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sábado, 4 de mayo de 2019

  • 4.5.19
Manuel iba en su coche cuando por la radio sonaron sevillanas, le llegaron al corazón y decidió dirigirse a Sevilla. Bastantes kilómetros más tarde, entraba en la ciudad comprobando ese azul inigualable, había dejado atrás nubes y vientos del Norte. Ahora veinticinco grados, sol radiante recién estrenado, olor a azahar y romero, una sonrisa en el aire.



Era martes de Feria de Sevilla, llamó a Agustín, trianero de nacimiento, con negocio en su barrio y le comunica su llegada a la ciudad y su intención de conocer el recinto ferial con todas sus consecuencias. Agustín dispuesto a todo y en cuanto cerrase su establecimiento después de su jornada de diez horas, lleva a su amigo al recinto ferial.

A Manuel le sorprenden las casetas, la limpieza, la organización, caballos por riguroso orden, el colorido, la seguridad, exquisiteces para gustos variados, las flamencas, el olor del albero mojado y la perfección en el magnífico evento.

Agustín como buen anfitrión hace que su amigo conozca de primera mano las vivencias de su fiesta por excelencia. Tras comer y beber, bailar sevillanas, conocer a doscientas personas, pasar por los buñuelos de los gitanos, y volver a pie a casa sin dejar atrás detalle alguno, nuestro valiente feriante invitado necesita dormir y recuperarse.

Aquella noche sintió que estaba enamorado, una flamenca lo sacó a bailar. Era morena, ojos azules y brillantes, piel dorada, vestido de lunares rojos y albero, flores en el pelo, esencia suave y fresca, contoneando en sus sevillanas sentidas y apasionadas y sin dejar de mirarlo a los ojos de la primera a la cuarta.

Amaneció el miércoles deseando volver a ver a su flamenca, y su amigo no pudo privarlo de repetir esas vivencias del día anterior. De camino al Real, Manolito volvió a tener esa sensación en su cuerpo. Andando por la calle Betis esos ojos azules y brillantes, le invadió el olor suave a limón y naranjo a lo que ella olía, sus ojos clavados en él, y volvió a sentirla cerca muy cerca, le pareció verla al otro lado del Rio. Y entonces su compañero de la tierra le recitó lo que tantas veces había oído en su barrio:

“Enamorarse en Sevilla, bajo los patios dormidos,
una mañana de feria bajo un abril florecido
quizás que no te enamores, quizás que estés confundido.
Enamorarse en Sevilla, con toda la gracia del ramo,
un baile por sevillanas, esa preciosa chiquilla,
puede que quien te enamore sea mi Triana, sea mi Sevilla.
Y entre limón y naranjo, entre azahar y romero,
yo me enamoré de esa niña y del azul de su cielo.
“Pasé una noche de copas y al otro día comprendí,
que no había enamoramiento, la causa de mi tormento
era la propia Sevilla y su Rio Guadalquivir.”




MARÍA JOSÉ CORTÉS



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