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viernes, 1 de marzo de 2019

  • 1.3.19
Ayer un neurólogo decía en televisión que es muy importante tener un propósito en la vida. Aunque estoy harta de gurús que dan pócimas fantásticas para ser feliz y de cuyas bocas solo salen idioteces, en este caso, me ha llegado lo del propósito.



A medida que cumplo años, las preguntas sobre el sentido de la vida se agolpan en mi cabeza. Cuando el estrés y la rutina me dan un respiro, me pregunto si mi vida es solo correr cual pollo sin cabeza, persiguiendo una liebre invisible hecha de ideas ajenas, según las cuales la felicidad está la vuelta de la esquina, pero cuando llegas te das cuenta que la esquina ha desaparecido. Estamos dentro de una eterna rotonda.

Esta noche ha venido a mi cabeza la respuesta, sin tener que meditarla o analizarla. Mi propósito en la vida es escribir. Últimamente me cuestiono si yo podría ser escritora y vender libros. No por la fama, ni por conseguir mucho dinero. A mí me gustaría ser esa escritora que te entretiene en verano, en la consulta del médico, en un transporte público –qué pena que se haya perdido la bonita costumbre de leer libros en el autobús o en el metro: ya todo el mundo vive embutido en su “inteligente “móvil–.

¡Cuántas veces una novela me ha despegado del dolor de esperar a un doctor que me dijera si mi abuelita iba a vivir o no! También creo que mi pluma –me encanta ser cursi y utilizar esta clase de palabras– podría ayudar a la gente a mirarse en un espejo ajeno, pero con un reflejo muy parecido al suyo.

A fin de cuentas, todos y todas tenemos anhelos, miedos, esperanzas, dudas y momentos en los que la caverna de nuestra mente no tiene ninguna luz que indique una salida. Y es tan cálido saber que el desierto que atraviesas es el mismo por el que otros han transitado, y sobre todo, que te den la certeza de que la diáspora terminará algún día y si no hay tierra prometida, por lo menos habrá un valle desde el que contemplar el atardecer mientras el aire puro invade los pulmones.

Este es mi propósito, lo sé desde hace tiempo, pero… ¿Cómo dar el salto? ¿Valdría para ello? ¿Tú qué opinas, mi querido diario?

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

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