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sábado, 1 de agosto de 2020

  • 1.8.20
Las figuras del miedo se han utilizado con frecuencia a lo largo de la historia en el seno de la cultura oral y las generaciones más jóvenes las siguen usando. Estos personajes o lugares tienen como objetivo final la enseñanza del miedo en la infancia, como actitud para afrontar la vida adulta y alejarles de lugares, personas y acciones que se consideran peligrosos. En general, el “asustachicos” funciona como un refuerzo negativo de cualquier actitud que los padres deseen erradicar o, al menos, minimizar.



La atención a la infancia ha evolucionado mucho a lo largo de los siglos. Tradicionalmente, en tiempos pasados, los niños tenían poco tiempo para ser niños. Las familias eran numerosas, los peligros se multiplicaban por doquier, el trabajo infantil era una realidad cotidiana, la mortalidad infantil era elevada,…En definitiva, un microcosmos totalmente distinto al actual. Una buena muestra es la evolución de los cuentos infantiles. En la actualidad, este tipo de historias tienen un final feliz y “dulcificado”, “tipo Disney”, sin embargo, no siempre fue así. En el cuento de los hermanos Grimm, los enanitos colocan a Blancanieves, envenenada por la reina a través de una manzana, en un ataúd de cristal. El príncipe la rescata, pero durante la boda, le colocan unos zapatos de hierro ardiente a la reina y la hacen bailar hasta la muerte. Por otro lado, en la versión original de la Bella Durmiente, el príncipe, al verla dormida, decide violarla. Nueve meses después, da a luz a gemelos (dormida aún) y uno de ellos le sustrae el veneno del dedo al chuparlo, por lo que despierta. La versión original de Perrault de Caperucita Roja es atroz y sangrienta. El lobo le da indicaciones falsas a la niña, que se pierde y acaba siendo devorada. Una buena advertencia de lo peligroso que puede resultar hablar con desconocidos. La abuela y el leñador se añadirían en versiones posteriores.

Volviendo a los asustadores, quizás el principal y más generalizado dentro de nuestra cultura española sea el “coco”, más conocido en Los Alcores como “el cucu”. Se trata de una de esas figuras a las que recurre la madre para conseguir dormir al niño a través de la nana.

Duérmete, niño,
duérmete ya
que viene el cucu
y te comerá.

Esta nana tradicional es un resabio ancestral. Con antecedentes documentados en el siglo XV, que surge en la concepción supersticiosa del sueño sometido a fuerzas malignas y ocultas. El origen de esta palabra puede deberse a una deformación de la palabra cucurucho, que es el nombre del capirote que usaban los condenados por la inquisición. En cuanto a la etimología de coco, la tesis más plausible es que la que emparienta este asustaniños con el fruto del cocotero: los tres agujeros de la cáscara del coco recordarían los ojos y la boca de una monstruosa cabeza oscura.

Otra figura imaginaria es la del Hombre del saco, que tiene su correlato real en numerosos criminales tristemente famosos por secuestrar y matar niños. La versión tradicional lo describe como un grotesco vagabundo que recorre las calles de noche con un saco vacío a los hombros, en el que mete a niños perdidos, a los que se han portado mal durante el día o a los que no quieren irse a la cama por la noche. Por otra parte, El Tío Camuñas sugiere en la imaginación infantil el mismo terror que el Hombre del Saco, el Coco, o el Sacamantecas. Todos tienen en común su fama de seres monstruosos que odian a muerte a los niños. Sin embargo, en el caso del Tío Camuñas su imagen de infanticida resulta injusta. El Tío Camuñas existió en realidad. Su nombre real era Francisco Sánchez Fernández y vino al mundo el 11 de septiembre de 1762 en Camuñas (Toledo). Su vida era tranquila y apacible, hasta que la invasión francesa lo convirtió en guerrillero y, posteriormente, en jefe de una temida partida, que acabó diezmando a las tropas francesas por toda la Mancha. Sus daños fueron tales que los franceses gritaban horrorizados «¡Que viene el Tío Camuñas!» cuando la banda actuaba. La vida del Tío Camuñas se apagó en octubre de 1811, a los 49 años, cuando fue sorprendido en Belmonte (Cuenca), capturado y fusilado. Murió el hombre y nació la leyenda.

Otro “asustaniños” de carne y hueso, durante los años 60 y 70 del siglo pasado, fue Eleuterio Sánchez, “El Lute”, ladrón convertido en mito al escaparse en varias ocasiones de las cárceles franquistas. El Lute se movió con frecuencia por territorios sevillanos, por lo que se convirtió en un “recurso” para asustar a los niños desobedientes.

Los profesores de la Universidad Pablo de Olavide, Alberto del Campo Tejedor y Fernando C. Ruiz Morales, hacen referencia a algunos “asustaniños” específicos de El Viso del Alcor, en la Revista de Dialectología y Tradiciones Populares. “El Cuervo” causaba el terror en el imaginario de los niños visueños de los años sesenta por su elevada estatura y su aspecto peligroso. Además del miedo a este “demente”, los autores rescatan del olvido al miedo a “una loca”, conocida en El Viso del Alcor como la “Loca de la villa”, que es recordada por el imaginario infantil de los años 50 como una mujer alta y seca que atemorizaba a la población con “un cuchillo en la mano que brillaba mucho”. “Los menores debían permanecer lejos del Pilar de la Muela, donde vivía la loca, a las afueras del pueblo. Este es uno de los rasgos de los locos: muchos viven en los márgenes de la localidad, tanto físicos como simbólicos”.

El imaginario visueño es extenso y podemos rescatar al “duende de los ojos verdes” de la Fuente del Pocito Saco, al fantasma del Conde del Castellar o a los “munis” (municipales) que rajaban los balones de los niños que jugaban en las calles, todavía con escaso tráfico.

El miedo a la visión tradicional de la gitana como “robaniños” ha tenido su plasmación en la lírica popular, como en esta nana, que se canta en pueblos de Sevilla, como Carmona o Alcalá de Guadaira (Fernández Gamero, 2008): “En la puerta de la casa hay una gitana, se quiere llevá a mi niño y a mí no me da la gana”.

En definitiva, los “asustachicos” son seres mitológicos tradiciones que luchan por “sobrevivir” bajo nuevas formas imaginarias que provienen de la televisión, el cine, los videojuegos o internet, junto a otros seres bondadosos como el Ratoncito Pérez, Papa Noel o Los Reyes Magos.

El relato oral no ha muerto, aunque hoy se ve necesariamente influido por el mundo de imágenes mediáticas. El viejo folclore, pues, sigue transformándose, aunque el miedo infantil y la figura del “asustaniños” pervive en pleno siglo XXI.

MARCO ANTONIO CAMPILLO

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