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COLEGIO PROFESIONAL DE PERIODISTAS DE ANDALUCÍA

Mostrando entradas con la etiqueta Desde mi sardiné [José Ángel Campillo]. Mostrar todas las entradas
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sábado, 11 de septiembre de 2021

  • 11.9.21
En otras ocasiones, en distintos artículos y publicaciones he hecho referencia a la imagen de nuestra Patrona, a su Hermandad, al día que fue solemnemente bendecida, etc. Sin embargo, en este artículo voy a reivindicar que en nuestro nomenclátor, que es lo mismo que decir nuestro callejero, se rotule una calle que lleve el nombre de uno de los días más importantes para nuestro pueblo, para el día en el que nos sentimos parte de una comunidad: el 12 de septiembre.


Si repasamos el callejero nos encontramos nombres muy variopintos, desde las dedicadas a pintores: Goya, Greco, Sorolla…; las dedicadas a escritores como puede ser la calle Juan Ramón Jiménez o la plaza Rafael Alberti, por poner algunos ejemplos significativos.

Otras llevan el nombre de plaza de la Concordia, calle Unidad, avenida de la Paz y un lago etcétera que nos lleva a las distintas advocaciones religiosas: Jesús Nazareno, Virgen de los Dolores, Santa María del Alcor…o a otras que recuerdan a personajes históricos, es el caso de: Colón, Gaspar Juan Arias de Saavedra, Condes del Castellar, Almutamid, etc.

Nuestro callejero adolece, al igual que muchos otros de nombre de mujeres, son muy pocas las que aparecen  siendo el porcentaje ínfimo, por no calificarlo de ridículo, es por tanto una asignatura pendiente.

Pero también creo que es necesario dedicar nombres de calles a costumbres propias de El Viso, como por ejemplo “Hoguerita” o “Billarda”, porque creo que no hay algo más típico en nuestro pueblo que la hoguerita o la billarda. A este respecto hace falta un estudio de algunas costumbres o juegos que podrían dar nombre a nuestras calles.

Echo en falta también el nombre de calles que hagan referencia a efemérides que pueden ir desde las internacionales a las puramente locales pasando por las nacionales y autonómicas, es el caso de la calle “28 de febrero”. Obviamente,  no hace falta explicar los motivos por los que en nuestro pueblo hay una calle con esta denominación.

Creo necesario que en nuestro callejero encontremos calles que conmemoren el “8 de marzo”, el “12 de octubre”, el “6 de diciembre”… y, como no, el  “12 de septiembre”. 

El presente año hubiese sido el ideal para rotular una calle con el día en que celebramos la festividad de nuestra patrona, porque este 12 de septiembre del año 21, según el calendario, será único e irrepetible,  habrá muchos más, pero ninguno con unos dígitos tan significativos.

Sin duda alguna es una fecha significativa para nuestro pueblo porque es el día de nuestra Patrona, día de confraternización. Es el día en el que la imagen de Santa María del Alcor Coronada recorre las calles de nuestro pueblo, un hecho que podemos analizar desde una perspectiva religiosa o puramente artística pasando por la costumbrista de Andalucía, pero es un hecho a tener en cuenta. Podemos decir que las fiestas patronales cada uno de nosotros las ve y las vives desde perspectivas distintas, como si de un caleidoscopio se tratase. Unos las viven con fervor religioso, otros desde una perspectiva lúdica (la romería), otros como deleite artístico, un deleite para los sentidos al contemplar la bella imagen cobijada sobre un bello templete, los nardos, la música, la carreta del Simpecado, todo un deleite para los sentidos.

Para terminar decir que en el año 1940 se celebró por primera vez el 12 de septiembre, por lo que estamos hablando de 81 años.

Vivamos unas fiestas patronales distintas, pero seguras. 


JOSÉ ÁNGEL CAMPILLO



sábado, 14 de agosto de 2021

  • 14.8.21
Aunque el presente artículo no tiene una relación directa con la Historia de nuestro pueblo, trata de ser un modesto, pero sincero homenaje, a aquellos hombres y mujeres que a lo largo de la Historia han peregrinado a la capital hispalense en las vísperas de la festividad de Santa María de Agosto, que no es otro que el de la festividad de la Asunción. La veneración hacia dicha advocación dio lugar en 1959 a que la primitiva Virgen del Refugio, una dolorosa que se encontraba a los pies del Cristo de la Misericordia, fue convertida por el escultor D. Antonio Gavira Alba, en la imagen de Nuestra Señora de los Reyes, al añadirle un Niño Jesús de Terracota.


Como decíamos anteriormente, el 15 de agosto es la festividad de la Asunción, doctrina que definió como Dogma de Fe el Papa Pío XII el 1 de noviembre de 1950. Aunque el dogma es relativamente reciente, la fiesta se celebra en la iglesia oriental desde el siglo VI y en la occidental desde el siglo VII. 
En nuestro caso, la advocación que se venera es el de la Virgen de los Reyes Coronada (4 de diciembre de 1904), la primera imagen de Andalucía que fue coronada canónicamente.

La imagen de la Virgen de los Reyes está envuelta en la leyenda desde la Baja Edad Media, en tiempos de Fernando III, rey de Castilla y León, porque ya en esta época se atribuía su autoría a los mismísimos ángeles. Incluso la leyenda habla de la aparición de la Virgen al rey estando en el sitio de Sevilla.

Estamos ante una imagen gótica de mediados del S. XIII (ocho siglos) de procedencia franco-germánica, no quedando claro cómo llegó a Sevilla. Esto hace que volvamos a entrar en la leyenda, pues se afirma que fue un regalo de Luís IX, rey de Francia (San Luís), a Fernando III, su primo hermano (San Fernando). Estamos, por tanto, hablando de una imagen del siglo XIII, al igual que el Niño.

Como todas las imágenes, ha sufrido modificaciones a lo largo de su dilatada historia. Es una imagen de 1,70 de altura, hecha en madera de alerce y forrada de fina cabretilla  que recubre la madera como si fuese la piel. La cabeza tiene una larga melena de hilos de oro trenzados, hilos muy desgastados y unidos a la cabeza por puntas de madera. Una de las particularidades de la imagen era el mecanismo que tiene en el torso y al que se accede por una portezuela en la espalda; dicho mecanismo permitía que la imagen moviera la cabeza y, al parecer, hasta bendecir a los presentes en los actos solemnes o procesiones. Dicho mecanismo no se usa en la actualidad, pero era algo muy frecuente en algunas imágenes góticas.

Dada su vinculación con la monarquía castellana, la imagen fue colocada en la que se denominó capilla Real o capilla mudéjar, un habitáculo que se hizo en el muro principal de la mezquita mayor de Sevilla, edificio que fue bendecido, purificado antes de convertirlo en catedral cristiana y adaptarlo a la liturgia cristiana. En este lugar fue colocada la imagen en un altar de plata gótico la imagen de Nuestra Señora de los Reyes. Por debajo de la imagen aparecían entronizadas las imágenes de San Fernando, de su primera mujer, Beatriz de Suabia y del hijo de ambos, Alfonso X. Estas tres imágenes aparecían ricamente vestidas, por lo que podemos presuponer la impresión que ocasionaban a los fieles cuando acudían a la capilla Real a rendirle culto a la Virgen. Delante de la imagen de la Virgen se colocó la tumba del rey Fernando III, la de su mujer y la de su hijo.

La mezquita mayor de Sevilla, del siglo XII, estaba en muy mal estado a raíz del terremoto de 1356, por lo que el Cabildo decidió llevar a cabo su derribo para construir una catedral cuyas obras dieron comienzo en 1401. Esto motivó que en 1432 la  capilla Real tuvo que ser trasladada al patio de los naranjos, lugar en el que estuvo hasta la finalización de la actual en 1575. En 1579 se produjo el solemne traslado de la imagen y de los restos de los distintos reyes enterrados en la misma; en  la nueva capilla, la Virgen se colocó en un retablo de plata, obra de Luís Ortiz de Vargas realizado entre 1643-49. Frente al retablo se colocó una urna de plata con los restos incorruptos del Santo Rey.

Para terminar, decir que la corona de la Virgen, que era de la reina Beatriz de Suabia,  fue robada en 1873, era la conocida como “corona de las águilas”. Tenemos que decir que corrieron ríos de tinta, pero eso es ya otra historia. 


JOSÉ ÁNGEL CAMPILLO DE LOS SANTOS


sábado, 10 de julio de 2021

  • 10.7.21
El Viso ha sido siempre un pueblo muy emprendedor. Ya a mediados del siglo XVII el mercedario fray Pedro de San Cecilio nos dice que la mayor parte de sus vecinos de se dedicaban al trajín, por lo que tenían sus tierras abandonadas. Este espíritu emprendedor hace que, por ejemplo, en el año 1761 encontremos en El Viso a ochenta y ocho arrieros y a cuatrocientas veintisiete bestias de carga. 

El movimiento obrero, los postulados del Concilio Vaticano I hacen que la iglesia se acerque a los más desfavorecidos, de ahí que promueva la creación de asociaciones de socorro mutuo, es el caso, por ejemplo de la fundada en 1903, o el “Montepío Obrero” fundado en 1909. Esta asociación estaba formada por personas de distinta índole política, lo que hizo que las rivalidades entre unos y otros llevase esta asociación al fracaso. 

Esta otra sociedad, en este caso con un carácter más cooperativo es la denominada Sociedad Cooperativa de obreros “Hijos del Trabajo”, fundada en 1912. No se tenía constancia alguna de sociedades cooperativas fundadas en El Viso con anterioridad a las ya mencionadas. A pesar de ello hemos de hablar de la denominada Sociedad Cooperativa “La Prosperidad”, fundada el día 15 de octubre de 1871 (hace ahora 150 años). Esta sociedad estaba formada por veintidós socios en los que nos llama la atención, tanto la disparidad de edades, que oscilan entre los 25 y 52 años, como las profesiones de los mismos: sombrerero (1), jornaleros (6), taberneros (3), encuadernador (1), zapateros (2), arriero (1), sillero (1) maestro de primera instrucción (1), medidor de granos (1), sastre (2), labrador (1), sangrador (1) y comerciante (1).

Otro de los hechos que nos llama la atención es la circunstancia que, a excepción del Secretario, que reside en Mairena, el resto lo hace en El Viso, y por lo que podemos deducir de los apellidos, la mayoría de ellos son nacidos en la localidad, a excepción de los dos sastres: Joaquín Bordoy y Lara, de 34 años y Antonio Robert Gambero, de 39 años. 

Una de las características que une a todos los socios es que todos son mayores de edad y casados.
El 1 de octubre de 1871, antes de la constitución formal de la sociedad, se aprobaron los estatutos. Éstos constaban de un total de 45 artículos y unas observaciones finales. En el artículo dos se especifica que la sociedad se denomina “La Prosperidad”. 

A continuación, en el siguiente se especifica que el objeto de la misma es la de “agrupar a sus asociados a fin de que sus esfuerzos reunidos redunden en beneficio de todos”. Además debían de reunir en un fondo común la economía de los asociados “por medio de la acumulación del trabajo gratuito” a lo que debemos de añadir una suscripción mensual en dinero, invirtiendo todo ello en operaciones y negocios que además de lucrativos llevasen “en sí la práctica de los adelantos sociales de la época, proporcionando por estos medios ocupación o trabajo a aquellos de los asociados que carezcan de él”. Otro de los objetivos es la ayuda mutua en las enfermedades por medio de socorros reintegrables de su haber social.

En las observaciones finales, a las que hemos hecho referencia con anterioridad, se expresa la filosofía de la sociedad cooperativa en los siguientes términos: “El pensamiento que ha precedido a la formación de esta sociedad es eminentemente humanitario: su fin es proporcionar ocupación constante a la clase obrera y su legítima aspiración es ver convertidos en propietarios y hombres instruidos a la totalidad de sus asociados. 

Su porvenir depende de la buena fe y constancia de todos. Confiemos en la Providencia, seamos laboriosos y habremos conseguido nuestras naturales y legítimas aspiraciones”.
En el artículo cuarto de los estatutos se especifica que la sociedad cooperativa tiene su domicilio en El Viso, haciéndose la mención al hecho de que podría abrir sucursales en otras localidades. Es por esta cuestión por la que la sociedad compra una casa en la calle Convento, 3 que en aquellos momentos recibía el nombre de Duque de la Torre. Así el 7 de junio de 1872 se reúnen en la notaría de El Viso los albaceas testamentarios de la referida casa y por otra la Junta Directiva de la sociedad cooperativa formada por ocho personas: el Presidente, vicepresidente, depositario, cajero contador, secretario y tres vocales. Estas personas actúan en nombre y en representación de la sociedad cooperativa. La casa se apreció en unos 12.000 reales y como salió a subasta, pagaron por ella 13.000 reales.

La casa, que era bastante espaciosa, unos 350 metros cuadrados, por lo que era apta, tal y como marcaban sus estatutos para instalar en la misma sus oficinas, además de un espacio para poder celebrar juntas y reuniones. No obstante, hemos de decir que se especifica que en el local se instalarían clases gratuitas de Primera Enseñanza y de Bellas Artes, de ahí que juegue un papel fundamental uno de los miembros de la sociedad cooperativa, don Manuel Mena Lobo, de 28 años. A estas clases podían asistir tanto los socios como sus hijos menores de diez años. 

Como es lógico, en este tipo de local no podía faltar en el local una biblioteca. Sin duda alguna, un planteamiento muy moderno.
Para formar parte de la sociedad cooperativa, cada socio debía de entregar en el momento de la inscripción diez reales y cuatro cada mes. Si no se pagaban tres mensualidades se dejaría de ser socio con la excepción de padecer alguna enfermedad.

Un hecho curioso y novedoso es que la sociedad no discrimina entre hombres y mujeres, pues se admiten a mujeres casadas, siempre y cuando tuviesen el permiso de sus maridos. En el caso de menores, de ambos sexos, se admitirían si tenían el permiso paterno.

La fundación de la Sociedad Cooperativa se produce en un momento de grandes cambios sociales y políticos en nuestro país, en el período conocido como Sexenio Democrático (1868-1874), período que nace a raíz de la denominada Gloriosa (1868). No tenemos constancia del momento en el que desapareció esta Sociedad; muy posiblemente se disipó a raíz de la restauración borbónica en 1875.

                                                              JOSÉ ÁNGEL CAMPILLO DE LOS SANTOS

sábado, 12 de junio de 2021

  • 12.6.21
Los años veinte del presente siglo están resultando ciertamente complicados, más si en ese devenir que es la Historia hemos de añadir una pandemia, una de tantas que ha sufrido la Humanidad. 



Veamos cómo se desarrollaron los años iniciales del siglo pasado en un rincón de los Alcores.

El siglo XX nació marcado por el desastre del 98 donde se perdieron las últimas colonias del imperio español: Cuba, Puerto Rico y Filipinas. El país, a decir de Silvela, político del partido conservador, se había quedado sin pulso: “dondequiera que se ponga el tacto, no se encuentra el pulso”. A este contexto de desánimo hemos de añadir una acuciante crisis económica que fue bastante aguda en el campo.

El Viso del Alcor contaba, con la llegada del nuevo siglo, con una población de unos 6.800 habitantes y la mayor parte de su población activa se dedicaba al campo, por lo que tenemos que hablar de una gran masa de jornaleros que no eran propietarios ni de un solo palmo de tierra y que las condiciones sociales les impedía acceder a ella porque la burguesía había acaparado las tierras procedentes de la desamortización. Habían comprado a buen precio las fincas que en otro momento fueron de la iglesia. Este hecho unido a los bajos salarios, a las malas condiciones de trabajo, al exceso de horas… va a provocar cierta agitación entre el campesinado que se ve atraído por las ideas revolucionarias que se fueron implantado a partir de la segunda mitad del siglo XIX, es el caso del anarquismo y del marxismo, doctrinas que propugnaban el reparto de la riqueza y la dictadura del proletariado, utopía que se hizo posible en la lejana Rusia en 1918.

Junto a esta ingente y desesperada masa de jornaleros tenemos que hablar de un pequeño grupo de propietarios, de industriales y de comerciantes que controlaban el poder local en la alternancia de los dos partidos surgidos de la restauración: conservadores y liberales. Esta oligarquía local es la propietaria de la tierra situada, en su gran mayoría, en el extenso término de Carmona. De esta manera los grandes propietarios van a arrendar sus tierras a pelantrines y pegujaleros (medianos y pequeños propietarios).A grandes rasgos esta es la estructura social de la localidad desde una perspectiva masculina, porque si hacemos la radiografía desde una perspectiva femenina podemos observar una división social simétrica: por un lado tenemos a las esposas de los grandes propietarios y rentistas que se dedicaban, tal y como estaba estipulado socialmente, a la casa; eran las encargadas de organizarla y estar al frente del servicio doméstico, abundante en aquellas casas que necesitaban bastante personal porque las familias eran bastante amplias y, en ocasiones, convivían varias generaciones.

 Otro grupo es el formado por las esposas de los pequeños y medianos propietarios que tenían que hacer frente a los quehaceres domésticos ayudadas por alguna criada y atender, cuando era necesario, el negocio familiar, pues no nos ha de extrañar que un pequeño propietario regentara, a la vez, un pequeño negocio o industria: panadería, fábrica de anisados, tienda de comestibles, de telas, de zapatos, un bar… negocio en el que la mujer va a jugar un papel primordial.

En una posición diametralmente opuesta tenemos a las jornaleras, que también las había. Éstas ayudaban a la paupérrima economía familiar participando en las faenas del campo fundamentalmente en la siega o en la recogida de la aceituna. Son estas mismas mujeres las que van a trabajar como lavanderas, planchadoras, costureras, recoveras… cuando el campo no les ofrecía el sustento necesario.

Y como todo el mundo tenía que aportar dinero a la menguada economía familiar, al igual que los chicos ayudaban en aquellos trabajos relacionados con su condición, las chicas, desde temprana edad, van a emplearse fundamentalmente en el servicio doméstico, bien en el mismo pueblo, o bien como internas en Sevilla, pues hay constancia de la existencia de un grupo de jóvenes que regresaban al pueblo algún que otro fin de semana, o en Semana Santa, o en la Cruz de Mayo. Venían en el tren de los panaderos, el medio de comunicación más rápido hasta que apareció su gran competidor: el autobús.

A groso modo esta es la radiografía de nuestro pueblo a comienzos del siglo, un pueblo que al igual que la gran mayoría de los del valle del Guadalquivir se va a dedicar a la agricultura de secano, fundamentalmente al cereal, aunque no podemos olvidar a la producción de las huertas en las que empieza a desarrollarse una nueva explotación: la naranja amarga.

El hecho de que una economía dependa fundamentalmente de la agricultura, hace que el clima juegue un papel fundamental, de ahí que asistamos a un ciclo en el que se van a alternar las buenas y las malas cosechas. Una buena cosecha trae como consecuencia abundante trabajo y dinero que entra en casa del trabajador. Si el año viene malo, no hay trabajo, no hay dinero y los hombres, agobiados y aburridos, se dedican a dar vueltas por el pueblo o se apuestan en las puertas de los bares, o van al rebusco, si es que lo hay.

Hay que recordar que en estos momentos el Estado no ampara al trabajador con ningún tipo de seguro médico, ni de paro, ni de pensión alguna, como podría ocurrir en la actualidad, por lo que la desigualdad social era bastante patente. Es el Ayuntamiento el que se las tiene que ingeniar para ofrecer trabajo a estos jornaleros en paro con el arreglo de calles, caminos y con la limpieza del cauce de algunos arroyos con el único objetivo de paliar un problema que podía terminar en un conflicto de orden público.

El año 1905 fue duro, muy duro, tal vez el más duro de la década, seguido por el año 1906. En 1905 eran tantos los jornaleros parados que, en grupo, se personaron en el Ayuntamiento pidiendo trabajo y jornal. Como el Ayuntamiento era incapaz de atender la demanda de tantos hombres, el Alcalde, que se ve desbordado por la terrible situación, se reúne con los mayores contribuyentes de la localidad para hacer un reparto de trabajadores en función a la contribución que pagaban, de esta manera el reparto sería proporcional a los bienes que disfrutaban, pero como estos grandes contribuyentes no podían absorber a todos los trabajadores el Ayuntamiento se comprometió a emplearlos en trabajos muy diversos y dispares.
La situación se agravó en el mes de abril, cuando los mayores contribuyentes dejan de dar empleo a los parados y éstos acuden nuevamente al Ayuntamiento pidiendo trabajo, por lo que el Alcalde, temiendo un levantamiento popular, pide ayuda al Gobierno Civil y a la Diputación que no son capaces de solventar el problema, por lo que el pleno municipal aprueba, con urgencia, una partida de 13.766,37 pesetas. 

El Alcalde, Pelayo Jiménez León, incapaz de hacer frente a la situación, presenta la dimisión que no es aceptada porque nadie quiere asumir un cargo que no cuenta con el refuerzo de la autoridad. Dicho de otra manera, no hay suficientes guardias civiles en la localidad que puedan hacer frente a un levantamiento, con el consiguiente problema.

Pero no tenemos suficiente con estos problemas que, la falta de trigo provoca la subida del pan, alimento de primera necesidad que, ante el elevado precio, no todo el mundo podía comprar en la cantidad deseada y esto provoca entre la población hambre y enfermedad, por lo que es, nuevamente, el Ayuntamiento el que tiene que negociar con los panaderos para subvencionar el pan y rebajar el kilo a 40 céntimos.

En este contexto hemos de situar la visita del Cardenal Spínola y el reparto de pan que hizo ante la delicada situación social. A este respecto hay que decir que el reparto de pan era algo frecuente, pues lo realizaban las hermandades o, en situaciones muy dramáticas es el propio Ayuntamiento el que la lleva a cabo. Pero fue tan acuciante la necesidad aquel año que tuvo que subvencionar la carne para que los menos pudientes pudieran comprarla a un precio razonable. Ante esta situación nos podemos hacer una idea de la situación en la que se encontraban las finanzas del Consistorio.

Los años 1906 y 1907 fueron de la misma índole, hasta tal punto que el Ayuntamiento tuvo que seguir repartiendo un kilo de pan entre los pobres (se entiende por familia) y poner en marcha, a través de partidas extraordinarias, pequeñas obras públicas.

Estos períodos de crisis, que son cíclicos y se volverán a repetir en 1911 y en 1924, siendo el reparto de pan o el arreglo de calles y caminos el tipo de trabajo que intenta paliar las grandes necesidades de la población, todo ello en un contexto social de exasperación y división ante la temida propagación del comunismo y anticlericalismo por Europa y por España, lo que lleva entre otras cosas a una lucha contra el ateísmo poniéndose en marcha, por parte de la iglesia, lo que se llamó “la nueva evangelización” cuyo ejemplo lo tenemos en nuestro pueblo con la inauguración y bendición de la capilla del Rosario el 21 de noviembre de 1920, o la consagración de España al Sagrado Corazón de Jesús el 30 de mayo de 1919 por el rey Alfonso XIII.


                                                                  José Ángel Campillo de los Santos

sábado, 15 de mayo de 2021

  • 15.5.21
El que en otros tiempos fuese el callejón del “corral de los almendros”, también conocido como “callejón del monte” porque conducía a la vereda del referido nombre, recibe en la actualidad y desde hace bastante tiempo el nombre de Manuel Jiménez León. En este artículo vamos a desentrañar los motivos por los que el Ayuntamiento de nuestro pueblo le dedicó una calle.

Manuel Jiménez León nació en El Viso del Alcor el día 8 de septiembre de 1821 en el seno de una familia muy acomodada de nuestro pueblo. Hijo de Alonso Jiménez Rico y de Águeda León Mateos, prolífico matrimonio que entre 1820 y 1840 tuvieron diez hijos, siendo uno de ellos Manuel.

El padre de Manuel, rico propietario, pues a su temprana muerte (48 años) dejó un capital estimado en 1.627.375 reales, suma nada desdeñable que fue repartida en partes iguales entre sus descendientes en concepto de legítima. No tenemos constancia de la herencia que dejó Águeda, pero a buen seguro fue también cuantiosa. A esto hemos de añadir la herencia que les correspondió por parte de su abuelo paterno ante el temprano fallecimiento de su padre. 

Entre las muchas propiedades que dejó Alonso a sus hijos hemos de hacer referencia a la que era conocida como “la casa de los pájaros” que después se convertiría en la capilla del Rosario.

No tenemos referencia alguna de la infancia de Manuel, aunque hemos de pensar que no fue nada difícil teniendo en cuenta que procedía de una familia bastante acomodada. Las primeras letras las aprendería en nuestro pueblo, aunque los de bachillerato y universitarios en Sevilla (aunque no tenemos constancia documental de tal hecho).

Las primeras referencias documentales sobre su vida política la encontramos en 1866, fecha en la que nos aparece como diputado provincial por el distrito de Alcalá de Guadaíra, al que pertenecía en aquellos tiempos El Viso, junto a Mairena del Alcor y la propia Alcalá. En esta primera etapa lo encontramos formando parte de la comisión de presupuestos y expedientes de desamortización. No volvemos a tener referencias suyas hasta el año 1872, fecha en la que nos aparece como Secretario de la Diputación, pero ahora es diputado por el distrito de Carmona y como miembro de las denominadas comisiones especiales , o en 1874 como miembro de la Junta de Bienes Nacionales . No nos consta documentalmente que fuese presidente de la Diputación, como tantas veces se ha dicho, pero tampoco lo podemos descartar.

Manuel Jiménez León ha pasado a los anales de la historia local porque fue el artífice, la persona que facilitó la construcción del actual cementerio, el que lleva el nombre de San Francisco. 
En la segunda mitad del siglo XIX, en lo que eran los terrenos aledaños a la vieja ermita de San Sebastián, en la vereda del Cañalizo, se construyó un amplio y espacio cementerio que cumplía todos los requisitos: espacio cerrado con altas tapias y puerta con su correspondiente cerradura. Pero los que allí lo situaron no contaron con dos cuestiones importantes que, desde el primer momento, provocaron lo que podemos considerar un verdadero problema de salubridad pública, a pesar de estar alejado de las últimas casas.

El primero de ellos era que los vientos dominantes, procedentes del sur, llevaban los malos olores a la población. 

El segundo, no menos importante, era que la tierra en la que se sepultaban los cadáveres no era la más apta para este menester, al tratarse de albero, tierra calcárea que conservaba los cadáveres. 

Manuel Jiménez León, consciente del problema, propuso al Ayuntamiento su proyecto de construir un nuevo cementerio en otro lugar en el que ni los vientos ni la tierra fuese un problema. A pesar de ello podemos intuir que este proyecto no fue bien aceptado, o no contó con el apoyo suficiente, tal vez por cuestiones de carácter ideológico. Posiblemente este hecho motivo que en la sesión de 14 de febrero de 1881 se diese lectura a una orden del Gobernador en la que se pone de manifiesto que Manuel Jiménez León “le había presentado un plano y un pliego de condiciones bajo las que se ofrece a construir a sus expensas y ceder a este Municipio el Cementerio en virtud de las malas condiciones del que hoy existe”. Esto creó cierto malestar y los ediles acordaron por unanimidad que se consignase en el acta que “no se le ofrece dificultad alguna en la construcción del citado Cementerio, sino que no sabe cómo elogiar tan acertado pensamiento”.

 A pesar de estos formalismos y alabanzas hemos de leer entre líneas cierta resistencia, porque el hecho de ser el Gobernador Civil de la Provincia el que se dirija a la corporación y no el propio interesado, que muestra una actitud altruista, nos resulta bastante extraño. Por otra parte el hecho de consignar en el acta que la corporación no ofrece dificultad alguna, también enciende, de alguna manera, las alarmas, más cuando el 17 de marzo de 1881 es el propio donante el que se dirige a la corporación manifestando “las dificultades con que tropiezan para construir a sus expensas un Cementerio que cederá al Municipio luego que esté terminado”.

La intervención del Gobernador Civil hizo que la corporación municipal cambiase su postura inicial de tal manera que acordó declarar la construcción del cementerio “de utilidad pública” y que los peritos municipales buscasen fincas rústicas en la zona de poniente y norte de la localidad para que hiciesen catas con el objetivo de asegurar si se podían hacer fosas con una profundidad entre el metro y el metro y medio. El nuevo recinto debía de estar como mínimo a 700 metros de las últimas casas. 

Sin duda alguna, Manuel tendría buena relación con el Gobernador Civil porque días después de este enfrentamiento, por orden gubernativa, bajo la acusación de negligencia y apatía la corporación municipal fue destituida, tomando posesión la nueva corporación el 21 de abril de 1881, siendo Alcalde D.Florentino Sigler y Villar. A partir de estos momentos desaparecieron las trabas y el cementerio se construyó sin grandes dificultades, por lo que se construyó con prontitud, tanta, que fue bendecido el 10 de abril de 1882. 
Jiménez León se comprometió a construir a su costa el cementerio, en contrapartida el Ayuntamiento debería de aportar los terrenos precisos en un lugar alejado de la población, esto supuso que, ante la falta de suelo público, no hubo más remedio que expropiar unos terrenos colindantes con la Vereda del Monte (actual Avenida de Blas Infante).

Además hubo que habilitar un camino para acceder al nuevo cementerio, pues aunque la vereda del Monte era su acceso natural, resultaba demasiado alejada de la Iglesia, por lo que era preciso habilitar un acceso más cercano; de esta forma los cortejos fúnebres no tendrían que dar un rodeo para llegar hasta el nuevo camposanto. Este nuevo acceso es la actual calle Jiménez Muñoz, también conocida como “callejón de los muertos”.

Este es el motivo por lo que el Ayuntamiento, en gratitud bautizó a la que hasta entonces se llamó calle del Monte como Manuel Jiménez León.                                                                                                                                             José Ángel Campillo de los Santos

sábado, 17 de abril de 2021

  • 17.4.21

“Al olmo viejo, hendido por el rayo

Y en su mitad podrido

Con las lluvias de abril y el sol de mayo

   Algunas hojas verdes le han salido”

                                                                       (Antonio Machado. A un olmo seco)

                                                                    

Coincidiendo con el 90 aniversario de la proclamación de la II República, el colectivo ecologista Solano  rindió el pasado miércoles un sentido homenaje a Francisco Javier Santos García (El Viso, 19 de septiembre de 1968-3 de marzo de 2019).




Hombre comprometido con mil y un causas, incansable, culto, gran conversador, irónico, inconformista, polifacético…

La pintura era una de sus grandes pasiones, disfrutaba hilvanando, pincelada a pincelada, sus bellas composiciones pictóricas con las que recreaba  escenas, entre ellas las de nuestro pueblo, su pueblo.

De la misma manera era docto en el arte de la escritura, en distintas variantes, hecho que le permitió participar en distintos concursos literarios en los que obtuvo reconocimiento, es el caso del  primer premio y  premio autor local en el X Certamen de Relatos Cortos Ulises con la obra “Volver” (2002).

Finalista en el V Premio encuentro de dos mundos, de Francia, con la obra “El bosque del hombre huraño” (2004).

Premio al autor local en el XIV Certamen de Relatos Cortos Ulises con la obra “Echa vino, montañés” (2005).

Por otra parte publicó varios artículos en la revista Amigos de El Viso:

En el nº 15 (2003) “Breve historia sobre la Huerta Abajo”, en el nº 16 (2004) El gran túmulo de Alcaudete: “la Motilla”, en el nº 18 (2006) Anca los Vázquez, en el nº 19 (2007) La Tablada, ciudad milenaria en la Cornisa de los Alcores, y en el  nº 25 (2019) Diccionario visueño.

Publicó en la revista Cultural  de los Cuidados nº 15 del departamento de enfermería de la Universidad de Alicante el relato “Amiga enemiga mía” (2004).

Este amor por las letras quedó plasmado en el reconocimiento que le hizo el Ayuntamiento de nuestro pueblo al designar con su nombre el certamen de relatos cortos que hasta 2019 se llamaba Ulises.

De toda su producción literaria me quedo con su libro Diccionario visueño que tuve el gran honor de prologar. Desde el primer momento me gustó la portada que rinde  homenaje a uno de los rincones más emblemáticos de nuestra localidad: el rincón del pilar, pero en este caso, en tiempos pretéritos. Javier hace una recreación  en la que destacan, enmarcados por un bucólico cielo y por tonos ocres del suelo alcoreño, el blanco de las paredes de las edificaciones y el verde intenso del zócalo del palacio de los Condes del Castellar. Tal vez quiso hacer un guiño a los colores de la bandera de nuestra tierra.

Transcribo el prólogo que escribí para su diccionario visueño como pequeño homenaje a a esta gran persona:

“Decía Máximo Gorki que para triunfar en la lucha por la vida, el hombre ha de tener o una gran inteligencia o un corazón de piedra. En el caso de Javier Santos, he de decir que estamos ante un hombre de gran inteligencia, y al mismo tiempo con un gran corazón que ha sabido conchavearme para que prologue su diccionario de términos visueños. Para tal menester, y como es preceptivo, lo primero que hice fue leerlo, y la verdad, la primera impresión que me dio es que no tenía mala chicha.

Es una obra novedosa que está empeta de términos propiamente visueños o que se emplean o han empleado en nuestro pueblo. Puedo decir, fítetu que Javier ha hecho un buen trabajo, un estudio muy espercuío que tiene un magnífico esplante. Ha estudiado, bajo una perspectiva antropológica, un hecho social tan importante para una sociedad como es el lenguaje, que en sí ya es un hecho social pues es el principal elemento socializador.

No quIsiera ser h´artible ni pejiguera en este prólogo, porque el verdadero protagonista es el diccionario que  tiene por objeto dar a conocer parte de nuestro patrimonio inmaterial  con el firme propósito de difundirlo, conservarlo y valorarlo.

He de decir que me he divertido al leer todas y cada una de las palabras que aquí aparecen; términos pacientemente recopilados  que no son más que la muestra de esa riqueza cultural que, si no lo remediamos, se disipará en el mundo globalizado en el que vivimos, porque es nuestra obligación dar a conocer todo aquello que forma parte de nuestra idiosincrasia de pueblo que  pretende seguir siéndolo, que debe de luchar por serlo. Por todo ello os invito a leer y a gozar con esta obra que, como muy bien dice su autor, está abierta a nuevas sugerencias y aportaciones”.



JOSÉ ÁNGEL CAMPILLO DE LOS SANTOS

sábado, 20 de marzo de 2021

  • 20.3.21
Cuando las tardes del tedioso invierno comienzan a animarse con el revolotear de los pájaros en las templadas tardes de la incipiente primavera, cuando el azahar empieza tímidamente a florecer y a embriagar con su fragancia alguna de nuestras calles, cuando en la calla Tío Pinto huele a torrijas, a pestiños y a incienso, podemos decir que “ya huele a Semana Santa”. 




Pero desgraciadamente, este año, al igual que el pasado nuestra Semana Santa será bastante atípica, guardaremos fuerzas para coger con más ganas aún la próxima. Esperemos que así sea.

¿Pero cuando comenzó la Semana Santa en nuestro pueblo? Para responder a esta pregunta tenemos que remontarnos a mediados del siglo XVI, esta es la fecha aproximada en la que podemos hablar de la erección de una cruz o varias cruces en lo que hoy conocemos como Calvario, ahí está el origen de nuestra Semana Mayor, en el humilladero del Calvario. 

La erección de la Cruz del Calvario hemos de ponerla en relación con el viaje que realizó en torno a los años veinte de esta misma centuria el marqués de Tarifa, Don Fadrique Enríquez de Ribera, a  Tierra Santa. Tras regresar de este viaje se le ocurrió organizar un Vía Crucis dentro de su palacio, para años después, dado el éxito que tuvo, hacerlos desde la capilla del palacio hasta el humilladero de la Cruz del Campo. Al parecer la distancia entre estos dos lugares era el mismo que la distancia entre el palacio de Poncio Pilatos y el Gólgota. 

Una de las hijas de Don Fadrique, Doña Catalina Enríquez de Rivera, contrajo matrimonio en 1539 con el primer señor del Moscoso, Don Juan Arias de Saavedra, hijo segundo de  Fernando Arias de Saavedra y María de Guzmán que ese mismo año fueron nombrados Condes del Castellar. Este hecho es el que hace que en la gran mayoría de las ocasiones confundamos al yerno con el suegro.

Solventadas estas dudas de carácter histórico podemos decir que, sin duda alguna, este hecho marcaría el inicio de la Semana Santa en nuestro pueblo, primero a través de la señalización de un vía crucis hasta el Calvario, donde en la actualidad encontramos una cruz de hierro forjado, posiblemente del siglo XVIII, engarzada sobre un fuste de mármol blanco cuya procedencia desconocemos, pero que a buen seguro guarda relación con los patios columnados que aún perduran en algunas casas de la calle Real de nuestro pueblo, casas que podemos calificar como “singulares” y que necesitan, dado su mal estado mayor protección por parte de las autoridades, de lo contrario están condenadas a su desaparición.

En tiempos pretéritos las hermandades de nuestro pueblo hacían su estación de penitencia el jueves y el viernes  Santo. Por lo que respeta al jueves, la primera hermandad que procesionaba por la tarde era la del Dulce Nombre de Jesús. Esta hermandad, al igual que todas las de la diócesis de Sevilla, fue fundada por Don Cristóbal de Sandoval y Rojas el 15 de enero de 1572. Al igual que la de la Veracruz era de disciplinantes, por lo que era una cofradía denominada de las de sangre. La imagen que procesionaba era la de un Niño Jesús, una imagen de talla que estaba vestida que se colocaba en un retablo situado junto al del Cristo de la Veracruz. No nos consta si el paso del Niño iba acompañado por otro de la Virgen, tal y como ocurría en Sevilla. Al ser una cofradía de sangre, a lo largo del XVIII, por lo que en 1740 se fusionó con la de la Veracruz.

A continuación realizaba su estación de penitencia la hermandad de la Veracruz, que en el siglo XVIII se fusionará con la de la Santa Cruz. La fundación de la misma se remonta a mediados del siglo XVI, aunque sus reglas fueron aprobadas en el año 1599 en un Cabildo fundacional que se celebró ante el escribano don Baltasar de Rojas y el prioste de le ermita de San Sebastián don Bartolomé de Sevilla. En un principio, y hasta comienzos del siglo XVII hacía estación de penitencia con un cuadro en el que aparecía la imagen de Cristo crucificado. Será a comienzos del siglo XVII, tal vez coincidiendo con la fundación oficial de la misma, optasen por encargar al imaginero José Gómez, la imagen de un crucificado, de tamaño algo menor que el natural. Tenemos constancia que su retablo estaba situado en el lugar en el que hoy encontramos la puerta que da accede al pasillo de la sacristía. El Cristo iba acompañado por la imagen de una dolorosa bajo la advocación de la Soledad, de finales del XVI o comienzos del XVII y que podemos identificar con la actual virgen de la Amargura.

El viernes Santo por la mañana procesionaba la hermandad de Nuestro Padre Jesús Nazareno. A este respecto hemos de decir que la primera imagen con la que se hacía estación de penitencia era el crucificado de la Misericordia, obra de pasta, de comienzos del siglo XVII que llegó a nuestro pueblo en el año 1604. El cristo fue un regalo que hizo la condesa del Castellar, doña Beatriz Ramírez de Mendoza, a los frailes mercedarios cuando partieron de Madrid para instalarse en nuestro pueblo. Con el paso del tiempo, la imagen del crucificado fue sustituida por la de un nazareno que encargó el prior de los mercedarios descalzos al imaginero Andrés Cansino (1669). No nos consta si en algún momento procesionaron junto con alguna dolorosa, pues la Virgen del Mayor Dolor y Traspaso es del XVIII.

El viernes por la tarde hacía estación de penitencia la hermandad del Santo Entierro de Cristo y de Nuestra Señora de la Soledad. Las imágenes estaban en la capilla que actualmente es conocida como de los Dolores. En un retablo encontrábamos a la dolorosa bajo la advocación de la Soledad y en un lugar que no podemos determinar la hechura de un Cristo yacente en una urna. Sabemos que el Cristo (en la actualidad en el Convento) es de pasta madera y podemos datarlo en el año 1652, obra del imaginero Jerónimo López. Todos estos datos nos han llegado gracias a la documentación que se conserva de un pleito en el que estuvieron inmersos en 1653 el cura párroco Miguel Marín de Palacios y  Doña Catalina Galindo. El pleito es consecuencia de las desavenencias entre el cura y la referida señora que afirmaba que el yacente estaba en su casa porque era de su propiedad y ella lo prestaba para que procesionara. Por su parte, el cura afirmaba que la imagen era propiedad de la Cofradía de la Soledad y entierro de Cristo y que había sido adquirido por las donaciones de hermanos y parroquianos. El pleito lo ganó el cura, por lo que la imagen pasó a la iglesia.

En referencia a Nuestra Señora de la Soledad, tenemos constancia que era una imagen de candelero, colocada, tal y como consta en 1698 en un retablo antiguo compuesto por columnas entre las que se ubicaban pinturas. Un siglo después, en el último tercio del siglo XVIII, esta capilla sigue bajo la advocación de Nuestra Señora de la Soledad, tal y como aparece en el testamento de doña Marina Hurtado que manda ser sepultada al pie de la imagen. Posiblemente, en el siglo XIX, una vez desaparecida la hermandad y sus enseres e imágenes pasan a ser custodiadas por la Sacramental, la imagen pasó al convento y fue convertida en beata Mariana, para con posterioridad, en los años setenta del siglo XX convertirse en Nuestra Señora de la Amargura. 

Tendremos que esperar al siglo XX, concretamente al año 1921, coincidiendo con la inauguración de la capilla para asistir a la fundación de una nueva hermandad: la de los Dolores.


JOSÉ ÁNGEL CAMPILLO
FOTOGRAFÍA: J PEDRO MARTÍN


sábado, 20 de febrero de 2021

  • 20.2.21
El diccionario de la Real Academia Española define la heráldica como la “disciplina que describe, estudia y explica el significado de imágenes y figuras de los escudos de armas”. A este respecto hay que decir que los escudos pueden representar un linaje, a una persona o a una ciudad.

Nuestro pueblo, ente jurídico independiente, primero en 1371, y definitivamente en 1441, al igual que el resto de pueblos y ciudades tuvo escudo, en este caso el de los Arias de Saavedra. Este primer escudo fue utilizado por el ayuntamiento hasta el denominado Trienio Liberal (1820-1823) momento en el que el escudo condal fue sustituido por otro en el que aparece el anagrama de la Virgen María con el lema: “Ayuntamiento Constitucional de El Viso del Alcor”. En 1823, tras la instauración, nuevamente, del absolutismo y de los señoríos, se volvió a utilizar, muy posiblemente, el escudo de los señores de la villa hasta 1836, año en el que la desamortización de Mendizábal dio por terminado el sistema feudal en nuestro país. 

El escudo señorial, además de ser utilizado por el Ayuntamiento, aparecía en aquellos lugares de gran valor simbólico, es el caso de las pechinas de la cúpula de la iglesia conventual, tal y como los encontramos en la actualidad. También aparecía en la cúpula de la iglesia parroquial de donde fue eliminado en fecha imprecisa. En el caso del Convento, hay que recordar que los Arias de Saavedra lo habían construido y se había erigido como patronos de dicho lugar con derecho a enterramiento exclusivo de los señores en el presbiterio, tal y como podemos apreciar en la lápida que encontramos en el lado de la Epístola, lugar en el que está sepultado Gaspar Juan Arias de Saavedra, V Conde del Castellar.

En cuanto a la iglesia parroquial, los señores de la villa sufragaron casi en su totalidad la construcción del presbiterio con su cúpula renacentista, por lo que también adquirieron el derecho a enterramiento, derecho que utilizaron en varias ocasiones, aunque de estos hechos quedan únicamente testimonios documentales.

El escudo con el anagrama de la Virgen María, con alguna que otra variante, se vino utilizando desde 1836 hasta 1975, momento en el que el Ayuntamiento opta por encargar el estudio de la confección de uno nuevo, acorde a la normativa vigente, porque el que se utilizaba no era aceptado Ministerio de la Gobernación. El encargado de estudiar cómo tendría que ser el nuevo escudo fue el genealogista D. Vicente Cadenas Vicent que elaboró un informe muy completo en el que se habla de los escudos encontrados en distintos archivos.

Teniendo en cuenta estos escudos, que como hemos dicho anteriormente, y la Historia de la localidad, se elabora un nuevo escudo que fue presentado en el pleno municipal del 11 de marzo de 1975.
 El nuevo escudo de la villa quedaba de la siguiente manera:

Escudo partido, siendo la parte de la izquierda de color azul (azur) en el que, en color dorado, aparece el anagrama de la Virgen María; la parte de la izquierda en color rojo (gules) donde aparece en color plata la cruz mercedaria por la vinculación de nuestro pueblo con esta orden religiosa establecida en nuestro pueblo en 1604. El escudo aparece rematado con corona real moderna. 

El escudo fue aprobado, previo informe de la Real Academia de la Historia, tal y como quedaba recogido en el Reglamento de Organización, Funcionamiento y Régimen Jurídico de las Corporaciones Locales. El proceso terminó con la aprobación definitiva del Consejo de Ministros del 12 de noviembre de 1976 (Boletín Oficial del Estado de 9 de diciembre de 1976).

Por lo que respecta a la bandera, ésta fue aprobada por Resolución de 9 de julio de 2007, de la Dirección General de Administración Local de la Junta de Andalucía (BOJA 25 de julio de 2007). En dicha resolución se establece que la bandera de la localidad consta de tres franjas horizontales del mismo ancho, azul, blanco y azul. Superpuesto sobre la franja central blanca y desplazado hacia el mástil el escudo del municipio.
En referencia a la tonalidad del azul, el Ayuntamiento establece, dado que la resolución no indica nada, que se trata del 294 C, conocido como azul Prusia y que en nuestro pueblo recibe el apelativo de “azul patrona”.
 
 
                                                  José Ángel Campillo de los Santos



sábado, 23 de enero de 2021

  • 23.1.21
Si nos damos un paseo por el Calvario, justo antes de acceder al humilladero presidido por la portentosa cruz de hierro forjado, nos encontramos con una moderan pista polideportiva donde los niños y jóvenes del barrio juegan durante todo el año. Es en este solar, situado junto a la barrería del Manzano, donde estaba situado el matadero de nuestro pueblo. 


Este edificio municipal fue construido a finales del siglo XIX, pero no conocemos el lugar en el que estuvo el anterior. Consta en las actas capitulares que el reglamento del matadero se redactó en 1890, por lo que asistimos a una modernización de sus estatutos. No debía de estar en muy buenas condiciones el edificio cuando en agosto de 1898 se acuerda realizar obras en el matadero, al igual que el año siguiente, por lo que podemos hacernos una idea del mal estado en el que se encontraba el establecimiento.

Será en 1924 cuando el Ayuntamiento decida ampliar y modernizar el edificio que tenía muchas carencias. Las obras duraron dos meses por lo que una vez terminadas las obras de saneamiento y ampliación del mismo, se podía realizar sin problema alguno la matanza.

En febrero de 1933, como consecuencia del mal tiempo, a lo que hemos de añadir, sin duda alguna el mal estado del edificio, parte de matadero se hundió, hecho que lleva al Ayuntamiento a su reconstrucción porque su puesta en marcha era fundamental para que no faltase carne en la plaza de abastos.

En 1946, dado que el edificio amenazaba ruina y carecía de las condiciones higiénico-sanitarias no eran las adecuadas, la Diputación Provincial presentó un proyecto para construir un nuevo matadero municipal cuyo presupuesto ascendía a 223.305,59 pesetas. La nueva construcción aprovechaba algunos elementos del anterior, es el caso de la portada donde aparecía 1924. Diecinueve años después (1965) se da cuenta del pliego de condiciones para la contratación de las obras de reparación y reforma del matadero y la adquisición de un tractor y remolques destinados a la recogida de basuras y al transporte de las carnes. A pesar de las pequeñas obras que se realizan en el matadero, que no sirven más que para alargar su agónica existencia, en 1975 el matadero estaba en un estado ruinoso a lo que hemos de añadirle las malas condiciones higiénicas con las que contaba en esos momentos. Ante esta situación la corporación municipal decidió, en sesión plenaria celebrada el 15 de mayo de 1975, destinar el dinero que, en un principio, debía de emplearse para la construcción de una nueva Casa Consistorial, en la construcción de un nuevo matadero, obra que se dilataría en el tiempo.

Por lo que respecta a la fisonomía del edificio hemos de decir que tenía una fachada muy simple, destacando en la misma la portada principal rematada en un pináculo donde aparecía 1924. Esta puerta daba acceso a un gran patio que, ante la falta de espacio, se cubrió en parte. A ambos lados del patio sendas naves muy similares en dimensiones; en al de la derecha encontrábamos una gran puerta que daba acceso a la cochera, a continuación un pequeño aseo y ocupando la mayor parte del espacio una sala donde se encendía el fuego para escaldar y limpiar las piezas que se mataban. En la otra nave, que se manifestaba a la fachada a través de una ventana encontrábamos la leñera, el “despacho del veterinario” donde había una mesa de despacho y un microscopio y al final una sala de dimensiones similares a la de escalda y limpieza. A la derecha de esta nave, a modo de ampliación, una pequeña puerta que permitía acceder a los corrales donde el día antes de la matanza se guardaba el ganado vacuno y de cerda. 


JOSÉ ÁNGEL CAMPILLO

sábado, 26 de diciembre de 2020

  • 26.12.20
Uno de los elementos distintivos de la fisonomía de pueblos y ciudades hasta hace relativamente poco tiempo, ha sido el de las torres y espadañas. Estamos ante elementos constructivos, por lo general de carácter religioso que han destaco en el horizonte como mástiles de un barco o como faros asentados en un acantilado, tal y como ocurre con el campanario de nuestra parroquia. Campanarios y espadañas fueron los elementos muy destacados en pueblos y ciudades,  tanto, que la historiografía habla de “ciudades convento”, por la gran cantidad de torres  y espadañas que podíamos encontrar. 

Un campanario es una torre, por lo general, adosada al templo y que alberga en la parte superior del mismo un espacio en el que se colocan campanas y conocido como “cuerpo de campanas”, la parte más etérea del mismo. La morfología del campanario es más  compleja que la de la espadaña que, por regla general, encontramos en ermitas, conventos y capillas. Se trata de una estructura más simple, un muro que se eleva por encima de las cubiertas del templo y que posee una serie de huecos, por lo general rematados en arcos que dan cabida a campanas más modestas y menos pesadas que al estar al aire libre carecen de caja de resonancia.

Rematando el campanario o la espadaña, nos encontramos, por regla general, una veleta, la mayoría de ellas muy simples, otras, como le ocurre al Giraldillo, más compleja en su composición.

Por lo que respecta a las torres tenemos que hacer referencia en primer lugar al  campanario de la iglesia parroquial.

El campanario que podemos ver en la actualidad, el que se yergue esbelto y majestuoso sobre la “loja”, dominando el espacio data de finales del siglo XVIII, muy posiblemente estemos hablando del tercer campanario que ha tenido el templo parroquial.

Del primero tenemos constancia indirecta en las ordenanzas municipales de 1564, que no son más que la copia y mejora de otras anteriores que, muy posiblemente, se remonten a un siglo anterior. Este campanario debió de ser muy simple y modesto, tal vez una espadaña que tuvo más de una campana, pues en el texto se habla de “la campana grande de la iglesia”. Con posterioridad se construyó otro en el lugar que hoy ocupa el coro de la parroquia, dicho campanario, más bajo y menos esbelto que el actual, fue derribado para construir el actual sobre el lugar en el que se situaba el acceso al primitivo campanario.

El actual, que como hemos dicho, es obra de finales del XVIII tiene una estructura cuadrada rematada en un cuerpo de campanas con un arco de medio punto en cada uno de sus frentes. Decir que las actuales campanas son de finales del siglo XIX, sustituyendo a otras más antiguas. Remata la composición una estructura piramidal, un chapitel, en cuya cúspide encontramos una veleta, la de San Miguel. Se trata de una veleta que podemos calificar como “singular” pues representa al Arcángel San Miguel, protector de la fe, vestido a la usanza del siglo XVII. Muy posiblemente esta veleta estuvo pintada de vivos colores que con el tiempo han ido desapareciendo.

La segunda torre es la del reloj del antiguo Ayuntamiento. Frente a la anterior, que tiene un carácter religioso, nos encontramos con una torre, de mediados del siglo XIX, de carácter  civil que fue construida para acoger el reloj, el encargado de dar la hora a toda la población visueña. Asistimos simbólicamente a la desvinculación del poder civil  frente al eclesiástico, pues hasta entonces la hora la marcaba una de las campanas de la iglesia.

La torre fue construida en 1846, tal y como reza en una placa conmemorativa que para tal efecto se colocó en la entrada de la calle Real y que todavía es visible. En ella podemos leer: 

EN EL REINADO DE ISABEL 2ª
SIENDO JEFE SUPERIOR
POLITICO DE ESTA PROVINCIA
EL SR. D. MELCHOR ORDOÑEZ
Y PRESIDENTE DEL AYUNTAMIENTO
CONSTITUCIONAL DE ESTA VILLA
D.DOMINGO GARCÍA DE TEJADA
AÑO DE 1846

Por encima del cuerpo de campanas en el que encontramos arcos apuntados, muy del gusto neogótico, aparece una estructura octogonal a base de columnillas que conforman hornacinas muy planas, y encima del mismo, una estructura semiesférica, a modo de cúpula forrada en azulejo blanco y azul rematada por una  esbelta cruz de Santiago con una modesta  veleta.

Por lo que respecta a las espadañas, hemos de hacer referencia a tres, siendo la más antigua la del convento  del convento del Corpus Christi. Se trata de  una estructura de comienzos del siglo XVII, pudiendo situar cronológicamente su construcción en torno a 1615. Estamos ante una espadaña modesta, pero de diseño muy clásico, propio del momento de su construcción y que tiene similitudes estilísticas con el claustro del convento. La estructura de la espadaña, muy  simple, está compuesta de un solo cuerpo que alberga dos huecos rematados en medio punto donde encontramos sendas campanas.
La bella estructura se remata con un frontón curvo y roto, muy del gusto barroco de cuyo centro arranca una estructura cuadrada rematada en una bola de la que nace una cruz en cuyo eje encontramos una modesta veleta.

La segunda espadaña es la de la capilla del Rosario. Se trata de una estructura construida en los años veinte del pasado siglo. Decir al respecto que el 21 de noviembre de 1920, el templo fue solemnemente inaugurado por la jerarquía eclesiástica.

Consta de una estructura de dos cuerpos, siendo el superior menor que el inferior. En el inferior dos huecos rematados en arcos de medio punto cobijan sendas campanas. Encima del mismo un cuerpo de un solo hueco, también rematado en medio punto que  aparece custodiado por sendas volutas con  pináculos cerámicos. Remata la composición un frontón curvo del que arranca una cruz en cuyo vástago hay una modesta veleta.

La tercera espadaña es la de la casa hermandad de Veracruz y Rosario.

Esta casa, situada en la calle Hondilla, presenta una fachada de la que arranca una espadaña en ladrillo visto. Se trata de un solo cuerpo estructurado en tres calles, siendo la central más ancha y alta que las laterales. Dicha estructura alberga un hueco rematado en medio punto que da cabida a una campana. Encima del mismo un ojo de buey en el que encontramos, en hierro, el anagrama de maría auxiliadora. Remata la composición una cruz, también en hierro. A ambos lados de la composición central encontramos sendos espacios, de menor altura que el central, con la particularidad de presentar huecos adintelados. El arquitecto ha jugado con elementos adintelados y la curva del arco, tal y como ocurre, por ejemplo, en la entrada de la basílica menor de la Macarena (Sevilla) de clara inspiración Serliana.


JOSÉ ÁNGEL CAMPILLO

sábado, 28 de noviembre de 2020

  • 28.11.20
Alcaudete es un vocablo que deriva del topónimo árabe “Alcaodat”, que a su vez es una adaptación del vocablo latino “caput aquae”, que podemos traducir como “manantial, fuente, inicio de río o arroyo”. El pago de Alcaudete, tierra de “frontera” entre el Viso del Alcor y Carmona, ciudad a la que pertenece por estar dentro de su término municipal, es un vasto territorio situado en la fértil Vega carmonense.  El topónimo hace referencia no solo a un cortijo, sino también a un arroyo, a un enorme túmulo, a unos pilares, a una torre o castillo, a una ermita, a unos molinos, a una vereda y en tiempos modernos a una romería. 


Es tal su importancia como enclave histórico que, junto a Carmona y a Gandul es uno de los territorios en los que la población a lo largo de la Historia ha sido más estable; es pues, un territorio fuertemente antropizado en el que abundan gran cantidad de restos arqueológicos.

La carretera que comunica El Viso con Carmona está atravesada perpendicularmente por la vereda de Alcaudete, abierta en 1503, junto a los pilares de la fuente del mismo nombre. No obstante, es una vereda más antigua al ser el eje de unión entre Carmo y Basilippo, en el denominado Cerro del Cincho (Arahal).

Junto a los pilares, la vereda se ensanchaba considerablemente, pues era zona de sesteo del ganado, que tenía que estar abierta ininterrumpidamente durante todo el año.

Y junto a la vereda, el cortijo, cuyas primeras referencias las encontramos en el propio repartimiento que hizo Fernando III, pues dicho lugar fue concedido a su esposa doña Juana de Pontis. El rey le concedió 30 yugadas de excelente tierra (unas 900 hectáreas). Esta gran propiedad, a buen seguro, ya existía en época imperial romana y que pasó sin cambio alguno hasta época musulmana.

En esta zona de gran valor arqueológico encontramos un portentoso túmulo, una de sus “torres” que no fue puesta en valor por la Sociedad Arqueológica de Carmona, en la que participó activamente Bonsor. Fundada oficialmente el 22 de mayo de 1885, en ese mismo año dieron comienzo a una serie de excursiones cuyo objetivo no era otro que el de dar a conocer esta riqueza, siendo la primera visita al Puerto de Alcaudete. Dos años después se publicaron las actas o memorias de esta Sociedad, entre ellas un artículo de  Jorge Bonsor titulado El túmulo de Alcaudete. En dicho artículo encontramos, por primera vez, el  dibujo del gigantesco túmulo. En este documento, Bonsor asigna las siguientes medidas: 60 metros del lado mayor, 45 de lado menor y 30 de altura. A pesar de ello hay que decir que Bonsor no midió el túmulo desde su base, sino desde la parte de arriba. Nuevas medidas  hacen que el túmulo sea aún más grande: 100 metros de diámetro mayor y 60 de diámetro menor. 

Son muchas las teorías que se han arrojado acerca de la funcionalidad de este túmulo al igual que otros similares de la comarca, es el caso del de Parias, Entremalo, Ranilla o el del Viento. Actualmente se dice que estas estructuras se denominan tell , una enorme estructura artificial que se ha ido formando a partir de la superposición paulatina de estratos correspondientes a diferentes períodos”.

La segunda “fortaleza”, actualmente desaparecida, es la que fue conocida como “castillo de Alcaudete”, aunque es un apelativo un tanto pretencioso al ser concretamente una torre, una de tantas que se desparramaban a lo largo de lo que se denominó como “banda morisca” que no es más que la frontera entre el sur de Castilla y el reino nazarita.
 
Esta torre, al igual que otras muchas, fue construida en un momento concreto con una función muy determinada, de ahí que al dejar de tener funcionalidad, fueron abandonadas. Se trata de una torre que formaba parte de una red de fortalezas o torres cuya función era la de  detectar posibles ataques de los musulmanes, y dar cobijo a la escasa población asentada junto a ellas.

En esta zona de frontera, los Alcores jugarán  un papel estratégico de gran importancia dado su carácter de “puerta de Sevilla”, de ahí que podamos hablar de un sistema defensivo articulado en torno a dos líneas de fortificaciones  y una tercera de ciudades y grandes villas que actuarán como base de aprovisionamiento. En la tercera línea defensiva tenemos: Carmona, Écija o Sevilla; grandes áreas urbanas entre las que encontramos pequeños núcleos de carácter rural en torno a una torre defensiva, es el caso de Mairena (el castillo se construyó posteriormente),  El Viso,….; línea defensiva situada en las cercanías del margen izquierdo del Guadalquivir. En los Alcores podemos hacer referencia a un gran número de torres, muchas de ellas desaparecidas y de las que tenemos únicamente evidencia documental. De todas ellas nos interesa la torre del Alcaudete y por su cercanía la del Moscoso.

Por lo que respecta a la de Alcaudete, debe su existencia al hecho de estar en un lugar de paso del Alcor a la Vega, una zona que podemos considerar como estratégica, más si tenemos en cuenta la abundancia de agua en la zona.

Las breves referencias de esta torre denominada vulgarmente como “castillo de Alcaudete” aparecen en las Ordenanzas del Concejo de Carmona, concretamente en el denominado “Título de las veredas e vaderas”, es en este documento donde se nos dice que en  la vereda de Alcaudete hay una zona que es  sesteadero de ganado que comienza justo en la esquina de la torre. 

Siglos después, Bonsor nos dice que, el antiguo castillo, como así lo define, estaba arruinado, aunque nos describe brevemente como era: una torre cuadrangular de unos seis metros de lado y unos quince metros de alto, por lo que argumenta que debía de tener tres pisos de altura. En cuanto al materia de construcción que se utilizó nos dice que la parte inferior era de sillería y el resto de tapial.

Según testimonios orales la construcción estaba a la altura del último molino, según se baja por la vereda hacia la Vega, concretamente, al otro lado del camino. Aunque el referido castillo o torre ha desparecido, hemos de decir que junto al camino “se distinguen en superficie alineamientos de muros sillares”, al igual que  en el cortijo situado sobre una elevación que se destaca en la Vega. Por referencias orales tenemos constancia que en los años veinte del pasado siglo, las rejas de los arados, más de una vez se estropeaban a consecuencia de grandes sillares que eran sacados a la superficie por los mismos trabajadores del cortijo.

Muy cerca de esta torre tenemos la del Moscoso, también desaparecida y de la que únicamente quedan algunos restos en uno de los puertos del Alcor, a medio camino entre éste y la Vega, justo donde aflora en un pilar una corriente de agua, de ahí que su situación sea inmejorable, según Amores, por lo que “debió ser una construcción de cierta prestancia a juzgar por los materiales”. Los restos de la edificación, que aparece separada de la corriente de agua por el camino, tienen una cronología que oscila entre los siglos I al IV/V . Muy posiblemente, tal y como ocurrió para Santa Lucía, dicho lugar, dada su posición estratégica, pudo ser reutilizado. 


JOSÉ ÁNGEL CAMPILLO
FOTOGRAFÍA: JUAN TRIGO

sábado, 31 de octubre de 2020

  • 31.10.20
El 21 de noviembre de 1920, hace la friolera de cien años, fue bendecida e inaugurada la capilla del Rosario, un pequeño templo situado a cierta distancia de la parroquia y cuyo objetivo no era otro que el de poner en práctica la nueva evangelización en aquellos años convulsos de comienzos del siglo XX. Para entender la construcción de la capilla hemos de tener muy presente el contexto social, político y económico del momento.


Sin ir más lejos, en Rusia había estallado la revolución bolchevique (25 de octubre de 1917). Estamos ante uno de los acontecimientos más importantes de la centuria y de la Historia reciente de la humanidad que impactó por igual a la burguesía y a la masa de asalariados, fundamentalmente jornaleros sin tierra. A esto hemos de añadir que la iglesia perdía poder y privilegios en una sociedad cada vez más alejada de sus postulados, fundamentalmente jornaleros y obreros, lo que se llamó el proletariado.

Si la revolución impactó en las conciencias, a buen seguro que la Gran Guerra también provocó cambios ideológicos en todos los rincones del mundo y de la vieja Europa, y en un rincón de la baja Andalucía llamado El Viso del Alcor, que en aquellos años tenía una población de unos 8.000 habitantes, donde una de las principales preocupaciones era que los quintos del año 1919 no fuesen a la guerra de África porque aún estaba muy reciente la de Cuba.

En estos tiempos convulsos en los que  la iglesia se enfrenta al dualismo ateísmo y laicismos, en un contexto anticlerical vamos a asistir a la construcción de una nueva iglesia promovida por una persona con una personalidad muy marcada y de gran influencia en la sociedad visueña del momento, sobre todo dentro de la burguesía local.

Don Primitivo Tarancón Gallo fue cura párroco de nuestro pueblo desde 1909 hasta su muerte en 1938 .Estamos ante una persona con una mentalidad  muy conservadora que a sus cincuenta años, en plena madurez, consiguió construir un nuevo templo bajo la advocación de Nuestra Señora del Rosario. A esto hemos de añadir una posición económica que podemos calificar como desahogada, pues de su bolsillo costeó las obras que se llevaron a cabo en la parroquia, fundamentalmente en el presbiterio y en la sacristía. También costeó la compra de la que se llamaba “casa de los pájaros” un edificio que fue construido con la finalidad de almacenar cereales.

Las primeras referencias del edificio datan del año  1866, fecha en la que encontramos la primera inscripción en el registro de la propiedad de Alcalá de Guadaíra. Sabemos que su propietario era  D. Alonso Jiménez Rico, agricultor con una holgada posición económica que muy probablemente fue el que costeó su construcción. El edificio es el resultado de la unión de cinco solares, no constando su procedencia o propietarios, aunque por la primera inscripción en el registro sabemos que la finca estaba gravada con un tributo de 25 reales y 15 maravedíes al año (la peseta no aparece hasta la revolución de 1868) en favor de la Amortización y una memoria de 10 reales que se debían de pagar a la iglesia de El Viso.

D. Alonso Jiménez Rico, casado con doña Águeda León Mateos, falleció a la temprana edad de 48 años, dejando una fortuna que fue estimada en 1.627.375 reales, suma bastante considerable para la época, siendo parte de esta herencia el pósito de granos o “casa de los pájaros” que en 1865 fue inscrito a nombre de sus herederos.

Según el registro de la propiedad, el edificio estaba en la que entonces era calle Baja  del Rosario número 71 , lindaba por la derecha con el corral de la casa propiedad de José Martín, en la calle Capitas; por la izquierda con la casa propiedad de José García y por la espalda con el corral de la casa, que en la calle Real, poseía una de las herederas doña Patrocinio Jiménez León, esposa de don Juan Bellón, capitán de caballería.

Con una fachada de 14,190 metros y con  56,841 metros de largo tenía una superficie de  806, 573 metros cuadrados. Tras haber consultado en el Catastro las actuales dimensiones de la finca, hemos de decir que hay una gran aproximación entre las medidas antiguas y las actuales, aunque lo que es propiamente  capilla tiene una superficie de 324 metros cuadrados, mientras que la parte profana tiene 498 metros cuadrados, lo que hace un total de 822 metros cuadrados. 

Dos puertas daban acceso al interior de un edificio en el que un gran corredor distribuía los distintos graneros y las escaleras para poder acceder a la primera planta, donde encontrábamos nuevamente graneros. Hay que destacar el patio porticado ,que existe en parte, y que servía como distribuidor de los graneros traseros.

En torno a 1917 don Primitivo comenzó, pacientemente, a comprar cada una de las partes, unas a los herederos directos de don Alonso, otras a los hijos de éstos, hasta que el 14 de octubre de 1927 se redactó una escritura en la que se insertó una Comunicación de la Secretaría del Gobierno, con fecha de 20 de julio, por la que se autorizaba la inscripción del edificio a nombre de la Jurisdicción Eclesiástica. El 15 de noviembre de 1933, don Primitivo, en nombre de la Jurisdicción Eclesiástica, inscribió la finca, para lo que tuvo que presentar la pertinente escritura de aclaración y ratificación otorgada en Sevilla el 27 de mayo de 1933.

Volviendo a la inauguración del templo, hemos de remontarnos a las vísperas, a la noche del 20 de noviembre, fecha en la que la Virgen del Rosario fue trasladada procesionalmente desde la iglesia parroquial hasta el nuevo edificio, recién remozado y adaptado para su nuevo uso. Al día siguiente, domingo, a las diez de la mañana, llegó el Cardenal Arzobispo para bendecir el edificio. Fue recibido por las autoridades civiles y religiosas de la localidad, amén de un nutrido grupo de religiosos procedentes de Carmona y de Sevilla que acompañaron y, a buen seguro ,dieron vistosidad al acto que se convirtió en uno de los grandes acontecimientos socio-religiosos del año.

Una vez bendecida la capilla, se procedió a su inauguración celebrándose la primera misa a cargo de don Primitivo, tal vez como premio a su tenacidad por haber conseguido comprar cada una de las partes en las que había quedado el edificio a lo largo de los años, más cuando algunos de sus propietarios no vivían en nuestro pueblo.

La fiesta y alegría de aquellos días se tornó en quebranto dieciséis años después, pues en julio de 1936, al igual que la parroquia, el templo fue saqueado y todos sus enseres fueron pasto de las llamas. Entre estos enseres hemos de destacar el retablo que presidía el presbiterio y en el que podíamos encontrar en la hornacina central a la imagen de Nuestra Señora del Rosario, una imagen de gloria conocida como “la de don Primitivo”, imagen moderna del año 1920. En la hornacina lateral derecha se encontraba la imagen del Sagrado Corazón, imagen donada en 1923 por  don Antonio Casado; en la hornacina lateral izquierdo, San José y el Niño Jesús, imagen donada en 1921 por Doña Rosario León Ferrero.

El edificio quedó en condiciones lamentables, por lo que Don Cándido Borrego solicita al Ayuntamiento un préstamo para su reconstrucción convirtiéndose en residencia canónica de la Hermandad que el 18 de diciembre de 1940 se va a fundar con el nombre de Hermandad y Cofradía  de Nazarenos del Santísimo Cristo de la Vera-Cruz y María Santísima del Rosario.

A partir de estos momentos el devenir de la capilla va a ir ligado al de la Hermandad, de tal manera que en 1965 el aparejador municipal recomienda en un informe  que se prohíba el acceso a la misma, dado el estado de ruina en el que se encontraba su tejado y las vigas y tirantas de madera. En marzo de 1967 el Ayuntamiento manifiesta  en un cuestionario para analizar la estructura  económica y social de la localidad que dicho establecimiento necesita “la reconstrucción” dado que el lugar estratégico que ocupa dentro de la localidad así lo exigía. 

Ante esta situación, el cura párroco don Manuel Rodríguez, a comienzos de los setenta del pasado siglo plantea la posibilidad de constituir una cooperativa de viviendas, dado que se trata de un solar de 1.023 metros cuadrados (estamos hablando de doscientos metros de diferencia con respecto a la medición inicial). Al respecto hay que decir que hubo un intento de urbanizar unos terrenos situados en el centro del pueblo y que estaban infravalorados. Se pretendía construir una moderna capilla accesible desde la calle, y a través de un pasaje acceder a un grupo de viviendas que se construirían en torno a un patio central.  Sin embargo este intento cooperativista fracasó y el cura ofreció el proyecto a particulares, a lo que la Hermandad, al parecer, puso impedimentos. 

Actualmente, un siglo después de aquel 21 de noviembre, el edificio, gracias a la labor llevada a cabo por la Hermandad, ha sido remozado y goza de “buena salud, por lo que le auguramos, sin duda alguna, otros cien años más.        

                                                               !!!!FELICIDADES¡¡¡¡


JOSÉ ÁNGEL CAMPILLO
FOTOGRAFÍA: HERMANDAD DE VERA-CRUZ Y ROSARIO


sábado, 3 de octubre de 2020

  • 3.10.20
El 9 de abril de 2003 se presentó el proyecto de circunvalación de El Viso y Mairena del Alcor. Se trataba de crear una alternativa a la tan congestionada A-392 que atraviesa ambas localidades con los consiguientes problemas de tráfico y contaminación atmosférica. En la noticia que daba el diario digital ABC se dice que de esta circunvalación, largo tiempo reclamada, “depende en gran medida sus posibilidades de crecimiento futuro” en referencia a ambas localidades. Estamos hablando de una infraestructura de dos carriles en cada sentido que nace en la primera rotonda del Viso, según se viene de Carmona y termina en la misma entrada de Alcalá de Guadaíra, justo en las inmediaciones de la línea del metro y con fácil conexión con la A-92 en dirección Sevilla. 


Las obras se llevaron a cabo entre los años 2004 y 2009, años en los que se transformó parte de nuestro entorno, fundamentalmente de la periferia, creando nuevas zonas industriales y urbanas. Pero no todo fue de color de rosas, pues en marzo de 2011, dos años después de terminada la obra aún no habían terminado de cobrar sus indemnizaciones los afectados por las expropiaciones, que en el caso de nuestro pueblo fueron 13. 

En agosto de 2013, en el salón de plenos del Ayuntamiento visueño, el entonces  alcalde de la localidad ,Manuel García, y la delegada territorial de la Consejería de Fomento y Vivienda de la Junta de Andalucía en Sevilla, Granada Santos, hicieron entrega a las familias afectadas por las expropiaciones el último pago de la circunvalación, entregándose un total de  247.780 euros.

Esta nueva arteria que nos ha hecho entrar en el siglo XXI y que permitirá, además de descongestionar el tráfico, facilitar el desarrollo económico de la comarca, no es la primera. Tenemos que retroceder en el tiempo más de  doscientos años, concretamente al reinado del que fue denominado como “rey alcalde”, nos referimos a Carlos III que dirigió los designios de España entre 1759 y 1788.

La modernización de la red viaria del país nació al amparo del Real Decreto de 10 de junio de 1761, siguiendo el modelo radial que instauró el Reglamento Postal de 1720. Este Real Decreto pretendía la construcción de carreteras que, partiendo de Madrid como eje radial, llegase a Cádiz, Barcelona, Valencia, etc…  Una de estas carreteras es la que unía la Corte con Cádiz, fundamental para distribuir las mercancías que llegasen desde las colonias o la movilización de tropas, entre otras cuestiones. 

Uno de los principales problemas al trazar la nueva carretera era su paso hacia Andalucía, pues la travesía de Sierra Morena era uno de los grandes problemas. Se eligió el paso de Despeñaperros, por dos motivos:

- Era uno de las zonas menos abruptas.

-En la zona se llevaría a cabo un proceso repoblador.

Tenemos que enlazar así la nueva carretera con la fundación de las denominadas nuevas poblaciones; se trataba de crear nuevos núcleos de población con el objetivo de roturar  zonas de monte bajo para, de esta manera, incrementar la producción agrícola al amparo  de los postulados fisiocráticos que promulgaban la agricultura como el elemento que dinamizaría la economía del país. Y la nueva carretera sería fundamental para que estas mercancías pudieran repartirse lo antes posible por el resto del reino, es el caso del trigo, cebada, vino el apreciado aceite de Andalucía que ahora comienza a convertirse en una verdadera industria, de ahí que a lo largo de estos años se plantan gran cantidad de olivos en detrimento de viejos encinares que poblaban las tierras comunales que poco a poco, se van convirtiendo en particulares en manos de la nobleza y de la burguesía.

El promotor de esta tarea repobladora va a ser Pablo de Olavide, intendente general de las nuevas poblaciones que se van a ir repoblando, en principio, con gentes traídas del norte de Europa, fundamentalmente alemanes católicos, por eso en estos pueblos nos encontramos apellidos tan pintorescos como Hebles, Hans o Ruger, por poner un ejemplo.

La nueva carretera fue, sin duda alguna, una  obra de gran magnitud que fue calificada por Antonio Ponz como un obra  “que a pesar de infinitos gastos y dificultades se verá presto concluida, sin que tenga que ceder en comodidad y solidez a los más suntuosos caminos de Europa” que va a permitir llegar cómodamente desde la capital a Madrid en cuatro o cinco días, cuando antes se tardaba una veintena. Hemos de tener en cuenta que este hecho es un éxito, pues el estado de la gran parte de los caminos de nuestro país se encontraban en mal estado, circunstancia que era vista por los contemporáneos como algo negativo, pues “impedía los flujos comerciales, penaba el mercado regional y no hacia posible el tránsito de la mula al carro con las consecuencias que esto ocasionaba”. 

Uno de los grandes problemas que plantea la construcción de la carretera era el de su financiación que se obtuvo de un impuesto sobre el consumo de la sal; a esto tenemos que añadir el problema de su conservación, por lo que desde el primero de julio de 1767  la superintendencia distribuyó peones para los desperfectos cotidianos, intensificándose la regulación de la obra con la llegada de Floridablanca a la Superintendencia en 1777.

La nueva carretera, procedente de Madrid y que ya en la provincia de Sevilla pasaba por Écija se dirigía hacia la Luisiana, pasaba por las Cumbres y por el puente sobre el Corbones donde se bifurcaba en dos ramales, dirigiéndose uno  hacia la  “puerta de Córdoba” que no era más que el antiguo trazado de vía romana. El otro ramal que, escalando las faldas del Alcor, entraba por lo que en Carmona era conocido como el arco de la Carne, atravesaba el Arrabal y salía por el Carmen donde se encontraba la parada de postas, casa de diligencia y posada (actualmente un restaurante chino en el paseo del Estatuto). Desde aquí se dirigía hacia la venta del Alcaudete (la venta de “la Cagá”), atravesaba el Viso, Mairena y se dirigía hacia Alcalá en dirección a Cádiz para lo que tenía que salvar un puente de siete ojos que, aunque de arquitectura romana, fue reedificado en 1780, siendo su coste de 50.700 reales. Una vez pasado el puente, la carretera se dividía en dos ramales, una que se dirigía a Sevilla por el almacén de la pólvora y las ventas de Torreblanca, Amate y Cruz del Campo; la otra se dirigía hacia Cádiz.

Centrándonos en el tramo de carretera que pasa por nuestro pueblo tenemos que decir que hubo que construir una alcantarilla a modo de pequeño puente en el lugar que hoy conocemos como Terraplén, salvando así el  arroyo que, procedente de la carretera de Tocina, transitaba por la calle Ronquera, Maestro Seri, traseras de la calle de la Palma hasta desembocar en el barranco. Estamos hablando del arroyo de las Almenillas por la pared almenada que había justo donde hoy está la entrada a la calle San Pedro Nolasco.

La construcción de esta nueva arteria, que nos puso en el mapa,  supuso entre otras muchas cosas un aumento de la población, pues su construcción va a coincidir, por ejemplo, con la conversión del  “camino Nuevo” en la que actualmente es calle Rosario o “de los Cerros” porque se parcelaron y concedieron solares a los que necesitaban construir su casa, lo que evidencia la falta de vivienda en estos momentos a consecuencia no solo de un aumento natural de la población, sino de los nuevos vecinos que, procedentes del norte de España, se instalaron en nuestro pueblo.

De la misma manera, la incipiente burguesía agraria, para manifestar su poder económico, va a construir suntuosas viviendas que no son más que el reflejo  de la que podemos considerar como edad dorada de nuestro pueblo, pues no solo se construyeron hermosas casas, sino que también se remodeló la iglesia parroquial, se  remozó el convento del Corpus Christi, se construyó el nuevo pósito municipal (Ayuntamiento viejo) o se remozó el que fue palacio de los Condes del Castellar, todo ello es el ejemplo más patente de lo que supuso esta nueva circunvalación para la vida de nuestro pueblo y de sus gentes


JOSÉ ÁNGEL CAMPILLO


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