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lunes, 16 de abril de 2018

  • 16.4.18
El Viso Digital se hace eco en su Buzón del Lector de una carta abierta remitida por Guillermo Jiménez reflexionando acerca de por qué hay personas "incompetentes" que ocupan cargos públicos y las distintas explicaciones a esta situación. Si desea participar en esta sección, puede enviar un correo electrónico exponiendo su queja, comentario, sugerencia o relato. Si quiere, puede acompañar su mensaje de alguna fotografía.



“La mediocridad cumple una función social, porque, al dificultar el cambio, mantiene la estabilidad.” Leyendo esta frase en un ensayo sociológico, me surge la necesidad de reflexionar sobre un curioso fenómeno: si hay gente tan valida en la sociedad, ¿por qué hay tanta persona incompetente en el gobierno de las instituciones?

La mediocridad de la clase política suele considerarse un hecho empírico en cualquier tertulia de bar, reunión o debate sobre actualidad en redes sociales. Y ya decía Aristóteles que suele haber algo de cierto en todo lugar común. Bourdieu y Freeman, científicos sociales, facilitan algunas claves que permiten explicarlo. Por supuesto, hay personas brillantes en política, hay personas altruistas e incorruptibles. Lo que Bourdieu y Freeman permiten es explicar como las estructuras facilitan el progreso y ascenso de un determinado tipo de persona; el mediocre.

“ Todos los políticos son iguales” o “la política, para quien vive de ella”. No son más que sentimientos exteriorizados de la ciudadanía ante los dos grandes males que aquejan a la democracia; la corrupción/clientelismo y la mediocridad de quienes se encargan de los asuntos públicos en cualquier administración.

La primera son todos aquellas personas que llegan a la política para servirse de ella, en el corto, medio o largo plazo. La segunda, en cuanto aquellos que llegan a la política pero no presentan mínimos de competencias y habilidades para ello.

La mediocridad es la incapacidad de distinguir, anhelar y respetar la excelencia. Como cualquier cualidad o rasgo humano se presenta de forma gradual. El primer grado es el simple, que ni le importa ni la entiende, y es feliz con la satisfacción de sus necesidades básicas. El segundo es el fatuo, que quiere ser excelente, aunque no entiende en qué consiste, por lo que sólo puede imitar, copiar o fingir. No es lesivo, aunque, si tiene un puesto relevante , puede atosigar a los demás con exigencias que sólo pretenden dar la impresión de que está haciendo algo importante. El tercero y más peligroso, es el mediocre inoperante activo, pérfido e incapaz de crear nada válido, pero que desprecia e intenta eliminar y obstaculizar a todo aquél que muestre algún rasgo de excelencia.

Esta tipología de mediocre suele ir acompañada de un sesgo cognitivo, que relaciona la estupidez y la vanidad, descrita como efecto Dunning-Kruger, según el cual las personas con escaso nivel intelectual y competencial tienden sistemáticamente a pensar que saben más de lo que saben y a considerarse más inteligentes y capaces de lo que son. El fenómeno fue estudiado por Justin Krugger y David Dunning, psicólogos de la Universidad de Cornell en Nueva York, y publicado en 1999 en “The Journal of Personality and Social Psychology. Se basa en los siguientes principios:

• Los individuos incompetentes tienden a sobreestimar sus propias habilidades.
• Los individuos incompetentes son incapaces de reconocer las verdaderas habilidades en los demás.

Pierre Bourdieu considera que las personas que representan a la ciudadanía, cargos públicos, se preocupan más por seducir a su partido que a la ciudadanía que les eligió. El poder de los partidos políticos en las democracias representativas es inmenso, y según él, es la estructura de los partidos la que genera el triunfo de un determinado tipo de personaje político. Según Bourdieu, quienes prevalecen en los partidos son los que lo dan todo por el partido. Son aquellos que no tienen nada fuera del partido, que han consagrado su vida por el partido y han organizado su vida en torno a este.

Por tanto, se produce una simbiosis estructural entre los aparatos políticos y algunas categorías de personas, que son aquellas que no poseen muchas habilidades que resulte provechoso de poseer. Los partidos recompensan a la gente más “fiable”. Junto a esta cualidad, premian a quienes tienen tiempo y paciencia para soportar los largos horarios de “sesiones de partido”. Esto es lo que Bourdieu denomina “efecto oficina”. La oficina es una organización permanente que se va reforzando con el tiempo y reemplazando a los originarios mecanismos de participación del partido. Esta “oficina” tiende a concentrar y monopolizar el poder, a convocar las asambleas, reuniones y sesiones de trabajo, reduciendo la función de las personas asistentes a las asambleas a ratificar las decisiones de “la oficina” y a consagrar la representatividad de “la oficina.”

De forma escalada y progresiva, el número de participantes a las asambleas se reduce y los cargos asentados, “la oficina”, reprochan a los miembros ordinarios su limitada contribución, les inculpan de absentismo, sin ver que es la consecuencia de la concentración del poder en sus manos. Estos “políticos de partido” permanentes se transforman en profesionales de la adulteración de toda posición que pudiera crearles problemas, como la confrontación con los miembros ordinarios del partido, sus representados. Por eso las personas dedicadas a la política de forma permanente adquieren la habilidad de manipular las asambleas generales, de transformar los votos en aclamaciones, etc. Hay puestos y cargos de responsabilidad y ellos los asumen, no se sienten culpables de haber servido a sus intereses porque creen que lo hacen por el bien del partido.

La alienación de la política no se percibe y al contrario, es la visión del poder la que se ha impuesto, de modo que se echa la culpa a quienes no quieren participar en el juego de la política. Se ha interiorizado tan fuertemente la bondad del sistema representativo que no votar, o criticar la estructura “democrática”, se considera una falta.

Las aportaciones de Bourdieu permiten meditar sobre el modo por el cual se forman unas élites en el interior de los partidos políticos, pero también en cualquier otra organización bajo el principio de representación. Según el sociólogo, estas élites están formadas por personas mediocres convencidas de merecer la posición jerárquica que disfrutan, por el mero hecho de ser quienes lo dan todo por el partido, son “hipermilitantes”, mientras el resto de miembros del partido son, a su criterio, personas que no se “mojan” lo suficiente.

Freeman afirma que las élites por lo general no son grupos de conspiración, a diferencia del modo en que se perciben. En escasas ocasiones un grupo pequeño se confabula con el propósito de apoderarse de otro grupo mayor para sus objetivos. Las élites no son nada más y nada menos que grupos de amistades que, circunstancialmente, participan en la misma actividad política. La coincidencia de estos dos hechos es lo que genera una élite en un grupo determinado y también lo que hace tan difícil romper.

Son estructuras informales que responden a las buenas relaciones que se dan entre determinadas personas, que se escuchan más atentamente y se interrumpen menos, que repiten los puntos de vista u opiniones de las otras y si hay conflicto ceden más facilmente, tienden a ignorar o a enfrentarse a la gente externa, cuyo beneplácito no es imprescindible para la toma de decisiones. El grupo dirigente son a quienes se les debe consultar para tomar una decisión, pues de ellas depende su aprobación.

Algunos grupos pueden tener más de una red informal de comunicación. Cuando solo hay una red de este tipo, esta se convierte en la élite del grupo sin estructura independientemente de que sus miembros quieran ser o no elitistas. En un grupo coexisten normalmente dos o más redes de amistades que compiten entre sí por el poder formal.

Freeman apunta que todas los partidos y organizaciones políticas se dotan de guías y procesos no escritos que limitan el acceso a la élite, a aquellas personas que tengan ciertas características específicas conformes y coincidentes con el resto de personas de la élite.

Por tanto los prerrequisitos habituales para formar parte de las élites informales tienen relación con la clase social, la personalidad y la disposición de tiempo. No incluyen la competencia, el compromiso con unas ideas políticas, el talento o la potencial contribución a la causa. Los criterios necesarios para cualquier organización política son los mismos que se emplean para establecer una amistad. Por eso es natural que la gente que posee características que se salen de la normalidad (la normalidad según el criterio de la élite política) sean excluidas.

Estas estructuras informales se retroalimentan mediante el paulatino “alistamiento” de nueva gente que encaje con las características de la élite. Todos estos procedimientos llevan su tiempo, de modo que si las ocupaciones profesionales requieren gran dedicación o se tiene alguna obligación similar es normalmente imposible llegar a ser parte de la élite, simplemente porque no hay suficientes horas para asistir a todas las reuniones y cultivar las relaciones personales necesarias para adquirir e influir en las decisiones.

Freeman afirma que, como estas élites son informales, es muy difícil limitarlas, de modo que su poder se vuelve arbitrario y caprichoso. Cuando se escucha a alguien es porque cae bien y no porque diga cosas significativas. Freeman advierte que el problema de la formación de élites es que responde a criterios irracionales tales como la semejanza con los miembros de la élite ya consagrada o la disponibilidad de tiempo para la militancia, y no a criterios racionales como la calidad de la potencial aportación a la actividad política.

Recurro a Jacques Rancière para finalizar esta reflexión sobre la promoción y fomento de la mediocridad por parte de los partidos y organizaciones políticas. El filosofo francés considera que la actividad política se fundamenta en una división de los espacios y de los tiempos, sostiene su tesis aludiendo al pensamiento de Platón, que afirma que los artesanos no pueden ocuparse de la política porque no tienen el tiempo para dedicarse a otra cosa que no sea su trabajo. Esta división de espacios y tiempos muestra quien puede tomar parte en lo común en función de lo que hace, del tiempo y del espacio en los que desempeña dicha actividad.

Así pues, tener tal o cual “ocupación” o “perfil” define las competencias o incompetencias con respecto a la política. Tener una ocupación y/o característica determina el hecho de ser o no visible en un espacio, de estar dotado de la palabra, etc. Hay personas que quedan excluidas de la política porque están excluidas del ámbito de lo visible (pensemos en quienes cuidan de personas dependientes o bebés, en quienes tienen largas jornadas de trabajo o en quienes por motivos de prejuicios raciales o de otra índole son sistemáticamente excluidos de la sociedad).

Los partidos políticos, y también las asambleas de militantes de los movimientos sociales, incentivan dinámicas de inclusión y exclusión. Forman élites, instauran líderes, y excluyen a otras personas del ámbito de la acción política. Quien no puede ser militante (a veces “hipermilitante”), queda fuera de la política. Y quien tiene las características necesarias para su aceptación como “hipermilitante” tiene muchos puntos para acceder al poder. Sin que la mediocridad sea un obstáculo.

Si los partidos políticos entre sus funciones sociales cuentan con la selección de lideres para el ejercicio del gobierno de las administraciones y representación popular; tenemos la respuesta a la pregunta de ¿por qué hay tanta persona incompetente en el gobierno de las instituciones?

GUILLERMO JIMÉNEZ
FOTOGRAFÍA: JRMORA.COM



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