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miércoles, 24 de julio de 2019

  • 24.7.19
Su nombre se hizo especialmente popular el pasado verano, tras ser incluido en el exclusivo comité de expertos que habría de evaluar a los aspirantes a dirigir RTVE. Pero Francisco Sierra Caballero ya era, desde mucho antes, uno de los investigadores más respetados en el ámbito de la Comunicación contemporánea. Nacido hace 50 años en Gobernador, un municipio de poco más de 200 habitantes situado en la comarca granadina de Los Montes, muy cerca de Jaén, Francisco Sierra es catedrático de Teoría de la Comunicación de la Universidad de Sevilla, donde dirige el Departamento de Periodismo I.



Investigador del Instituto Andaluz de Investigación en Comunicación y Cultura y nuevo columnista de Andalucía Digital, es fundador de la Asociación Española de Investigación de la Comunicación y, en la actualidad, preside la Unión Latina de Economía Política de la Información, la Comunicación y la Cultura, así como la Asamblea de la Confederación Iberoamericana de Asociaciones Científicas en Comunicación.

Autor de relevantes ensayos sobre Comunicación, Política y Cambio Social, Francisco Sierra ha coordinado equipos internacionales de investigación para la Comisión Europea o para el Plan Nacional de Investigación y Desarrollo de España. Ahora, de la mano del sello editorial Siglo XXI de España, presenta Teoría del valor, comunicación y territorio, una obra que reúne aportes originales de autores de referencia como David Harvey, Toni Negri y Carlo Vercellone sobre Teoría del Valor y Revolución Digital, analiza las discusiones de aportes como las tesis sobre Capitalismo Cognitivo.

—Hace unos meses reclamaba en 'Introducción a la Comunicología' un enfoque materialista de la comunicación. Este libro avanza en la misma dirección, supongo.

—En efecto. La ausencia de una perspectiva crítica en Comunicación es notoria. Por influencia de la escuela funcionalista estadounidense, nuestros estudios han cultivado una visión instrumental, práctica, aunque paradójicamente poco útil. Si uno visita cualquier biblioteca o librería y se para a revisar el fondo bibliográfico, rápidamente salta la ausencia de referencias marxistas, materialistas o, en un sentido amplio, críticas de la comunicación.

Hay títulos episódicos, como el del exdirector de El Mundo sobre el poder en los medios, pero poca teoría y elaboración científica que apunte en una dirección distinta para entender por qué nos pasa lo que nos pasa con la comunicación pública. Este volumen, aunque colectivo, tiene un capitulo en el que avanzo cuestiones sustanciales sobre acceso, control e ideología en los medios, pensando no tanto en el periodismo, que suele ser lo habitual, como en las propias redes y en la cultura digital.

—¿Hay intelectuales marxistas en estos tiempos posmodernos de faltas noticias?

—Empiezo a pensar que no, al menos en España. Cuando tuve la defensa de mi Cátedra de Teoría de la Comunicación me pregunté en la exposición cómo es posible que un hijo de la clase obrera llegue a la universidad, se titule, termine siendo profesor e, incluso, alcance la máxima distinción en la carrera académica. Lo normal hubiera sido el desclasamiento o, directamente, no alcanzar tal honor. Añádase además que la universidad, y particularmente la academia española, es históricamente antimarxista.

A diferencia de otros ámbitos de nuestro entorno, pienso en Francia o Gran Bretaña, la investigación en España es poco crítica y no lo digo yo desde una posición contraria. Hay ya estudios de colegas de la Universidad Rey Juan Carlos y de la Complutense sobre el campo académico de la comunicación y ratifica dichas tesis.

No olvidemos además que en instituciones como la Universidad de Sevilla hubo purgas de ilustres profesores republicanos. Proliferaron catedráticos afines al Opus y el régimen. En mi propia Facultad de Ciencias de la Información en la Universidad Complutense eran conocidos los falangistas reconvertidos en profesores sin más bagaje intelectual que haber servido a la dictadura franquista.

En este escenario, hablar de intelectuales marxistas como una suerte de especie en extinción por la posmodernidad no sería cierto al hacer abstracción de la historia. Pensemos en grandes intelectuales como Manuel Sacristán, que fue expulsado de la carrera académica aunque reconocido como uno de los mejores filósofos y expertos en Lógica. En fin, haberlos los hay aunque expuestos a censura como en el acto que nos suspendieron desde Rectorado cuando íbamos a celebrar en el Paraninfo el Bicentenario de Marx.

Estamos, además, en un momento de emergencia del pensamiento materialista. El libro es solo una semilla, pero hay mucho trabajo articulado que venimos desarrollando en espacios como la Fundación de Investigaciones Marxistas y, desde luego, en la propia Universidad, sin apenas recursos pero con rigor y método para dar respuestas al tiempo de mudanzas que vivimos.

—En su libro analiza el llamado "Capitalismo de Plataformas Digitales" como Uber o Amazon. ¿Por qué es tan relevante para la teoría el valor?

—Al menos por tres razones, pues implica un cambio en las formas de generación de valor con figuras como los llamados "prosumidores", esto es, productores que voluntaria y gratuitamente, por el entusiasmo –como diría Remedios Zafra– de construir en común, aportan trabajo y riqueza a grandes plataformas que suelen ser monopólicas.

En segundo lugar, porque desde Marx, el concepto de inteligencia social general, se actualiza hoy con la centralidad de la red distribuida de Internet. La tesis del Capitalismo Cognitivo que sostienen algunos autores como Yann Moulier Boutang señalan que el valor depende hoy del código, de la información y del conocimiento y, ésta a su vez, depende de la tecnología.

Pensar estas plataformas, por tanto, es discutir quién domina la infraestructura y quién acumula valor explotando la creatividad social colectiva. Por último además, en torno a estas plataformas surgen nuevos conflictos y lucha de clases que explican en buena medida las contradicciones del capitalismo entre un trabajo y recursos de producción socializados y una privatización de la riqueza.

Debates como en España la Tasa Google son retos parciales a un problema de fondo que es observable en el mundo que se está configurando. Piense en los trabajadores de Amazon o en los juicios que en San Francisco mantienen los trabajadores precarizados de Uber. No solo asistimos a condiciones de trabajo de semiesclavitud: es que ésta es la condición de la acumulación del capitalismo informacional. Trabajo gratis.

En suma, el capitalismo de plataformas es central y, en torno a ellas, convergen el capital financiero (innovación y desarrollo), las disputas geopolíticas de poder internacional (el caso por ejemplo Huawei y el 5G) y los procesos que amenazan la diversidad cultural y las propias libertades públicas. Sin esta reflexión no podemos entender fenómenos como Trump o la ciberguerra.

—Nos dirigimos entonces al modelo 'Gran Hermano' que sugiere Google. ¿Qué implicaciones económicas tiene?

—No vamos, ya estamos instalados. Desde la denuncia por el Parlamento Europeo del caso Echelon, hemos seguido avanzando. La Unión Europea sanciona a Facebook por la venta de nuestros datos a Cambridge Analytic pero sigue delinquiendo. El caso Alexa, Smart Tv Samsung y otros dispositivos como el monitoreo en redes es la forma de colonización del siglo XXI.

Ahora, la explotación intensiva y extractivista no es sobre la naturaleza sino sobre nosotros mismos con la minería de datos. Pero se hace en condiciones de exclusividad, cuasi monopólica, y en la que la guerra de Huawei anticipa una disputa geopolítica por hacer real lo que los teóricos de la dependencia definían como la ventaja competitiva de la renta tecnológica.

Amazon, por ejemplo, desarrolla su propia infraestructura y la siguiente fase es que estas redes sean ya no política pública sino redes privadas. El debate sobre la neutralidad de Internet es secundario en la apropiación privada del espacio público. Y lo lamentable es que organismos internacionales como la Unión Internacional de Telecomunicaciones está en manos de Estados Unidos y siguen las directrices de las grandes corporaciones como los GAFAM.

Evidentemente, esta deriva beneficia a quien está ya instalado y domina la red (el circuito de distribución y gestión de datos para la comercialización) y nos sitúa en posiciones subalternas a países y culturas como España, donde no somos productores sino consumidores de estas plataformas, sus tecnologías y software propietario.

—En su libro hay aportes importantes de autores como David Harvey y Toni Negri y analizan procesos como la acumulación por desposesión. ¿Puede explicar a nuestros lectores de qué estamos hablando?

—La tesis de acumulación por desposesión es de David Harvey. De hecho, el seminario sobre teoría del valor que ha dado lugar al libro es iniciativa de él. Fue un honor para mí poder compartir debates con él y con su equipo en el marco del Seminario Internacional Milton Santos de Comunicación y Cultura Urbana que lidera mi grupo, Compolíticas.

Uno de los temas tratados es, justamente como plantea David Harvey a propósito de las ciudades, cómo el proceso de socialización y acceso a recursos difusos, cómo el patrimonio inmaterial y los bienes comunes, son hoy la principal fuente de acumulación por la captura que hacen, por ejemplo, corporaciones que registran, como hace Google Maps, las imágenes de nuestras calles, monumentos y formas de vida como recursos y externalidades positivas que, al tiempo que se comparten, son capturadas por el capital.

Ello da lugar a fenómenos como el turismo, que terminan por expropiar a la gente de sus espacios, recursos acuíferos, imágenes, rituales o imaginarios conforme a la necesidad del capital de rentabilizar las nuevas fuentes de riqueza. Estos procesos, lejos de ser amables, como pareciera con la minería de datos, suelen ser violentos como sucede a diario en el Sur global o con los desplazamientos de población.

—¿El Socialismo del siglo XXI será postmarxista?

—Si por postmarxista entendemos que precisamos una nueva teoría y práctica que no pensó Marx, desde luego. Pero los fundamentos de la crítica, del pensamiento materialista, siguen de plena vigencia. Esto es, toda propuesta emancipadora frente a la destrucción capitalista debe partir de Marx e ir más allá, desde luego. No podemos vivir anclados en el pasado pero no podemos avanzar desde la izquierda sin pensar la historia y aprender de las luchas y derrotas que el movimiento obrero ha tenido.

—¿Qué retos del mundo del trabajo identifica en su crítica de la economía política?

—Primero, el vindicar derechos que están poniendo en cuestión las nuevas formas de producción social. Antes hablaba de las plataformas digitales. En ellas no solo usuarios ven socavados sus derechos y libertades públicas. Trabajadores de empresas como Glovo no solo están en situaciones de extrema precariedad, sino incluso expuestos a graves condiciones de exposición contra su seguridad, como hemos visto.

En este escenario, las organizaciones sindicales tienen que plantear nuevas formas de lucha para la dignidad del nuevo proletariado. Y los poderes públicos empezar a regular porque asumen el neoliberalismo radicalmente en términos de oferta y demanda sin pensar, por ejemplo, los efectos en el pequeño comercio, la destrucción del tejido social o la vulneración de los derechos contemplados en el Estatuto de los Trabajadores.

—¿La comunicación puede ser un espacio de transformación de las desigualdades económicas?

—Ciertamente, si la concebimos como Ciencia de lo Común. Hemos aprendido que compartir en la teoría del valor en redes no empobrece. El problema es cuando se captura por corporaciones que no comparten ni su tecnología, ni el software ni la riqueza generada. Antes bien, se apropian de las externalidades positivas que genera el intercambio.

La comunicación, por ello, debe disputar el sentido del cambio tecnológico para dotarle de corazón, como en las redacciones: sobra marketing y falta inteligencia colectiva para compartir los bienes comunes, más aún en la era de Internet.

—En su presentación en Madrid, en la Librería Traficantes de Sueños, informó de un proyecto editorial sobre Marxismo y Comunicación. ¿No resulta inadecuado en la era de Internet?

—En modo alguno. Creo, antes bien, que es un proyecto necesario, radicalmente urgente en el tiempo que vivimos. Por ello, llevo cinco años revisando los clásicos y recuperando lecturas no hechas en Comunicación para una nueva teoría de los medios desde la tradición materialista. Si todo va bien, el próximo año será publicado en Siglo XXI.

Confío y tengo la esperanza de aportar herramientas de análisis y abrir un debate en el campo de la comunicación desde una perspectiva crítica. En este empeño estamos, desde la minoría y radical voluntad de pensar intempestivamente. Por fortuna, como aprendimos de Neruda, en esta tarea nunca estaremos solos: ni en la teoría ni en la práctica.

REDACCIÓN / ANDALUCÍA DIGITAL

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