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ANDALUCÍA CON UCRANIA

COLEGIO PROFESIONAL DE PERIODISTAS DE ANDALUCÍA

Mostrando entradas con la etiqueta Aprendiendo a mirar [Moi Palmero]. Mostrar todas las entradas
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martes, 22 de noviembre de 2022

  • 22.11.22
Cuando la política, la justicia, los medios de comunicación y la economía pisotean, caricaturizan y someten a quien defiende el sentido común, las evidencias y el clamor popular, pienso que no tenemos solución, que la estupidez es inherente al ser humano.


Beneficiar a violadores o maltratadores que han abusado en algunos casos de niñas, por posicionarse electoralmente atacando a la ministra de Igualdad, me parece ruin, mezquino y deplorable. Hay temas con los que no se debería jugar y la violencia hacia las mujeres es uno de ellos.

Que la interpretación de algunos jueces para aplicar la nueva ley es una maniobra política, algo que debería avergonzarnos y que, por desgracia, ya no nos sorprende, lo evidencia que el escándalo ha saltado la semana en que se celebra el 25N, con el objetivo de hacer arder las calles, de enfrentarnos a unos contra otros, de boicotear las mareas moradas, de simplificar las eternas y justas reivindicaciones.

Este año no hablaremos de patriarcado, de techos de cristal, de diferencias salariales, de discriminación social, de falta de equidad, de igualdad y libertad para elegir tu futuro, para vivir con dignidad, para defender los derechos humanos...

En esta ocasión nos escandalizaremos, pediremos el boicot a las artistas en el Mundial de fútbol, por la situación, entre otras cosas, de sometimiento que viven las mujeres en Catar, mientras dejamos indefensas y humilladas a las víctimas de violencia de género por rascar unas décimas en las encuestas electorales.

A la vez que lapidamos a Irene Montero por defender una ley que protege a las mujeres, y que solo la malintencionada e interesada interpretación de algunos jueces le ha intentado quitar el valor que tiene. O también nos dedicaremos a desvirtuar y ningunear los argumentos que enarbolan las mujeres.

No, no nos podemos comparar con Catar: aquí la ley defiende a la mujer, tiene los mismos derechos, deberes y oportunidades que los hombres, aunque solo sea sobre el papel; aunque las mujeres se sientan igual de indefensas y humilladas en la realidad; aunque algunos hombres sigan arrancándole las plumas de sus alas al nacer para impedirles volar, como sucedió en la isla de los cormoranes.

Perdonen que utilice una leyenda sin ningún rigor científico para explicar lo que creo que está pasando, pero, viendo el nivel de nuestros políticos, pienso que hay que ponérselo fácil. Quizás más que leyes, deberíamos contarles cuentos.

Cuentan que los cormoranes, machos y hembras, volaban y pescaban juntos. Disfrutaban tanto que olvidaban proteger sus nidos y muchos pollos morían de hambre. Ante esta situación, comenzaron a discutir cómo solucionarlo. Ellas querían repartir el trabajo; ellos, presumiendo de su fuerza y velocidad, defendían que habían nacido para pescar, no para cuidar los nidos.

Como no se ponían de acuerdo, una noche decidieron arrancarles una pequeña plumita de sus alas y, con ese sencillo gesto, consiguieron acortarlas e impedir que pudiesen competir con ellos. Gesto que repetían con todas las hembras que nacían, con lo que, con el paso de las generaciones, se convirtió en costumbre, en rutina, y arraigó la idea de que era una cuestión de leyes naturales.

Pero ocurrió que una joven cormorán quiso imitar a sus hermanos y, ante la frustración por no poder seguirlos, encontró la manera de igualarlos. Se dio cuenta de que la longitud de sus alas le permitía bucear a más profundidad, ya que podían moverlas a mayor velocidad bajo el agua.

A la vez, de pasar tantas horas al sol, la cera que impermeabilizaba sus plumas fue desapareciendo, por lo que al sumergirse se mojaban, pesaban más y podían llegar donde antes no llegaban. El único inconveniente era que como sus plumas se empapaban, tenían que secarlas al sol abriendo sus alas. Gesto que hacían con orgullo y que a los machos molestaba.

Quiso el tiempo que aquella estrategia de adaptación se impusiese a los largos vuelos, por eso los cormoranes son grandes buceadores, secan sus alas al sol y cuidan machos y hembras de los nidos. Una leyenda para contar a las niñas junto a la chimenea ahora que llega el frío, como las fábulas de Perrault, como los cuentos de Quiroga, como las parábolas de Jesús.

Quizás tengan la debilidad, como las leyes, de que para algunos pocos son interpretables, pero estoy seguro de que la sencillez del mensaje, como la ley del “sí es sí” para la mayoría, la hace comprensible. A buen entendedor, pocas palabras bastan.

MOI PALMERO

martes, 15 de noviembre de 2022

  • 15.11.22
Se les ha terminado la paciencia con sus vasallos: contigo, conmigo. Se acabaron las máscaras, las muecas simpáticas, la inocente mirada, la teatral cordialidad. El capital, inmerso en una lucha fratricida por no perder su posición en el nuevo tablero de juegos que están creando, no tiene tiempo para fingir lo que no es, de darnos alas y hacernos creer que otro mundo es posible. Cuando las nuevas reglas estén escritas, ya volverán al pan y al circo, pero ahora toca el paso marcial, el látigo, la sangre, el miedo, el "¡se sienten, coño!".


Las circunstancias han querido que dos eventos a nivel internacional coincidan, no por unos días, en el tiempo, pero sí en el espacio mediático de nuestras vidas. La Conferencia de la ONU contra el Cambio Climático, donde con el diálogo, el intelecto, la ciencia, la razón, buscamos soluciones conjuntas para evitar la extinción de nuestra especie, y el Mundial de Fútbol, donde predominan las emociones, los impulsos, la fuerza, la visceralidad y no nos jugamos nada, pero nos tiene aletargados durante un mes, mientras Ucrania sigue en guerra (una de tantas), las armas nucleares se desempolvan y el frío, la sed, el hambre, la inflación y las migraciones comienzan a mostrar nuestra parte más animal.

Dos eventos, en teoría, muy diferentes entre sí, pero que el tiempo nos ha demostrado que son mero entretenimiento, el opio del pueblo, un teatro de máscaras. El fútbol lo teníamos asumido, pero las Cumbres por el Clima confiábamos en que fuesen algo serio, creíbles, un punto de inflexión en el devenir de la especie humana. Pero nada más lejos de la realidad. Ahora sabemos que han sido cortinas de humo, bonitos decorados de ilusiones, escaparates para atraer a los incautos, auténticas asambleas de majaras.

Esa confianza la perdí hace muchas cumbres, pero siempre me quedaba la esperanza de que la presión social, la ciudadanía, el pueblo, redirigiese a nuestros gobernantes hacia el necesario cambio de valores, de sistema económico, de estilo de vida.

Si disfruté con la COP25 de Madrid fue por ver a los jóvenes en las calles, en los pasillos del IFEMA, en las tarimas y mesas de conferencias sentados con los políticos, mostrándoles evidencias, exigiéndoles que les hiciesen caso a los ninguneados científicos, zarandeando, despertando, empujando al resto de la población. Llegué a creer que todo era posible, que la utopía estaba más cerca, que ante el abismo, estábamos reaccionando. Iluso de mí.

Aquellos movimientos sociales que crecían exponencialmente los desactivaron con una crisis sanitaria mundial, con una guerra en el corazón del dragón, de la vieja Europa, con una amenaza nuclear, con una crisis económica planetaria.

En apenas tres años hemos perdido derechos sociales, calidad de vida, objetivos comunes. Nos han vuelto a dividir, a convencer de que ellos tienen las soluciones, de que la guerra, las armas, el dolor, son la única solución para vivir en paz. Y lo más triste y peligroso es que ahora nos prohíben hablar, opinar diferente, quejarnos. Nos quieren quietos, preparados para defender sus causas. Y callados.

La censura se ha convertido en el mensaje de estos dos grandes eventos. En la COP27 de Egipto han preparado un recinto para la población civil, para las oenegés, para todo el que quiera decir algo fuera del mensaje oficial. Pero si tus cánticos, si tus protestas, si tus exigencias salen de esas cuatro paredes, te amenazan con la cárcel, con la expulsión del país, con las torturas y con la muerte. Que la ONU permita tal aberración y que muchos medios de comunicación sean cómplices de esta barbarie es vergonzoso.

Como es vergonzoso que la FIFA, aunque sea capital privado, permita que un puñado de ricos catarís, xenófobos, homófobos, misóginos y racistas organicen un Mundial de fútbol, cambiando las fechas de realización, mirando hacia otro lado ante las condiciones laborales de los que han construido esos campos, y advirtiendo a todos los jugadores, selecciones y visitantes que tengan cuidado con las camisetas que se ponen, lo que hacen, dicen y expresan, porque las autoridades del país pueden actuar contra ellos para defender su honor, sus leyes y su religión.

Estos eventos son un ejemplo, pero lo estamos viendo en Twitter, en nuestras Administraciones, en la cultura, en los medios de comunicación, en la cola del supermercado... El capital, el censor, el fascista, el dictador, se ha quitado la máscara de la hipocresía y presume de sus acciones, de su poder. No te fíes, no te rindas. Combátelo.

MOI PALMERO

martes, 8 de noviembre de 2022

  • 8.11.22
Estamos acostumbrados a que cuando entramos en campaña electoral, el engranaje político comienza a prometer el maná, sin miramientos, sin escrúpulos, sin remordimientos. Como Dios suministró el pan a los israelitas que vagaron cuarenta años por el desierto, nuestros políticos anuncian contratos laborales, bajadas de impuestos, carreteras, renaturalizaciones de ramblas, centros de exposiciones, lo que se necesite, por absurdo y descabellado que sea. Aunque saben que no podrán hacerlo, que sus palabras esconden medias verdades o simples, pero bonitas, mentiras. Pongamos un ejemplo de lo que nos espera en España hasta las municipales de mayo.


En apenas unas semanas, tres noticias se han publicado desde la Consejería de Sostenibilidad, Medio Ambiente y Carbono Azul de la Junta de Andalucía sobre los incendios forestales y su gestión. Si nos quedamos en ellas, no solo tenemos que vitorear al consejero Pacheco, sino que deberíamos arrodillarnos para ver crecer la vegetación en cada una de sus huellas.

La primera fue el balance de la campaña de incendios forestales. Una comparecencia aceptable, en la que se pusieron sobre la mesa las dificultades climáticas, sequías y olas de calor, a las que nos hemos enfrentado y a las que nos enfrentaremos por culpa del cambio climático.

La necesidad de prevenir daños mayores, los equipos técnicos y coordinados de los que disponemos y las cifras, con las que unos se consuelan viendo lo ocurrido en otras comunidades y otros nos echamos las manos a la cabeza: 681 intervenciones, de las que 528 fueron conatos, y 153 incendios que quemaron 15.564 hectáreas, 8.448 de arbolado y 7.115.81 de matorral, y casi 8.000 personas desplazadas de sus hogares.

Lo más emotivo de esta primera noticia es el reconocimiento a todos los efectivos que colaboraron en la extinción del fuego, a los que el consejero felicita por su coordinación, lealtad y profesionalidad. Palabras y aplausos que todos compartimos pero que, en boca de un político, suenan hipócritas e insultantes, porque unos días después, 700 bomberos forestales, los que sienten el calor de las llamas, los que echan más de 18 horas diarias en un incendio, los que se juegan la vida, aquellos a quienes llamamos "héroes", fueron despedidos como cada año.

Si algo ha quedado de manifiesto ante la catástrofe que hemos vivido este verano es a la precariedad a la que se enfrentan estos profesionales. La vergüenza es de mayor o menor calado, dependiendo de la comunidad autónoma de la que hablemos, de si la gestión está privatizada o no, o si a los gestores les gusta más o menos jugárselo todo al azar, a las lluvias que caerán, o de dónde sople el viento. Aunque siempre podrán culpar a los ecologistas de su negligente gestión.

Los bomberos forestales han salido a la calle en todas las comunidades para exigir una estabilidad laboral que les permita dedicarse a la prevención y extinción de incendios durante todo el año, no solo los cuatro meses y medio que dura la campaña.

Estos contratos a tiempo parcial, que hacen que unos vayan y otros vengan, con los que se pierde la experiencia, impiden que los equipos se consoliden, se compenetren, que puedan conocer las zonas donde trabajarán con los ojos cerrados, las veredas y los caminos por donde abordar el fuego, por donde escapar en caso de complicaciones. No pueden dedicar tiempo ni a formarse ni a entrenarse porque deben buscar otras ocupaciones para poder pagar los recibos, con la inseguridad de si al verano siguiente volverán a trabajar.

A los pocos días de las reivindicaciones, llámenlo "casualidad", el consejero anunció 208 nuevas plazas de consolidación que, en palabras de los bomberos forestales, no reconocen la antigüedad de los trabajadores y a lo único a lo que se juega es a cambiar experiencia por inexperiencia; algunos pasarán de eventuales a fijos discontinuos, pero en nada ayudará a la prevención de incendios.

En la última de las noticias, el consejero habla de la inversión de 223 millones para labores de prevención y extinción de incendios. Bienvenidos sean pero, para muchos, es un dinero que apunta a una privatización de los servicios, con la que los trabajos silvícolas se subcontratarán a empresas cuyo objetivo no es el bien común sino el del rendimiento económico. Algo licito, pero si sus beneficios los obtienen de la precariedad laboral o de la pérdida de valores ambientales, educativos y sanitarios, mal encaminados vamos.

La prevención de los incendios forestales pasa por tener equipos estables, formados, entrenados, profesionales a tiempo completo. No necesitamos héroes y, menos, a tiempo parcial.

MOI PALMERO

martes, 1 de noviembre de 2022

  • 1.11.22
Si hay algo personal, intransferible y seguro en esta vida es la muerte. Algo de lo que nos cuesta hablar abiertamente, salvo en estas fechas que celebramos el Día de Todos los Santos. Aunque lo hagamos en susurros y con mucha prudencia para no ofender a nadie o no atraer a "la bicha".


Una vez pasada esta celebración volvemos a olvidarnos del asunto, por superstición o porque nuestra educación cristiana nos la ha mostrado como un ritual triste, doloroso y muy oscuro, en la que la sensación de derrota, la pena y el llanto son los protagonistas.

Una puesta en escena que debería ser diferente si la muerte representa realmente la liberación del alma de la que nos han hablado. Pero no entraremos en temas teológicos y filosóficos porque me pierdo entre tanta palabrería (que nadie se ofenda) y porque no quiero que me cuelguen el sambenito de "hereje", que bastante tengo ya con los que me estoy ganando a diario: "resentido", "amargado" o "destructor" son los que he añadido a la lista en estos últimos siete días.

Si algo bueno tiene esta celebración es que, al menos, nos sirve para reflexionar sobre la fragilidad de la vida, del cuerpo, del tiempo finito del que disponemos y la necesidad de recordar y agradecer a los que nos precedieron de dónde venimos.

Nos enfrenta a la muerte, nos la muestra de cara, nos avisa de que tarde o temprano llegará, a veces sin avisar, sin la posibilidad de resistirnos, de despedirnos; otras, lentamente, con la oportunidad de prepararnos, de marcharnos en paz.

Si en algo coincidimos casi todos es que no le tenemos miedo a la muerte, pero sí al sufrimiento, a la enfermedad, al dolor, a la agonía, a la soledad. Nos atormenta, más que morirnos, ser un incordio para los que dejamos, un gasto extraordinario, una piedra en su zapato.

En esos últimos momentos tengo la sensación de que nos dedicamos más a pensar en cosas superfluas, en los demás, que en nuestra propia partida. Este mundo materialista, inhóspito e interesado que hemos creado no nos deja ni morirnos en paz.

Es por eso que, con mucha antelación, unos más que otros, pensamos en nuestro testamento: a quién dejaremos los bienes materiales. Tema del que no nos gusta que nos hablen, porque parece que pensar en ese momento es de agoreros, pero son tantos los quebraderos de cabeza, las disputas familiares que nos ahorramos, que es lo mejor que se puede hacer para cuando te llegue el momento: poder marcharte tranquilo, sin pensar en nadie más que en ti.

Como yo no tengo mucho que dejar, y quizás lo que deje nadie lo quiera, me preocupa más hacer el testamento vital, nombre que a muchos no les gusta y es la razón por la que en cada comunidad autónoma se llama de una manera diferente. Pero que no es otra cosa que dejar por escrito cómo quieres que te cuiden en los momentos en los que tu salud te incapacite para expresar tus deseos, y qué hacer con tu cuerpo en caso de fallecimiento.

Rellenar el documento no es nada sencillo, y no me refiero al tema meramente administrativo, sino al reflexivo, al que tienes que hacer para visualizar las diferentes posibilidades que pueden ocurrir, que son múltiples y variables.

Además, en algunas comunidades autónomas, para registrarlo y que sea válido, tienes que hacerlo de forma presencial, y te recomiendan que hables con el personal médico o enfermero que te atiende habitualmente para explicarte algunos términos y tratamientos que se nos escapan a todos.

Un proceso, este de la muerte, que no sabemos cómo ni cuándo nos llegará pero, por si sirve de algo, y aún no me ha dado tiempo a registrar mis instrucciones, no quiero que me mantengan vivo a través de máquinas si las opciones de supervivencia o de calidad de vida son mínimas. Me gustaría que la eutanasia fuese legalizada por si, llegado el momento, necesito hacer uso de ella, ya que ahora es imposible imaginarla.

Cuando fallezca (prometo no aparecerme), me gustaría donar mis órganos, de modo que todo lo que sea útil de mi cuerpo para otras personas, lo utilicen, y que el resto sea incinerado, nunca encerrado en un nicho de cemento. Que con mis cenizas hagan lo que estimen oportuno, pero que no las guarden en ningún lugar con mi nombre y, menos, que tiren la urna al fondo del mar.

Disculpen si les parezco inoportuno, desagradable o inapropiado, pero para eso celebramos el Día de Todos los Santos. Que, al menos, esta tradición no se pierda, porque lo de comer castañas y la copita de anís alrededor de la mesa camilla, con esto del cambio climático, ya no apetece. Lo bueno de estas calores es que nuestro Don Juan está más cerca del infierno por sus lujuriosos pecados; la pregunta es si Doña Inés querría rescatarlo o prefiere pegarse un baño en la apartada orilla.

MOI PALMERO
FOTOGRAFÍA: JOSÉ ANTONIO AGUILAR

martes, 25 de octubre de 2022

  • 25.10.22
Celebramos el Día de las Bibliotecas con actividades aptas para todos los públicos bajo el lema BiblioTEcuida. Presentaciones, sesiones de lectura, cuentacuentos que nos invitan a visitarlas, reivindicarlas, protegerlas, defenderlas como garantes de la cultura, de la libertad de pensamiento, de la igualdad, de la verdad. Bastiones ante la mentira, la desinformación, los dogmatismos y la eficiente pero alienante, insensible e insensata tecnología, que nos controla y adormece.


Disculpen el tono belicista, pero hablar de bibliotecas es hablar de lo peor y lo mejor del ser humano, de la inteligencia y la sinrazón, de la luz y la oscuridad, de la cordura y la locura, de la paz y la violencia. Sin ir más lejos, en España, elegimos el 24 de octubre para celebrar este día porque coincide con la destrucción de la Biblioteca de Sarajevo durante la guerra de los Balcanes. Un suceso repetido a lo largo de la historia en el que el miedo, la soberbia, la ignorancia, nos han hecho perder lo que nos hizo sapiens: gran parte de nuestro patrimonio cultural, artístico y científico.

Yo hubiese elegido como día de celebración el 30 de marzo, nacimiento de María Moliner, porque su vida recoge ese binomio al que hacía referencia. Con su biografía podemos explicar la historia de las bibliotecas públicas de nuestro país e, incluso, la historia de la humanidad.

Muchos la recuerdan por su gran obra, el Diccionario de uso del español, publicado en 1966, que en la actualidad sigue siendo uno de los más consultados y útiles en nuestro país. Un trabajo concienzudo de más de quince años y que, para algunos historiadores, fue fruto de la desilusión.

Sin la Guerra Civil, si no la hubiesen apartado de sus proyectos iniciales, quizás no habría tenido tiempo para dedicar a su diccionario. Quién sabe lo que habría pasado si no hubiese tenido que vivir con los ojos cerrados, con el corazón aletargado, con las manos atadas, con la boca cosida...

Al menos a ella no la mataron, como hicieron con otros muchos intelectuales, científicos y eruditos. Solo la relegaron, la olvidaron, la arrinconaron a la biblioteca de la Escuela Técnica de Ingenieros Industriales de Madrid. Puede que ese sea otro de sus grandes legados: el no rendirse, el no tirar la toalla, el saber reinventarse cuando estás señalado, cuando tu talento, tus ideas o tus palabras son ignoradas e infravaloradas.

Su gran obra le valió la candidatura para ocupar la silla B de la Real Academia Española, pero fue ninguneada, aludiendo que no era filóloga de formación, excusa tras la que se escondía la envidia y el machismo recalcitrante de la época, que aún se resistía a valorar a las mujeres como se merecían.

Al año siguiente, en 1973, la RAE le otorgó por unanimidad el Premio Lorenzo Nieto López, pero lo rechazó, entiendo que por dignidad. Supongo que comprendió que era un premio de consolación, una palmadita en la espalda.

Premios, distinciones, que no pueden compararse con el orgullo de que le pongan tu nombre a decenas de colegios, de bibliotecas, de calles y plazas de las ciudades españolas. Porque si María Moliner dejó un legado y los anteriores no fuesen suficientes, fue el de crear la red de bibliotecas públicas, rurales y escolares de este país.

Durante la Segunda República, a través del Patronato de Misiones Pedagógicas, María Moliner fue la encargada de crear bibliotecas en aldeas perdidas, en dotarlas de ejemplares, apostando por dignificar a las personas, por cambiar el mundo a través de los libros, de la educación, de la cultura. Ella sentó las bases para formar a los bibliotecarios, para convertir a las bibliotecas en semillas de futuro, en faros ante las tormentas, en caminos de esperanza.

Elaboró dos planes que aún son de gran vigencia: Instrucciones para el servicio de pequeñas bibliotecas, dirigido a las bibliotecas rurales y el Proyecto de bases de un Plan de organización general de Bibliotecas del Estado. Entre 1931 y 1939 se crearon más de 5.200 bibliotecas, a las que se les enviaba una caja con cien volúmenes, fichas para clasificarlos y hojas de papel para forrarlos y conservarlos.

Bibliotecas que, durante el levantamiento militar de 1936, fueron saqueadas, cerradas, quemando los libros, encarcelando y matando a maestros, escritores, editores. Un bibliocausto, como lo llama la historiadora Martínez Rus, que duró cuarenta años y que hundió a España en el blanco y negro.

Es por eso por lo que tenemos que valorar nuestras bibliotecas y a nuestros bibliotecarios, porque son la última defensa de un pensamiento libre, porque difunden lo más valioso que una sociedad pueda poseer: su cultura, su arte y su ciencia. La BiblioTEcuida, te transforma, te hace invencible.

MOI PALMERO

martes, 18 de octubre de 2022

  • 18.10.22
Con los conflictos, aparecen las oportunidades. Por culpa de la guerra de Ucrania, la crisis energética, la falta de suministro y el aumento del precio del gas, Holanda ha dejado de producir, así que nuestras hortalizas, cultivadas en “invernaderos solares”, han multiplicado sus beneficios. El sector sonríe mirando las cuentas de resultados, sigue invernando hectáreas y nuestros políticos se dedican a buscar el agua que falta para regar nuestra ambición.


Un buen momento para sacar pecho, para presumir de que, gracias a la vitamina C de nuestros pimientos, los alemanes no se resfriarán en este frío invierno, y de que el resto de Europa podrá comer verdura fresca mientras Vladímir deshoja la margarita de la guerra nuclear.

Un estado de euforia que los ecologistas se han propuesto desinflar organizando unas jornadas para hablar de los vertederos ilegales que proliferan en nuestra provincia. Más de 367 han recogido en stopvertidosilegales.org, de los que han denunciado 169 a las Administraciones incompetentes, que solo han limpiado nueve.

Las jornadas, que se celebrarán el próximo 25 de octubre en la Universidad de Almería, no pretenden ser un ataque a la agricultura, como pueda parecer y se suele denunciar por parte del sector, sino todo lo contrario: una oportunidad para buscar soluciones entre todos los agentes implicados. Porque lo más interesante es que irán grandes científicos, como el catedrático Nicolás Olea, y representantes de la industria agrícola almeriense, como agricultores, gestores de residuos y recicladores.

Solo faltarán los políticos y es una decisión meditada por parte de los organizadores porque, en estos coloquios, son ellos los que se llevan los titulares y los que emborronan todo el trabajo con palabras vacías, confusas y contradictorias, y con promesas que luego no terminan cumpliendo. Estaría bien que fuesen a escuchar, y a tomar notas en silencio.

Jornadas se han realizado muchas a lo largo de las últimas décadas, pero creo que es la primera donde la ciencia, los grupos ecologistas y el sector agrícola se van a sentar juntos, y van a estar de acuerdo en casi todo. Y en lo que no lo estén podrán debatirlo de tú a tú, sin intermediarios, sin nadie que ensucie y tergiverse el mensaje del otro.

Digo que estarán de acuerdo porque sé lo que va a decir cada uno, porque ya los hemos escuchado muchas veces. Olea hablará de los disruptores endocrinos, de que meamos plástico cada mañana, de cómo nuestros bebes ya están tomando químicos de la leche materna.

Su charla, seguro, además de impactarnos se nos quedará corta, porque son más de 30 años de investigaciones, estudios científicos de primer nivel y de divulgación los que lleva a sus espaldas. Sergio nos dará cifras de los plásticos que han aparecido en la fauna marina en las costas cercanas, aunque ya hay multitud de datos por todo el mundo que lo llevan evidenciando desde hace años.

Rosa García, de la Asociación de Organizaciones de Productores de Frutas y Hortalizas (APROA), nos hablará de las numerosas ideas, proyectos y propuestas que han trabajado con la Administración y de las denuncias que han puesto de estos mismos vertederos ilegales que aparecen en la web y de los que apenas han tenido contestación de las Administraciones, salvo la de que “no podemos hacer nada, tenemos las manos atadas”.

Espero que haga referencia a la limpieza que se realizó en 2018 en el Paraje Natural Punta Entinas Sabinar, donde el sector de naturaleza y el sector agrícola de la provincia, unidos, retiramos más de 25.000 kilos de plástico.

Andrés Góngora, de la Coordinadora de Organizaciones de Agricultores y Ganaderos (COAG), hablará del esfuerzo que hacen la mayoría de los agricultores, y de cómo por unos pocos tenemos este problema. Espero que meta caña a los gestores de residuos y recicladores, que se llenan la boca afirmando que reciclan el 100 por cien del plástico de cubierta, pero que callarán, para no hablar del resto, y el que no llega a sus plantas, y con el que dejan al agricultor vendido sin saber qué hacer.

Acusaciones que supongo, Juan José González, de la Asociación de Gestores de Residuos Agrícolas, y Óscar Hernández, de la Asociación Nacional de Recicladores de Plástico, intentarán desmentir, maquillar, diciendo que sus sistemas de gestión pueden perfeccionarse más, pero que son inmejorables cuando, desde mi punto de vista, son uno de los grandes problemas que tenemos en este país con todos los residuos.

Creo saber lo que dirán, pero me interesa mucho el debate que se genere, las conclusiones y las soluciones que propongan. Confío que se reconozcan como colaboradores necesarios, no como enemigos, porque mientras perdemos el tiempo discutiendo, acusándonos los unos a los otros, el plástico abandonado sigue actuando contra nuestra salud, contra la de nuestros ecosistemas y contra la salud de la propia agricultura.

MOI PALMERO
FOTOGRAFÍA: MOI PALMERO

martes, 11 de octubre de 2022

  • 11.10.22
El Día de las Aves Migratorias ha dejado revoloteando en mi cabeza pájaros y pajarracos que pían, graznan, gorjean y trinan, todos a la vez, no sé si nerviosos, enfadados o alegres. Como no los entiendo, y para intentar aclararme, les grito, acordándome de Jorge Drexler: "¡Silencio!".


Todos parecen hacerme caso, menos el cantautor uruguayo, que me aconseja que “no hay que desperdiciar una buena ocasión de quedarse callado”. Tiene razón, a veces es lo inteligente. Pero como ya he demostrado que no soy muy listo, y bastante inconsciente, prefiero decir lo que pienso.

La Junta de Andalucía anuncia que celebran esta efeméride en el Lugar de Importancia Comunitaria (LIC) Artos de El Ejido y en la Reserva Natural de las Albuferas de Adra. Hasta ahí genial, maravilloso: todo lo que sea hacer educación ambiental con escolares me parece fantástico, encomiable, necesario. Ni una coma debería poner a este tipo de actividades. Pero, no sé si es por la edad, la batalla me está desgastando o me parece recochineo por su parte, de modo que tengo algunos peros.

Los sitios elegidos para la foto son dos espacios únicos, no solo para la observación de aves. Por la fragilidad e importancia de sus ecosistemas y de determinadas especies que se encuentran en peligro de extinción, tienen diferentes reconocimientos nacionales e internacionales. Medallas, pegatinas, que no sirven para nada porque, a la hora de la verdad, la economía las fagocita y las excreta.

La Junta de Andalucía, que tiene que velar por su conservación, es la que los tiene abandonados, dando la sensación de que los está dejando morir. Solo hay que darse un paseo para ver los vertederos en los que se han convertido.

Si el fotógrafo hubiese girado la cámara unos milímetros, veríamos escombros de todo tipo, de obras, de plásticos de invernaderos, garrafas de fitosanitarios o restos de cosechas, incluso. Y, sin incluirlo dentro del término "basuras" sino en el de las injusticias sociales, también hay alguna chabola en las que sobreviven inmigrantes. La realidad es insultante, ofensiva, vergonzosa. Lo raro es que las aves sigan visitando ese lugar.

El LIC Artos de El Ejido protege la insignificancia de 264 hectáreas, fragmentadas, de las 26.000 que ocupaban todo el Campo de Dalias y que han desaparecido para desarrollar la economía de la comarca. Lo gracioso es que hace apenas un año, la Junta de Andalucía, tras una extraña sentencia judicial en favor de los propietarios, descatalogó 75 hectáreas.

Esta acción fue rápidamente denunciada por ecologistas y científicos, y desde Bruselas han avisado de que es un despropósito. Tarde o temprano –porque las cosas de palacio van despacio– nos obligarán a recuperar la zona, pero el daño será irreparable.

Si hablamos de las Albuferas de Adra, los técnicos de la misma Administración llevan años denunciando que están muriendo lentamente, debido a la eutrofización de sus aguas, producida por el exceso de nutrientes y químicos provenientes de los cultivos que las asfixian.

Además de las basuras, de los incendios periódicos provocados en el cañaveral, de las especies exóticas, de la amenaza del mar que cada vez está más cerca, y de la falta de mantenimiento, se han hecho informes, que duermen en oscuros cajones, denunciando que aunque no se pueden construir más invernaderos, le están ganando a la zona terrenos para cultivos.

Parece que lo más ilusionante de estas actividades era mostrarle estos espacios al nuevo delegado territorial, Manuel de la Torre. Ya sería preocupante que no sepa ni que existen, pero creer que por saber dónde están se va a saltar las directrices del partido, o a defender el medio ambiente por encima de la agricultura, es mucho confiar. Eso sí es fe y no lo de la Santísima Trinidad.

Es verdad que, al menos, no sé si porque no informó a los de arriba, ha puesto un pie en los Artos, algo que su antecesora, Raquel Espín, no se atrevió a hacer, aunque para ir, prometer e incumplir, mejor que no vayan. Lo digo porque también fueron muchos los titulares en los que Carmen Crespo, recién estrenado su cargo de consejera, prometió unos 350.000 euros para observatorios, señales y un refugio de murciélagos en las Albuferas. Además de 720.000 euros para el estudio de los humedales almerienses. Humo, fotos, greenwashing institucional.

Esas promesas las hizo para celebrar el Día de los Humedales. Supongo que este año, si es que terminan las obras del canal, lo celebrarán en las Salinas de Cabo de Gata, aunque tampoco necesitan agua para una bonita foto. Drexler insiste, ya me callo, pero una pregunta más: ¿a dónde irán las aves cuando les falten los Artos, las albuferas, las salinas? ¿Cuando los bosques, los humedales, las estepas sean solo un recuerdo? ¡Silencio!

MOI PALMERO

martes, 4 de octubre de 2022

  • 4.10.22
Tomamos 35.000 decisiones al día. Dos mil cada hora sin las ocho horas de sueño. El cerebro, para hacernos más eficientes, para no volvernos locos, para no pararnos cada dos segundos, ha automatizado el 99,74 por ciento. Esto reduce las decisiones que tomamos de forma consciente a unas cien diarias: unas cinco cada hora.


Estas últimas son las que nos presentan los retos importantes, las que nos exigen atención por novedosas, complicadas, emocionantes, porque nos parecen trascendentes para el resto de nuestra vida y la de los que nos rodean.

Cada vez que tomamos una de estas decisiones es un pequeño salto al vacío porque, por mucho que medites, que te organices, que analices los pros y los contras, el futuro es impredecible, lo blanco se convierte en negro de la noche a la mañana. Por eso nos da miedo tomarlas; por eso hay gente que confía que el tiempo las resuelva, que sean otros los que decidan por nosotros, que ignorándolas desaparecerán. Y eso no trae nada bueno.

La vida es una katiuska de decisiones, unas dentro de otras, todas enlazadas, entremezcladas, incluso con las que no nos pertenecen, las que deben tomar otros. Esto nos pesa, nos acobarda, nos chantajea, nos limita, nos desgasta, nos coloca frente al abismo. Por eso intentamos evitarlas: para no perdernos en el laberinto, para no encontramos ante una puerta que no se abre. Y, para conseguirlo, creamos nuestras rutinas, hábitos, costumbres, normas sociales o gustos personales, intentando ayudar a nuestro cerebro en la toma de decisiones inconscientes.

Y debemos tener mucho cuidado, porque ante nuestro miedo a tomar decisiones, hay otros que se ofrecen a facilitarnos el trabajo. Lo llevan haciendo desde hace miles de años a través de la educación, de la cultura, de la religión, de la política y, ahora, con la tecnología, con las redes sociales y la inteligencia artificial están multiplicando su alcance.

Como no somos precavidos, ni ponemos cortafuegos que nos protejan, están decidiendo por nosotros quiénes nos convienen para casarnos, el trabajo en el que ganaremos más dinero, los alimentos que debemos comer o cómo nos divertiremos mejor.

Nuestro cerebro, moldeable, influenciable y flexible, se deja querer, está abierto a nuevas emociones, sentimientos, conocimientos, estímulos. Esto es muy bueno para nuestra satisfacción inmediata, pero muy peligroso a largo plazo, porque nos convierte en marionetas, en clones, en números estadísticos, en vasallos, en clientes, en serviles, en borregos.

Los Big Data son los hombres grises de Momo, sin rostro, vestidos igual, con traje gris y bombín, que se fuman y almacenan nuestro tiempo, que nos roban los sentimientos, que nos hacen olvidar la comunidad, la familia, al amigo, al vecino.

Y si me acuerdo de la pequeña niña que acabó con el Banco del Tempo robado, guiada por la tortuga Casiopea , que anunciaba el futuro con media hora de antelación , y el maestro Hora, es porque hace unos días, un gran número de jóvenes del mundo, convocados por Fridays for Future, han salido a las calles de más de 600 ciudades para denunciar una “crisis múltiple, energética, climática y social”, ante la que exigían tomar decisiones sin precedentes porque los problemas a los que nos enfrentamos nunca han sido conocidos.

Exigen lo que llevan exigiendo desde hace años, no influidos por las consecuencias de la guerra en la que estamos inmersos, y que no es otra cosa que un cambio de modelo energético, que apueste por nuevas formas de energía, se descentralice su creación y se acabe con el monopolio de determinadas empresas y países.

Si la ciudadanía escuchase a los jóvenes, sin los prejuicios ante el movimiento ecologista, sin la manipulación del poder económico, se darían cuenta de que nos están defendiendo a todos, que están pensando en un futuro mejor, donde no estemos en manos de terceros que nos amenazan con la oscuridad y el frío.

Es el momento de las decisiones conscientes, de las valientes, de las razonadas, de las que pueden provocar desasosiego, dolor, angustia, miedo, pero que nos pueden llevar a un mundo más justo e igualitario.

En estos últimos años hemos aprendido que nada es inamovible, que todo lo que nos decían que no se podía hacer se puede hacer, pero no podemos dejar que los cambios, las decisiones, las tomen los mismos, con iguales criterios economicistas de siempre, porque nos llevarán a un mundo diferente, pero gobernado, tiranizado, por los mismos, los que viven fumándose tu tiempo, tu esfuerzo, tu trabajo.

Confío en que el espíritu de Momo, los cánticos y las exigencias de los jóvenes nos devuelvan los colores de las flores horarias, la capacidad de tomar nuestras propias decisiones y el clima que nos están robando.

MOI PALMERO

martes, 27 de septiembre de 2022

  • 27.9.22
El deporte, además de favorecer el cuerpo y la mente, nos proporciona un sinfín de experiencias vitales, de valores, de emociones y de sentimientos que no se olvidan jamás, que te ayudan a evolucionar, en tu crecimiento personal y colectivo: el esfuerzo, la superación, la constancia, el compañerismo, la amistad, el respeto, la igualdad, aprender a gestionar las victorias, las derrotas, la rivalidad y el ego, por destacar algunos.


Sin embargo, esos valores quedan difuminados –o pasan a un segundo plano– en el deporte de elite, donde prima la parte económica, donde lo importante es ganar, ganar y volver a ganar, como decía Luis Aragonés. Aunque pensándolo mejor, el dinero, los focos, la fama son algo superfluo, anecdótico, que termina empañando –a veces, hasta alcanzar el absurdo– la ilusión de todos los que alguna vez, de niños, hemos soñado con alcanzar grandes triunfos.

Cada uno saca lecciones o interpretaciones diferentes de lo que ocurre a su alrededor, y consciente o inconscientemente, las va incorporando a su forma de vivir con los demás, de relacionarse en sociedad. En estos últimos días, por no buscar ejemplos pasados, que los hay miles para todos los gustos e intereses, estas son algunas lecciones extradeportivas que han quedado flotando en mi pensamiento y que nos llevarían a horas de debates y discusiones.

La nacionalización de Brown, a pesar del gran Eurobasket, para mí no solo es innecesaria, sino injusta y humillante para esos jugadores que participan en las ventanas FIBA, que parten con la idea de que harán el trabajo sucio para que las estrellas, los buenos, jueguen los grandes torneos.

Esa gran familia, como los llamamos, le ha dicho a algunos de sus jugadores que no cuenta con ellos, que prefieren apostar por alguien que nunca ha jugado en su equipo, a los que se han dejado la piel en la pista, con mayor o menor fortuna y talento, para que España pueda participar en la fase final.

El deporte ya está demasiado pervertido, desigualado y contaminado por el dinero, por el interés, y a las selecciones deberían ir jugadores nacionales, o con alguna relación con ese país. Nada tengo contra Brown: la ley lo permite, son las normas de la FIBA, y él es un profesional y, una vez que en su país nunca ha sido seleccionado, le da igual jugar con Croacia que con España.

Esa nacionalización por carta de naturaleza también es ofensiva para todos aquellos inmigrantes que han venido a trabajar a nuestro país y que, para conseguir la nacionalización, deben pasar al menos un año aquí, demostrar que saben hablar español y pasar un pequeño examen para señalar, al menos, dónde estamos en el mapa. No todos somos iguales, pero esta vez ha quedado muy claro.

Otro tema es el de las jugadoras de la Selección de Fútbol Femenino, que han renunciado a jugar mientras se mantenga al entrenador. Comparto que se han extralimitado en sus funciones –no son las primeras–, que no son nadie para exigir el cese de Vilda o las decisiones de la Real Federación Española de Fútbol (RFEF), pero me ha gustado que se nieguen a jugar, que vayan hasta el final con sus ideas.

A ver si aguantan, porque no debe ser fácil renunciar a ir a un Mundial, a sus sueños, y eso es algo que no todo el mundo haría, y suficiente motivo para que la RFEF se plantee por qué lo hacen. Mis respetos por ellas, ante todo, por ser consecuentes con lo que se dice.

Otro tema controvertido es que la Fiscalía de Madrid abra diligencias para investigar los cantos racistas a Vinicius. Me parece muy bien, son bonitos mensajes a la población, pero si van contra el público del Atlético, deberían ir contra quien lo promueve en televisión, porque todo esto se origina por el desafortunado comentario, que le salió del alma, de un representante de futbolistas que ahora hace de comentarista en El Chiringuito, y que, en alusión al jugador merengue, dijo: "Si quieres bailar samba, te vas al Sambódromo a Brasil. Aquí lo que tienes que hacer es respetar a tus compañeros de profesión y dejar de hacer el mono". Luego pidió perdón, pero la llama ya estaba encendida.

La Fiscalía debería perseguir todos esos comentarios que encienden a las masas y si, como denuncia un youtuber, luego ese mismo programa amenazó al jugador para que no sacase un vídeo contra el racismo –algo que desmintió tajantemente Josep Pedrerol–, la decisión de echar a un puñado de atléticos del campo o de ponerle una multa al club de poco servirá, si desde una plataforma de máxima audiencia se continúan lanzando mensajes incendiarios.

Horas y horas para debatir, argumentos para todos los gustos, y no nos pondríamos nunca de acuerdo. En lo que coincidimos todos es que el deporte es maravilloso, y que hay deportistas como Nadal y Federer que nos han dado una lección. Y que, a pesar de todo lo que han ganado, de su rivalidad en la pista, representan lo que debe ser el deporte: una sana y justa competición para convertirnos en mejores personas.

MOI PALMERO

martes, 20 de septiembre de 2022

  • 20.9.22
No sé qué me da más miedo, si los políticos forofos de la inacción o aquellos que no creen en lo que hacen; los que, engalanados con la máscara sonriente de la hipocresía, salen a vender humo, a contar medias verdades o a ponerse medallas verdes para salir en la foto.


En esta ocasión toca vender sostenibilidad urbana, con motivo de la Semana Europea de la Movilidad, que se celebra del 16 al 22 de septiembre, bajo el lema Mejores conexiones. Efeméride que terminará con la celebración del Día sin Coche, durante el que, sin duda, veremos a nuestros políticos montados en una bicicleta, invitando a abandonar los coches, a salir a caminar.

Ante los flashes dirán cosas tan bonitas y certeras que nadie puede dejar de aplaudir, porque se llevan reivindicando hace muchos años, como que hay que hacerlo por la salud individual y por la del planeta. Pero luego se bajarán de la bici, con la que habrán recorrido doscientos metros –por ser generosos– y se montarán en su coche, disculpándose porque la agenda es demasiado apretada y no pueden perder un minuto en la defensa del bien común, de su pueblo, da la ciudadanía. Y viéndolos alejarse en lontananza, nos darán ganas de aplaudirlos y nos sorprenderemos limpiándonos una emocionada lagrimita.

Un paseo por los medios de comunicación nos basta para ver que todos los municipios se están volcando en la campaña. Dependiendo de la cantidad de fondos europeos recibidos, serán más o menos actividades. Nada que objetar. Todo lo que sea concienciar a la ciudadanía es maravilloso: Días de la Bicicleta (que se celebran desde hace más de 30 años), las charlas sobre seguridad vial, los talleres de arreglo de bicis, los itinerarios en bicicleta por la ciudad...

Actividades aderezadas, para presumir en cantidad más que en calidad, con las mismas actividades que hicieron para celebrar el Día del Turismo, o el Día del Tomate, o las fiestas populares: concursos de dibujo, senderismo por los mismos sitios para hacer fotografías, o el yoga en la playa.

A todo ello se le añaden demostraciones de vehículos eléctricos, que contaminan menos, pero que, al fin y al cabo, son los coches que deberíamos desterrar de las ciudades, o los food trucks (restaurantes en furgonetas) que, por lo que se ve, como están tan solicitados y no han podido venir para otras efemérides, aprovechan la ocasión.

También hay multinacionales que te venden bicis de chichinabo, que se rompen con cuatro pedaladas, imposibles de arreglar, a no ser que sean con sus propias piezas y en sus establecimientos; o viajes turísticos en autobús urbano –gratuito ese día, por supuesto–. No me extrañaría que en la zona de animación infantil divirtiesen a los niños con la canción En el auto de papá que todos cantábamos con Miliki y que las nuevas generaciones conocen por Los Cantajuegos.

Unas jornadas divertidas, entretenidas, agradables, para justificar los fondos europeos, pero que se quedan en nada cuando, al día siguiente, continúan con sus proyectos de asfaltado de solares para crear más aparcamientos para los coches, la construcción de un tercer carril en la autovía, o el asfaltado de carriles-bici intransitables, desconectados entre ellos y que, en vez de quitar espacio a los coches en las ciudades, se las han quitado a los peatones porque, muchos de ellos, utilizan paseos y aceras por donde a veces te juegas la vida al salir a caminar.

La nula apuesta por el transporte público e inclusivo, como nos venden algunos en sus titulares, la inacción ante las peloteras que se forman delante de todos los colegios porque hay llevar a los niños hasta la misma puerta en coche, la falta de aparcamientos para bicicletas y otros vehículos sostenibles o la poca valentía para no peatonalizar las calles y devolvérselas a los ciudadanos con jardines y parques.

En paralelo a estas actividades oficiales, se ha realizado de nuevo una Bicifestación por Almería, organizada por la Mesa del Clima, actividad que se lleva organizando por diferentes colectivos de forma constante, al menos desde hace una década, para reivindicar cada año lo mismo: para presentar propuestas que ponen encima de la mesa de los municipios y que se desoyen una y otra vez.

Ahora parece que son más receptivos porque Europa ya les aprieta, porque los fondos llegan concretos para eso, porque ahora la ciudadanía lo exige. Es curioso, porque en el programa oficial de actividades de Almería capital aparece la I Marcha Ciclista Sostenible, algo muy parecido a ese paseo reivindicativo de la ciudadanía, pero que hacen suyo. Al menos saben copiar, algo importante cuando tu valentía y tu imaginación son nulas.

MOI PALMERO

martes, 13 de septiembre de 2022

  • 13.9.22
Siente el peregrino, que aún no lo es, que es invisible, que nadie sigue sus huellas, que sus palabras se desvanecen nada más salir de sus labios, que sus dedos perdieron la capacidad de acariciar, que el peso de la vida terminó con su resistencia a arrodillarse. Siente que de nada sirvieron sus desvelos, sus esfuerzos, sus apuestas, sus ideas, su compromiso, y que como la arena de un reloj, se perdieron esparcidos por el viento, por el tiempo que le regalaron y no supo aprovechar.


Siente el peregrino, en lo más hondo de su ser, que debe salir al camino, que en la senda encontrará nuevas respuestas, retos que superar, sorpresas inesperadas, incluso las preguntas que nunca llegó hacerse. Siente como una vela, se enciende en su interior con la promesa de rescatarlo del largo invierno, de guiarlo en la oscuridad de la cueva donde se escondió, de enseñarle que la luz es la esperanza.

Siente el peregrino que, debe proteger la débil llama, de la huracanada razón que lo arrolla todo a su paso, mostrándoles las piedras en las que tropezará, el dolor de su rodilla, la inutilidad de las arcaicas y alienantes creencias, costumbres, rutinas, a las que se agarran los derrotados, los débiles, los insensatos, los crédulos, los incapaces.

Siente el peregrino que por una vez en su vida, debe dejar de pensar, deshacerse de su pesada carga, de su orgullo, de su soberbia, de sus prejuicios, de la seguridad de lo aprendido. Siente que debe dejarse llevar por aquello que siempre rechazó, por lo intangible, por lo inmaterial, por aquello que los hombres no saben explicar, por la fe.

Siente el peregrino cuando comienza a caminar, que lo más difícil ya lo hizo, tomar la determinación de salir a la senda, dar el primer paso, confiar en lo que vendrá, saltar al vacío sin saber lo que ocurrirá. Siente una emoción que nunca imaginó y sonríe nervioso, asustado, prudente, ilusionado.

Camina como vive, solo, con el puño apretado, tensó, con la mirada en sus pasos, con la cabeza escondida entre los hombros, la espalda arqueada, concentrado en sus dolores, sus cicatrices, las heridas provocadas en caídas en las que no supo, ni terminó, de levantarse. Siente la punzada de la duda, del “ya lo sabía”, del “debí imaginarlo”, del “por qué iba a ser diferente”, del “qué hago aquí”.

Pero una mano se ofrece a acompañarlo, rompe ese convencimiento de invisibilidad, y tras la sorpresa, tras el asombro, tras la extrañeza, resiste al que fue, al que lo empujó a buscar el vellocino de oro, al que emponzoñó su pensamiento, al que le recordó siempre sus limitaciones.

Sigue caminando, reforzado por ese auxilio inesperado, generoso, desinteresado, liberador, y se descubre sonriendo, con la mirada alegre, y la expectación puesta en el sendero, siguiendo una luz que solo intuye, y que sin poder verla, sabe que lo está guiando, esperando para acogerle, abrazarlo, reconstruirlo.

Siente el peregrino como se despiertan sus sentidos, como la llama crece, como se va volviendo liviano al desprenderse de cargas innecesarias, mientras le ofrecen agua para calmar su sed, aliento para las dificultosas subidas, compañía en las largas travesías, sombra, cobijo, abrigo, bastón.

Siente el peregrino el pulso acelerado, la emoción, la impaciencia, los nervios de la llegada, pero, tras lo aprendido en el camino, siente que debe concentrarse, saborear, vivir, disfrutar cada paso, que el camino se hace al andar, paso a paso, golpe a golpe, verso a verso. Y la canción del poeta, le relaja, lo prepara, lo conduce hasta la entrada a la Iglesia, que cruza en silencio, humilde, nuevo, agradecido.

Siente el peregrino, al mirar a la Cruz, al azul, a la Luz, la paz que nunca tuvo, la serenidad que le faltó, la seguridad de no estar solo. Comprende su corona, sus clavos, la sangre derramada, y siente su tierna mirada en sus ojos, el poder de su abrazo, y un susurro que le dice “te estábamos esperando, bienvenido”.

Siente el peregrino que está en casa, y se siente ascender como un globo de colores, sin rumbo, ni destino, en manos del azar, al que ya no le tiene miedo. Siente el olor de la pólvora, el humo que lo nubla, las detonaciones que lo estremecen y que rompen las últimas resistencias, diques, fronteras para que fluya la luz.

Siente las vibraciones de las palabras cantadas, de las manos alzadas, de las lágrimas contenidas, y se descubre celebrando la vida, rendido ante la Cruz y lanzando al viento su clamor: ¡Viva el Cristo de la Luz!

MOI PALMERO
FOTOGRAFÍA: J.P. BELLIDO

martes, 6 de septiembre de 2022

  • 6.9.22
Nada nuevo. Así es como funcionan los Fondos Sociales Europeos:es cuestión de burocracia, de planificación, de evaluación. Pero que sepamos cómo funcionan,no significa que nos parezca adecuado, que pensemos que es contraproducente y que va contra los objetivos establecidos, las inversiones realizadas y los éxitos cosechados para las que se pensaron esas ayudas. Intento explicarme, aunque sé que es un daño colateral.


La Estrategia Regional Andaluza para la Cohesión e Inclusión Social (ERACIS) se aprobó por el Consejo de Gobierno de la Junta de Andalucía en 2018 y está financiada con Fondos Sociales Europeos y por la propia Junta de Andalucía.

Este proyecto está recogido en el marco de actuación 2014-2020 y su objetivo estratégico es el de “mejorar la inserción sociolaboral de personas en situación o riesgo de inclusión social, a través de la activación y de itinerarios integrados y personalizados”.

O, dicho de otro modo, facilitar las herramientas para que las personas que viven en zonas desfavorecidas no se queden atrás, que tengan la posibilidad de acceder a los distintos Sistemas de Protección Social –educación, salud, servicios sociales y empleo–, así como a otros servicios públicos.

Es paradójico, pero en la provincia de Almería, las zonas desfavorecidas donde se puso en marcha este proyecto se encuentran en los municipios donde la riqueza generada por la agricultura intensiva es palpable y evidente: la propia capital, El Ejido, Roquetas de Mar, Vícar y Níjar.

Si hablo de pobreza no es por una sensación personal, sino porque según los “Indicadores Urbanos de 2020”, publicados por el Instituto Nacional de Estadística, realizados entre 413 municipios mayores de 20.000 habitantes, los pueblos más pobres del territorio nacional eran, en primer lugar, Níjar, y en tercer lugar, Vícar. En esa lista, en la que 16 de los 20 primeros pueblos eran andaluces, Adra está en el décimo puesto y, El Ejido, en el decimosegundo.

Es cierto: son datos, cifras, estadísticas interpretables, discutibles, arrojadizas. Explicaciones muchas y variadas, pero la más sencilla es, desde que el mundo es mundo, que la riqueza está mal repartida y para que unos vivan muy bien, otros deben vivir en la pobreza. Pero no entremos en ese debate porque, como siempre, terminaríamos poniéndonos a la defensiva, mirándonos el ombligo, señalando culpables y siendo poco críticos.

Para minimizar esas diferencias, para acortar las distancias entre unos y otros, para desdibujar las invisibles fronteras, físicas y culturales, dentro de los propios municipios, se ponen en marcha esos proyectos a través, casi siempre, de las concejalías de Servicios Sociales.

La integración es el objetivo final pero, para alcanzarla, debe haber primero un análisis certero, en frío, sin medias verdades ni justificaciones de lo que ocurre, de las realidades que nos negamos a mirar, aun viéndolas a diario a nuestro alrededor. Análisis en el que deben participar todos los agentes interesados, realizado de abajo a arriba, no al contrario como se acostumbra.

Luego, con esos datos, con el conocimiento de las verdaderas necesidades, hay que elaborar la estrategia que se va a seguir, los objetivos y las metas que se aspiran conseguir, la forma de –como decía Confucio– entregarle la caña a un hombre para que aprenda a pescar y pueda comer siempre.

Ese ha sido el trabajo realizado durante cuatro años, pandemia incluida, por los trabajadores de ERACIS, consiguiendo resultados directos de empleos generados, de itinerarios personalizados realizados, y otros de resultados más ambiguos de evaluar, como la creación de espacios de trabajo compartido, comunitario, de redes invisibles de conocimiento, de formación, de escucha, de debate, de acercamiento.

Espacios que han conseguido recordar el significado de palabras casi olvidadas como "vecino", "barrio" o "pueblo". Palabras que nos evocan un bien común, una manera de sobrevivir, de defendernos, de compartir los éxitos, de enfrentarnos a las dificultadas que nos encontraremos en el camino.

Resultados, pequeñas victorias, que ahora entran en stand by, que se detienen en seco, con la promesa política –y las incertidumbres que eso genera– de que dentro de un año todo se retomará donde se dejó, como si el tiempo no hubiese pasado, como si en la espera, la gente no pasase frío, ni hambre, ni angustia por sentirse sola, abandonada, perdida.

Hay proyectos que nunca deberían frenarse porque son los que hacen pueblo, los que nos acercan los unos a los otros, los que tienden puentes y destruyen esas invisibles fronteras que creamos a nuestro alrededor para proteger nuestra pequeña parcela del mundo y nos impiden disfrutar del bosque de los iguales.

MOI PALMERO
FOTOGRAFÍA: MOI PALMERO

martes, 30 de agosto de 2022

  • 30.8.22
El próximo 4 de septiembre, los chilenos votarán si aprueban o rechazan la nueva Constitución. Una votación que dirigentes de todo el mundo miran con expectación. Unos, con la esperanza de demostrar que otro mundo es posible, de que el pueblo debe formar parte de la toma de decisiones; otros, con el miedo a que esa idea se expanda, a que la gente empiece a removerse en sus asientos, a cuestionarse la realidad en la que viven.


Porque, salvando todas las distancias, marcando las diferencias que nos separan, solo existe una verdad: el pueblo, la ciudadanía, está en manos de unas elites minoritarias que han creado un mundo injusto, desequilibrado, frágil, interesado, en el que la mayoría estamos sometidos, esclavizados, arrodillados ante los que tienen el dinero, el poder, ante los que nos manejan a su antojo y tienen la poca vergüenza de hacernos creer que somos libres.

Chile despertó para despertarnos en 2019, cuando los jóvenes comenzaron a protestar por el aumento de los precios del transporte público. Abuso que fue la gota que colmó el vaso, la necesaria para que todo el pueblo chileno saliese a la calle de forma pacífica a exigir cambios.

Aquellas revueltas ya forman parte de la historia con el nombre de Primavera chilena. Una revolución social que solo las restricciones del covid pudieron enfriar. Es importante recordar que la mayoría de las algaradas fueron provocadas por la intención de los herederos del dictador Pinochet para controlar la situación a base de intimidar, reprimir y provocar a la ciudadanía.

Aquel levantamiento social concluyó con la promesa de celebrar un plebiscito, que se conoce como El plebiscito de entrada, en el que se preguntó a la población si quería una nueva Constitución y qué tipo de órgano debería redactarla. En una votación sin precedentes, se aceptó la primera pregunta con un 78 por ciento de los votos, así como la celebración de una Convención Constitucional, con el 79 por ciento de las papeletas.

Esa convención estaba integrada por 78 hombres y 77 mujeres, de todas las edades, de todas las clases sociales, incluidos los pueblos indígenas ignorados y maltratados por las elites, de todos los partidos políticos y de numerosas profesiones.

Trabajaron durante un año para su redacción, escuchándose, debatiendo, llegando a acuerdos, limando asperezas, intentando adaptar las leyes, la Carta Magna, a las nuevas realidades existentes, para no tener que adaptar la realidad a las viejas ideas, obsoletas e impuestas por un asesino, un dictador y sus secuaces, los Chicago Boys, que gobernaron con mano de hierro y fueron los que instauraron el neoliberalismo en el mundo, dándole el poder a las empresas privadas y al Estado por encima de la ciudadanía. Por eso es de justicia social, y poética, que sea en Chile donde el gusano se convierta en mariposa.

A una semana de este plebiscito de salida, que es de voto obligatorio, el Rechazo gana en las encuestas por un pequeño margen, aunque existe un 16 por ciento de votantes que se mantienen en la indecisión. Espero, confío, sin conocer en profundidad el texto redactado, que gane el Apruebo, que todo el camino, el esfuerzo, realizado por los chilenos no quede desdibujado en el último momento; que por fin quede derogada la Constitución que se firmó en 1980 por parte del genocida.

Si gana el Rechazo, el joven presidente Boric, que gobierna gracias a la coalición de izquierdas Apruebo Dignidad, ha anunciado que no será definitiva, que volverá a redactarse hasta encontrar el consenso, porque el cambio es imparable, porque el pueblo lo merece.

Ante esta votación no puedo evitar pensar en nuestra Constitución y en la necesidad de que sea revisada, porque aunque fue redactada tras la muerte del dictador, su sombra era –y sigue siendo– muy alargada, y marcó las líneas generales, imponiendo, entre otras lindezas, la monarquía.

Además, fue redactada por siete hombres, pertenecientes a esas elites herederas del franquismo y que han manejado el poder, el dinero, en la sombra en los últimos cuarenta años. En su momento fue necesaria, pero el mundo ha cambiado, la realidad social de nuestro país, también, y es necesario sentarse, en nombre de la democracia y de la libertad, para actualizarla, para hacerla creíble.

Supongo que hay miedo a los cambios, a nuestra incapacidad de debatir, a que las cicatrices de las dos Españas nos impidan ponernos de acuerdo en cosas tan elementales como el derecho a un medio ambiente sano, al de una vivienda digna, a que la separación de poderes sea real e, incluso, a si queremos seguir siendo una monarquía parlamentaria. Aunque no sirva de nada, apruebo la nueva Constitución chilena y deseo que su ejemplo sea semilla para todos.

MOI PALMERO

martes, 23 de agosto de 2022

  • 23.8.22
El temporal de poniente de la última semana ha vuelto a dejar a Balerma sin playa. Ya se veía venir cuando en mayo, hace apenas tres meses, el Ministerio de Costas aprobó el trasvase de 22.550 metros cúbicos de arena para Balerma y 9.380 para Guardias Viejas, con una inversión de 362.376 euros, de los 1,6 millones que se gastaron por toda la provincia de Almería con el mismo objetivo: salvar el verano hasta encontrar la solución definitiva.


Para encontrar esta solución se licitó el mes pasado, por parte del Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico de España, el contrato para redactar el estudio y proyecto de recuperación ambiental desde la rambla de Balanegra hasta el espigón de la Peña del Moro.

Este pliego de condiciones ha provocado la indignación y las alegaciones de la Mesa de Trabajo por la Estabilización de la Playa de Balerma porque, en su opinión, el pliego apunta, sin apuntar –sugiere sibilinamente– a que la mejor solución es la de realimentación de arena, que no es otra cosa que extraer arena del fondo marino para regenerar la playa. O dicho de otra manera: recuperar las toneladas de arena que hemos tirado al mar y que no han servido de nada.

No van desencaminadas sus sospechas, porque también este verano, en Cullera (Valencia), el Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico de España ha sacado a información pública el megaproyecto para extraer 12,4 millones de metros cúbicos para regenerar 16 playas, con una inversión de 1.247 millones de euros en diez años.

Un proyecto que los grupos ecologistas catalogan de "auténtico despilfarro" y una "aberración ambiental", ya que los movimientos de arena provocarán la destrucción de ecosistemas muy sensibles, la turbidez del agua, afectando gravemente las praderas de Posidonia oceánica e, indirectamente, dándole la puntilla a los pescadores artesanales de la zona, que verán mermada su producción.

Salvamos el turismo a costa de los valores ambientales y de la pesca sostenible, pero ¿qué podemos hacer si no? ¿Deconstruir la costa que sería lo más inteligente? Ya sé que es fácil de decir y que los afectados no quieren oír hablar de eso, pero es lo que hay.

Veremos qué pasa. Lo mismo alguna empresa nos sorprende con una solución mágica, pero parece que los ingenieros, después de darle muchas vueltas al asunto, siguen erre que erre, quizás porque poco más se puede hacer para luchar contra la furia de Poseidón.

Lo más ofensivo de esta situación que estamos viviendo con la subida del mar es que sigamos cometiendo los mismos errores en nuestras costas. No solo no deconstruimos sino que seguimos especulando y presentando proyectos para construir junto al mar.

Una de las playas que se regeneró este año fue la de Quitapellejos en Cuevas del Almanzora. 14.000 metros cúbicos de arena de cantera, más 2.000 para el resto de playas del municipio que ,redondeando con unas obras en el paseo marítimo del Pozo del Esparto, destruido por los temporales, nos dejan una factura de 249.677 euros.

Pues bien, ¿cuál es la brillante idea que se nos ocurre? Urbanizar 56,2 hectáreas en dos kilómetros de esa playa, donde irán 1.600 viviendas, un hotel, una gasolinera y un nuevo paseo marítimo que nos constará 11,7 millones de euros. ¿Qué haremos cuando el mar lo amenace? ¿Pedir más espigones? ¿Echar arena? ¿Pagar indemnizaciones a los propietarios?

Otra aberración es lo sucedido en la Ribera de la Algaida de Roquetas de Mar, donde el Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico de España ha tenido que aprobar el nuevo deslinde de la costa, excluyendo 25 hectáreas de dos fincas privadas tras la sentencia judicial que da la razón a los propietarios.

Lo más grave de esta situación es que incluso dejan fuera del deslinde –algo que roza el esperpento– un trozo de playa al que se le reconoce la propiedad privada. La playa, que es un bien de dominio público marítimo-terrestre según la Constitución Española, queda en manos de una empresa. Por supuesto que será imposible que construyan allí, pero ahora empezarán los juegos de trileros, los sobres, los compadreos, para especular con el terreno. De vergüenza que sigan pasando estas cosas.

Hay otro caso que también es preocupante. Hace unos meses se publicaba en prensa que el potentado Cosentino se hacía con la Urbanización de Playa Macenas para revitalizarla, invirtiendo 200 millones de euros y que, anuncian, será un ejemplo de sostenibilidad ambiental.

Una operación legal, como todas las que se hacen en nuestras costas, pero que viene a legitimar un destrozo que en su día ya denunciaron los ecologistas. Espero que Cosentino no le eche el ojo al Algarrobico y pretenda salvarlo, porque poderoso caballero es don dinero. En fin, que seguimos tropezando con la misma piedra, en este caso en la misma ola. A ver si en el próximo revolcón aprendemos la lección.

MOI PALMERO
FOTOGRAFÍA: MOI PALMERO

martes, 16 de agosto de 2022

  • 16.8.22
Mientras España se quema y se seca, nos dedicamos a la caza del ecologista. En una población de Zamora, Manzanal de Arriba, hace unos días se produjeron dos ataques a varios ecologistas protagonizados, entre otros, por el alcalde del municipio, que pertenece al Partido Popular. Supongo que para reafirmar las palabras de su amigo, colega de partido y consejero de Medio Ambiente de Castilla y León, en las que defendía, para justificar su negligencia, que “algunas modas ecologistas impedían limpiar los montes”.


A su vez, Esperanza Aguirre, exministra de Educación y Cultura en el Gobierno de otro negacionista del cambio climático, expresaba entre risas en una televisión nacional que “un grado es poca cosa para alarmarnos”. Cada vez que escucho a los políticos –no solo del PP– y a sus voceros hablar de esa manera en los medios, me acuerdo del verso con el que comienza Sabina su canción Princesa: “entre la cirrosis y la sobredosis andas siempre, muñeca”.

Esas palabras son las consecuencias del síndrome de Estocolmo en el que viven, y que repiten los mantras que los captores de nuestra economía, los empresarios del IBEX 35, a los que les han dado todo el poder, les susurran al oído mientras meten sobrecitos y promesas de puertas giratorias en sus bolsillos. Cuando vengan a darse cuenta de las barbaridades que dicen y hacen, lo mismo podremos lamentarnos cantando “ahora es demasiado tarde, princesa”.

Si no fuese por el miedo que tienen a que sus ideas, políticas y formas de actuar se relacionen con las del Caudillo, aunque vayan grabadas en su ADN, podrían echar mano de la manida frase “con Franco se vivía mejor” y comenzar a defender que estos ecologistas de pacotilla no dicen nada nuevo, porque Franco, hombre sensible donde los haya y amante de la caza y la pesca, ya iba un paso por delante de todos y podríamos afirmar que era ecologista, como dice su nieto en un libro que tituló La naturaleza de Franco.

Franco inició en 1941 una labor repobladora que, según algunos expertos, ha supuesto un incremento de la superficie arbolada de casi cuatro millones de hectáreas. Tampoco podemos olvidar que para luchar contra la sequía, durante el Régimen se inauguraron ocho pantanos que se encuentran entre los diez más grandes del país y se empezó a construir un noveno, sin contar con las innumerables presas y embalses de pequeño tamaño.

También, adelantándose a la reciente decisión de la Unión Europea de incluir la energía nuclear como "verde", construyó diez centrales de las que cinco, con siete reactores nucleares, siguen en funcionamiento. Y si nos ponemos a rizar el rizo, no podemos obviar a los serenos que vigilaban por la noche las oscuras calles, profesión que lo mismo tiene que rescatar Pedro Sánchez para garantizar que se cumple su decreto-ley de ahorro energético.

No me digan que no son suficientes argumentos para que los Abascales, Ayusos y Losantos de turno puedan sumarse, sin traicionar a sus señores, a su corazón y a su añorado líder, a esta moda de la emergencia climática. Se podrían poner al lado de los científicos, de los ecologistas y de la mayoría de la población que vive las consecuencias del cambio climático, aportando ejemplos, rememorando los triunfos, los aciertos y los éxitos del pasado.

Soy consciente de la debilidad de estos argumentos porque la ley por la que se funda el Patrimonio Forestal del Estado lo único que hace es copiar la que se había firmado durante la Segunda República en 1935. Que los pantanos fueron la continuación del Plan Gasset de 1902 y del Plan Nacional de Obras Hidráulicas de 1933. Que la Junta de investigaciones atómicas de 1945 se creó con el objetivo de poseer armamento militar y que los serenos ya aparecieron en el siglo XVIII.

Aunque, pensándolo mejor, no es una debilidad de los argumentos sino todo lo contrario, ya que, quizás, lo único que tenemos que hacer es copiar, adaptar a las nuevas tecnologías y a los nuevos conocimientos las políticas del pasado para garantizar que nuestros montes vuelvan al equilibrio y nos puedan proteger; que podamos disponer del agua que garantice nuestra salud y la de nuestras cosechas, y garantizarnos la energía que necesitamos sin depender de terceros países y sin dejar una bomba de relojería enterrada bajo tierra a las generaciones futuras. Lo único que necesitamos es usar el sentido común para poder salir adelante entre todos.

Pero por lo que se ve, los correligionarios del dictador, del "Sepulturero mayor" como lo llama Sabina en Adivina, adivinanza, carecen, al igual que él, de sentido común, y han aprendido que para llegar al poder vale cualquier cosa y que los muertos, los represaliados, los exiliados, son únicamente "daños colaterales".

MOI PALMERO

martes, 2 de agosto de 2022

  • 2.8.22
Estimado Don Ramón: pensaba tutearlo, presuponiendo que, como a su líder, el presidente Juanma, le gustará que lo hagan. Pero como no sé si es una consigna de partido o una herramienta de marketing para demostrar cercanía al votante –y como ya no estamos en elecciones y ya solo somos ciudadanos–, lo mismo la distancia vuelve a acrecentarse, más aún tras su mayoría absoluta, y prefieren que los tratemos con el respeto que merecen sus cargos. Por precaución y educación, me reservo el tuteo.


En primer lugar, quería darle la enhorabuena por su nueva responsabilidad. Ahora vela por el medio ambiente de todos los andaluces, y pienso que su nuevo cargo es de vital importancia para el futuro de nuestra tierra. La pregunta es si para su partido también lo es.

Me alegra que Medio Ambiente vuelva a tener una Consejería propia: eso de mezclarla con Agricultura o Urbanismo, como se hace en algunos ayuntamientos, es una barbaridad. Pero me da mucha pena que crean tan poco en ella.

Su Consejería es la que debe velar por el bien común, por la protección de los ecosistemas, de los recursos naturales, de la salud y de nuestro futuro, frente a la especulación, al desenfreno, a la avaricia, al interés personal y a los delitos ambientales que provoca el capitalismo.

Su Consejería es la que debe buscar el equilibrio que nos permita desarrollarnos como sociedad, pero sin arrasar con todo lo que nos rodea. Debe aportar la sensatez, la cordura, la inteligencia, la planificación a largo plazo, frente al cortoplacismo y la sinrazón de los beneficios rápidos y suculentos.

Sin embargo, tengo la sensación de que su Consejería es, como decíamos en nuestra época de estudiantes, una maría, un brindis al sol. Principalmente, por el desprecio con el que trataron al medio ambiente en su primera legislatura, al obviar la palabra e incluirla como coletilla y con un término poco acertado y obsoleto, detrás de Agricultura, Ganadería y Pesca.

En esta ocasión, lo han escondido entre Sostenibilidad y Economía Azul, concepto manido y pervertido el primero; y ambiguo e ilusorio el segundo. También por esa falsa revolución verde, que podemos enmarcarla más en el término de greenwashing, que de gestión política. Pero, sobre todo, porque le han quitado a usted las competencias de aguas para incluirlas con Agricultura, que viene a ser lo mismo que, como le leí a un amigo el otro día, poner el zorro a vigilar las gallinas.

Para usted es una oportunidad, un escalón necesario, para seguir subiendo en el partido y en responsabilidades futuras. Su presión será estar a la altura de lo que esperan sus colegas, que no es otra cosa que la de comerse los marrones con la mayor dignidad posible.

Porque tenga usted claro que marrones se va a comer unos cuantos, como el que se le viene encima desde Europa por la promesa del cercano Juanma de legalizar los cultivos de la fresa en el entorno de Doñana, lo que supondrá el agotamiento de los acuíferos y la destrucción de uno de los ecosistemas más bellos y delicados que tenemos en Andalucía. Usted tendrá que salir a dar la cara, con informes poco fiables, afirmando que el Parque Nacional no se verá afectado.

Si me permite unos consejos, sea usted valiente, no sienta la necesidad de agradar a los que le han colocado ahí. Piense en el bien común y en defender el medio ambiente por encima de todo. No permita que lo ninguneen, no sea marioneta de nadie.

No voy a entrar a valorar si tiene usted formación en materia ambiental: para ser un buen gestor no hace mucha falta si se deja asesorar por los técnicos y los científicos. E, incluso, le recomendaría que escuche muy bien a los ecologistas, esos que a sus colegas le dan tanto miedo y a los que culpan de todos los males. Recuerde que, gracias a ellos, usted no cometió el delito de talar el Bosque de la Plaza Vieja. Espero que aprendiese la lección: no sobran árboles.

Le espera una legislatura movida y tiene un trabajo hercúleo por delante para cuidar los espacios naturales; vigilar los megaproyectos de energías renovables que están destrozando ecosistemas y perjudicando los pequeños pueblos rurales; la prevención de los incendios forestales; las macrogranjas; la gestión de los residuos; las construcciones de urbanizaciones en el litoral; la defensa de este frente a la subida del mar; las salinas del Cabo de Gata; las posibles riadas que se nos vienen encima tras el verano y adaptarnos con garantías a la emergencia climática, por citar algunos.

Mucha suerte, Don Ramón. De su gestión depende lo más importante que tenemos, lo que nos sustenta y protege. Para despedirme, me gustaría susurrarle dos palabras: "memento mori".

MOI PALMERO

martes, 26 de julio de 2022

  • 26.7.22
Empiezo mal, pero no se preocupen: es solo una opinión y es fácil de desmontar con la cantidad de estudios parciales que el sector ha realizado y publicitado en los últimos años para intentar venderle a los consumidores europeos que no tienen nada por lo que preocuparse, que los osos polares no sufrirán por comprar nuestros tomates.


No pasa nada, no somos sostenibles. ¿Qué industria lo es? Ninguna y, menos, en este mundo globalizado. Pero, ahora, en plena emergencia climática, es lo que toca vender. El greenwashing es la moda y hasta las gasolinas son ahora verdes y, los móviles, el culmen de la sostenibilidad porque le han quitado un par de envoltorios a las cajas.

Si me meto en este berenjenal es a raíz de las noticias generadas tras las imágenes que publicó la NASA sobre nuestro mar de plástico, donde se hace eco –después de alabar la transformación en unas pocas décadas de nuestro territorio y economía– del estudio de la Universidad de Almería en el que se afirma que, gracias al albedo solar, la comarca se ha calentado menos que en otras zonas. Espero que no lo copien como estrategia y forren el planeta.

Lo curioso del texto que acompaña la foto es la palabra “probablemente”, supongo que porque el periodista científico de la NASA no lo tiene muy claro o porque sabe que es una verdad a medias. No pongo en duda el estudio –quizás ese dato sea cierto– pero tanto como para afirmar que Almería, gracias a sus plásticos, es la zona que más frena el cambio climático, es ser demasiado osado. Para saber cuál es el grado de sostenibilidad de nuestra agricultura, habría que calcular la huella de carbono total, no solo de las partes en las que sale en verde.

En mi opinión, el concepto de invernadero ya es insostenible en sí porque, antes de empezar a producir, hemos de arrasar con toda la biodiversidad de la zona. Aquí hemos destrozado 26.000 hectáreas de un ecosistema único: los artales. Pero desde que el Homo Sapiens se hizo agricultor ha sido así, no es que nosotros seamos peores. Había que hacerlo: había necesidades.

Como era un terreno poco propicio para la agricultura, tuvimos que crear un suelo artificial, extrayendo millones de toneladas de arena de otros muchos ecosistemas que también deterioramos y que han creado algunos grandes impactos que también irán en el apartado del déficit.

Pero relacionar los problemas que tenemos en las costas del poniente con las dunas que destrozamos de nuestras playas, o las inundaciones de Las Norias con la arena extraída de la Balsa del Sapo, a lo mejor es hilar muy fino. No quedaba otra: había que sacar esto adelante.

Por supuesto, luego habría que sumar la huella de la creación de los plásticos que usamos, desde que los producimos hasta que los cambiamos, incluyendo los problemas ambientales de los que se convierten en basura (no en residuo) y de los que nadie se preocupa.

Es cierto, ya se recicla un 95 por ciento, y se trabaja para que sea un 100 por cien, que vuelva al sistema, que dure más. También se vigila a los incívicos. Pero mientras lo conseguimos, el dióxido de carbono sigue aumentando. Un mal menor.

También nos gusta recalcar, a base de estudios y técnicas varias, que somos un gran sumidero de carbono, que nuestros cultivos actúan como la selva amazónica, pero sabemos que no es del todo cierto porque cada seis meses arrancamos las plantas y volvemos a liberar el gas que provoca el efecto invernadero. Seguro que haciendo bien las cuentas, nos quedamos en números rojos.

Según la Mesa del Agua, nos hacen falta 180 hectómetros cúbicos para paliar el déficit hídrico de la provincia. Agua que habría que desalar del mar y que aumentará la huella por el gasto energético, sin contar los problemas ambientales que hemos causado por la sobreexplotación y abandono de los acuíferos. Sin problema: seguimos construyendo invernaderos.

Si sumamos el transporte por Europa de nuestros productos, las 7.500 toneladas de CO2 que se emiten cuando tiramos el 30 por ciento de la producción, los restos vegetales, o la elaboración de pesticidas y los impactos generados, la huella sigue marcando en rojo.

Créanme cuando les digo que no es mi afán ir contra mi pueblo o mis vecinos, al decir estas cosas. Me siento orgulloso de ser de donde soy, de lo que se ha construido en Almería, de cómo los agricultores se han ido adaptando a las exigencias, los grandes avances que han conseguido y en los que se sigue trabajando para minimizar los impactos. Pero, por ahora, nuestros invernaderos no son sostenibles, ni lo serán nunca, por mucho que nos empeñemos en decirlo. Pero no pasa nada: el que esté libre de pecado, que tire la primera piedra.

MOI PALMERO

martes, 19 de julio de 2022

  • 19.7.22
Los audios de Villarejo y Ferreras han venido a echar leña a mi decaimiento, mi desencanto, mi resignación. Algo que achacaba a la falta de vitaminas, de ejercicio físico, de risas cómplices y buena compañía. Una mala racha que siempre pensé que pasaría con un poco de interés por mi parte. Sin embargo, después de demostrarse este ataque sin paliativos a la democracia, creo que mi decepción ya empieza a enraizar en mis músculos, impidiéndome pensar con claridad –si es que alguna vez lo hice– y moverme con agilidad.


Este sentimiento de derrota definitiva, y no como algo pasajero, comencé a visualizarlo hace unas semanas, tras la reposición de la película Noviembre, de Achero Mañas. Cuenta la historia de un grupo de jóvenes que, decepcionados por las escuelas de teatro donde siempre habían soñado estudiar, montan un grupo alternativo para actuar de forma libre, independiente y gratuita, en la calle, improvisando e interactuando con el sorprendido público que se los encontraba.

Artistas dispuestos a hacer el teatro que siempre habían soñado, a cambiar el mundo con sus obras sociales, directas al espectador, sin intermediarios, sin limitaciones, sin pedir nada a cambio. El arte por el arte.

Está grabado como un falso documental en el que sus protagonistas, envejecidos y lastrados por el paso del tiempo y el dolor, cuentan lo que les sucedió: desde cómo se conocieron y decidieron montar el grupo a todos los problemas con los que se enfrentaron; cómo los dividieron con multas y sanciones por actuar en la calle e ir contra sus ideales para poder seguir trabajando; las crisis internas, de relaciones personales, que todo eso provocó en el grupo; el resurgimiento de la ilusión y el trágico final con el que termina todo: su líder, el protagonista de la historia, muerto, vestido de travieso demonio, colgado de un trapecio.

Una historia que, cuando se estrenó, insufló en mí la fuerza, las ganas, la ilusión, la esperanza de que otro mundo era posible. Solo hacía falta encontrar la forma de llegar a la gente, de despertarlos, de zarandearlos para provocar una revolución cultural, social, que impulsase los cambios en el sistema, la caída de los dioses que nos manejan como marionetas a su antojo. Y, para eso, la originalidad, la creatividad, la valentía, la astucia, la comunidad, la resistencia, la constancia son fundamentales.

Ahora, casi veinte años después de la película, me llega el mensaje de los adultos, en los que me reconozco y me avergüenzo por ello, derrotados, con la moral por los suelos, y la mirada y los brazos caídos, lanzando el mensaje de que lo sucedido fue por culpa de su inocencia, de la inconsciencia de la juventud, de creerse invencibles, únicos, de haber intentado asaltar los cielos siendo simples mortales.

Se culpaban de no haber sabido reconducir sus emociones, de no entender lo que les sucedía, de haber dejado que la duda los separase, de que el sistema los domesticase, los individualizase, los globalizase. De haberse dejado robar la identidad, lo que les hacía diferentes, dejarse dominar y sentir que se vive mejor de rodillas, sometidos.

Las marionetas mediáticas de Ferreras e Inda, el comisario de las cloacas, el exmarido de la infanta, el contable de Génova, entre otros, nos recuerdan cada día que la revolución de Noviembre nunca llegará, ya que siempre habrá gente sin escrúpulos que se creerán importantes porque los dejan comerse las sobras de los poderosos; porque son los bufones de sus fiestas; porque están dispuestos a inmolarse por un puñado de euros, por un minuto de gloria. Les da igual si tienen que mentir, robar o matar: ellos quieren sentirse poderosos.

El cese de Ferreras y de Ana Pastor será inmediato: hay que intentar salvar la cadena. Sería la manera de darle credibilidad al periodismo y a la democracia. El verano, el tiempo, cubrirán con un tupido velo nuestras vergüenzas y la vida seguirá igual.

Pasado un tiempo prudencial, su labor será recompensada, porque si en este país a los torturadores como Billy el Niño se les condecora, qué no se le ofrecerá a quien “mató” a El Coletas, desactivó a Podemos, la llegada del comunismo y la esperanza de una generación. Como mínimo, se merecerá el Ministerio de Defensa. Qué menos.

No debería haber visto de nuevo la película. Seguiría pensando en los ideales, la fuerza, la imaginación de aquellos jóvenes actores para cambiar el mundo y que, con un poco de deporte, mi desengaño desaparecería. Sin embargo, ahora conozco la explicación de mi derrota, de la de todos. Una derrota vivida entre noviembres. Confío que un cuento venga a rescatarme de mi aflicción porque, sinceramente, prefiero morir de pie…

MOI PALMERO

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