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sábado, 11 de agosto de 2018

  • 11.8.18
En el año 2004 me trasladaron desde el bello y lejano pueblo de Luque (Córdoba) hasta Cañada Rosal, una pequeña población de 3.307 habitantes (según el padrón de 2.016) y una extensión de 25,45 kilómetros cuadrados, situado en la campiña sevillana, a 84 kms de la capital, entre los términos de La Luisiana, Palma del Río y Écija.



En aquellos primeros días de septiembre, cuando comienzas a conocer a los nuevos compañeros y compañeras, a familiarizarte con el nuevo centro y empiezas a pedir listados del alumnado al que vas a impartir clase , me percaté que gran parte de aquellos niños y niñas tenían apellidos un tanto peculiares: Hans, Filter, Duvison, Delis, Hebles, Ruger… A este respecto hay que decir que el 28% de la población carrosaleña lleva apellidos que son centroeuropeos. Al preguntar por aquellos apellidos a una compañera nacida en el pueblo, y de apellido centroeuropeo, me dijo que el pueblo, fundado en el siglo XVIII, había sido poblado por inmigrantes procedentes, en este caso de Alemania. Ahora me cuadraba el haber visto a personas rubias, de piel clara y ojos azules , y encima en bicicleta, porque la orografía del pueblo permite que todo el mundo se pueda trasladar de un sitio a otro en bicicleta, como ocurre en Holanda, por ejemplo.

Todo esto me llevó a investigar sobre la procedencia de estas personas, y hasta presenté una comunicación en las IV Jornadas de Historia sobre la provincia de Sevilla, titulada: “Elementos invariantes en la arquitectura de Cañada Rosal”, trabajo que me permitió bucear en un mundo completamente desconocido sobre la inmigración en el siglo de las Luces.

Pero pongámonos en situación, veamos el contexto de centroeuropa a mediados del siglo XVIII, y no podemos decir precísamente que era el mejor, dado que las continuas guerras, hambrunas y epidemias la habían asolado ;durante algo más de un siglo el centro de Europa se había convertido en un campo de batalla. Desde nuestra mentalidad de hombres y mujeres del siglo XXI no nos podemos imaginar a una Alemania, que en estos momentos es el motor de Europa, empobrecida mandando a gente a Andalucía. Frente a este panorama tan negativo a Andalucía llegaban ingentes cantidades de población procedente del norte de España (asturianos, gallegos, vizcaínos, catalanes, valencianos…) que buscaban mejores condiciones de vida, y este hecho se refleja en el aumento poblacional de El Viso, lugar en el que se estaba construyendo en estos momentos lo que conocemos como la Corredera, que no era otra que la carretera que comunicaba Madrid con Cádiz.

Paralelamente a todo esto, entre la intelectualidad ilustrada española liderada por Pedro Rodríguez de Campomanes (1723-1802), Ministro de Haciendo en 1760 ,se va a poner en marcha un proyecto pionero que consiste en traer a población foránea para repoblar determinados lugares que estaban despoblados, lugares que podrían ser ricos y prosperos si se pusiesen en cultivo.

¿Pero dónde se situarían estas nuevas poblaciones en un país que se caracterizaba, precisamente, por la escasa población? El lugar no era otro que los “desiertos” que había entre las estribaciones de Sierra Morena y la fértil vega de Carmona, un territorio atravesado por la carretera que comunicaba la Corte con Cádiz, de vital importancia para la economía del país.

La puesta en práctica de este proyecto tenía como finalidad cumplir tres objetivos:

-Fijar en estos territorios población y roturar tierras que estaban baldías, tierras que pertenecían en su gran mayoría a los propios (Ayuntamientos), o bien eran tierras del común (comunales). De esta manera la agricultura sería el motor de la economía de la zona, a la par que se introducía la industria.

-Dar seguridad a esta arteria principal que comunicaba Cádiz con Madrid. Para ello era necesario atraer población mediante el reparto de lotes de tierras. Con la fijación de población se alejaba del territorio el bandolerismo y, en consecuencia, la inseguridad.

-Establecer una sociedad nueva, al margen de las férreas estructuras del Antiguo Régimen, donde las rígidas ordenanzas gremiales encorsetaban el progreso. Esta nueva sociedad estaría formada por gentes que deberían de reunir una serie de condiciones que aparecen recogidas en lo que se llamó “Fuero de las Nuevas Poblaciones”.

Cuando en la televisión se nos habla de bandas organizadas, de mafias que se lucran del sufrimiento de las personas que arriesgan sus vidas y sus escasos recursos económicos, podemos pensar en un cierto paralelismo con los nuevos pobladores, pues si duda alguna hubo personas que se enriquecieron a costa de este proyecto en el que jugó un papel fundametal el coronel bávaro Juan Gaspar Thürriegel y su equipo, que consiguió el 28 de febrero de 1787 autorización real para buscar a los que serían los nuevos pobladores.

El objetivo era traer, nada más y nada menos, que a 6.000 colonos, recibiendo Thürriegel 326 reales cada uno, ascendiendo el montante a 1.956.000 reales, cantidad bastante considerable que se embolsó este personaje que, al parecer era un advenedizo ávido de dinero fácil y conocedor de la necesidad que tenía el gobierno español y la que tenían los potenciales pobladores. Así el objetivo del coronel bávaro no era otro que conseguir la mayor cantidad de población posible, porque a mayor población, más dinero.

Para ello ideó una intensa campaña de propaganda a través de pasquines que se clavaron en mercados, tabernas, iglesias…dando a conocer las bondades que podrían encontrar aquellos que se decidiesen a trasladarse al sur, tierra “donde nunca nevaba”, la tierra en la que “se multiplicaban los panes y los peces”. La verdad es que supo vender la nueva tierra como “el paraíso en la tierra” por lo que consiguió que mucha gente decidiera cambiar de vida, porque no tenían nada que perder. Esto le llevó, de alguna manera, a incumplir el contrato que había adquirido con la corona que impuso tres condiciones a los nuevos pobladores:

-Ser católicos

-Tener un oficio conocido: labradores, artesanos…

-Gozar de buena salud

Una vez que los nuevos colonos fueron reclutados, no cumpliendo con lo pactado, pues no todos tenían oficio conocido, ni todos gozaban de buena salud, ni todos eran católicos, había que transportar esta ingente cantidad de población, de muy distinta edad y condición, al sur de la península Ibérica, a lo que se había vendido como “la nueva Arcadia”, el nuevo Paraíso, porque se les había dicho que recibirían por parte de la corona:

-Tierras
-Ganado
-Semillas
-Un solar para construir su vivienda
-La protección del Gobierno
-Escuela de primeras letras para sus hijos

Cada uno con lo que tenía, a pie o en cabalgadura, desde distintos lugares de Europa como Flandes, Austria, Alemania, norte de Italia, Francia… fueron conducidos al puerto de Montpellier (Francia), siendo los lugares de destino Almería, Sanlúcar de Barrameda y Málaga fundamentalmente. Al llegar al puerto, tras la travesía, que no debió de ser muy grata (excesivos pasajeros para ahorrar costos, falta de higiene…), pasaron por la Aduana donde fueron reconocidos e interrogados. Ni decir tiene que más de uno y de una fueron deportados al puerto de origen por no cumplir los requisitos. Una vez aceptados, una gran caravana de personas se dirigió andando hasta la Carolina, capital de las Nuevas Poblaciones, desde donde serían repartidos por los distintos pueblos y aldeas .

Pero el clima tórrido de Andalucía, el cansancio del camino, las malas condiciones de vida en la que se van a desarrollar los primeros años de estancia en nuestra tierra, van a provocar la muerte por enfermedad de gran cantidad de personas, por lo que el gobierno tuvo que recurrir en determinados lugares a repoblar con catalanes y valencianos. Era tal la situación que se encontró Pablo de Olavide al visitar la Luisiana en 1769 que escribió unas palabras que nos pueden servir para ilustrar la situación:
“Muchas gentes viven en barracones de madera, sin más defensa en el techo que una tabla, se caldean mucho con las fuertes calores de Andalucía, exponiéndose a estas gentes a padecer mucho en su salud. Por eso todo mi deseo era adelantar la fábrica de estas casas […] no hay ni manos ni materiales,[…](por lo que viven) en los impracticables barracones de tablas que se orugan por centenares, de personas todos revueltos y estando unidos los grandes con los chicos, los sanos con los enfermos, expuestos a la inmundicia, al desorden y al contagio."

A todos estos problemas hay que añadir la no aceptación por parte de la población autóctona que los vio como intrusos que venían a “quitarle sus tierras”, hecho que fue promovido por las oligarquías locales que arengaban a los trabajadores contra los nuevos colonos, este hecho provocó ataques de todo tipo, es el caso de incendio de cosechas y de chozas. Este panorama, un tanto desolador, no cambió hasta que Carlos III no tomó cartas en el asunto y decretó castigos a todos aquellos que atacasen a los colonos. Poco a poco podemos decir que las aguas fueron volviendo a su cauce hasta que en el año 1833 (fecha en la que aparece la división administrativa en provincias) desapareció el estatuto particular que tenían las Nuevas Poblaciones y pasaron a ser un pueblo más en las distintas provincias de Andalucía.


JOSÉ ÁNGEL CAMPILLO DE LOS SANTOS

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