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Mostrando entradas con la etiqueta La vida empieza hoy [José Antonio Hernández]. Mostrar todas las entradas
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viernes, 25 de diciembre de 2020

  • 25.12.20
La cena de Nochebuena –cena de recuerdos y de deseos– es una de las señales que, de manera gráfica, marca el paso y el peso de los años; mide el ritmo vertiginoso y el curso irrevocable del tiempo, y dibuja la curva en espiral de la vida humana. Esta cena –una costumbre familiar que ha logrado un considerable grado de formalización– pone de manifiesto la necesidad humana de verbalizar y de escenificar los encuentros humanos, de ritualizar los gestos de acercamiento mutuo y de sacralizar los comportamientos colectivos.


La cena de Nochebuena es una ceremonia de liturgia civil que, en nuestra sociedad occidental, de manera progresiva, se ha ido ajustando a unas pautas estrictas de comportamiento y en la que los diversos "actores" representan unos papeles que, en cada familia, están definido de antemano de una manera rígida y minuciosa.

Los alimentos –el pavo prensado, los langostinos atigrados, las tabletas de turrón de Jijona– los vinos de marca y de una cosecha acreditada, los licores y los cavas, los vestidos, la decoración del salón y la disposición de la mesa, el "nacimiento" y el "árbol", las lucecitas multicolores, la distribución de los comensales, los tristes y, al mismo tiempo, alegres villancicos que se cantan y hasta los programas de televisión que sirven de telón de fondo, responden a unas "rúbricas" que no podemos transgredir si pretendemos que la cena sea eso: una "cena de Nochebuena".

Es una cena –nostálgica y depresiva, esperanzadora e ilusionada– en la que pasamos lista a los miembros ausentes de la familia, a los que han fallecido y a los que están lejos; en ella tienen especial protagonismo los niños, con sus gracias, y los viejos, con sus recuerdos. En ella actúa inevitablemente el tío gracioso que cuenta el último chiste, y el sobrino malage que gasta la broma pesada.

Pero, sobre todo, es una cena en la que nunca pueden faltar dos personajes característicos: el experto catador de caldos, que explica con detalle las cosechas mejores y los supermercados en los que se encuentran los vinos más exquisitos, y el señor mayor –no siempre demasiado anciano– que, año tras año, con tono sentencioso y con gesto grave, solicita atención y cariño, anunciando que es el último que lo pasará en compañía de los demás, lamentando que ese trozo de turrón, que ceremoniosamente se lleva a la boca, sea, posiblemente, el último que comerá. Y lo malo es que, alguna vez a buen seguro, se cumplirá su pronóstico de manera fatal.

Les reitero –queridos amigos y amigas– mis hondos deseos de felicidades, en plural y con minúsculas y, también, de FELICIDAD, en singular y con mayúsculas. Un beso, amigos y amigas.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

viernes, 18 de diciembre de 2020

  • 18.12.20
Nuestra Navidad, mezcla de realismo y de idealismo, de objetos sencillos y de episodios hermosos, de canciones tradicionales y de cantes irreverentes, nos transmite unas nuevas ganas de ser más buenos y unos sinceros deseos de amistad, de respeto y de generosidad.


Tengo la impresión de que, a pesar de la continua invasión de “modas” procedentes de las más remotas civilizaciones, los valores medulares de nuestra cultura siguen nutriendo nuestra peculiar manera de celebrar estas fiestas.

Si prestamos atención a los comportamientos realmente populares llegamos a la conclusión de que en su fondo laten unas emociones que tienen mucho que ver con los mensajes que nos transmiten las escenas del portal de Belén conforme a la descripción del Evangelio de San Lucas: en un establo en el que hay animales, un buey y una mula, una mujer, María, un hombre, José, y un niño, Jesús, envuelto en pañales.

La sencillez de los comportamientos cotidianos, simbolizada de esta manera tan humana, nos descubre las justas dimensiones de nuestras vidas de cada día. Para calar en la profundidad de estos sentidos íntimos, hemos de estar atentos y recordar (“revivir”) aquellas vivencias hondas de nuestra infancia que nos siguen ayudando –ahora que seguimos siendo pequeños– a acompañarnos, a respetarnos, a comprendernos y a acogernos, esas experiencias que nos proporcionan alegría y nos enseñan a sentir las sensaciones y a “experimentar los sentimientos”, a saber qué es el calor y el frío, el hambre y la comida, la sed y el agua, la enfermedad y la salud, a palpar qué es la soledad, la lejanía o la ausencia de la familia, el abandono de los ancianos, a interpretar el sentido de nuestros miedos y suspiros, a darnos aliento y a ayudarnos y a querernos un poquito más.

El Papa Francisco lo acaba de formular de manera clara, aguda y precisa: “Si queremos celebrar la verdadera Navidad, contemplemos este signo: la sencillez frágil de un niño recién nacido, la dulzura al verlo recostado, la ternura de los pañales que lo cubren.

Nos explica cómo el Belén "es realmente un ejercicio de fantasía creativa, que utiliza los materiales más dispares para crear pequeñas obras maestras llenas de belleza. Y es que, efectivamente: “Ayuda bien quien lo hace desde la propia debilidad”.

Felicidades queridas amigas, queridos amigos.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

viernes, 11 de diciembre de 2020

  • 11.12.20
Aunque aceptemos que –debido a la facilidad de las comunicaciones– es inútil que nos esforcemos para evitar la influencia de otras culturas, hemos de reconocer que, en la actualidad, el Nacimiento, cuyo origen se atribuye a Francisco de Asís, entre 1200 y 1226, sigue siendo el símbolo que mejor ambienta, adorna e ilustra nuestras fiestas navideñas y, además, la alegoría que mejor explica nuestras peculiares maneras de pensar, de sentir y de vivir.


A veces –queridos amigos– caemos en la frivolidad de despreciar la contribución de las tradiciones culturales sin preocuparnos por conocer sus raíces históricas y su influencia en nuestras vidas personales, familiares y sociales. Con qué facilidad consideramos que el Belén con el Niño Jesús, la Virgen, San José, los Pastores y los Reyes Magos son meras supervivencias arcaizantes de unos usos pasados de moda.

En esta ocasión me refiero claramente a aquellos “dogmáticos intelectuales” que “pasan” de los ritos festivos y tratan de desacreditarlos tachándolos de “simples hábitos culturales”. Es posible que usted –querido lector– conozca a algunos de los “ilustrados” que se ríen de esos rituales festivos que, además de expresar simbólicamente unos significados religiosos, poseen unos contenidos sociales, estéticos y lúdicos que nos hacen disfrutar y sentirnos hermanados.

Me llama la atención también cómo algunos “ilustrados” creyentes coinciden con los “intelectuales” agnósticos cuando menosprecian las manifestaciones populares a las que califican como simplemente culturales. En mi opinión, unos y otros caen en un género de “catetismo” cuando piensan que estas maneras de sentir y de expresarnos son superficiales y carentes de significados.

No advierten que pertenecen a lo que Jung califica de “arquetipos”, esos modelos colectivos que poseen unos altos contenidos emocionales y que son los cauces que nos ayudan a la educación sentimental y a la intensificación de nuestras relaciones humanas. Estos ritos actualizan el sentimiento de formar parte de una comunidad, reproducen simbólicamente nuestra identidad colectiva y reafirman nuestro peculiar modo de vivir. 

Feliz Navidad, amigos y amigas.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

martes, 8 de diciembre de 2020

  • 8.12.20
Respondo disciplinadamente a la propuesta que me hace Manoli para que me refiera a la fiesta de la Inmaculada aunque, como es natural, no haré un sermón porque ni a mí me corresponde ni este es el lugar adecuado para predicar. Lo primero que se me ocurre es que me resulta contradictoria la elevada importancia que en la Iglesia alcanza María y el escaso protagonismo de las mujeres en las tareas más importantes.


Es cierto que son las que más acuden a los templos y las que más colaboran en las tareas de catequesis pero exactamente eso quiero decir: son colaboradoras pero sin ostentar los principales oficios y cargos. El primero que denuncia y lamenta esta situación es el papa Francisco pero esos cambios necesarios que ha anunciado tardan demasiado en realizarse.

¿Cómo podemos celebrar este día los creyentes y los no creyentes? En mi opinión, tanto uno como otros, podríamos aprovechar la ocasión para hacer un ejercicio interesante: celebrar una entrevista virtual e imaginaria con ella y solicitarle que se convierta en nuestra confidente.

A los creyentes les serviría como una manera sencilla de hacer oración, y los a los no creyentes les proporcionaría la oportunidad de hacer un ejercicio literario original. Estoy convencido de que la conversación, cuando sabemos escuchar y hablar, además de un ejercicio agradable, es un procedimiento eficaz para aprender y, a veces, para transformar nuestra manera de pensar y de actuar.

Podríamos preguntarle qué pensaba cuando veía a su hijo que trataba con todo el mundo, que sanaba a los enfermos, que se sentaba en la mesa con los pecadores, que era amigo de hombres y de mujeres, que echaba del templo a los vendedores y sobre todo le podríamos preguntar que nos contara con confianza lo que sentía y pensaba cuando, acompañada de otras mujeres, estaba sentada junto a la cruz en la que estaba clavado su hijo.

De esta manera la fiesta de la Inmaculada se puede transformar en la fiesta de todos nosotros y, al menos, proporcionarnos algunas esperanzas. Y termino con una frase del papa Francisco: Si queremos un mundo mejor, que sea una casa de paz y no un patio de guerra, debemos hacer todos mucho más por la dignidad de cada mujer.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

viernes, 4 de diciembre de 2020

  • 4.12.20
La principal consecuencia de la pandemia del coronavirus está siendo la valoración de la vida humana y, por lo tanto, de la salud como el bien humano primordial. En estos momentos –y ojalá que perdure por mucho tiempo– los demás bienes como la ciencia, el arte, el trabajo, la diversión y, por supuesto, la economía, están o deberían estar al servicio de la defensa de la vida y de la conservación de la salud física y mental. Esta nueva clasificación de los valores y de las actividades humanas deberían tenerla muy en cuenta, al menos, los políticos de las diferentes ideologías y de los distintos ámbitos de la Administración.


Si tenemos en cuenta las consecuencias mortales que estamos sufriendo, carece de sentido ético que discutamos sobre qué es más importante, si salvar vidas humanas, mantener la actividad económica, disfrutar con espectáculos públicos o aumentar el número de votantes para las eventuales elecciones políticas.

En esta grave situación no existe otra opción que poner al servicio de la salud las investigaciones científicas, los medios económicos y, por supuesto, las ideas, los objetivos y las estrategias políticas. Todos deberíamos tener claro que el enemigo común, el covid-19, es más poderoso que cada uno de nosotros por muy importantes, fuertes o listos que seamos. Su maldad está por encima de nuestras astucias estratégicas, de nuestros conocimientos científicos y de nuestros recursos económicos.

Reconozcamos, al menos, que incluso los principales gobiernos la Unión Europea, de Rusia, de Norteamérica e, incluso de China aún no han sido capaces de vencer totalmente a ese peligroso enemigo. Los científicos, a pesar de los importantes avances alcanzados, se siguen mostrando desconfiados porque reconocen que este virus presenta características nuevas y que, a pesar del profundo conocimiento de la organización viral no han sido capaces de prevenir y de controlar sus terribles consecuencias mortales.

Entre los economistas y empresarios ha cundido el pánico tras comprobar la desastrosa influencia del virus en las bolsas de valores, en la caída del precio del petróleo, en la paralización de los préstamos bancarios y en las inversiones.

A mi juicio, la conclusión tras este somero análisis debería ser que todos aceptáramos y aplicáramos un principio: no es posible salvar la política, la ciencia ni la economía sin salvar a las personas y, por lo tanto, la salud –la personal y la colectiva– ese el valor que determina –que debería determinar– la orientación y el nivel de las actividades políticas, científicas y económicas de nuestro país.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

viernes, 27 de noviembre de 2020

  • 27.11.20
Sin ánimo de restar importancia a la calidad futbolística de Diego Armando Maradona, calificado como el mejor jugador de fútbol de la historia, considero desproporcionados y peligrosos algunos –muchos– de los elogios que su fallecimiento está generando en el mundo entero. En mi opinión, la leyenda de su agitada vida fuera de los terrenos constituye el paisaje vital en el que inevitablemente se instala su virtuosismo con el balón.


Comprendo y respeto las lágrimas pero no apruebo que se canonice como modelo de dignidad ni de comportamiento humano. A la hora de aplaudir sus regates y sus goles, hemos de tener en cuenta su adicción a la cocaína, su amistad con la Camorra napolitana, su desprecio a los periodistas, sus burlas de las mujeres y su manera frívola de interpretar la vida humana.

La dignidad humana no depende del color de la camiseta, de las insignias que lucimos en las chaquetas o de los títulos que coleccionamos en las vitrinas. El valor de una persona no aumenta a medida en que crecen sus habilidades, sus riquezas, su poder o su ciencia. No confundamos la grandeza con la magnitud; la nobleza con la fama; la importancia con la vanagloria; el prestigio con la popularidad y la calidad con la cantidad.

La dignidad humana no estriba en las insignes prebendas o en los cargos honoríficos, ni el brillo de las apariencias coincide con la sustancia de la realidad, ni el ruido de la publicidad con las nueces de los hechos: no es oro puro todas las baratijas que relucen en las solapas.

La dignidad nada tiene en común con la jactancia, con la presunción o con la arrogancia, sino que se encuentra, justamente, en su cara opuesta. La dignidad humana guarda una relación directa con la integridad, con la generosidad, con la sencillez, con la naturalidad y, a veces, con la pobreza; depende más de la manera de trabajar que del puesto que ocupamos. 

Si es cierto que las peanas altas empequeñecen las figuras, también es verdad que, cuanto más bajitos somos más nos encantan las tarimas, los púlpitos y los escenarios. Yo también le deseo sinceramente que descanse en paz.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

viernes, 20 de noviembre de 2020

  • 20.11.20
Tras leer la reflexión de la semana pasada sobre la venganza estética, varios amigos me han pedido que me refiera al perdón, ese valor, ese arte y esa virtud que las ciencias humanas y las religiones explican y aplican de diferentes maneras. En el ámbito del derecho, de la política, de la ética y de la economía, se suele emplear como sinónimo genérico de indulto, amnistía, condonación, absolución, gracia o clemencia.


En su sentido más estricto, es una aportación religiosa de diferentes creencias y más concretamente de la judía, la musulmana y la cristiana, aunque los respectivos creyentes lo expresan y lo practican de diferentes maneras. Recordemos que esta palabra etimológicamente procede de “donar” y significa renunciar libre y gratuitamente a castigar un delito o una ofensa, a cobrar una deuda o a exigir una equivalencia.

Si analizamos el fondo de las acciones de perdonar y de ser perdonados descubrimos que son experiencias vitales muy hondas que están dotadas de múltiples dimensiones vitales, no solo religiosas individuales y colectivas, sino también antropológicas, psicológicas, sociológicas, jurídicas y políticas.

Por muy petulantes o ingenuos que seamos, hemos de reconocer que, por el mero hecho de ser humanos, desde el nacimiento hasta la muerte, estamos cargados de limitaciones, de deudas y de culpas, y que, en consecuencia, el perdón, más que un rebajamiento, es una necesidad y una grandeza. Todos –por muy íntegros que nos creamos–, para vivir en paz con nosotros mismos y con los demás, necesitamos continuamente perdonar y ser perdonados.

La experiencia del perdón fortalece la convicción de que no estamos de más en una comunidad, de que podemos ser alguien y hacer algo, de que no somos simplemente tolerados y, sobre todo, que, a pesar de nuestros errores, podemos seguir siendo nosotros mismos aceptando nuestra fragilidad consustancial. 

Cuando la experiencia del perdón es creativa, se instauran nuevas relaciones interhumanas y nuevos lazos interpersonales que, incluso, puede dar origen a una amistad más profunda, a una colaboración más eficaz y, en consecuencia, a una nueva vida.

Perdonar, efectivamente, es asumir la apuesta y el riesgo de rememorar el pasado asumiéndolo, y de encontrarse con el otro adoptando una actitud positiva, por encima de la culpabilidad que le atribuimos. Perdonar es un arte y hay que aprenderlo. Francisco recuerda que el primero en pedir perdón es el más valiente; que el primero en perdonar es el más fuerte y que el primero en olvidar es el más feliz.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

viernes, 13 de noviembre de 2020

  • 13.11.20
Tras escuchar la queja que un cualificado diputado profirió hace unos días en el Congreso ("Su venganza, señoría, no ha sido ética ni, mucho menos, estética"), algunos amigos me han preguntado con extrañeza, cómo un vicio, que por su naturaleza pertenece al ámbito de la moral, puede ser evaluado también artísticamente.


Recordemos que la "venganza" ha sido tratada, valorada y ejecutada de diferentes maneras en nuestra civilización judeo-cristiana. Si en el léxico actual, "vengarse" es castigar una ofensa devolviendo mal por mal, en el lenguaje bíblico la venganza restablece la justicia sobre el mal. Aunque la Biblia prohíbe vengarse por odio, permite que la sociedad y, sobre todo, Dios –el único vengador legítimo de la justicia– restituya el derecho atropellado compensando los males causados.

La venganza solidaria era un arma defensiva de la sociedad nómada israelita en sus orígenes; por eso, el "vengador de la sangre", convencido de que la sangre derramada clamaba venganza, compensaba al clan matando al asesino. Posteriormente, la Ley del Talión ("ojo por ojo y diente por diente") prohibió la venganza ilimitada de los tiempos bárbaros y frenó la pasión humana, pronta a devolver mal por mal.

En mi opinión, la venganza más eficaz y, probablemente, la más gratificante, es la estética: es la respuesta inesperada del agredido que, con un gesto elegante y con una palabra sobria, restablece el equilibrio; es la reacción controlada del ofendido que, con una sonrisa abierta o con unos elogios comedidos, se enfrenta a la cólera encendida del agresor y a las injurias apasionadas del atacante.

Aunque es cierto que el dominio de las armas dialécticas es una destreza difícil de alcanzar, también es verdad que devolver amabilidad cortés por toscas groserías, suavidad discreta por asperezas vulgares y silencio distante por gritos estridentes constituyen una estrategia de sorpresa, una táctica de disuasión y, a veces, un arma persuasiva. La venganza es un vicio ético, pero puede ser también una habilidad estética.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

viernes, 6 de noviembre de 2020

  • 6.11.20
Todos conocemos a personas que disfrutan recordando los hechos dolorosos del pasado, destacando los aspectos negativos del presente y asustándonos con los peligros del futuro. Son aquellos dolientes para quienes “todo tiempo pasado fue peor”, si no fuera porque el presente les parece todavía más horrible que el pasado y porque están convencidos de que caminamos veloz e irremisiblemente hacia el caos fatal y hacia la catástrofe más aniquiladora.


Cuando comentamos con ellos cualquier suceso, estos conciudadanos inconsolables nos recuerdan, sobre todo, las calamidades desoladoras, los rostros cínicos, las miradas crueles y las perversas acciones: la memoria, la razón y la imaginación constituyen para ellos unas temibles luces que alumbran a un mundo que es un sórdido museo de penalidades, un infierno de padecimientos y un antro de vergonzosas perversidades.

En mi opinión, hemos de defendernos de estos “aguafiestas” para evitar que nos estropeen el día y nos amarguen la existencia. Sin caer en ingenuos optimismos, hemos de buscar la fórmula eficaz para impedir que esta desolación pesimista nos contagie y tiña toda nuestra existencia con los colores lúgubres de sus lamentos pero, además, hemos de encontrar un acicate en el que agarrarnos y una clave que nos ayude a interpretar los signos de esperanza que lucen en medio de ese oscuro paisaje. 

Si las sombras y los nubarrones pueden servir para resaltar las luces y para aprovechar mejor los días soleados, la profundización en el dolor y en la miseria del mundo nos puede ayudar para que descubramos el germen vital que late en el fondo de la existencia humana. 

Si pretendemos evitar el desánimo, hemos de evaluar los otros datos positivos que compensan los malos tragos. Apoyándonos, por ejemplo, en la convicción de la dignidad y de la libertad del ser humano, en nuestra capacidad para mejorar las situaciones y para aprender, sobre todo de los errores, podemos alentar esperanzas y elaborar proyectos de progreso permanente de cada uno de nosotros y de la sociedad a la que pertenecemos.

Reconociendo el declive que el individualismo contemporáneo ha introducido en las relaciones humanas, esta "ansiedad de perfección" nos permitirá compartir el sentido positivo de la vida, generar unos vínculos más estrechos entre los hombres y recuperar el diálogo con los demás y el reconocimiento del mundo que nos rodea. Sólo así mantendremos la posibilidad del amor y los gestos supremos de la vida. 

Si pretendemos que nuestras vidas no sean escenas sueltas –“hojas tenues, inciertas y livianas, arrastradas por el furioso y sin sentido viento del tiempo”–, hemos de buscar ese vínculo, ese hilo conductor, que las rehilvane y que proporcione unidad, armonía y sentido a nuestros deseos y a nuestros temores, a nuestras luchas y a nuestras derrotas.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ

viernes, 30 de octubre de 2020

  • 30.10.20
“La media naranja”, esa imagen metafórica tan tópica que muchos usamos para referirnos al cónyuge, constituye, en mi opinión, un error de interpretación y, lo que es más grave, una concepción de la pareja seriamente peligrosa. Aunque es cierto que algunas mujeres y muchos hombres buscan y encuentran un consorte que complete sus carencias, compense sus deficiencias, corrija sus defectos y solucione sus problemas; aunque es frecuente que se explique la unión matrimonial como una fórmula para nivelar los desequilibrios psicológicos, culturales y hasta económicos, también es verdad que la experiencia nos demuestra que esta receta compensatoria aboca, en muchas ocasiones, a la frustración personal y al fracaso familiar.


No pongo en duda que el ser humano es esencialmente imperfecto, indigente, incompleto, defectuoso y necesitado. Estoy de acuerdo en que, para “realizarnos”, para llegar a ser nosotros mismos, requerimos la ayuda de los demás, pero opino que esta colaboración, más que a remediar nuestras carencias o a aliviar nuestras dolencias, ha de contribuir a que cada uno despliegue todas sus facultades, supere por sí solo sus dificultades, alcance sus metas y logre su peculiar plenitud. 

Como suele repetir María del Carmen, “los seres humanos –cada ser humano– hombre o mujer, joven o anciano, soltero o casado, no somos seres mutilados, sino que somos o debemos llegar a ser unos proyectos completos y unas obras acabadas”. 

Cada uno de nosotros encierra en lo más profundo de sus entrañas un diseño propio y un plan diferente que, con la ayuda de todos los demás acompañantes y compañeros, ha de desarrollar y cumplir. El proyecto común de cualquier grupo de personas –sobre todo de las que integran la unidad familiar– vale sólo en la medida en la que sirve para facilitar que cada uno de sus miembros identifique y construya su modelo singular; para que viva su vida y para que logre su bienestar. Los cónyuges no somos medias naranjas, somos... naranjas enteras.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

viernes, 23 de octubre de 2020

  • 23.10.20
Es cierto que las plantas, los animales y los seres humanos experimentamos un esencial impulso para permanecer, para conservar lo que poseemos y para mantener lo que hemos logrado, pero también es verdad que los objetos que poseemos y los hábitos de comportamiento son expresiones del ansia de crecer, de cambiar y de progresar. 


Reconozcamos que los seres humanos poseemos una ilimitada capacidad para empezar algo nuevo y para configurar el mundo que nos rodea de acuerdo con esos modelos mentales que dibujamos con nuestras ideas y con nuestros deseos: tenemos una notable capacidad para renacer y para recomenzar.

Por eso suelo repetir que dejar de aprender es un síntoma preocupante de que estamos envejeciendo. Una de las diferencias que nos separan a los seres humanos de los demás vivientes es nuestra mayor capacidad y nuestra mayor necesidad de aprender. Una gaviota o un elefante, por ejemplo, a las pocas semanas de vida, ya han aprendido la mayoría de sus conocimientos y han desarrollado casi todas sus destrezas.

Los hombres y las mujeres, por el contrario, hemos de seguir aprendiendo a lo largo de toda nuestra vida. Aunque parezca exagerado, podemos afirmar que un recién nacido abandonado, no sólo no llegaría a ser hombre o mujer en el pleno sentido de estas palabras, sino que, a los pocos días, perecerían. Si es verdad esta afirmación en general y cuando la referimos a las tareas laborales, es aún más cierta cuando la aplicamos a las normas éticas y a las pautas sociales.

La generosidad o la solidaridad, la paz o la justicia, por ejemplo, no son el resultado espontáneo de algún automatismo biológico, sino el fruto posible de un difícil y lento aprendizaje. La democracia no se deduce de la razón ni de la historia, sino de un proyecto ilusionante y de una experiencia dolorosa. 

La solidaridad no es una aspiración innata, sino una solución a problemas reales. El progreso ético es lento y costoso; el tránsito, por ejemplo, de la guerra de todos contra todos a la consideración de los demás como fines en sí mismos más allá de la relación instrumental está durando milenios.

Lograr la autenticidad personal es más difícil que dejarse manipular: llegar a ser uno mismo y autogobernarse constituye una empresa ardua y, para muchos, imposible. Esquivamos comprometernos con nuestras propias vidas y nos cuesta reconocer los errores y aceptar las derrotas, por eso disfrazamos los errores y disimulamos las culpas. 

Podemos afirmar que las leyes naturales –como, por ejemplo, la del más fuerte– no son racionales ni humanas sino, a veces, antihumanas. Vivir humanamente es –no lo olvidemos– una disciplina complicada y, en muchos casos, una asignatura pendiente. Dejar de aprender es síntoma, más que de ser viejo, de estar envejecido.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

sábado, 17 de octubre de 2020

  • 17.10.20
En las últimas conversaciones sobre las consecuencias de la pandemia hemos llegado a tres conclusiones comunes. Estamos de acuerdo en que lo más doloroso han sido las muertes de esos seres queridos que, probablemente en otras condiciones, se habrían podido evitar. Hemos coincidido también en la gravedad de los efectos económicos, en especial los que padecen los padres y las madres de familias que han perdido sus trabajos. Y, en tercer lugar, opinamos que está siendo muy triste la soledad de los ancianos que, aislados en residencias o en sus domicilios, están desconectados de sus familiares y amigos.

En mi opinión, deberíamos seguir reflexionando sobre las importantes lecciones que nos enseñan estas situaciones amargas y dolorosas con el fin de que, en la medida de lo posible, evitemos que empeoren aún más las condiciones de la vida que aún nos quede. Sería lamentable que estas tristes experiencias no nos sirvieran, al menos, para distinguir las cuestiones verdaderamente importantes de aquellas otras que no son absolutamente decisivas para sobrevivir y para vivir de una manera digna y humana.

Esta crisis nos debería ayudar para que recobremos la lucidez y para que valoremos la importancia de las tareas realmente imprescindibles como, por ejemplo, la medicina, la enfermería e, incluso, esos otros oficios que, aunque están escasamente reconocidos y mal pagados, adquieren una importancia realmente vital. Fijemos nuestra atención, por ejemplo, en los investigadores científicos, en los cuidadores de las personas mayores, en los que limpian nuestras calles y en los que recogen nuestras basuras.

No es el momento de hacer demagogia pero cuando nos enteramos de las cifras astronómicas que perciben algunos deportistas, estrellas de cine o de televisión, y jefes de empresas de telecomunicación, por ejemplo, nos resulta difícil reprimir sentimientos de indignación y de vergüenza por este modelo de sociedad. Opino que, al menos, deberíamos reflexionar con el fin de mejorar estos desequilibrios tan injustos y trabajar para acercarnos a un mundo más equitativo, solidario, seguro y sostenible.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

sábado, 10 de octubre de 2020

  • 10.10.20
En la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado que hemos celebrado hace unos días nos han explicado la importancia de poner rostro a esas personas con el fin de rescatarlas de las listas de cifras anónimas, sensibilizarnos ante sus graves problemas humanos y ayudarles a asegurar sus derechos de acuerdo con su dignidad humana. El Papa Francisco nos recuerda que los migrantes no son números sino personas que debemos conocer, comprender y amar. Sus sufrimientos no son problemas abstractos sino dramas que generan muertes.


En mi opinión, en esta situación de crisis sanitaria, laboral, económica, social, cultural y educativa, los migrantes pueden enseñarnos algunas lecciones como, por ejemplo, las maneras de luchar para, al menos, sobrevivir. Muchos de ellos constituyen claros modelos de esa pelea que nos serviría para mantenernos a flote en el tsunami que golpea esta tierra firme en la que estábamos cómodamente asentados. 

Estoy convencido de que ellos, por haber tenido que superar mayores dificultades, nos pueden dictar importantes lecciones prácticas con las que extraer, desde el fondo de nuestras experiencias personales, algunas habilidades para superar las situaciones difíciles que se vislumbran en el horizonte. 
 
Además de mostrarnos los procedimientos prácticos para evitar la depresión, es posible que algunos de ellos nos proporcionen unas formas de imaginar nuevos proyectos de vida y de resistir con fortaleza los momentos más difíciles. 

Nos vendría bien que, además de ayudarles, los escucháramos con atención y aprendiéramos de ellos a enfrentarnos con el nuevo mundo que se vislumbra. Además de evitar el paternalismo, podríamos fijarnos en sus maneras de resolver los problemas de cada día y sus habilidades para estimular la inteligencia práctica y la imaginación creadora. 

Al menos aprenderíamos de ellos a descubrir el potencial latente que está encerrado en nuestro interior para combatir el desánimo y para tener el coraje de no amedrentarnos cuando el horizonte se oscurece y cunde el miedo de que el barco se nos hunde.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ

sábado, 3 de octubre de 2020

  • 3.10.20
Tras comentar el último artículo sobre la imprescindible necesidad de aprender a escuchar para establecer una buena comunicación, Agustín nos propone que conversemos sobre el difícil e importante arte de la “conversación”. Nos recuerda que aprendemos a hablar de manera natural en nuestros hogares. Después –nos dice–, en los diferentes niveles de la enseñanza, mejoramos la pronunciación y la gramática, enriquecemos el vocabulario y la escritura. Pero, sin embargo, “no le damos importancia ni dedicamos tiempo a aprender a conversar”.



Aunque al principio nos sorprende su propuesta, pronto coincidimos en que conocemos a personas que hablan en público de manera brillante y escriben apasionantes novelas, pero son unos aburridísimos conversadores.

En mi opinión, una de las razones de esta “incompetencia” para conversar reside en la dificultad que tienen algunos profesionales –profesores, médicos, políticos, sacerdotes o abogados–, para escuchar atentamente a los demás. No han aprendido que la conversación es un encuentro en el que damos y recibimos, escuchamos y hablamos.

Para que sea una verdadera conversación es imprescindible que intercambiemos experiencias en un plano de igualdad y situados todos en el mismo nivel. Es imposible conversar con quien está encaramado encima de una tarima, de una cátedra o de un púlpito.

Antonio nos explica que conversar no consiste, como algunos afirman, en emitir y en recibir informaciones, sino en intercambiar experiencias sobre diferentes maneras de percibir y de vivir unos hechos compartidos. Es ahí donde reside la importancia de la conversación como senda para conocernos a nosotros mismos y como ocasión para contrastar nuestra visión de la realidad con las personas próximas, en un clima de cordialidad.

Para conversar necesitamos, efectivamente, activar todos los sentidos porque, para comprender el significado de las palabras de nuestros interlocutores necesitamos no sólo escucharlos sino también ver los movimientos de sus brazos y de sus manos y, sobre todo, advertir las expresiones de sus caras, de sus ojos y de sus labios.

Me atrevo a decir algo más: es imprescindible “escuchar” pero también, en cierta medida, ver, oír, oler, gustar y tocar porque nuestras palabras no cumplen plenamente su función hasta que logramos captar las resonancias que han producido en la persona con las que conversamos. Por eso los especialistas coinciden en que, en los mensajes por teléfono, WhatsApp o chats, perdemos una elevada cantidad de matices que son necesarios para establecer una verdadera conversación.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

sábado, 26 de septiembre de 2020

  • 26.9.20
¿Son buenos comunicadores nuestros políticos? A las repetidas preguntas de varios lectores sobre las destrezas comunicativas de los “profesionales de las palabras” me limito a exponer mis dudas y algunas ideas elementales apoyadas en consideraciones de la psicología popular.



Estoy convencido de que, a lo largo de toda la historia, pero sobre todo en estos momentos, la mayoría de los políticos padece una alarmante sordera emocional, una incapacidad casi total para escuchar los sentimientos, las preocupaciones y los problemas de los ciudadanos.

Son muchos los que aún no se han enterado de que, para comunicarse, es imprescindible, como ocurre con la radio, conectar con la onda de los oyentes, y esto quiere decir que es necesario sintonizar con sus sentimientos, con sus aspiraciones y con sus temores. Todavía no han comprendido que para interesar a los oyentes o a los lectores, aún más importante que conocer sus maneras de pensar, han de “con-sentir” con sus formas de sentir.

Para comunicarnos es imprescindible, en primer lugar, entender al otro y comprender su estado de ánimo, y, en segundo lugar, compartir un clima de comprensión mutua, esa “empatía” que consiste en participar en su manera de entender y de vivir la vida. Esta participación es imposible cuando se observan los problemas de los ciudadanos desde una extremada distancia física, económica y social.

Fíjense lo claras que resultan las palabras de Goethe que el profesor Alfred Sonnenfeld cita en su libro Armonía: “Tras la pregunta del aprendiz Wagner acerca de cómo comunicarse con los demás, Fausto responde: «si no lo sentís de verdad, no lo lograréis… Os lo aseguro: si no os sale del corazón, no habrá sintonía de corazones […]. No basta con dominar la técnica de la comunicación. Haz saltar una llama de tu montón de cenizas… No seáis un bufón cascabelero»” (p. 11).

Los políticos informan, pregonan, acusan, se defienden, protestan, se indignan y hacen propaganda pero lo que se dice comunicar, rara vez lo hacen. ¿Por qué? Quizás porque padecen una sordera emocional.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

sábado, 19 de septiembre de 2020

  • 19.9.20
Opino –querido Luis– que sería saludable para todos –para ti y para mí– aprovechar las restricciones impuestas por el imparable desbordamiento del coronavirus. Estaría bien que, por ejemplo, revisáramos las maneras de divertirnos con nuestros familiares, compañeros y amigos. Es normal que deseemos –a veces son ansiedad– expresar nuestra alegría de manera libre y espontánea.



La dura lucha que libramos diariamente para sobrevivir nos exige descanso, diversión y juerga. Es cierto, además, que las fiestas son las formas características de nuestra cultura y las expresiones directas de nuestra identidad, pero es necesario que, en determinados momentos, seamos capaces de usar el freno con el fin de que el “desenfreno” no nos conduzca a la pérdida del bienestar personal, familiar, profesional y social. A veces no caemos en la cuenta de que la destreza en el manejo de los frenos es uno de los atributos de los seres humanos y uno de los rasgos que nos diferencian de los demás animales.

Los deseos tan vehementes y las apetencias tan extendidas de disfrutar tienen que ver, quizás, con la necesidad de apagar el temor que en estos momentos nos invade de la proximidad de un final inevitable. Es posible que busquemos, de manera inconsciente, que se desvanezca la certeza de nuestra desaparición física y que tratemos de evitar que tan rápidamente se imponga el olvido.

Por eso, quizás empujados por la fuerza deslumbrante de los medios de comunicación, aspiramos a participar en los espectáculos glamurosos, en las concentraciones, en botellones, en fiestas en discotecas y en reuniones familiares y de amigos.

Deberíamos tener en cuenta, sin embargo, que los datos publicados confirman que más de la mitad de los brotes registrados en las últimas semanas están relacionados con fiestas en 'lugares de ocio nocturno', en discotecas, en reuniones familiares o en espacios improvisados que constituyen unos caldos de cultivo ideales para favorecer el contagio del dichoso virus.

Esta urgencia de diversión explica el disgusto que muchos muestran por la supresión de fiestas populares –espacios de alegría– y de espectáculos competitivos –augurios de "victoria"–, que, en esta situación pueden conducirnos a la enfermedad, a la muerte y, por lo tanto, al fracaso.

A todos –a la familia, a la sociedad y a los medios de comunicación– nos compete la obligación de poner los remedios eficaces para crear un clima de convivencia, un ambiente de alegría e, incluso, una atmósfera de fiesta pero cumpliendo con respeto y con exactitud las normas –los frenos– dictadas por las autoridades competentes de acuerdo con las pautas trazadas por los profesionales de la salud.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

sábado, 12 de septiembre de 2020

  • 12.9.20
En esta ocasión todos los contertulios hemos estado de acuerdo en que la reacción más generalizada tras la “dichosa pandemia” ha sido la perplejidad. La invasión mundial del tsunami del coronavirus nos ha desconcertado, asustado y aturdido. En opinión de Carmen, este golpe está derribando, de manera implacable, unos modelos individuales y colectivos de vida que creíamos seguros, estables e infalibles. El impacto está siendo tan profundo –afirma– que hasta nos resulta difícil formularnos preguntas sobre lo que nos está ocurriendo y, por lo tanto, responderlas de manera coherente.



He aprovechado la oportunidad para comentar el libro titulado Vivir en lo esencial. Ideas y preguntas después de la pandemia, escrito por el prestigioso filósofo y teólogo Francesc Torralba (Barcelona, Plataforma Editorial, 2020). Su acierto radica en la habilidad con la que el autor señala los síntomas, en la profundidad con la que formula sus diagnósticos y, sobre todo, en la claridad con la que nos proporciona unas razonables orientaciones para que afrontemos sus previsibles efectos.

Partiendo de la constatación de las consecuencias que él vislumbra en el horizonte, y de la observación de los sufrimientos que están causando en muchas familias, llega a la conclusión de que se avecina una verdadera “catástrofe”, pero reconoce que esta crisis nos está permitiendo redescubrir importantes valores como el cuidado, la escucha, la gratitud, la humildad, la solidaridad, la paciencia, la perseverancia frente al mal, la cooperación intergeneracional, la generosidad y la entrega, unos bienes que, en la práctica, no ocupaban lugares relevantes en nuestra sociedad.

¿Cambiará nuestra vida esta crisis? El profesor Torralba advierte que la incertidumbre del futuro social, económico, laboral, educativo, cultural, sanitario y espiritual es patente. Tras sus agudos análisis llega a la conclusión de que los cambios serán inevitables.

Nos propone que repensemos nuestra actual manera de vivir, de relacionarnos, de producir y de consumir y, además, nos invita a que imaginemos un futuro distinto, a que soñemos otro mundo posible para nosotros y para las generaciones venideras.

Describe con detalle cómo los diferentes entramados sociales están cambiando porque ya somos conscientes de que, por ejemplo, se “volatilizan” los empleos, las empresas, las organizaciones, las celebraciones, las competiciones y los espectáculos. Efectivamente, por muy poco reflexivos que seamos, ya sabemos que todos somos interdependientes, frágiles y vulnerables.

En la segunda parte identifica las diferentes respuestas emocionales que esta crisis ha generado: sorpresa, desconcierto, rebelión, resignación y, finalmente, aceptación: no hemos tenido más remedio que “aceptar la realidad y asumirla con todas sus consecuencias”. Es posible que hayamos aprendido a mirar con atención –a “contemplar”– a los que se cruzan en nuestras vidas, a ver lo mismo pero de otra manera.

Oportunas son, a mi juicio, sus detalladas explicaciones de los valores de los rituales como lenguajes corporales que expresan de manera directa nuestros mejores sentimientos y como medios provechosos para evocar emociones colectivas, valores compartidos y creencias arraigadas.

Muy oportunos son sus análisis de los cambios de valoración de otros valores como, por ejemplo, la importancia de la tarea de cuidar. De manera contundente afirma que “tenemos que articular liderazgos fundados en el cuidado, y políticas públicas centradas en el cuidado de los ciudadanos, en especial, de los más frágiles.

De imprescindible lectura son, sin duda alguna, las “siete cartas para el día después” dirigidas respectivamente a las madres, a las maestras, a los profesionales de la salud, a los políticos, a los profesionales del mundo social, a las personas mayores y a los jóvenes.

Todas sus propuestas están fundamentadas, orientadas y alentadas por una honda esperanza. Es posible que, tras la atenta lectura de este oportuno libro, lleguemos a la conclusión de que, como indica el título, a partir de ahora nos sentiremos obligados a Vivir en lo esencial.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

sábado, 5 de septiembre de 2020

  • 5.9.20
Por supuesto –querida María del Carmen y querido Pepe– por culpa de esta dichosa pandemia, echo de menos los besos. Fijaos cómo, desde aquel beso que dimos a nuestra madre tras el primer sorbo de leche nutricia no hemos parado de besar para expresar, de manera directa, los sentimientos más nobles y los mensajes más inefables.



Y es que el beso es, sin duda alguna, el lenguaje corporal más primitivo, el más universal y el más expresivo. Se ha practicado de forma habitual en todas las civilizaciones y, de maneras diferentes, lo empleamos en todas las épocas de nuestra vida. Besamos la mejilla para saludarnos, la mano en señal de respeto, la frente como manifestación de ternura, los pies como demostración de pleitesía y los labios para transmitir la entrega apasionada.

Sí –en mi opinión– el beso es un lenguaje dotado de singular vigor expresivo y comunicativo. Posee mayor fuerza que los demás gestos y, a veces, que las palabras. Recordemos que la prosa nació del verso; el verso del canto y el canto del grito.

Pero, como dicen los darwinistas, el grito partió de aquel gruñido mediante con el que algunos simios trataban de imitar los sonidos de la naturaleza: el gorgoteo del agua, el silbido del viento, el chasquido de los cuerpos o el fragor de las fieras.

Cada uno de aquellos gruñidos se ha transformado en palabras dulces o profundas, de igual forma que algunos de los salvajes mordiscos del primer hombre han terminado siendo delicados besos. Esta interpretación, sin embargo, solo es válida si aceptamos que la evolución fue posible cuando este gesto instintivo se llenó de significados emocionales, cuando sirvió para transmitir sentimientos nobles de respeto, de admiración y, sobre todo, de cariño.

Aunque la voz humana, enriquecida con matices y adaptada a las variaciones de los sueños, de las imágenes, de los deseos y de los temores, es el vehículo privilegiado de la comunicación, tengo la impresión de que el lenguaje más directo sigue siendo el del beso.

Fijaos cómo esos besos ritualizados que, aunque entre nosotros poseen unos valores simbólicos, siguen conservando unas resonancias afectivas y psicobiológicas asociadas a la intimidad, al placer del contacto, a las fantasías inconscientes y al valor social que les otorgan las diferentes sociedades.

Se ha usado desde tiempo inmemorial como gesto amable de bienvenida y de despedida, o como signo de lealtad entre los líderes políticos, como sello de paz entre contendientes, como muestra de devoción a imágenes, estampas u objetos sagrados.

Ya sé que algunos besos rutinarios, fríos y vacíos carecen de sentido, pero me preocupan más aquellos otros besos que, carentes de generosidad y de respeto, regresan a su origen animal y son expresiones desenfrenadas de feroz egoísmo, esos que sólo manifiestan unos sentimientos primarios de animales hambrientos o asustados.

Me acuerdo, por ejemplo, de los besos de la Mafia que, además de reconocimiento pueden significar la muerte, pienso también en el traicionero beso que Judas dio a Jesús de Nazaret, o en los besos de Satán que conducen a la condenación. Efectivamente, algunos besos son asesinos, chantajistas y estafadores. Hoy me despido de todos ustedes dándoles un respetuoso ósculo de amistad y de paz.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

sábado, 29 de agosto de 2020

  • 29.8.20
La dignidad humana guarda una relación directa con la generosidad, con la sencillez y, a veces, con la pobreza. “La dignidad del puesto que ocupo me impide que atienda directamente el teléfono”. Esta fue la respuesta que me dio la semana pasada un alto cargo político al que, aturdido por aquel timbre impertinente, me atreví a sugerirle que lo descolgara.



Me acordé, en ese momento, de aquel obispo preconciliar que, sentado solemnemente en su sillón, dejó que unos cerrajeros desmontaran la puerta de su despacho porque su secretario particular no estaba allí para abrirla: “¡Cómo Nos –exclamaba– vamos a ejecutar estas funciones”.

Ahora mismo un amigo me acaba de decir: “Yo, por dignidad, no permito que mi mujer baje la bolsa de la basura al contenedor de la esquina”. Y un colega defiende que “para dignificar su asignatura no tiene más remedio que suspender a la mayoría de los alumnos”.

La dignidad es un concepto ambiguo. No depende de las insignias que lucimos en las chaquetas o de los títulos que coleccionamos en las vitrinas. No aumenta a medida en que crecen las riquezas, el poder o la ciencia. No confundamos la grandeza con la magnitud; la nobleza con el señoritismo; la importancia con la vanagloria; el valor con el precio; el prestigio con la popularidad y la calidad con la cantidad.

La dignidad no estriba en las insignes prebendas o en los cargos honoríficos, ni el brillo de las apariencias coincide con la sustancia de la realidad, ni el ruido de la publicidad con las nueces de los hechos: no son oro puro todas las baratijas que relucen en las solapas.

La dignidad nada tiene en común con la jactancia, con la presunción o con la arrogancia, sino que se encuentra, justamente, en su cara opuesta. La dignidad humana guarda una relación directa con la integridad, con la generosidad, con la sencillez, con la naturalidad y, a veces, con la pobreza; depende más de la manera de trabajar que del puesto que ocupamos. Si es cierto que las peanas altas empequeñecen las figuras, también es verdad que, cuanto más bajitos somos, más nos encantan las tarimas, los púlpitos y los escenarios.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

sábado, 22 de agosto de 2020

  • 22.8.20
Estoy convencido de que, por muchos años que vayamos cumpliendo, nunca es tarde para disfrutar de la infancia, ese baúl en el que guardamos los tesoros de los deseos y de las ganas de vivir. ¿Recuerdas –querido amigo José Tomás– aquella época infantil en la que, desvalidos, no teníamos inconvenientes para pedir y para aceptar ayudas?



Cuando, quizás con un tono despectivo, algunos amigos dicen que los ancianos somos “unos niños pequeños”, a poco que lo pienso llego a la conclusión de que tienen más razón de lo que ellos imaginan. Por eso, deberíamos recuperar algunas de aquellas pautas de comportamiento que, grabadas en nuestras conciencias –en nuestras neuronas– facilitan las actividades y hacen más grata la convivencia con los familiares y con los amigos.

Tras observar detenidamente algunas de las reacciones de compañeros y de amigos de diferentes profesiones y de diversos estatus sociales, he llegado a la conclusión de que los mayores requieren un trato peculiar, diferente al que les dispensábamos cuando se encontraban en plenitud de facultades físicas y mentales, y algo parecido al que damos a los niños o los adolescentes.

Si les prestamos atención, podemos aprender de ellos lecciones importantes. Me he fijado, por ejemplo, en los que, en el atardecer de las vidas, tanto los que han descendido de las confortables poltronas y se han despojado de ornamentos, de capisayos, de insignias y de galones, como quienes son personas sencillas, solo conocidas y apreciadas en los ámbitos familiares –esos hombres y mujeres que no han sido beatificados en procesos canónicos ni santificados oficialmente por las curias políticas, periodísticas o académicas– nos transmiten unos valores importantes –los realmente importantes– que pueden orientar nuestros comportamientos y, quizás, curarnos de esas suficiencias y tonterías que caracterizan a las personas “importantes”.

Estoy convencido de que a todos nos resulta saludable y gratificante sacar a la luz esas virtudes sencillas que dotan de consistencia y proporcionan solidez a las vidas normales de los seres mayores que conviven con nosotros y que ya están alejadas de las convenciones sociales más o menos arbitrarias.

Es ahora cuando podemos descubrir la verdad que llevan dentro, esas cualidades escondidas que definen su talante más que su talento, su ética más que su estética, su bondad más que su santidad, su sencillez más que su grandeza, su sobriedad más que su exuberancia, sus silencios más que su elocuencia y su discreción más que su pedantería.

¿Por qué los he comparado con la infancia? Porque tengo la impresión, de que, en gran medida, los rasgos principales de los mayores coinciden con los de los menores como, por ejemplo, la menor necesidad de alimentos, la torpeza al andar, la identificación de la realidad y lo imaginario y, sobre todo, la disminución del nivel egocéntrico, el aumento de la vulnerabilidad y la importancia del tacto, sí, el tacto sensorial y, sobre todo, el tacto sentimental.

Para lograr una ancianidad satisfactoria hemos de cuidar el organismo con el fin de prolongar su capacidad de movimiento y de aumentar la sensibilidad, esa facultad de disfrutar con los olores, con los sabores, con los sonidos, con las texturas, con las luces y con los colores, pero, sobre todo, hemos de cultivar nuestra mente y nuestra sensibilidad con el propósito de lograr que se desarrollen las destrezas de recordar y de olvidar, de esperar y de soñar, de hablar y de callar, de amar y de crear.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO


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