendas proyectadas por el propio Aravena y por los arquitectos japoneses tan conocidos como son Sou Fujimoto y Toyo Ito.

La casa de Aravena, que parece una enorme escultura formada por tres grandes bloques de hormigón armado, bien podría haberla firmado Eduardo Chillida. Los tres grandes volúmenes se apilan y se apoyan entre sí, con evocaciones a los estadios primitivos del ser humano, cobijado en cavernas formadas por grandes rocas, aunque ese primitivismo se rompe cuando se percibe el gran mirador acristalado que se abre hacia el mar o las puertas y ventanas que perforan el bloque vertical.

AURELIANO SÁINZ

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