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Mostrando entradas con la etiqueta Preguntar para escribir [Antonio López Hidalgo]. Mostrar todas las entradas
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lunes, 9 de septiembre de 2019

  • 9.9.19
El escritor francés Eric Vuillard (Lyon, 1968) cuenta en 14 de Julio la toma de la Bastilla, pero en el relato no aparecen aquellos personajes que nunca estuvieron allí. Sus auténticos protagonistas son el pueblo, gentes anónimas impulsadas por el hambre y la miseria, individuos sin derechos que convulsionaron un régimen arcaico para dar un nuevo sentido a la Historia. Narra también cómo se vivía entonces en la corte de Versalles y descifra el trasfondo económico y social que provocó el levantamiento.



El libro sorprende al lector, está bien escrito, es breve y de estructura perfecta. Un libro que para nada es novela histórica, sino relato donde Historia y Literatura se funden. Vuillard escribe desde el presente. Dice que la Historia se puede escribir de dos maneras. Como algo que ocurrió y se concluyó. Pero también como hechos que no están cerrados. Y para él el 14 de Julio no lo está. Se prolonga, por ejemplo, con los chalecos amarillos. Para él, el París del siglo XIX y principios del XX representa el tumulto, la gran capital del mundo.

No tiene nada contra la ficción, pero considera que en una época en que la libertad retrocede y la desigualdad avanza abriendo una brecha inquebrantable, no es ese el camino más certero. Excepto para fotografiarse, anda por la vida enfundado en un fular, viste de oscuro, habla con entusiasmo de su obra y es generoso en su discurso oral, pero muy escueto en sus libros, que los lima hasta la perfección.

En España, solo se han traducidos dos novelas más: El orden del día, con la que obtuvo el Premio Goncourt 2017, y Tristeza de la tierra. La otra historia de Buffalo Bill. Dos libros de imprescindible lectura. Ha publicado, además, Congo (2012), Conquistadors (2009) o La bataille d’Occident (2013).

—En su libro no hay grandes personajes. Sus protagonistas son la gente anónima, el pueblo, impulsada por el hambre y la miseria.

—Creo que la historia de la literatura, cuando gira hacia la realidad, aparece que la realidad somos muchos y no solamente un pequeño grupo de individuos que quisieron ocultar unos eventos. Y uno de los objetivos es intentar cómo contar una historia colectiva. Es lo que yo pretendía.

—Dice usted que relatar la Historia es una manera de mirar el presente. ¿Cómo ve el presente?

—Yo diría casi lo contrario. Yo creo que es el presente el que nos permite comprender el pasado. Cosas que han ocurrido desde 2008, una asociación de movimientos populares en Grecia, en Francia, en el mundo árabe o en Estados Unidos, permiten desleer el pasado de otra forma. Por ejemplo, la deuda, que es un tema muy importante en España, es la base. Y del porqué la crisis española y del levantamiento de parte del pueblo, este problema de la deuda lo encontramos el 14 de Julio.

Hay deuda. Y esta deuda de España o de otros estados nos permite ver el pasado de otra manera, y vemos esa deuda del 14 de Julio, y antes de la Revolución, y eso nos hace ver más allá. Lo que vemos es que en el nacimiento de la democracia está el tema de la deuda nacional. El nacimiento de la democracia es el borrado de la deuda nacional.

—Ahora los más ricos ya no necesitan al pueblo. Viven en barrios apartados. Dice usted que este hecho afectará al trabajo del escritor porque ya no frecuentaremos a esas clases pudientes. Tendrá que nacer otro Marcel Proust.

—Bueno, siempre hay renegados. Hay una bella expresión que dice que hay porquería en todas las clases. Lo que, en cierta manera, el regalo de Proust, que proviene de un medio que es judío en un ambiente de aristócratas desfasado, y luego está esa burguesía enriquecida y digamos está doblemente extranjero de este ambiente. Es quizás una forma y una parte de esa mirada que puede tener. Por lo tanto, como Proust, deberíamos buscarnos un renegado o encontrar otra relación, como intentar aprender cosas sobre esos grupos que están tan cerrados.

De alguna forma, podemos decir que la Historia hoy en día es un recurso. Ya no puedo frecuentar a los grandes comerciantes, los grandes industriales, los banqueros, los hombres políticos de hoy en día, ya que vivo en un medio y en un ambiente normal y muy alejado de mí, pues si miro en la Historia, puedo ver que el pasado me da un cierto acceso, una presencia, y vemos el cinismo de ese mundo.

—Dice usted que los movimientos de los indignados y la 'Nuit Debout' contienen sentimientos parecidos a los de la Revolución Francesa. En el sentido de que resurge el sentimiento colectivo y se vuelven a tomar las plazas.

—Sí. En el fondo, los historiadores insisten en la diferencia. Cada historiador es especialista de la Comuna de París o de la Guerra Civil española, y demás. Insisten sobre la diferencia, ya que la conocen. También podemos considerar que existe una secuencia histórica de largo recorrido y que, en el fondo, acerca de esta cosa, no es fácil cuando la desigualdad de las sociedades a veces son diferentes, pero como estructura la desigualdad es perenne.

Y el descontento tiene relación con escribir la Historia y la Historia se puede escribir de dos formas. Como algo que ocurrió y se terminó. La historia de la Guerra Civil como algo que pasó. Se puede escribir la historia del 14 de Julio como algo que ha ocurrido. Pero se puede contar también una historia como que no estuviera terminada. Y la historia del 14 de Julio no es una historia terminada. El tema de la emancipación de los hombres sigue.

—Su intención con este libro era deconstruir la toma de la Bastilla petrificada como fiesta nacional y mostrarla como una insurrección popular. ¿Se estaba deteriorando su perfil, su significado?

—Es que, de la manera como se citó en el pasado, se hizo con objetivos particulares. El contexto político era diferente. No hay historia neutra. Las historias del historiador Jules Michelet eran historia republicana, como antiguamente se decía, porque él quiere que la república se establezca, y daba mucha importancia a las embajadas burguesas, que siguen después del 14 de Julio, porque jugaron incluso un papel contrarrevolucionario el 14 de Julio.



A mí me parece que hoy en día, en el presente que nos ocupa, esa presencia del pueblo que se busca nos obliga a ver la cosa de manera diferente y nos permite ver el aspecto heterogéneo del gentío y vemos las cosas de otra manera y, sobre todo, la importancia que Michelet le había dado a la burguesía para no ver la realidad: que el 14 de Julio era únicamente ese hecho no solamente popular.

—La Revolución Francesa fue ante todo parisina. París es la ciudad que siempre todos quisieron conquistar o quemar. Incluso Hitler.

—Es que París ha sido al final del siglo XVIII una de las ciudades más importantes del mundo. La ciudad es, en ese momento, un fenómeno capital. Las ciudades poco a poco van a acoger a los campesinos, gente de la zona rural. Y las ciudades se convierten en un lugar de gran heterogeneidad de orígenes. Se oyen idiomas y lenguas diferentes. Son los idiomas del mundo entero y construyen una subjetividad diferente. Las ciudades enormes que aparecen en esa época construyen otra forma de amar, de frecuentar amigos, de trabajar, de andar por la calle, y construyen un anonimato que es otra forma nueva de libertad. Y de alguna forma, París inventa la Revolución Francesa. Hace posible la Revolución Francesa.

Esa subjetividad exige unas nuevas relaciones y es por ello, pienso, que París es un personaje que sigue en el siglo XIX y XX. Ha sido centro de muchos desafíos y por ello París es un personaje de novela que atraviesa todas las grandes obras noveladas del siglo XIX y principios del XX. París es el gran personaje colectivo, democrático, del siglo XIX y principios del XX. Eso es lo que representa París. Representa el tumulto.

—La mayoría de los pobres han sido expulsados del centro de París, pero el extrarradio de la ciudad puede arder cualquier día. ¿Lo ve así?

—Sí. Sin duda. Son pobres casi enteramente. Todavía el norte-este aún es muy popular, pero es verdad que han sido exiliados fuera del centro de la ciudad y, sobre todo, el norte-este se ve a menudo como el extrarradio francés. Digamos que algo sale ardiendo y donde la policía actúa o mata a un joven es precisamente en la periferia.

Y lo que podemos desear quizás es que algún día, tras no sé qué operación policial de importancia, el pueblo pueda de nuevo ocupar París y el centro. Hoy en día es un poco lo que puede ocurrir. Cuando vemos los chalecos amarillos desfilando por París, de pronto un sábado o un domingo, se ve cómo la ciudad está a su favor cuando ellos desfilan.

—Los personajes aparecen con sus nombres. No quiso escribir esta historia desde el cielo, sino fundido con la multitud. No era posible otro punto de vista.

—Yo creo que no. Mi libro no es una contrahistoria. No se puede decir de 14 de Julio que no es una historia popular, porque el pueblo es la componente esencial en su historia. Porque el 14 de Julio no hay otra historia popular.

—La multitud, cuando asalta la Bastilla, es consciente de que lo que quiere es tomar el poder. Se apodera de fusiles y de pólvora. Pero también las élites entendieron, aunque tarde, qué pasaba.

—Sí entendieron lo que pasaba. Conspiraron todo el día para evitar la caída de la Bastilla. Pero la masa era tan determinante. Y es lo que intento poner en escena en el libro, por una razón muy simple. El libro empieza contando una revuelta menos conocida que se llama revuelta de Réveillon, que tuvo lugar a finales de abril y que tuvo 300 muertos. Eso no fue una represión real. El Ejército del Rey mató a 300 personas y fueron tiradas en las catacumbas de París. Claro, que todo el pueblo sabe lo que ocurrió y lo tiene en su memoria. Y amenaza antes del 14 de Julio.

Parece que el ejército está presionando y yo creo que la conciencia del pueblo de París recuerda esa matanza, y el pueblo se organiza. Ya no puede permitirse perder. Y luego también, en la guardia francesa, una de las componentes del ejército del rey, va a cambiar. Antes dispararon contra el pueblo y se le ha reprochado mucho. Porque esa gente vive en torno a la Bastilla. Y esos militares van a irse de allí. Y eso abre la posibilidad del 14 de Julio precisamente.

—Dice usted que la historia de la emancipación de la humanidad no ha concluido. ¿Los chalecos amarillos es una prolongación de esta historia interminable?

—Sin duda. Como cada vez que se producen eventos de esa naturaleza. Forman parte de esa historia de la emancipación. Y cuando yo digo que esa historia no está terminada es que me ha parecido, escribiendo mi libro, que yo entiendo la cosa así. Por eso escribo y me dedico a ello. Es que escribiendo el libro he tenido cada vez más el sentimiento de escribir como si la historia estuviera terminada. Y me ha parecido que ese momento se puede escribir de otra manera, que otros libros se escribían también como si la Historia hubiera estado terminada.

En realidad, es un punto de vista político en el que en el instante sí se considera que la historia de la emancipación no está terminada. Al igual que el de las desigualdades no se ha terminado. Se escribe de otra manera. Y la escritura compromete el estilo, la forma del libro, porque compromete al lector personalmente si la historia no está terminada. Significa que el lector está escribiendo y forma parte de esa historia.

—Dice usted que “vivimos una época en que el pueblo se busca as sí mismo”. Pero parece que anda un poco perdido. Porque la ultraderecha triunfa en toda Europa, en América.

—Yo creo que significa sobre todo que el procedimiento democrático tiene fallos, porque finalmente el pueblo responde a las preguntas que se le plantean.

—Su libro es historia y literatura. Una relación muy antigua. Al igual que ocurre con el periodismo. Imagino que no le gustará que digan que se trata de novela histórica. Porque es otra cosa.

—Sí. Es diferente. Tengo un reflejo esnob contra la novela histórica, pero de alguna forma me parece que, después del siglo XIX, hemos podido distinguir novelas muy interesantes pero que cuentan una aventura siempre con un fondo de amor y una decoración, mientras que Noventa y Tres de Víctor Hugo es una novela que va a jugar un papel político en su momento. Es una novela que va a revaluar el terror. Es una novela donde Víctor Hugo va a modificar profundamente la relación que podemos tener con la Revolución Francesa, de forma general, y con la realidad. Va a hacer de Robespierre, Marat, Danton, personajes que no solo son antipáticos, les va a dar una dimensión política. Y vemos ahí que aparece otra posibilidad de novela. Trata de la Historia.



Y lo que yo hago aquí es totalmente diferente, pero no creo que se pueda calificar de relato histórico. Yo personalmente prefiero, más que considerar que puede ser un género aparte, aunque el título del relato que le doy está más bien ahí para decir que es un género aparte, pero en el fondo quiero decir que es una relación con la realidad más importante. Esta me parece que la tiene la literatura con el paso del tiempo.

—Trabaja con libros breves. Como Modiano, Echenoz y otros muchos. ¿La 'nouvelle'  es el género perfecto donde encontrar una estructura y una cadencia idóneas?

—Para mí, está ligado más bien al hecho sin que yo pensara todo de forma espontánea. Un libro es un equilibrio. Luego, pensando sobre el 14 de Julio, contar una revuelta, cómo hacerlo con 400 páginas. La revuelta exige también una cadencia. Y la brevedad me parece ahí una forma necesaria y también porque me parecía raro hablar del pueblo en una novela y que la gente que está trabajando no la pueda leer porque es enorme ese libro.

—Escribe en presente de indicativo. ¿Para tratar el pasado como presente? ¿Para acercarlo al lector?

—Por las dos cosas en realidad. En cierto modo, incluso utilizo el pasado compuesto. Pero escribo desde el presente. Yo creo que, de todas maneras los historiadores pueden a veces reprochar a los escritores ser anacrónicos. Pero yo creo que toda nuestra prosa es anacrónica. Cuando se escribe del pasado, estamos en una prosa que es fija en el presente, es una síntesis del presente. Debemos hacerlo así pero, en el fondo, contrariamente a rechazar ese anacronismo, hay que hacer algo de ello, producir algo.

El presente produce unos conocimientos sobre el pasado y, además, el tiempo es real, es también un medio de estar en relación con lo que yo estaba diciendo antes, con el hecho de que cuando escribimos una historia en el presente consideramos que no está terminada y yo sé que me comprometo con la Historia. El lector, también. Y forma parte de ello. En este caso, el presente es una forma de hacerlo sacar y de ser algo más vivo.

—Como lector, se siente cada vez más ávido de realidad. Como escritor, rechaza la ficción. Dice que puede ser engañosa.

—No tengo nada contra la ficción en sí. Sé que es un tema de conjuntura. Yo, como lector, leo mucha novela. La tendencia, en el contexto contemporáneo, es que yo prefiero, por ejemplo, un ensayo, un relato que habla del pasado, pero quien me dice una verdad del pasado, que es una relación real, más que una ficción que me hablaría del presente.

—La libertad retrocede en nombre de la seguridad. La crisis económica trajo más desigualdad. ¿Hacia dónde vamos?

—No lo sé. No puedo leer el futuro, pero estoy de acuerdo con lo que dice en su diagnóstico. Me parece que, adentro de las dos coordenadas que acaba de dar, es ahí donde la relación con la realidad es necesaria, ¿ve? En una época donde la libertad retrocede y donde la desigualdad es cada vez más importante, no deberíamos irnos por la ficción. Eso sería terrible.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍAS: ELISA ARROYO

lunes, 2 de septiembre de 2019

  • 2.9.19
Miriam Fernández es cantante, actriz y conferenciante. Ahora también publica Los cometas de Miriam. ¡La importancia de creer en ti! Tiene una parálisis cerebral de nacimiento, pero esta incapacidad nunca le ha impedido alcanzar sus sueños. A los doce años se proclamó campeona nacional de Natación Adaptada, título que revalidó hasta 2008. Ese mismo año ganó la segunda edición del programa televisivo Tú sí que vales.



A partir de esta experiencia grabó su primer disco, Bailando bajo la lluvia. Compagina su actividad artística con su tarea como conferenciante motivacional. Hija adoptada, no tiene duda de dónde está y por quién: “Amo a mi madre adoptiva, a la que me ha criado”.

—Actriz, cantante, conferenciante y ahora también escritora. ¿Tanto motiva nacer con parálisis cerebral?

—Lo que motiva de nacer con parálisis cerebral es tener una familia estupenda que, desde muy chiquitita, te enseña y te inculca que hay que levantarse cada vez que te caes y que hay que seguir siempre para adelante.

—“El amor me ha salvado tantas veces que ya he perdido la cuenta”. Igual un esfuerzo sobrehumano también tiene algo que ver.

—Bueno, no creo que sea un esfuerzo sobrehumano. Yo creo que simplemente se trata de aceptarse, de quererse uno mismo, de saber que las cartas que te llegan en la vida son las que son, y que hay que aprender a jugarlas y salir a jugarlas.

—A los doce años te proclamaste campeona nacional de Natación Adaptada, título que revalidaste hasta 2008. En el agua no necesitas andador.

—El agua es mi medio natural por excelencia, porque desde muy chiquitita estuve haciendo rehabilitación y uno de mis ejercicios más importantes era nadar. Entonces, si lo llevaba haciendo tanto tiempo por rehabilitación, un día me planteo por qué no llegar un poquito más hacia adelante y probar en las competiciones. Y la verdad es que fue una época muy bonita, muy bonita, porque conocí mucha gente, aprendí también al tratar con otras personas que tenían lo mismo que yo, a mirar lo que yo tenía con humor.

—Dices que la mayor parálisis cerebral que más nos limita es el miedo.

—El miedo yo creo que es la barrera que más limita a todo tipo de personas, tengan discapacidad o no la tengan. Es lo único que puede hacer que realmente no vayamos por nuestros sueños y nos rindamos antes de empezar.

—Con seis años fuiste dada en adopción. Conoces a tu madre biológica y la comprendes. ¿Cuesta amar a dos madres?

—Bueno, yo es que amo a mi madre adoptiva, a la que me ha criado. A la madre biológica que me dio a luz, no la amo, porque no he tenido trato con ella como para generar ese sentimiento. Lo que sí que puedo decir es que estoy muy agradecida porque las circunstancias a priori no fueron fáciles. Ella decidió darme la oportunidad de vivir. Amor no, pero agradecimiento, sí.

—La primera vez que viste a tus hermanos sabías que eran ellos. ¿Qué viste en su mirada que los delató?

—Ver a mis hermanos biológicos fue muy especial, porque no me hizo falta siquiera que se me presentaran. Vi simplemente a dos niños que eran dos gotas de agua a mis fotos cuando era pequeña. Me impactó porque el parecido era brutal y simplemente era algo que se sabe.

—Tuviste una infancia difícil. Los niños te veían débil. ¿Entiendes por qué a esa tan temprana edad el ser humano es tan cruel?

—Yo no creo que el ser humano sea cruel. Yo creo que, bueno, cuando tienes una diferencia notable, sobre todo para ciertas edades, los niños necesitan sentirse parte de un grupo y, cuando ven a alguien distinto, pues allá que van a por el niño. Y también creo que cuenta muchísimo la educación que se les da en casa.

—Con tesón has cumplido muchos de tus sueños. ¿Incluso bailar?

—Sí he bailado. En mi nuevo videoclip, segundo disco, No dudo que es amor, el tema musical es un videoclip en el que salgo bailando. Claro, que desde otra perspectiva.

—En 2008 ganaste la segunda edición del programa 'Tú sí que vales'. Ese fue el primer paso hacia la música. Por causalidad. Después vino 'La Voz', en Antena 3. ¿Y ahora?

—Ahora a seguir con la misma ilusión y quiero tomarme este verano para darle mucho cariño al libro y para componer temas para el segundo disco.

—Compones tus propias canciones. De hecho, como dices, ahora andas preparando tu segundo álbum.

—Sí. Bueno, estoy componiendo canciones con mi productor, Iñigo Guerrero. Llevo diez años trabajando con él y lo estamos haciendo con mucho cariño, muy despacito, escogiendo muy bien cada cosa de la canción. No queremos hacer un álbum para sacarlo en una fecha muy concreta, sino hacer un trabajo muy delicado, muy cuidado, y que salga cuando tenga que salir, pero que salga lo que nosotros queremos contar a través de la música.

—Empezaste con el piano y la guitarra, pero no podías tocar instrumentos. Dime que esa incapacidad no te ha roto ningún sueño.

—Bueno, no es incapacidad realmente. Lo que pasó es que mi madre me planteó la guitarra y el piano cuando era pequeña como otra rehabilitación más. Entonces, yo ya que estaba de rehabilitación hasta arriba, pues veía el piano y la guitarra cuando era pequeña como más trabajo más que como una devoción. Y ahora que tengo ya una edad y que me gusta muchísimo el piano y la guitarra, sí que quiero retomarlos. No es que no pueda tocar, sino que lo dejé en un momento determinado y me gustaría retomarlos.

—Das conferencias para motivar a gente que necesita de tu apoyo. También lo haces ahora con tu libro. ¿Qué le dirías a alguien que no cree en la felicidad?

—Yo no tengo el secreto de la felicidad, pero la vida me ha enseñado una tras otra vez que la felicidad es algo tan simple como tomar la decisión diaria de ser feliz cada día centrándote en aquello que te hace feliz y no en aquello que te falta. Entonces, bueno, el libro es todas aquellas experiencias que me han llevado a tener todas estas conclusiones y espero que a la gente le guste mucho.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍA: ELISA ARROYO

lunes, 26 de agosto de 2019

  • 26.8.19
Después de haber vendido más de 150.000 ejemplares de Mujeres que compran flores, Vanessa Montfort (Barcelona, 1975) publica ahora la novela titulada El sueño de la crisálida, un libro muy personal. Pero, al mismo tiempo, es la crónica de una mujer de hoy en día, de los retos a los que se presenta como profesional, hija, amante y amiga. En definitiva, un retrato sobre la sociedad del siglo XXI. Desde 2015 dirige la compañía teatral Hijos de Mary Shelley. Su obra está siendo traducida, estrenada y publicada en antologías y estudios críticos de Europa, Estados Unidos, América Latina y Asia.



—'Mujeres que compran flores' vendió más de 150.000 ejemplares. ¿Todo un reto al que te enfrentas con 'El sueño de la crisálida'?

—El mayor reto para mí fue hace ya 15 años, cuando tomé la decisión de dejarlo todo para apostar por la vocación con la que casi podría decir que nací. Mujeres que compran flores fue un paso más, uno enorme, en mi carrera, y no me ha dado otra cosa que más libertad para escribir que la que ya tenía, que siempre fue mucha. He querido que El sueño de la crisálida fuera un libro bello, emocionante y muy personal con el que corresponder a los lectores que me siguen. Lo mejor que puedo dar a día de hoy como escritora. He trabajado muy duro en él.

—Todos somos, de algún modo, crisálidas, gusanos mutando en un capullo, que nunca sabemos si alcanzaremos nuestros sueños.

—Eso es parte de la emocionante aventura de vivir. En palabras de Leandro, entomólogo amigo de la coprotagonista de la novela: "La fase de crisálida resulta fascinante a muchas escalas: no sólo supone deshacerse para renacer, sino ser capaz de reorganizar la materia viva anterior, conservando en la memoria las capacidades y los errores que ha registrado el cerebro, que permanece intacto. Una forma de afrontar con experiencia la última fase de su vida, la más especial y la más emocionante, con una nueva capacidad: la de volar". Pensé que era una metáfora muy precisa para aplicarla a un ser humano.

—Tanto más la mujer de hoy, que se enfrenta cada día a retos como hija, madre, amante o amiga. Pero le crecen las alas a la mariposa.

—Bueno, ese tema en realidad lo exploré más en Mujeres que compran flores. Esta novela habla de seres humanos en fase de cambio, de rebeldes con causa, no trata tanto de temas de género. Es cierto que, al ser dos coprotagonistas mujeres, su aventura tiene un regusto a Thelma & Louise, o eso me dicen, pero hay casi sesenta personajes de todos los géneros, edades y tendencias emocionales, sexuales, políticas, espirituales...

—Su novela es una profunda radiografía del 'mobbing', una pandemia que, como dices, no acostumbra a denunciarse.

—Es que la vida no es cómica ni dramática, es irónica. Y es irónico que alguien trate de echar o destruir a un compañero sólo por ser justo o destacar positivamente. Es cierto que aquel que desafía lo establecido, aunque proponga un cambio a mejor, dependiendo de la madurez mental del grupo en el que caiga, puede ser marginado o atacado. Eso es lo que une a ambas protagonistas, y Patricia, sin conocer de nada a Greta, va a querer darle voz a la injusticia que la otra ha vivido, porque también la vivió y no lo denunció. Una forma también de salvarse a sí misma.

—Fuiste víctima del acoso laboral en el pasado. Viviste un proceso de reconstrucción. De ahí nace tu carrera literaria.

—En mi caso mi vocación literaria es tan temprana que puedo decir que casi nací con ella. A los seis o siete años ya cosía mis cuentos, les dibujaba una portada, les escribía una dedicatoria y se lo regalaba a alguien a quien quería. ¡Me autoeditaba libros! Pero es cierto que llevé en paralelo mi carrera literaria y la periodística y en uno de los trabajos sufrí un mobbing tan brutal que sentí la necesidad de refugiarme en mi casa, con mis libros y de apostar por la literatura durante un tiempo, el que me permitieran mis ahorros.

Tenía 28 años: terminé mi primera novela, ese mismo año gané el Premio Ateneo Joven de Sevilla con mi primera novela y me becaron para ser dramaturga residente en el Royal Court Theatre de Londres. Nunca volví a tener un trabajo estable y, aunque fui pluriempleándome para resistir, cada vez le di más espacio a mi carrera literaria y menos a todo lo demás. Después de 20 años de profesión, puedo decir que me dedico por completo a la literatura.

—Parte de esa vivencia se ve reflejada en tu protagonista, Patricia Montmany. De algún modo, es tu alter ego. Pero no le prestaste tu vida privada.

—Porque mi vida privada es, como su nombre indica, privada. No se trataba de hacer un streaptease, sino de prestarle al personaje de Patricia mi forma de ver el mundo, algunas experiencias laborales y, sobre todo, aquello que pudiera empatizar con su coprotagonista.

—Patricia es periodista, vive a contrarreloj, sufre una crisis de ansiedad. ¿No hay manera de acabar con esta esclavitud de lo urgente?

—Sí, claro que la hay, pero supone hacer un férreo compromiso con uno mismo. Últimamente he reflexionado mucho sobre una cuestión: creo que a menudo confundimos la libertad con el "viva La Pepa", con una obsesión por vivir sólo en el presente, en definitiva, con la falta de compromiso con uno mismo y con los demás.

Para mí la libertad también es compromiso. Sólo que tienes libertad para comprometerte –con un ideal, con una forma de vida, con un sueño, contigo mismo o con otro–, si adquieres el compromiso de no procrastinar lo que es importante para ti, acabarás por darle su espacio.

— Patricia conoce en un avión a Greta, una exreligiosa colombiana que le confiesa oscuros entresijos de su congregación.

—Sí, un tema del que no se ha hablado pero importante, aunque no sea el tema central de la novela. Greta nos habla de la falta total de valoración de las religiosas y, considerando que nuestra cultura ha bebido de una educación judeocristiana, observar ese micromundo nos da mucha información del por qué de nuestros comportamientos en la sociedad: desde nuestra relación con la culpa, con el merecimiento, con la falta de valoración intelectual de las mujeres en muchos otros campos.

—Las vivencias de Greta también están basadas en un caso real, que replantea el papel de la mujer en la Iglesia.

—Sí, basé el personaje de Greta en la experiencia de una mujer valiente que quiso prestarme su historia con la única intención de que ayude a que las cosas cambien y a dar voz a esas mujeres valiosas que siguen sin tenerla en la institución.

—Habla de abusos de poder y sexuales a las religiosas, pero no por sacerdotes sino por otras religiosas.

—Quizás esa sea la principal novedad. La violencia de género también es violencia de mujeres contra mujeres, cuando la violencia se desata hacia alguien por el hecho de ser mujer y no resignarse.

—Como dices, el proceso de la crisálida es lo opuesto a la resignación. ¿Qué les dirías a todas aquellas mujeres que sueñan con ser mariposas?

—¿Por qué sólo a las mujeres? En esta novela hay casi sesenta personajes y muchos de ellos tienen en común ser rebeldes con causa y que están haciendo su propio proceso de transformación, unos con mejor fortuna que otros. ¿Qué les diría? Yo nada. Eso se lo dejo a mis personajes.

—Aseguras que el éxito te ha cambiado la vida. ¿Miras ya sin prisas el horizonte?

—No, el éxito –y depende de lo que consideremos "un éxito"– no cambia nada, porque si tienes algo de vida acumulada y capacidad de observación, sabes que es algo tan inconstante como la felicidad, la libertad o el amor: si no lo alimentas y lo trabajas, adelgaza hasta desaparecer. Y, además, nunca depende totalmente de ti. Como mucho, si se trata de un éxito profesional, te puede dar más libertad, confianza e ilusión para seguir.

Una palmadita en la espalda por tanto trabajo y esfuerzo invertido nunca viene mal. Pero yo nunca he dicho que me haya cambiado la vida, sería absurdo: trabajo lo mismo o más, tengo más o menos las mismas preocupaciones y miro el horizonte con la misma ilusión con la que lo he hecho siempre. Sin prisa pero sin pausa. Tengo el don de la paciencia y el defecto, supongo, de ser una soñadora irredenta.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍA: ELISA ARROYO

lunes, 19 de agosto de 2019

  • 19.8.19
Isaac Rosa (Sevilla, 1974) quería escribir una novela para su hija Olivia. Al final optó por escribir el libro con ella. El resultado de esta coautoría se titula W. La novela es, dice, “el resultado de muchas tardes felices”. Él aportó la técnica. Ella, la mirada de una adolescente. Entre ambos corrigieron el resultado final. Isaac Rosa ha publicado novelas como El vano ayer, El país del miedo, La habitación oscura o Feliz final. Olivia Rosa (Madrid, 2004) estudia Secundaria, boxea, lee, inventa historias desde pequeña y tiene dos hermanas, Carmela y Elvira, que también quieren escribir su novela.



—Querías escribir un libro para que lo leyera tu hija. Al final optaste por escribirlo con ella. ¿Te ayudó para conocer mejor a Olivia?

(Isaac). Tenía una mezcla de motivaciones, literarias y personales, y entre estas últimas estaba la posibilidad de que la escritura compartida fuese otra forma de comunicación entre nosotros. Y creo que lo conseguimos.

—La adolescencia te alejó de los libros. ¿Escribir con tu padre te ha ayudado a reencontrarte con ellos?

(Olivia). No solamente me alejó la adolescencia, ni tampoco creo que la gente de mi edad se aleje por eso, pero sí, supongo que volver al mundo de los libros me ayudó bastante.

—¿Qué te llevó a apostar por las historias de Valeria y Valentina, por la tradición de los dobles en la literatura?

(Isaac). Siempre me ha interesado la figura del doble, un tema muy recurrente en todo tipo de ficciones desde hace siglos. Pero echaba de menos llevarlo a un terreno especialmente propicio: la adolescencia. El doble siempre pone en juego preguntas sobre la identidad, la conciencia de uno mismo, la extrañeza del propio cuerpo, los miedos y deseos más íntimos. Es decir, las preguntas que más aprietan en la adolescencia.

—Tu aportación al libro fue decisiva, porque iluminaste la historia con tu mirada, con tu edad, con tus sueños.

(Olivia). Sí, creo que para un adulto es muy difícil escribir sobre la adolescencia de ahora, ya que las cosas cambian cada año. Yo pude crear a los personajes de mi edad con sus problemas e inseguridades, el instituto y también sus alegrías, y mi padre pudo crear a los de su edad, con problemas diferentes, visto cada uno de una perspectiva, como se puede leer en el libro. Supongo que cada uno entenderá más y se sentirá más identificado con un personaje.

—Te has metido en el teatro, el cómic, el cine, el periodismo y ahora en la novela juvenil. ¿Por qué?

(Isaac). Supongo que tengo vocación de intruso. Mi terreno “natural” es la novela, pero me atrae probar otros lenguajes. En el caso de la literatura juvenil, tras años participando en encuentros con estudiantes, tenía ganas de escribir algo no para adolescentes –pues a esas edades la literatura no tiene límites de edad–, sino algo sobre adolescentes, sobre su mundo.

—¿Escribir con tu padre te ha ayudado a conocerlo mejor o te has empeñado en hacerle la puñeta como escritora?

(Olivia). Ha ayudado a que él me conozca más a mí y a la gente de mi edad, lo que pasa por nuestras cabezas, cómo ha cambiado todo desde que él tenía mi edad y a pasar más tiempo con él.

—Las buenas novelas juveniles no rebajan la exigencia literaria. Pero sí hay que saber encontrar el tono para atrapar a los jóvenes.

(Isaac). Al contrario, la exigencia debería ser mayor. No es precisamente fácil interesar y emocionar a un lector joven, tanto más exigente cuanto más joven.

—Escribiendo con una persona mayor de edad, como es tu padre, ¿te has percatado de que el mundo, sin remedio, es un disparate?

(Olivia). Más que eso, me he dado cuenta y he entendido más el trabajo que lleva un libro y lo poco que se aprecia después, incluyéndome a mí… Pero sobre el mundo, no creo que haya que ser adulto para entender el mundo. Creo que cada persona tiene un nivel de madurez muy distinto y que cada uno lo vemos de una manera muy diferente.

—Contando las historias de Valeria y Valentina os habéis encontrado también a vosotros. ¿Qué has encontrado en Olivia que desconocías o que te haya impresionado?

(Isaac). Supongo que los dos nos hemos transparentado en la construcción de los personajes, y nos hemos conocido un poco mejor. De Olivia me quedo con su curiosidad, que al escribir se desata.

—Ahora te gustan más los libros sobre la vida real que los de fantasía. ¿Has descubierto, por fin, que la realidad supera a la ficción? ¿Da miedo pensarlo?

(Olivia). No, la verdad es que siempre ha sido así, nunca me han gustado los libros de fantasía, me aburrían muchísimo, porque lo que yo buscaba y busco al leer un libro es poder entender al personaje y a su historia, poder sentirlo como que me podría pasar su historia en cualquier momento, como pasa en la historia de W, te podría pasar a ti mañana mismo.

—Escribes en el libro: “Aquí está el resultado de muchas tardes felices”. ¿Cómo prolongarás ahora esas otras tardes?

(Isaac). La experiencia ha sido tan hermosa, la escritura primero, y ahora la publicación y que nos lean, nos inviten a institutos o firmemos juntos en ferias del libro, que por supuesto repetiremos. Ya estamos pensando en una próxima historia.

—¿Qué piensas que te dirá tu padre si un día le planteas que te dedicarás a escribir novelas? Igual te responde que, en casa, con un escritor basta.

(Olivia). Pues pienso y espero que me apoye tanto si decido escribir novelas o cualquier otro trabajo, pero que lo haga porque yo quiera. Y pienso que tener a otra escritora en la familia le gustaría bastante, aunque no tengo ni idea de lo que quiero hacer en el futuro.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍA: ELISA ARROYO

lunes, 12 de agosto de 2019

  • 12.8.19
Eloy Tizón (Madrid, 1964) es autor de tres libros de relatos: Técnicas de iluminación (2013), Parpadeos (2006) y Velocidad de los jardines (1992; 2017); y de tres novelas: La voz cantante (2004), Labia (2001) y Seda salvaje (1995). Su obra ha sido traducida a varios idiomas. Es profesor en Hotel Kafka y editor de Relee. En su último libro, Herido leve, recoge un barrido de treinta años de memoria lectora, una obra que es también una autobiografía intelectual trazada desde su amor inagotable a la literatura.



—Escribes en el prefacio: “Hay libros que persigues para escribirlos y libros que te persiguen a ti”. ¿De qué libro lograste evadirte y qué otro te viste obligado a leer sin interés ni pasión?

—Bueno, libros que se aparecen y se quedan para siempre, pues los libros de Kafka, por ejemplo. Son libros que te acompañan siempre. Y libros que hubieras preferido esquivar, cualquier best seller comercial de hoy en día.

—Este libro ha tenido además su historia detectivesca. Encontraste los textos en una carpeta de un disco duro. ¿Viste en esos textos más a quien eras o a quien hoy pretendes ser?

—Vi una posibilidad de libro. Me parece que eran textos válidos pero que necesitaban una reactualización. Me identificaba con alguna parte de lo que leía y otra, digamos, que a medias, porque había pasado mucho tiempo.

—Como buen letraherido, titulas el libro 'Herido leve'. ¿Seguro que no sangras a solas cuando alguna lectura te puede?

—Claro. Seguro que sí. Esa es una herida que, a pesar de su levedad, se abre y se cierra en el tiempo y nunca deja de abrirse y de cerrarse. Por supuesto.

—Eliminaste textos, añadiste artículos inéditos, algún prólogo, y le diste sentido al conjunto con una estructura coherente.

—Sí. Esa era la idea. El desafío era cómo vertebrar un material bastante extenso dándole un ritmo, una progresión, que fuera grato de leer para un posible lector.

—El libro te ha supuesto también una meditación sobre el sentido del tiempo y la memoria lectora, tanto individual como colectiva.

—Claro. Yo creo que es interesante observar cómo oscila nuestro gusto individual y cómo, paralelo, oscila el gusto social. Porque hay libros que en su momento fueron encumbrados y ahora han desaparecido, libros que llevaron una vida más subterránea y hoy están en el centro del canon.

—¿Cuántas huellas biográficas deja la biblioteca del un buen lector?

—Toda. Porque nuestra autobiografía, en parte, está en los libros que leemos, además de muchas otras cosas.

—'Cien años de soledad' te pilló tendido en la hamaca de tu jardín. ¿Alguna secuela incurable?

(Ríe). Pues también dejó bastantes secuelas: la capacidad de entusiasmo y enamoramiento hacia la imaginación y el lenguaje.

—En el terreno literario, es sano ser promiscuo. ¿Tal vez por eso la literatura se parece tanto a la vida?

—Sí. En la vida no lo sé. Pero en literatura el poliamor es bueno. Es conveniente tener varios amores literarios. Creo que es sano.

—Leemos a autores que parecen intocables, pero desaparecen, aunque momentáneamente, a la vuelta de la esquina. Cela, Umbral. ¿A dónde los lleva el viento?

—Eso es parte, yo creo, de una cierta injusticia histórica. Autores que, mientras viven, tienen una gran presencia y, una vez que mueren, prácticamente desaparecen. Deberíamos hacer el esfuerzo de recuperarlos. Cuando merecen la pena, claro.

—Dices que tu libro es ambicioso. Aspira a muchas cosas. ¿Cómo cuáles?

—Aspira a inocular el veneno de la literatura, básicamente.

—Hoy recibimos los libros con mucha información previa. Tú piensas que es necesaria una cierta inocencia para enfrentarse a ellos.

—Yo creo que sí, que leer sin prejuicios, leer sin ideas preconcebidas, beneficia la relación que existe entre el lector y el libro.

—En el libro faltan autores que debieran estar. No está Proust. Ni Virginia Wolf. ¿A quién más has tirado al olvido?

—Bueno, yo no he olvidado, ni olvidaré nunca, a Robert Barnes, por ejemplo. O a Italo Svevo, La conciencia de Zeno. Lo que pasa es que el libro no es una enciclopedia. Pretende ser simplemente una serie de calas en unos autores que me importan, con la idea de transmitir ese entusiasmo lector a los que se acerquen al libro.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍA: ELISA ARROYO

lunes, 5 de agosto de 2019

  • 5.8.19
Javier Castillo (Málaga, 1987) estudió Empresariales y un máster en Management en ESCP Europe. Ahora publica su tercera novela: Todo lo que sucedió con Miranda Huff. Trabajaba como consultor de finanzas corporativas, pero abandonó los números para dedicarse a las letras a raíz del éxito de su primera novela, El día que se perdió la cordura, convertida en fenómeno editorial y vendida en Italia, México, Colombia, Argentina y Portugal, y próximamente en Turquía, Japón y Corea.



Los derechos audiovisuales de la novela han sido adquiridos para la producción de una serie de televisión. Su segunda novela, El día que se perdió el amor, lo afianzó como autor de historias de suspense. Ambas novelas llevan vendidos más de 300.000 ejemplares en España.

—Con esta novela, ya van tres. Y hasta ahora sin pinchar.

—Hasta ahora. Y espero que la racha me dure un tiempo.

—Tu historia indaga en los misterios de lo cotidiano, allí donde se agazapan los miedos más primarios.

—Ahora en el miedo que hay dentro de una relación.

—Una pareja en crisis decide pasar un fin de semana en una cabaña en el bosque en Hidden Springs.

—El marido se ha encontrado con su mujer y, al llegar a la cabaña, se da cuenta de que ya no está. Y la novela va sobre su búsqueda.

—La novela arranca así: “Aún sentía el olor de la sangre en mi nariz”. O sea, que el fin de semana fue movidito.

—Sí. Bastante entretenido. Pero igual que el matrimonio, que ha sido una relación muy movida. Y este fin de semana ha sido la gota que ha colmado el vaso.

—Abandonaste los números a raíz del éxito de tu primera novela. O sea, se ve que le sacas los números a las letras.

—Hace ya un par de años dejé mi anterior trabajo y ahora me dedico cien por cien a escribir. Es verdad que tengo la sensación de que ahora estoy cumpliendo un sueño, que es dedicarme a lo que me apasiona.

—Nunca terminaste de leer el 'Ulises' de James Joyce y nunca regalarías 'En busca del tiempo perdido' de Proust. Los críticos te van a perseguir sin clemencia.

(Ríe). Y yo estaré encantado de explicarles por qué. Tiene su lógica. Son libros muy complicados de regalar. Y Ulises tiene un estilo que a mí no me encaja. Lo bonito de leer es encontrar el libro que a cada uno le guste.

—Hasta que no comenzaste a leer los libros que te apasionaban, no te colgaste por la lectura. ¿La pasión y la calidad no siempre van unidas?

—Exactamente. Muchas veces no están unidas. Hay grandes libros con gran calidad literaria que no te apasionan y no te llenan. Y luego, libros con menos calidad literaria que son capaces de dejarte toda una noche sin dormir.

—Así que, según tú, es mejor que en los institutos se lea a 'Harry Potter' que 'Cien años de soledad' o 'El Quijote'.

—Sí. Depende de la edad. Yo abogo por que la gente lea libros que de verdad les llenen a una edad concreta. Yo, con veinte años, descubrí Cien años de soledad, y me pareció una maravilla. Pero lo había leído con catorce y me había parecido el peor libro de la Historia.

—Antes escribías en el tren, ahora en la biblioteca de Fuengirola. ¿La familia te ha expulsado definitivamente del hogar?

(Ríe). Sí. Y encima, con la llegada de mi segundo hijo, me he quedado casi huérfano de escritorio. No tengo en casa. Me han quitado mi mesa de escritorio para poner la cuna otra vez. Así que tengo que irme fuera. Un huérfano de mesa. Escribo casi siempre fuera de casa.

—300.000 ejemplares vendidos. Tus libros se publicarán ahora también en Japón, Turquía y Corea. Y ante tanto relumbrón, dices que no sientes presión sino responsabilidad.

—Yo siempre, cuando escribo, el único objetivo es hacer que los veinte euros que la gente se gasta en el libro, valgan la pena. No pienso en si gustará o no gustará. Intento que merezcan la pena el viaje, el dinero y el tiempo de la gente.

—Te propongo que el escenario de tu próxima novela sea un tren. Deberías dar coherencia a tu biografía.

—Yo creo que un tren daría para una muy buena novela. De verdad lo creo.

—Imagina que el propio escritor escribe en el tren y desaparece antes de llegar a la última parada.

—Pues ya tienes la historia (ríe).

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍA: ELISA ARROYO

lunes, 29 de julio de 2019

  • 29.7.19
Escritora y periodista, Nuria Labari (Santander, 1979) publicó en 2016 su primera novela: Cosas que brillan cuando están rotas. Su segunda novela, que publica ahora, se titula La mejor madre del mundo. Estudió Ciencias Políticas en la Universidad del País Vasco y Relaciones Internacionales en el Instituto Ortega y Gasset. Colaboró con los portales digitales de El Mundo y Telecinco, medio en el que es redactora jefe. También es autora del libro de cuentos Los borrachos de mi vida (2009), ganador del VII Premio de Narrativa de Caja Madrid.



—A tu protagonista, que es estéril, la idea de ser madre se le mete dentro como un cáncer. Como cualquier cáncer, también puede laminar la idea de no serlo.

—No. Creo que nos invade más el deber ser de la maternidad. Al revés, la idea de no ser madre hay que pelearla mucho. Es menos invasiva.

—Ella tiene dos hijas. Tú también. En ese duelo entre ser madre o escritora, ¿siempre tiene que vencer una de las dos?

—Creo que sí, porque, cuando una mujer tiene un hijo, se crean dos seres. El hijo que ha llegado y la madre que acaba de nacer. Y parece que la madre que acaba de llegar fuera un folio en blanco. Y en realidad, no. Tiene que haber una lucha para que todas las mujeres que eran antes convivan con esa nueva mujer que es una madre.

—Tu protagonista examina la maternidad como mito y como timo. Jugando con las palabras, en verdad, ¿la maternidad no está sobrevalorada?

—La maternidad es un timo porque está simbólicamente muy sobrevalorada y socialmente denostada. En realidad, no hay ayudas para criar, en muchas ciudades faltan guarderías. Faltan muchas ayudas, las familias han cambiado y tenemos el peor cóctel posible en este momento.

—Hasta ahora las mujeres habéis construido la igualdad jugando a ser chicos. ¿Una imposición social, un cambio por mimetización o un error que se va corrigiendo?

—Sin duda, un error que urge corregir. Y no lo hemos construido las mujeres. Hombres y mujeres hemos construido así la igualdad y ahora nos toca construir una igualdad no contra vosotros, sino hacia vosotros, y traeros hacia espacios propiamente femeninos.

—La frase es tuya: “El mercado ha penetrado en el cuerpo de las mujeres de una manera absoluta”.

—Pues sí. Es así. Desde las vallas de publicidad, las películas, la prostitución. Hay una presión sobre el cuerpo de la mujer, desde que nace hasta que muere. Y ahora también a través de la maternidad alquilando úteros. Las mujeres somos muy fértiles para el mercado.

—Este es un libro generoso, dices, porque has cogido muchas partes de tu vida. ¿Te sientes como una especie de donante de vivencias?

(Ríe). Sí. Y he dejado mucho más. He dejado mis vivencias, las de mi abuela, las de mi madre, las de las pelis que he visto, todos los libros que he leído. Es un libro en el que me he vaciado y he utilizado todo. Ha sido como un filtro de todo lo que alguna vez en mi vida he experimentado.

—Otras escritoras hablan de la maternidad en tono crítico. Samanta Villar en 'Madre hay más que una' o Gabriela Wiener en 'Nueve lunas'. ¿Qué pasa?

—Está pasando que cada vez hay más mujeres que escribimos y hay temas que ahí han estado apartados del foco literario, y están entrando de forma natural.

—Algunas mujeres deciden no tener hijos. Otras no pueden. ¿Esa huella deja algún vacío existencial?

—El vacío existencial lo deja el no ser capaz de habitar el mundo sintiéndose uno una gota del océano. Para eso, una solución puede ser madre, pero no es la única solución.

—Cuando vais a ser madres os previenen de que no vais a dormir, pero tú dices que nadie os previene de que tampoco vais a soñar.

—Es que es exactamente así. Nos hablan del peso corporal y emocional, pero nadie habla del peso mental. La maternidad es, ante todo, un viaje de la imaginación.

—Temías que tu madre no entendiera el libro, que tus hijas no lo puedan entender. ¿De verdad crees que solo verán a una madre que era un monstruo?

—Me da miedo que se cabreen y que se equivoquen. Aunque no todo lo que dice el libro me ha pasado a mí.

—Hay frases hechas que te rechinan. La más lapidaria es esta: “Eso lo entenderás cuando seas madre”. ¿Así es?

—No. Esa frase se la puede decir una madre a una mujer que sea Premio Nobel de Física. No. El hecho de parir no es una ventana al conocimiento.

—Algunas fuerzas políticas, como Vox, intentan de nuevo poneros en el lugar en el que estabais. ¿Siempre se puede dar un paso atrás o el regreso ya es imposible?

—No creo que haya regreso posible. Y si lo hubiera, creo que sería sangriento en este punto.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍA: ELISA ARROYO

lunes, 22 de julio de 2019

  • 22.7.19
Licenciado en Sociología, Rafael Navarro de Castro (Lorca, 1968) trabajó durante quince años en el sector audiovisual y en 2001 se fue a vivir al campo. Lo cuenta en su primera novela, La tierra desnuda. Hijo de un ingeniero agrónomo, pasó los primeros diez años de su vida en una granja antes de mudarse a Granada, primero, y a Madrid después, donde trabajó como guionista. Después se cansó de la capital. Tuvo a su hija, plantó más de un árbol y ahora publica su primer libro, un homenaje a la vida del campo y a sus gentes.



—El escenario de tu novela podría ser cualquier rincón de la España interior. ¿Tanto se parece la soledad de nuestros campos?

—Pues yo creo que sí. De hecho, tengo muchos amigos que me han hablado, del Pirineo hasta Cazorla o Gredos, de que este pueblo podría estar en cualquier lugar de España.

—Allí nace, al mismo tiempo, la Segunda República y un niño llamado Blas, tu protagonista.

—La novela abarca 80 años y va desde el año 1932 hasta el 2012, y cuenta la vida de Blas, que es como una excusa para contar la vida del valle, incluso la vida del país, pero tal como se ve en ese valle y visto a través de los ojos de los campesinos.

—Ochenta años después muere allí y se lleva a la tumba una forma de vida milenaria. Y también algunos secretos.

—Bueno, yo lo que he querido es rescatar sobre todo los valores y los principios que van a desaparecer con estos campesinos, su forma de respetar la tierra, de relacionarse con ella, de relacionarse con el valle, su forma de ayudarse, de cooperar entre ellos, de juntarse para hacer cosas. Estas son las cosas que a mí me parecen importantes que no se pierdan.

—La vida de Blas es la historia de España en el último siglo. Que bien sintetizada sería como...

—Pues, vista desde el campo, es la historia de una decadencia, de un acorralamiento. Porque ellos están cada vez más acorralados. Y el progreso, en muchos sentidos, es innegable, aunque en otros no tanto. A ellos no parece afectarles de ninguna manera.

—Después de quince años trabajando en el sector audiovisual, abandonas Madrid y te trasladas a Monachil. ¿Qué buscabas en el campo o qué no te daba la ciudad?

—La pregunta es buena, porque eran las dos cosas. Por un lado, huía de esta deshumanización de las ciudades, de las prisas, del estrés, del trabajo. Y, por otro lado, buscaba la tranquilidad del campo y la paz del campo. Y tal vez inconscientemente estos valores de los campesinos, de la autosuficiencia, la cooperación, la relación con la naturaleza.

—Te dedicas a las tareas del campo y al movimiento ecologista. Además, construyes tu propia casa.

—Todas esas cosas están en conexión directa con la novela. Tosas esas cosas son todo lo que pretendo contar y defender y homenajear en la novela, que no solo homenajear el pintorequismo y la vida rústica, sino esta filosofía de vida. Mi filosofía de vida está más cerca de la de los campesinos que de la del urbanita.

—Hay quien ve en tu novela ecos de Delibes o de Chirbes.

—Hay ecos de muchos. Con Delibes yo creo que tengo en común la empatía por el mundo rural y del cariño que le tenemos. Y con Chirbes, la preocupación y la verdad en el mundo que te rodea, y la verdad de su goce. Eso es lo que me gusta de Chirbes.

—La vida campesina va a desaparecer. ¿Qué está muriendo con ella?

—Están muriendo otros valores. No hay que tener una idea nostálgica de la vida campesina, porque es durísima. Y no se trata de recuperar eso ni de volver a eso, sino de aprender lo que tengan que enseñarnos que se basa en esos principios.

—'Los santos inocentes', 'La lluvia amarilla', 'Intemperie'. De vez en cuando el campo aparece por una esquina de nuestra literatura. Pero siempre retrata un mundo de miseria.

—Yo creo que ese retrato de hambre, miseria, injusticia, explotación, abuso, maltrato, analfabetismo, ese retrato es ineludible. En mi novela creo que también está. Respecto a los ejemplos que me has puesto, yo he intentado romper el esquema en el último punto. Hago ese mismo retrato pero el resultado de ese mundo es Blas. Es decir, no es Pascual Duarte, que muestra cómo el resultado es la violencia, la brutalidad.

En Los Santos Inocentes, el paisano con el que hemos simpatizado, termina ahorcando al terrateniente en el olivo. En La lluvia amarilla, la mujer se suicida y el marido se deja morir medio loco. En Intemperie, el niño huye del maltrato y al final el pastor termina matando a los guardias civiles que le persiguen. Es como si el resultado de esa vida tan durísima, tan terrible, que es así, siempre fuera la violencia.

Yo he intentado que el resultado en mi novela sea distinto. Es decir, esto es terrible, vale, pero aquí hay gente sana, aquí hay gente normal, sencilla, que no reacciona violentamente. Reacciona más metiéndose en el caparazón, diciendo, bueno, me quedo en mi terrenillo cuidando mis gallinas, mis cabras, y a mí que me dejen.

—Querías huir de los cuentos de pueblo. Escribir en presente de indicativo. Contar que hay miseria pero que también hay flores.

—Quería huir de la batallita del abuelo, del cuento de pueblo, y ponerlo en presente de indicativo. Como coger al lector y decirle no te voy a contar, vente conmigo que vamos a subir a la sierra y vamos a ver cómo estos niños plantan los pinos, o cómo este niño cuida sus cabras aquí en la sierra. Ese era mi objetivo.

—¿Y qué escribes ahora?

—Estoy escribiendo sobre la contaminación, que sería la agricultura industrial moderna. Es decir, se ha muerto una forma de relacionarnos con la naturaleza, con el campo y con la agricultura. Pero hay otra que viene después. Si he hecho el elogio de la tierra, pues esto sería la crítica del plástico.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍA: ELISA ARROYO

lunes, 15 de julio de 2019

  • 15.7.19
Arquitecta por la Universidad Politécnica de Madrid, Alba Carballal (Lugo, 1992) obtuvo en 2016 una beca de residencia literaria en la Fundación Antonio Gala para Jóvenes Creadores de Córdoba. Fruto de esta estancia es su primera novela: Tres maneras de inducir un coma. Ha sido redactora en la revista especializada Arquitectura Viva y escribe también en otros medios de comunicación y difusión cultural, como la web literaria Zenda. Ha traducido textos periodísticos y libros.



—Esta novela es el fruto de una beca de residencia literaria en la Fundación Antonio Gala para Jóvenes Creadores. ¿Cómo fue la experiencia?

—Pues fue una experiencia muy intensa, muy fructífera y, además, creo que fue el primer paso o la primera vez que sentí esto como una profesión. O sea, fue la primera vez que me tomaron en serio como escritora y de algún modo sentí que esto era un oficio y que se podía llegar a convertir en mi modo de vida. Es una sensación como de profesionalidad que no había tenido hasta entonces.

—Estudiaste Arquitectura. En cierto modo, existe un paralelismo entre esta y la literatura. En el sentido de que escribir es crear una estructura arquitectónica pero con palabras.

—Supongo que algo de eso hay. Aunque, la verdad, lo que yo más aprendí en la carrera de Arquitectura es a delatar a vuela pluma a los farsantes, a la gente que vende humo y que realmente no tiene ni un discurso ni una idea ni un proyecto bien hecho. Y creo que ese es un entrenamiento que para cualquier otra cosa es muy adecuado y muy efectivo.

—Eduardo Mendoza habla de ti como una voz solvente y Muñoz Molina ve en ti una mirada ácida y crítica. Con tales padrinos, ni habrás pensado en el fracaso.

(Ríe). Bueno, lo pienso todos los días, casi con más razón. Me da mucho respeto y, bueno, de algún modo me da un poco de miedo fallar porque las expectativas se han puesto muy altas. Y para mí es un honor que me consideren una buena escritora.

—Tu protagonista es un cuarentón sin perspectiva de futuro. ¿Para quienes nacisteis en 1992 la palabra futuro tiene algún sentido?

—Sí, sí tiene sentido. Lo que pasa es que a nosotros nos enseñaron desde muy pequeños a pensar en el futuro, además a proyectar un futuro muy prometedor, y ese futuro se ha truncado. Con lo cual es una palabra que tiene un significado casi mítico o utópico. Pero sí existe, claro.

—Tu novela es una sátira social y moral muy conectada con la tradición de la picaresca española.

—De hecho, la estructura bebe un poco de la picaresca. Yo encabezo los capítulos con una frase que podría recordar a las novelas de la tradición picaresca española, pero creo que a nivel formal también tiene mucho de pastiche o de monstruo. Porque yo en ella vuelco cosas del cine, cosas de guión de televisión, del género epistolar. Entonces, al final lo que sale es una especie de cadáver exquisito. Una cosa así montada de una forma extraña pero también extrañamente funcional.

—El escenario, claro, no podría ser otro que un Madrid contemporáneo y 'underground'.

—Es la ciudad en la que yo he crecido como ser humano. Quiero decir: yo he vivido hasta los 18 años en Lugo, pero me fui a estudiar a Madrid y, desde luego, es el escenario de mi vida adulta. Y además creo que es una ciudad muy sexy, porque tiene un punto folklórico, un perfil kitsch, un punto quizá macarra también, que a estos personajes que son un poco perdedores pues les venía especialmente bien.

—Darío Adanti se pregunta cómo una primera novela puede ser tan buena. Se lo pregunta, obviamente, teniendo en cuenta tu edad. Imagino.

—Tengo 26 años, pero esta novela la terminé de escribir con 25 recién cumplidos en la Fundación Gala. Yo creo que hay gente joven que está haciendo cosas muy interesantes. De hecho, hay mucha gente que ha salido de la Fundación Gala que escribe realmente bien. Ahí está Cristina Morales, que acaba de ganar el Premio Herralde.

—Ecos de Mendoza, de Almodóvar, de John Kennedy Tool. ¿Ese es el territorio que pisas, donde te sientes a gusto?

—Bueno, desde luego lo han sido para escribir mi primera novela. He escrito desde donde yo me siento cómoda, que es el humor, la sátira, también una melancolía un poco extraña, que tiene también algo de Woody Allen. Pero sí, yo ahí me muevo con cierta desenvoltura, en esa ambivalencia entre la ironía y el desencanto.

—Los nacidos en 1992 se os conoce como la 'Generación de la Resaca'. ¿Os habéis adaptado a una realidad truncada o seguís soñando a veces?

—Yo, desde luego, sí. En estos tiempos tan nihilistas, lo revolucionario es creer en algo. Lo revolucionario es seguir creyendo que algo hay para ti de todo este horror. De hecho, mi personaje me lo llevo a 15 años mayor que yo, porque creo que hay que ser mayor para estar desencantado. A mí todavía no me toca eso.

—Dices que el 15-M fue tu bautismo político.

—Yo llegué a la universidad en 2010. Y cuando no llevaba un año en Madrid, me vi envuelta en todo aquello. Y para mí, la verdad, que fue como el bautismo político, porque fue la primera y la más potente, probablemente, de mis experiencias colectivas. También fue darme cuenta de que estamos aquí para cambiar las cosas y de que el mundo no va a cambiar solo, de que o lo haces tú o no lo va a hacer nadie por ti.

—Tú, en cierto modo, estás triunfando, vas encontrando tu perfil en la literatura. ¿Los amigos te miran como un bicho raro, como alguien que ha logrado agarrar un sueño?

—Aún me cuesta a mí decir soy escritora. Pero cuando lo digo hay suspicacia y yo lo comprendo perfectamente porque es una marcianada. No es lo habitual. No sé. Para mí es lo natural.

—¿A quién odias tanto que te gustaría inducirle un coma?

—Un coma a nadie, por dios. Yo soy muy buena gente. Aunque no lo parezca con la novela. Pero sí hay gente que estaría mejor callada (ríe). Aunque tampoco hace falta que entren en coma.

—¿Sabes ya hacia dónde irás ahora?

—Estoy empezando a trabajar en mi segunda novela. Está ambientada en un tiempo anterior. Me muevo a Galicia y a Valencia. Será una cosa bastante distinta, a pesar de que la voz autorial pienso que tiene que conservarse.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍA: ALBA CARBALLAL (FACEBOOK)

lunes, 8 de julio de 2019

  • 8.7.19
Escritor, editor y gestor cultural, Iván Repila (Bilbao, 1978) es el autor de El niño que robó el caballo de Atila, novela que ha sido publicada en España, Italia, Francia, Reino Unido, Estados Unidos, Corea, Rumanía, Holanda, Japón e Irán y que, además, ha sido adaptada a los escenarios en Estados Unidos.



Ha trabajado para diversos organismos e instituciones nacionales e internacionales en la producción, coordinación y dirección de congresos, encuentros y festivales de teatro, música y danza. En El aliado, su última novela, se acerca a la revolución feminista. Su protagonista se considera “el tío más feminista del mundo”. El relato es la visión de un hombre contemporáneo que se acerca al feminismo y decide implicarse con él hasta las últimas consecuencias.

—“Soy el tío más feminista del mundo. Sin embargo, tengo mis contradicciones”. Así arranca tu novela.

—¿Quién no se ha sentido feminista alguna vez y ha estado a favor de la igualdad y luego, en realidad, cuando ha hecho examen de conciencia, ha descubierto que es un verdadero machista?

—Tu protagonista está convencido de que toda conquista social ha requerido una revolución violenta. La feminista también.

—Como no tengo muy claro si la violencia ayudará o no ayudará al movimiento feminista, y es una duda que tengo, efectivamente, planteo las preguntas en el libro. Por eso lo he escrito.

—Tu relato es la visión de un hombre contemporáneo que se acerca al feminismo. ¿Mucho que ver con la realidad?

—Sí. Creo que, cada vez más, los hombres por fin, después de muchos años de inactividad, pereza y vagancia, nos estamos acercando al feminismo interesados por él.

—¿Con esta novela vas a perder más amigos machistas o más mujeres feministas?

—No tengo ni idea de lo que pueda suceder. Espero, como mínimo, que muchos hombres hagan examen de conciencia y que les escueza porque se vean reconocidos.

—En el fondo, tu novela es una historia de amor cargada de contradicciones. Vamos, como la vida.

—Yo creo que todos tenemos contradicciones y quien diga que no, seguramente está mintiendo. También en nuestra relación con el feminismo y con el machismo.

—¿El humor y la ironía pueden ser a veces, como en tu libro, la mejor arma para destripar la realidad?

—No sé si la mejor pero, desde luego, es un arma muy útil para denunciar, para criticar y para hacer daño.

—Tu protagonista se convierte en el ser que más odia la mujer que él ama. ¿Tan camaleónicos podemos ser en ocasiones?

—Somos contradictorios, como decíamos antes. Y las contradicciones implican, cuando intentamos superarlas, que a veces nos demos de bruces contra la realidad y podamos perder gente a nuestro lado.

—Defines tu libro como una novela de hombres machistas, donde ellos descubren con dolor sus contradicciones.

—Y es el mismo proceso que yo he estado viviendo en los últimos años. En ese sentido, me identifico con el personaje. Creo que todos los hombres somos machistas y que deberíamos empezar a corregir nuestros comportamientos. Quien diga que no lo es, seguramente le está fallando la capacidad de autocrítica.

—Dices que el machismo que sufrimos los hombres es genético. ¿Hay alguna cirugía para poder extirparlo?

—Bueno, lo de genético es una boutade. Las únicas herramientas que tenemos a nuestro alcance son, primero, mirarnos a nosotros mismos, corregirnos. Y luego, trabajar también con los hombres de nuestro alrededor para intentar construir un mundo mucho más igualitario.

—Es cierto que, aunque lentamente, los hombres vamos concienciándonos de este grave problema del machismo. ¿A ti este libro te ha cambiado o sigues siendo feminista de lunes a viernes?

—No. Sí que he cambiado. Pero mentiría si dijera que he radicado de mí todos los comportamientos machistas con los que he crecido y con los que he vivido.

—Eres consumidor de pornografía, aunque cada vez menos. Dices que el porno está teniendo una influencia muy fuerte en los más jóvenes.

—Sí. Y, efectivamente, esta es una de mis contradicciones. En algún momento, seguramente, tendré que detenerme a pensar fríamente cuál es mi relación con el porno. Pero, a día de hoy, lo que has dicho es completamente cierto.

—¿El nuevo panorama, con la presencia en el escenario de Vox, hará tambalear los objetivos hasta ahora alcanzados?

—Vox es un partido abiertamente machista y sospecho que muchos de sus miembros son irrecuperables para una sociedad futura que defienda la igualdad. No creo, sin embargo, que vaya a detener el auge del movimiento feminista.

—¿Algún día dejaremos de ver y escuchar noticias sobre mujeres asesinadas?

—“Dejaremos de ver noticias sobre mujeres asesinadas cuando los hombres dejemos de matarlas.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍA: ELISA ARROYO

lunes, 1 de julio de 2019

  • 1.7.19
Licenciada en Filosofía y Letras, en la especialidad de Literatura Hispánica, y en Derecho, pasó su infancia en Dublín y Montevideo. Con Nada que no sepas, María Tena (Madrid, 1953) se alzó con el XIV Premio Tusquets de Novela 2018. En la actualidad es miembro del Consejo Editorial de la revista Galerna y profesora de Narrativa en la Escuela de Escritores de Madrid. En esta novela, la narradora, en plena crisis de pareja, vuelve al asunto que marcó el final de su adolescencia y de los años más felices de la década de los sesenta, cuando nada, aparentemente, turbaba su vida.



—La historia que narras en 'Nada que no sepas' no es real, pero te ha enfrentado a tu propia vida. ¿Sabes por fin quién eres?

—Sí, sobre todo, quiénes son mis padres que, en definitiva, es saber quién soy yo misma también, porque uno siempre quiere saber de dónde viene.

—Con esta novela has alcanzado también la madurez como escritora. ¿No me dirás que vas a tirar la toalla ahora?

—No. No voy a tirar la toalla. Creo que uno de los aciertos es el tema. Elegir un buen tema. Y estoy buscando un buen tema para la siguiente novela. Tengo dos o tres ideas, pero el tema es fundamental. Me he dado cuenta con esta novela.

—El jurado del Premio Tusquets ha valorado de tu novela la seductora evocación de la vida cosmopolita, libre y desprejuiciada en Uruguay frente a la estrechez de España en los años sesenta.

—En la realidad llegamos al Uruguay, y también en la ficción llegan al Uruguay. El contraste es brutal. Son dos mundos distintos. De la oscuridad de los armarios oscuros donde se guardaban los secretos, a la ligereza, la claridad, de un verano interminable en Uruguay.

—Tu protagonista regresa a España tras la muerte inesperada de la madre. También tú dejaste Uruguay a los 13 años.

—Sí. Pero yo me fui con mis padres. La historia es una novela. No es una historia real. Hay muchas cosas que ayudan a esa novela pero no es una historia real.

—Volver a España fue un drama. ¿Cómo ves ahora España y Uruguay?

—Ahora están más igualadas, porque son dos democracias. La gran diferencia era la libertad de la democracia, de los derechos humanos. Ahora son dos países amigos y que pueden entenderse mucho mejor.

—Te gusta recordar la frase de Rilke: “La verdadera patria es la infancia”. Ese fue tu caso.

—Bueno, sí. Esa época del Uruguay, que no coincide con la de la novela, fue un momento de muchos descubrimientos. Que luego me sigo riendo de cosas que me pasaban con los chicos en aquella época. El descubrimiento del amor, entre otras cosas. Que no es poco. Es mucho.

—Eres frágil porque el peligro siempre acecha. Esta es la razón que te motiva a escribir.

—Me fortalece escribir. Me quita dudas. Me quita prejuicios. Me quita culpas del pasado. Escribir me abre un horizonte de claridad y de seguridad. Sí. Totalmente. Esa escritura insegura me hace más segura.

—Viviste paseando por el mundo con un padre diplomático, madre poeta y ocho hermanos que escriben o leen compulsivamente. Las historias de familia son un excelente caldo de inspiración.

—Son lo mejor para escribir, porque tienen de todo. Es una mezcla de comedia y tragedia griega. Ahí está todo. Ahí está la semilla de la acción. Los griegos empezaron por ahí: el padre, la madre, los hijos, las envidias, los amores, las pasiones. Está todo. Está el viaje también. De Ulises, por ejemplo.

—Tu estilo es conciso. No te gusta “dar lata al lector”. Pero eso no te impide renunciar a describir lo esencial del ser humano.

—Exacto. Yo escribo conciso después de haber quitado muchas, muchas frases. Pero lo esencial se queda siempre. Empiezo escribiendo una novela de 300 páginas y se queda en 150 para que contenga lo esencial. Da sensación de limpieza pero ahí está todo. Esa es mi técnica de escritura.

—El libro te ha ayudado a reconciliarte con tus padres. Tenías que desprenderte de ellos. ¿Escribir es mejor que recostarse en el diván?

—Bueno, son procesos bastante parecidos. Lo que pasa es que el escribir lo haces en las horas que te deja la realidad. Lo haces en los márgenes. Lo haces en el terreno indeciso de los sueños, de los deseos. En cambio, en el diván hay que trabajar pero al revés, para llevarlo a la realidad, para mejorar tu realidad. Son procesos opuestos, en realidad.

—Fuiste directora del Centro del Libro y de la Lectura. Dicen las estadísticas que cada vez leemos menos. ¿Hay solución?

—Yo creo que cada vez leemos más. Cada vez lee más gente por una cuestión estadística. Cada vez hay más gente que ha tenido un bachillerato y una enseñanza primaria potente. Lo que pasa es que hay un punto ahí en la adolescencia en que se pierde gran cantidad de lectores. Los chicos empiezan con las hormonas y la música. La música entra ahí brutalmente y el lector que aguanta ese tirón ya es lector para toda la vida. Pero yo creo que la familia es fundamental para que la gente siga leyendo. Un padre o una madre que te cuenta cuentos de pequeño es una cosa fundamental.

—Ida Vitale, Premio Cervantes. Mujer y uruguaya. ¿Doblemente feliz?

—Completamente feliz de que Ida Vitale sea Premio Cervantes. Es una mujer excepcional. Es una gran intelectual además. No es una poeta superficial. La conozco. Estuve con ella durante varias horas un día. Y me parece una mujer excepcional.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍA: ELISA ARROYO

lunes, 24 de junio de 2019

  • 24.6.19
La primera novela de Eva García Sáenz de Urturi (Victoria, 1972) vio la luz en 2012, La saga de los longevos. Desde entonces, publica libro por año. Los señores del tiempo, que ve la luz ahora, es el desenlace de la Trilogía de la Ciudad Blanca. En 2014 presentó la segunda entrega de la saga, Los hijos de Adán, y también la novela histórica Pasaje a Tahití. En 2016 publica El silencio de la ciudad blanca, un thriller apasionante ambientado en su ciudad natal.



—En el primer capítulo de tu novela un empresario muere envenenado con la “mosca española”, es decir, la viagra medieval. ¿No encontraste a mano otro veneno con menos significado emocional?

—Emocional y casi erótico. Tenía un significado muy potente. El hecho de que un hombre quisiera usar un estimulante potente como era la viagra y que pudiese morir por sobredosis, y muere de esa manera tan horrible que es con las tripas abrasadas. Me parecía una manera muy potente de empezar un thriller.

—Con 'Los señores del tiempo' pones un cierre épico a la 'Trilogía de la Ciudad Blanca'. ¿Exhausta o con ganas de volver a los ruedos y enredos de otra historia?

—Como escritora, siempre se te ocurren historias. Lo que es cierto es que he publicado seis novelas y me he ganado el privilegio de la próxima novela disfrutarla y no seguir los dictados de los lectores de lo quiero ya.

—Esta entrega es, además, un 'thriller' y una novela medieval. Dos libros en un libro. Pero es el libro donde la Historia tiene más peso.

—Los tres libros de la trilogía son novela policíaca con poso histórico importante, pero en esta realmente te encuentras una novela histórica, una novela medieval, y ocupando la mitad de las páginas dentro del thriller. La novela histórica y un thriller.

—Un cierre épico para dar al lector la sensación de haber emprendido un viaje emocional que, después de todo, valió la pena.

—Sí. Lo bueno es que ha sido satisfactorio para mí escribirlo pero ha sido un libro que, como ves, ha sido número uno de ventas en España. Arrastraba a los otros dos. Las críticas han sido unánimes. En ese sentido, creo que el viaje emocional de los lectores ha sido muy satisfactorio. Han quedado satisfechos con el cierre.

—Como decías, crímenes cometidos hoy con métodos de la Edad Media. Y además son de lo más refinado.

—Sí, sí. Siempre me propuse matar sin sangre en mis tres libros. En todos los asesinatos: abejas que se metían en la garganta e impedían la respiración y los mataban, el lenguamiento, las emparedadas o la viagra. Me lo había propuesto como un reto creativo y lo he conseguido.

—Los lectores conocerán en estas páginas el destino que le has preparado al inspector Kraken. Pero adelántanos si lo entierras ya o le tienes preparado otro destino.

—Siempre digo que es muy prematuro. A meses de publicar una novela, y más con el éxito que está teniendo y con la gira que estamos teniendo, preguntar al lector por lo siguiente o por si va a rescatar a personajes de anteriores éxitos, es muy prematuro. Mentalmente, creativamente, no estoy en ese punto de plantearme nada.

—700.000 lectores, 51 ediciones y 8 traducciones. ¿Difícil de superar o piensas seguir sumando?

—Siempre hay que sumar y ha pasado desde la primera novela hasta esta sexta. La plataforma de lectores ha ido creciendo, creciendo, creciendo. Siempre he ido ganando lectores con cada libro. No sé por qué

—Tus lectores te escriben pidiendo, como en la plaza de toros, que saques el pañuelo blanco e indultes a algún personaje. ¿Eres indulgente o te puede el drama que alimenta tus venas?

(Ríe). Pues me pedían que no matase al abuelo y no lo mataré en la vida. Porque le presté mi propia voz al protagonista. Como decía Hemingway, hay que matar a los seres queridos. A otros sí que les he cercenado la vida. Me ha dolido mucho, y los lectores también me lo dicen.

—He leído que te documentas a fondo. Acudes a cursos de autopsias, perfilación, inspecciones técnicas oculares. ¿Viste algo desagradable que no te atreviste a escribir o la vocación te puede?

—No. Lo que sirvió precisamente fue tan desagradable de ver en las autopsias, leer atestados reales desde las comisarías de España, leer tantos casos reales, y las fotos sobre todo. Las fotos de quemados, de falsos ahorcados. Me sirvieron para no meterlos.

—La primera novela, 'El silencio de la ciudad blanca', está siendo adaptada al cine por Daniel Calparsoro. Javier Rey y Belén Rueda, de protagonistas. ¿Qué más sabemos?

—Se rodó el pasado verano en Vitoria y en Madrid, en agosto y en septiembre. Ahora mismo están con el montaje y será el gran estreno este año para final de verano. Va a ser el gran lanzamiento del año para Atresmedia.

—Los fanáticos de tu serie se definen, por tu personaje, como “krakenianos”. ¿Logras controlarlos?

—No. Son ya masa propia. Ten en cuenta que 700.000 mentes, y obsesionadas con Kraken, con el abuelo, han hecho muy propia la novela y Dios sabe qué opinan de todo en las redes sociales y, bueno, son muy posesivas también con la novela con quién vas a poner de Kraken en la película, a quién vas a poner de Alba. Se lo han tomado como muy propio. Muy fenómeno fan.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍA: ELISA ARROYO

lunes, 17 de junio de 2019

  • 17.6.19
Autora de novelas como La ciudad en invierno, La ciudad feliz o La trabajadora, Elvira Navarro (Huelva, 1978) publica La isla de los conejos, donde recoge once relatos perturbadores. En estas páginas, un falso inventor lleva conejos a una isla para que acaben con los nidos de unos pájaros cuyo nombre nadie conoce. El fantasma de una madre abre una cuenta en Facebook y le pide amistad a su hija. En otro, los sueños de los clientes de un hotel son objeto de un insólito hurto.



Esta autora estudió Filosofía en la Universidad Complutense de Madrid. En 2013 fue elegida una de las voces españolas con mayor futuro por la revista El Cultural, y en 2014 la misma revista seleccionó su obra La trabajadora entre las diez mejores novelas en español del año.

—Once piezas inquietantes. Dices que si algo comparten todos los cuentos de 'La isla de los conejos' es una atmósfera extraña.

—La misma que esa convención a la que llamamos realidad en cuanto nos percatamos de cuánto tiene de ficticio.

—El libro se iba a titular 'La habitación de arriba', que es otro de los relatos. ¿Qué encontraste en 'La isla de los conejos' que te hizo cambiar de opinión?

—Fue mi agente, María Lynch, quien me dijo que era mejor así, y entonces me acordé de La casa de los conejos de Laura Alcoba y de lo mucho que siempre me había gustado ese título.

—Escribes todos los días, pero tardas en publicar. Eres lenta escribiendo. ¿Te gusta ver madurar cada página o la inseguridad es parte de este oficio?

—Todo eso sumado a que el tiempo haga su trabajo de criba.

—Como decías, los cuentos comparten una atmósfera, pero cada cuento bebe de un sitio diferente, de un conflicto único.

—Sí, en efecto. Si no fuera así, el libro sería una novela.

—El cuento con el que titulas el libro es una anécdota que te contó un amigo, Sancho Arnal, que dices, como homenaje, es su verdadero autor.

—Él me regaló la historia sin saberlo, o yo se la robé. Sancho Arnal me cuenta siempre cosas loquísimas, cosas que hace él, así que también podría decir que escribir ese cuento fue un intento de vivir yo esas cosas a través de la literatura.

—El tema de 'La habitación de arriba' lo desarrollaste en 'La trabajadora': la precariedad y la desposesión por el trabajo. Hoy, desgraciadamente, casi es una epidemia.

—Lo peor es que ha sido una epidemia casi siempre. España es un país de escasez. Las dos novelas capitales en nuestra tradición son el Lazarillo, que cuenta la vida de un miserable, y El Quijote, que es un hidalgo pobre. Parecía que habíamos salido de ahí, pero…

—Dices que lo que nos perturba y no hacemos consciente nos puede destruir. ¿De esa materia está hecho este libro?

—Diría que en parte sí. Ya el impulso creador es misterioso, al menos en mi caso. No sé muy bien qué es lo que me lleva a escribir unas historias en vez de otras. Ahí hay algo oscuro que ordena, que pide ser expresado, recorrido, iluminado.

—El relato necesita de una intensidad que se disipa en la novela. ¿Con qué género te sientes más cómoda?

—Me siento cómoda cuando encuentro la forma más apropiada para expresar algo, ya sea un relato o una novela.

—El feminismo no está a salvo del giro conservador y vulgar que vive nuestra sociedad. ¿Sabes hacia dónde vamos?

—Se está sustituyendo el pensamiento por un simple estar a favor o en contra que tiene más de identitario que de otra cosa. Como pertenecer a un equipo de fútbol o ser nacionalista. Y eso también ha contaminado a cierto feminismo, que al tiempo que se declara como no esencialista, defiende las esencias cuando reparte carnets de buenas feministas. Aunque a lo mejor siempre hemos estado ahí, en el dogma, y lo que pasa ahora es que las redes amplifican el asunto.

—Te molesta que el feminismo sea reactivo y no propositivo y que la mujer aparezca como víctima.

—Me molesta como feminista que soy. La víctima se ha convertido en el lugar santificado de enunciación, y es una posición peligrosa porque impide el empoderamiento, refuerza el estereotipo machista de que la mujer es alguien débil y obvia los logros de muchas mujeres, su poderío.

Santiago Alba Rico, en un artículo, traía la siguiente reflexión de Sánchez Ferlosio: “Sólo el daño recibido de otros hombres crea valor, porque la víctima se hace acreedora de retribución y se convalida, por tanto, como ‘de los buenos’. Sólo la culpa humana produce lo que podríamos llamar ‘víctimas morales’, porque son acreedoras de venganza”. No suena muy revolucionario, ¿no? Y yo creo que el feminismo ha de ser revolucionario, no replicar al Dios del Antiguo Testamento.

—En tu libro no hay sangre. Hay un terror psicológico, “cotidiano y doméstico”, y los personajes se mueven en entornos absurdos.

—Se está leyendo así, ¡pero también hay quien me dice que se ríe mucho!

—Tus personajes aceptan explorar la anormalidad, lo ficticio, que es lo normal. Descubren que el control de sus vidas es una ilusión.

—Viven en la anormalidad, aunque creo que eso es muy común porque, ¿qué es lo normal? El control es una ilusión de la razón que produce muchos monstruos, como en el grabado de Goya.

—Ahora trabajas en dos libros. Un volumen de novelas cortas y un libro sobre tu experiencia en Madrid.

—Así es, y espero acabar antes el de novelas cortas, que parece que ha cogido carrerilla.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍA: ELISA ARROYO

lunes, 10 de junio de 2019

  • 10.6.19
El lector que quiera decodificar y desbrozar un poco más el mapa político actual de Venezuela deberá adentrarse en las páginas de esta novela: La hija de la española. Su autora, Karina Sainz Borgo (Caracas, 1982), hija de españoles y exiliada en nuestro país desde hace doce años, confiesa que lleva la culpa del superviviente en el pasaporte y que esta sensación es como si se hubiese dado de baja en el dolor de otros. Es pesimista respecto al futuro de Venezuela, de la que no alcanza a dibujar un horizonte de futuro. Siente también que la persigue la identidad y el desarraigo.



Es muy bella y muy delgada, con el carácter hondo y decidido heredado de los abuelos que cruzaron el Atlántico para nunca volver. Maneja con desenvoltura y cadencia su castellano de acento venezolano. Dice que su libro también es una novela sobre la pérdida. Habla de su hermana, que vive en Venezuela, sin Internet y leyendo por las noches alumbrada con una vela, sin agua, sin nada. Nació en Caracas, dice en la portada de su libro, cuando el país estaba a punto de incendiarse.

Trabaja como periodista especializada en temas culturales, aunque confiesa que escribe a todas horas. Ha publicado los libros de periodismo Caracas hip-hop (2007) y Tráfico y Guaire. El país y sus intelectuales (2007) y mantiene el blog Crónicas Barbitúricas. La hija de la española es su primera novela, que ya ha sido vendida en traducción a veintidós países.

—Tu primera novela y ya ha sido vendida a 22 países para su publicación. ¿Qué esconden estas páginas que despiertan tanto interés?

—Yo todavía me hago esa pregunta, porque la impresión fue devastadora. Sin embargo, creo que, con el paso del tiempo, realmente el libro tiene elementos de tragedia y de belleza universales en los que han encontrado eco muchas personas.

—Adelaida, tu personaje, usurpa la identidad a su vecina que yace en el suelo para huir del país. ¿A dónde vamos cuando escapamos del infierno?

—Vamos a un lugar en el cual no te puedes dar la vuelta. Adonde sea que vayas no puedes mirar atrás. Por eso este libro dice que el Atlántico es un mar donde la gente se dice adiós. Porque los españoles que vinieron y se quedaron en Venezuela, nunca miraron atrás. Y ahora, sus nietos se marchan a España y no pueden mirar atrás.

—'La hija de la española', en realidad, tendría que haber sido hija de la gallega. Caracas está llena de gallegos.

—Eso es cierto pero no del todo. Porque en este libro hay gallegos, canarios, extremeños, andaluces, catalanes. De hecho, uno de los grandes símbolos de la novela es una vajilla de La Cartuja de Sevilla.

—Dices que la novela, en realidad, trata de la culpa del superviviente. ¿Nunca se supera?

—Nunca se supera. Ni yo la he superado ni Adelaida Falcón como personaje la supera. Incluso ni siquiera sé si se matiza. Creo que permanece perpetuamente. Es como si, haberse marchado, hubiese sido darse de baja del dolor de otros.

—Tienes una sensación de desarraigo con Venezuela. De hecho, la novela es un homenaje y también un desengaño respecto a lo que os prometieron.

—Sí. Yo tengo un tema profundo que me persigue sobre la identidad y sobre el desarraigo. Yo tengo doce años en España, pero siento que he tenido un proceso al que han pasado dos cosas al mismo tiempo. Al mismo tiempo que tuve que superarme un poco de mi venezolanidad para entenderla, me fui haciendo española. Entonces, esta novela me permitió a mí purgar todo eso.

—Obviamente, Venezuela está reflejada en el libro, pero tú querías ir más allá, querías universalizar una tragedia contemporánea.

—En efecto. Yo quería que el libro fuera una gran alegoría de qué ocurre con las sociedades cuando son sometidas a un poder totalitario. Cómo se borran los individuos cuando el poder los persigue y los acorrala. Y La hija de la española en buena medida quería ser eso. También creo que es una novela de la pérdida. Aquí todo el que ha experimentado un proceso de pérdida, sea orfandad, de su casa, de su ciudad, va a sentir eco en este libro.

—Escribes en el libro: “Mientras redactaba la inscripción para su tumba, entendí que la primera muerte ocurre en el lenguaje”. ¿Cuántas muertes son necesarias para entender una pérdida?

—Hay tantas formas de morir en una misma defunción, en una misma desaparición. Tú puedes morir espiritualmente, como mueren los personajes de este libro. Tú puedes morir moralmente, como muere el país que estás retratando. Puedes morir de desmemoria. Puedes olvidar lo que has sido. Es tan profundo un proceso de pérdida en condiciones como las que ocurren en esta novela. Es muy profundo y muy amplio.



—Muchos venezolanos han salido del país o quieren hacerlo. Sin embargo, tu hermana sigue dando clases en la universidad. ¿Qué te dice de lo que ocurre allí que no sepamos?

—Me gusta mucho la pregunta de mi hermana. Mi hermana me habla de un infierno que ignoramos pero que ella asume como cotidiano. Para ella es normal tener quince días sin agua. Se acostumbró a no tener Internet. Se acostumbró a leer con una vela. Aparte, por supuesto, de la tremenda carestía que hay. De no haber, no hay nada. Lo que hay es miedo y desesperación.

—Esta frase es tuya: “El mundo se ha vuelto trashumante”. En efecto, 60 millones de seres humanos, de refugiados, van sin rumbo por la vida. Un éxodo mayor al de la Segunda Guerra Mundial. ¿Qué nos está pasando?

—Creo que estamos viviendo lo que le pasa a los fines de ciclo. Es como los siglos crepusculares. El XIX estuvo lleno de fenómenos parecidos. Y en el fondo, en el siglo XX, lo que percibo es que está dando un coletazo. Y estamos viendo, por lo menos, si no la transformación o el colapso, sí un cambio apreciable en nuestra forma de movernos. Y creo que eso ocurre con los fines de ciclo. Como dice Félix de Azúa, que somos unos primitivos de nuestra era.

—Escribes periodismo y escribes literatura. En el fondo, ¿se trata de observar la realidad con otra mirada?

—Para mí no son distintas. Yo no distingo el periodismo de la literatura. Incluso a veces digo que es redundancia. Porque es cierto que hay que respetar la verdad, el dato. Sin embargo, sí creo que hay una aproximación con la palabra escrita. Y están hechas con el mismo material. Yo creo que se complementan. No son excluyentes.

Yo creo que son dos formas de mirar que normalmente coinciden. Quizás yo soy un novelista más aperiodistado o un periodista más novelado (ríe). No lo sé. Pero no hago distingos. Miro igual. Creo que miro exactamente igual. Otra cosa es qué haga con lo que mire.

—Eres dura con la izquierda europea, de quienes dices que les gusta irse de safari con los barbudos, a los que ven como especies exóticas. ¿Tan pijos nos ves?

(Ríe). No, no, no. Es una parte. No es todo. Es una parte de la izquierda europea y que tiene un lobby muy potente políticamente. Y yo creo que, bueno, ha contribuido a la confusión, a la creación de una mitología de procesos más autoritarios que otra cosa. Pasó con Cuba. Entonces, hay una cosa allí que es contradictoria y que no se resuelve. Lleva años sin resolverse.

—Te sientes desterrada. Ves a Venezuela quebrada y piensas que tardará mucho en recomponerse. A medio plazo, ¿cómo dibujarías el horizonte?

—Veo un camino largo, accidentado, lleno de piedras, en el que falta la luz, en el que llueve una tormenta, en el que hay forajidos por todos lados. Va a ser un camino largo y profundo de recuperarnos. Y yo ni siquiera sé si estamos cerca de comenzarlo.

—Viviendo afuera, en España, ¿duele más Venezuela?

—Sí, por supuesto. Duele mucho más profundamente, porque además llevas la culpa del superviviente en el pasaporte. No lo puedes evitar Y en mi caso es más complicado, porque yo soy hija de españoles y siento que por primera vez entendí a mis abuelos, porque ellos nunca miraron atrás.

Entendí que ellos habían perdido tanto que mirar atrás era mucho más doloroso. Era como recordar perpetuamente todo lo que se había perdido. Al país que yo quiero volver, ya no existe. Y eso hace que te duela todo mucho más. Todo el mundo es amor. El país es un desamor. En serio. Venezuela para mí es un desamor.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍAS: ELISA ARROYO

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