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viernes, 21 de junio de 2019

  • 21.6.19
Estaba a dos asientos de mí en la peluquería. Y yo me preguntaba por qué yo sí y ella no. Era muy joven y se notaba que estaba comenzando el proceso y aún no sabía cómo peinarse y qué hacer con su escaso pelo. Se miraba y se volvía a mirar en el espejo, tratando de encontrarse, de reconocerse. Había tenido mala suerte: era una mujer en un cuerpo que no le correspondía.



Digo "mala suerte" porque, aún hoy, la sociedad señala y mira mal a quien la naturaleza le ha jugado una mala pasada. Ya debe de ser duro no reconocerse en un cuerpo para que, además, tengas que soportar el desprecio ajeno.

Yo, que soy muy espontánea, le recomendé algún truquito para verse más guapa. Le costaba aceptarlos, normal. Quería encontrar su propia imagen, su identidad, cosa que no es fácil para nadie. Pero lo bueno de todo es que ella no estaba sola. "Abuela cómo estoy?", preguntó. Y a una señora con el pelo blanco, bastón y cara sencilla se le iluminaban los ojos mientras le respondía: "Estás guapísima". Era su sangre, su carne, su nieta. Y solo quería que fuera feliz. Aquellos que no aceptan, que señalan con el dedo, no saben qué es el amor.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

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