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PILYCRIM - BODEGAS NAVARRO

COLEGIO PROFESIONAL DE PERIODISTAS DE ANDALUCÍA

Mostrando entradas con la etiqueta La vida empieza hoy [José Antonio Hernández]. Mostrar todas las entradas
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viernes, 14 de mayo de 2021

  • 14.5.21
Hoy utilizo una imagen que le escuché en la reunión del Club de Letras al escritor José Manuel Cumplido Galván: “Para comprender el presente –nos dijo– nos vale la imagen de una cebolla, esa planta que está formada por varias capas”. Como también les ocurre a algunos árboles, muchas de las plantas aumentan de tamaño añadiendo nuevas capas.


Nosotros, las mujeres y los hombres, también crecemos añadiendo las capas que nos proporcionan los conocimientos y las experiencias que vamos acumulando desde las primeras sensaciones tras nuestro nacimiento.

Pero, si profundizamos un poco más, advertiremos que allí en esas capas conscientes o inconscientes están también depositados datos –recuerdos– de las vidas vividas por nuestros padres y por nuestros abuelos. Allí –en los genes– están grabadas las peripecias gratas o dolorosas de sucesivas experiencias, de vidas que, quizás, hayamos olvidado.

Allí, como es sabido, está la herencia más importante que hemos recibido. Allí está escrito el trayecto de la dilatada historia recorrida por nuestros antepasados y por la breve trayectoria de nuestra propia biografía.

Pero, por el otro lado, también forma parte de nuestras vidas presente el panorama abierto de un futuro renovador, de los deseos, de los proyectos y de los planes que orientan nuestros esfuerzos diarios hacia nuevos horizontes y que nos descubren unas metas cada vez más altas. El recuerdo nos hacer renacer solo cuando nos genera unos propósitos transformadores.

A veces no somos conscientes de que también nuestras vidas, con sus aciertos y con sus errores, son un legado que depositamos en el fondo de las futuras generaciones. Si prescindimos de uno de estos dos apoyos y nos quedamos sin memoria o sin proyectos, perderemos el equilibrio y el puente del presente se derrumbará irremisiblemente.

El porvenir de nosotros y de muchos otros depende, en gran medida, de lo que imaginemos y realicemos hoy. Y este hoy no lo vivimos plenamente si en él no integramos el futuro construido como ilusión, como meta y como proyecto.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

viernes, 7 de mayo de 2021

  • 7.5.21
La literatura es una manera de constatar el misterio de contradicción de nuestra existencia humana. En la paradoja hunden sus raíces las creaciones artísticas que, con diferentes denominaciones, se inspiran en el absurdo. Recuerdo cómo Thomas Mann, en La montaña mágica, afirma categóricamente “que la única manera sana y noble, la única manera sensata y religiosa de contemplar la muerte es considerarla y sentirla como parte integrante, como la sagrada condición sine qua non de la vida, y no separarla de ella mediante alguna entelequia, no verla como su antítesis y, menos aún, tratar de resistirse de manera antinatural, pues eso será justo lo contrario de lo sano, noble, sensato y religioso”.


Con estas palabras me limito a señalar brevemente las claves que justifican mi invitación para que lean, interpreten, valoren y disfruten con este relato de ficción que considero como una importante obra de literatura actual.

Con esta definición tan elemental resumo mi juicio sobre la original concepción de la novela en la que A. J. Mainé, mezclando hábilmente los recursos de los diferentes estilo literarios, crea una obra caracterizada por su intenso lirismo, por su hondo sentido humano y por su apasionado fervor por la palabra.

En esta novela penetra en el interior de sus sensaciones, de sus emociones y de sus pensamientos para dar rienda suelta a su sensibilidad, gracias a su dominio del lenguaje literario y, en especial, a su penetrante manera de mirar y de admirar para descubrirnos el alma de las cosas mediante su peculiar tratamiento de la metáfora, del paralelismo y, sobre todo, de la paradoja.

¿Dónde reside la clave de los valores literarios de este relato apasionado y delirante? En mi opinión, en tres rasgos fuertemente marcados: en primer lugar, en la intensidad y en el entusiasmo con los que el narrador y protagonista vive los sucesos cotidianos; en segundo lugar, en la riqueza y en la precisión léxicas de la prosa, y, en tercer lugar, en el generoso interés que nos despierta al hacernos partícipes de unas experiencias que, a pesar de ser insólitas, son verosímiles.

En esta novela A. J. Mainé nos muestra el profundo y el respetuoso amor que él siente por las palabras. Como ya puso de manifiesto en sus anteriores obras, las estudia con esmero, las analiza con rigor y las emplea con cariño.

Él parte del supuesto de que el dominio del arte de la escritura supone afición y oficio, y no duda en dedicar pacientemente sus tiempos y sus esfuerzos a pulir sus textos para alcanzar esa difícil sencillez que –como ocurre con los frutos más jugosos– son los resultados de un dilatado proceso de madurez.

No es extraño, por lo tanto, que en esta obra incluya una reflexión sobre la eficacia comunicativa e, incluso, “sobre la importancia de la cortesía verbal como principio regulador de la distancia entre los seres humanos cuando se comunican”.

Los episodios aquí narrados nos provocan una primera impresión de desconcierto por el choque que se establece entre los sentimientos vitales y, al mismo tiempo, mortíferos del protagonista, entre el silencio y la palabra, entre el amor y el odio, entre la luz y la oscuridad, entre la verdad y el engaño, entre la fortaleza y la debilidad, pero tengamos en cuenta que la vida humana es esencialmente paradójica porque se define por la muerte y la muerte tiene sentido por la vida.

Reconozcamos que la experiencia vital es inseparable de la idea de la muerte y que los episodios que nos provocan deseos en última instancia siempre están relacionados con la oposición entre la vida y la muerte.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

viernes, 30 de abril de 2021

  • 30.4.21
Fíjate –querida amiga, querido amigo– cómo las madres viven las cosas sencillas y cómo disfrutan con los sucesos ordinarios: cómo se ponen contentas con el resplandor de la ropa “escamondá”, con el olor de un buen puchero, con el sabor del pan, y cómo paladean, digieren y asimilan la vida de cada día.


Las madres –la tuya y la mía– conciben y viven sus vidas como unos irrenunciables compromisos a vivir sus propias vidas llenando de vida otras vidas: la tuya y la mía. Fíjate, por favor, en lo que hacen y, sobre todo, en la manera de hacerlo.

Pon atención en la forma modesta y vital con la que desarrollan todas sus actividades, en sus formas tan sencillamente humanas de dotar de sentido a los tiempos y a los espacios –a los tiempos cortos y a los espacios reducidos–.

Fíjate en la modestia y en la sabiduría con las que conciben y realizan sus actividades como irrenunciables compromisos a vivir la vida. Cada problema constituye una ocasión para proporcionarnos un bienestar momentáneo y una felicidad compartida.

Fíjate cómo viven cada momento -los suyos y los nuestros- con profundidad y con intensidad. Cómo saborean los placeres pequeños, los disfrutan y hacen que los disfrutemos nosotros. Fíjate en la habilidad que poseen para acompañarnos, para escucharnos, para comprendernos y para querernos: para construir el hogar y para generar una confortable atmósfera de convivencia.

El espíritu de las madres -de la tuya y de la mía- permanece permanentemente sin disolverse, flotando en suspensión en este ambiente, en esta tierra en la que habitamos y en el fondo íntimo de nuestras conciencias. Hoy, inevitablemente, es un día para, al menos, experimentemos sus presencias y para darles las gracias. Gracias, mamá.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

martes, 27 de abril de 2021

  • 27.4.21
El Día Internacional del Libro –una “fiesta” destinada a fomentar la lectura y a homenajear a los autores, a las editoriales y a las librerías– nos ofrece cada 23 de abril una oportunidad para que nos animemos a descubrir la importancia y el placer de la lectura, y para que valoremos las contribuciones de quienes, con sus relatos, con sus versos, con sus ideas y con sus palabras, han impulsado y siguen impulsando el crecimiento personal, el progreso cultural, el deleite estético y el bienestar social de la humanidad.


La lectura nos sirve para tender puentes, romper muros, sembrar semillas del mutuo entendimiento. Nos ayuda a entender y a conectar con personas diferentes y a vivir, con el pensamiento, con la imaginación y con las emociones, nuevas experiencias: nos alarga y nos ensancha nuestra existencia.

Nos puede servir también para que actualicemos unos valores tan necesarios hoy como el respeto a los derechos humanos, el buen trato a los animales, el fomento de la paz, la disminución de la violencia y, en resumen, el fortalecimiento de unos principios morales que orienten nuestra capacidad para analizar, para criticar y para mejorar la vida actual.

Puede hacernos más conscientes de la vida y, también, para evitar que nos anestesiemos ante el dolor ajeno. Los libros nos ofrecen oportunidades para ponernos en el lugar de los otros, de los que han vivido en otros tiempos o en otros lugares, para entender las vidas, los sentimientos, las creencias, los pensamientos, los deseos y los temores de las personas con las que convivimos.

Nos orientan y nos estimulan para que mejoremos nuestros lenguajes y para que expresemos nuestra peculiar manera de entender la vida y para interpretar cómo la entienden otros, esos seres desconocidos que, quizás están a nuestro lado o viven en mundos alejados.

Leer no es solo deletrear letras sino, también, profundizar en los sucesos, adentrarnos en nosotros mismos y acercarnos a los otros; es escuchar y hablar; es ser otros sin dejar de ser uno mismo. Leer es realizar un viaje de ida y vuelta a lugares lejanos o a rincones recónditos, es regresar al ayer o adelantarnos al mañana.

Los libros son ventanas y balcones abiertos a la inmensidad, al infinito y al misterio. La lectura nos educa el gusto, nos intensifica el paladar –los sentidos y las emociones– para saborear los placeres estéticos de la luz, de la oscuridad, del calor, del frío, de la soledad y de la amistad, del miedo, de la esperanza o del amor; ensancha nuestra capacidad de sentir, de evocar, de pensar y de soñar.

Para paladear esos jugos deliciosos que nos alivian, nos animan, nos vivifican, nos tonifican y nos divierten. Nos invita a que volvamos a caminar, a pasear y a viajar para que descubramos mundos insospechados. Nos dibuja sendas por las que penetrar en el fondo secreto de las realidades humanas, claves para interpretar el sentido profundo de los episodios y, en resumen, para vivir de una manera más plena.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

viernes, 23 de abril de 2021

  • 23.4.21
Tras mi denuncia clara de la violencia generada por la entrada en prisión por condena de Pablo Hasél, debida, según los jueces, al enaltecimiento del terrorismo, expreso mi reflexión sobre la necesidad, la obligación y la urgencia de indagar el origen complejo y las causas múltiples de esas reacciones tan agresivas. Estoy convencido de que la simplificación de los problemas impide su solución.


Pienso que estos desórdenes ponen de manifiesto también el malestar de fondo y el hartazgo de una considerable parte de la juventud por los problemas serios y complejos que tienen planteados quienes, a pesar de la preparación profesional, no pueden acceder al mercado laboral o sólo logran unos trabajos muy precarios.

Algunos carecen incluso de perspectivas para marcharse del hogar familiar. Por eso algunos explican que la detención de Hasél fue solo una excusa más para expresar su malestar acumulado durante demasiado tiempo y su impotencia para encontrar una salida a una situaciones dramáticas.

Tengamos en cuenta, además, que estos episodios ocurren en medio de una nube de corrupción de los poderosos, de promesas incumplidas, de enfrentamientos en el Parlamento y de agresividad en los medios de comunicación. No podemos perder de vista la atmósfera tan contagiada de crispación mediática, de individualismo feroz, de desigualdades crecientes y de conformismo complaciente entre los que, precisamente, aprovechan estas crisis para lograr pingües beneficios.

Los problemas son múltiples, difíciles de solucionar y, sobre todo, graves para quienes los sufren. Por eso es indispensable y urgente que todos, en especial los que detectan poderes políticos, financieros, sociales y mediáticos, se reúnan y busquen soluciones.

De lo contrario, todos saldremos perdiendo. Recordemos aquel principio clásico que, después explicó Leibniz: “nada ocurre sin las razones suficientes”. Pero, en mi opinión, hemos de separar la explicación del origen de los hechos y su justificación ética e incluso política de los comportamientos.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

viernes, 16 de abril de 2021

  • 16.4.21
La situación de extrema necesidad en la que he encontrado a una persona amiga durmiendo en un banco de los jardines del Parque, hace que me sienta conmocionado y obligado a pensar seriamente y a escribir sin rodeos sobre los graves e injustos problemas psíquicos, personales, familiares, sociales y religiosos que sufren los transexuales.


Transcribo algunas de las palabras que pronuncié en la presentación del último de sus libros: “Sabes muy bien que esos ratos compartidos en nuestro Club de Letras constituyen estimulantes bocanadas de aire saludable que purifican nuestro espíritu y nos ayudan para que, repensando nuestras vidas, reflexionemos sobre las cosas importantes, esas que nos hacen sentir y emocionarnos, disfrutar y sufrir, llorar y reír.

Te agradezco la habilidad y la delicadeza con la que nos has enseñado a los demás miembros del Club de Letras a humanizar nuestras relaciones, a defendernos de los ataques de la vulgaridad de la sociedad, de la brutalidad de los poderosos y de la crueldad institucional
”.

No hay derecho a que, debido a unas convicciones convencionales, a unos prejuicios culturales y a unas pautas de comportamientos tradicionales, sigamos sin reconocer la realidad ni, mucho menos, que permanezcamos consintiendo la dolorosa situación de quienes son diferentes e, incluso, que nos empeñemos en hacerlos cambiar.

Me ha contado que desde la infancia toda su familia conocía su identidad pero que la única que trataba de comprenderla era su madre. Incluso experimentó unos trastornos psicológicos serios debido a los esfuerzos baldíos que realizó por no aceptar su manera de pensar, de sentir y de ser.

Desde muy pronto se sintió fuera de lugar respirando una atmósfera asfixiante, experimentando el rechazo de los más próximos, de los miembros de la familia, de los compañeros y de los amigos. Siempre ha sido objeto de burlas y, a veces, víctima de violencia física.

Los médicos le diagnosticaron una enfermedad mental, aplicándole un tratamiento que aún hoy sigue observando porque, efectivamente –me confiesa– “el origen del trastorno que sufro no sé si se debe a mi identidad transgenérica, si es la consecuencia de mi propia incomprensión o el resultado del odio, del rechazo, de la violencia, de la discriminación de todos los que me rodean y, por lo tanto, del aislamiento en el que he vivido durante toda mi vida”.

Tras el fallecimiento de su madre, le ha invadido el deseo irreprimible de desaparecer y se siente en el fondo de un abismo de vergüenza, de desprecio y de deshonra por ser de una manera que ella no ha elegido y que no puede cambiar.

Al contemplarla en esta dolorosa situación, recobran valor las palabras de aquella presentación en la que expliqué mi convicción de que sus relatos habían nacido de su necesidad de expresarse y de su ansia honda de dibujar unos seres que, parecidos o diferentes, mostraran sus recónditas aspiraciones. Te aseguro que todos nosotros te respetamos y te queremos.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

viernes, 9 de abril de 2021

  • 9.4.21
Estoy convencido de que las situaciones límite que estamos viviendo desde hace ya un año pueden conducirnos, al menos, a que nos replanteemos algunos aspectos de la vida y a que nos decidamos a humanizar más nuestras vidas personales, familiares y sociales. Deseo que, a partir de ahora miremos con otros ojos a los crucificados de la historia, a los esclavos de todos los tiempos, a los pobres, oprimidos, marginados, inmigrantes y refugiados, a los ahogados en el Mediterráneo o en la travesía a Canarias, y a todos los que han muerto soñando y luchando por otro mundo más justo y humano


Espero que, tras derrotar a la pandemia, muchos de los que podamos contar sus efectos devastadores tendremos muy en cuenta algunas de las lecciones que hemos aprendido. Sin caer en ingenuos optimismos, buscaremos fórmulas eficaces para evitar que la desolación pesimista nos contagie y tiña toda nuestra existencia con los colores lúgubres de los que carecen de esperanza.

Lucharemos para encontrar acicates en los que agarrarnos y claves que nos ayuden a interpretar los signos de esperanza que lucen en medio de ese oscuro paisaje. Si las sombras y los nubarrones pueden servir para resaltar las luces y para aprovechar mejor los días soleados, la correcta interpretación estos dolores y de los errores que hemos cometido nos puede ayudar para que descubramos el germen vital que late en el fondo de nuestra existencia humana individual y colectiva.

Para hacer este pronóstico, no me apoyo en ideologías, en teorías filosóficas ni siquiera en consideraciones psicológicas sino, simplemente, en la observación de la Naturaleza. Los marineros saben que, tras la tempestad, llega la calma; los labradores conocen que al invierno le sigue la primavera y el verano; los psicólogos nos explican que la esperanza es la receta imprescindible para evitar la depresión, los fieles de las diferentes creencias se consuelan con la vida futura y los cristianos fundamentan sus vidas en su fe en la resurrección de Jesús de Nazaret.

Pero yo me conformo, querido Pepe, con recordarte esa frase que tanto te repite tu madre: “Siempre que has sufrido algún contratiempo, han surgido insospechados beneficios”. Estoy convencido de que las situaciones que estamos viviendo pueden conducirnos a un replanteamiento del sentido de la vida.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

viernes, 2 de abril de 2021

  • 2.4.21
La saeta, ese género de cante flamenco que se interpreta en nuestra Semana Santa andaluza, constituye una manifestación propia de nuestro arte popular religioso. Es un grito desgarrado que tiene resonancias árabes, judías y gregorianas y que deriva de la siguiriya y de las tonás gitanas. Expresa el sentir hondo de nuestro pueblo que rememora y vive la Pasión y la Muerte de Jesús de Nazaret y que acompaña el sentimiento de dolor de su madre María.


La “saeta” es una manera elemental de adentrarse en el misterio del dolor humano y una forma espontánea de asumir la muerte: es un modo de dolerse con el dolor de los otros y de penar con las penas de los demás.

La palabra “saeta”, más culta y más antigua que la palabra “flecha”, la usan autores tan importantes como el poeta medieval Gonzalo de Berceo, Juan Ruiz -el Arcipreste de Hita-, autor del Libro de Buen Amor, y Don Juan Manuel, autor del El conde Lucanor, es el dardo que hiere y que, destrozando el corazón, nos transporta los sentimientos del amor.

¿Dónde nació? ¿En el barrio de Triana de Sevilla, en el barrio de Santiago de Jerez o en el barrio de Santa María de Cádiz? Es igual: lo importante es que brota de la fuente original del alma en carne viva de un pueblo que, por haber sentido la amargura de la soledad, de la pena, del desprecio, del desamparo, del hambre, de la sed o de la pobreza, vive la grandeza de la misericordia, la alegría del perdón, el alivio de la fe, el consuelo de la esperanza y la fecundidad del amor.

La “saeta flamenca” es grito, clamor, llanto, gemido, queja, lamento, piropo, cante, culto, fervor y oración; es poesía y es música; es amor y es lástima; es arte y es pasión.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

viernes, 26 de marzo de 2021

  • 26.3.21
Nuestra Semana Santa –una manifestación popular en la que participan activamente ciudadanos de diferentes edades, de distintos niveles culturales e, incluso, de diversas convicciones ideológicas– es menospreciada por algunas élites políticas, sociales e, incluso, religiosas.


Algunos políticos la califican de mera superstición, ciertos agentes sociales la interpretan como simples expresiones folklóricas y no faltan sacerdotes que la valoran como elementales devociones locales alejadas de la liturgia y, a veces, como opuestas al espíritu de recogimiento que debe imperar en las celebraciones eclesiales.

En mi opinión, nuestra Semana Santa posee, al menos, dos valores humanos. En primer lugar, son portadores de valores humanos importantes en nuestra cultura decisivos para lograr la felicidad individual e imprescindibles en la conservación del bienestar familiar y social como, por ejemplo, la paciencia, la humildad, el perdón, la misericordia, la paz, el amor, la compasión, la esperanza, el silencio, la palabra, la caridad o la gracia.

En segundo lugar, son el resultado de la inspiración, del ingenio y de las habilidades de nuestros artistas y de las destrezas de nuestros artesanos. La amplia gama de la imaginería, de bordados, de ornamentos, de orfebrería –faroles, ciriales, candelabros, ánforas– o la sobriedad de las marchas fúnebres, la hondura de las saetas, la agudeza del toque de clarines e, incluso, el rotundo sonido de los tambores, las luces, los colores, los sonidos, las melodías, los ritmos y los silencios transmiten unas sensaciones que se asocian a los sentimientos y éstos conectan con los pensamientos que orientan y estimulan nuestros comportamientos: configuran diferentes modelos de vida y distintas concepciones del bienestar y de la felicidad. Es sabido que las sensaciones, las emociones y las ideas influyen en las actitudes y en las conductas personales y sociales.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

viernes, 19 de marzo de 2021

  • 19.3.21
¿Tiene sentido que, de vez en cuando, ayunemos? Tengamos en cuenta, en primer lugar, que los nutricionistas nos dicen que el ayuno voluntario y controlado nos puede servir para desintoxicar el organismo, para perder peso e, incluso, para mejorar el funcionamiento de la mente y para que, controlando nuestros gustos y nuestros disgustos, evitemos el insomnio.


Estoy convencido de que el ayuno vivido como experiencia de privación nos puede ayudar a comprender a los que cerca o lejos de nosotros carecen de los medios necesarios para la subsistencia. Sentir un poco de hambre, de vez en cuando, nos ayudaría a experimentar la inquietud de quienes carecen de medios para, simplemente, sobrevivir: para comprender el sufrimiento de quienes tienen hambre, para recordar que, en la actualidad esta lacra la sufren 800 millones de personas en todo el mundo, la gran mayoría niños, y para ser conscientes de que esa desigualdad es una amenaza grave porque hipoteca el futuro de naciones y de continentes enteros.

El ayuno podría servirnos para que no olvidemos que el hambre mata más que la pandemia, y que la pandemia agravará las condiciones de vida de buena parte del mundo.

En mi opinión, el ayuno carece de su sentido más importante si no está movido y si no tiene como fin estimular la solidaridad con los hambrientos, con los pobres y con los necesitados de nuestro entorno, de nuestra ciudad, de nuestro de nuestro país o del mundo entero.

El ayuno podría incluso convertirse en una frívola diversión si no nos estimula para que compartamos nuestros bienes con los que padecen una cruel e injusta hambruna. Ya sabemos que el hambre no es contagiosa, pero no olvidemos que mata, y mata mucho más que la covid-19, que el sida y que otras enfermedades.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

viernes, 12 de marzo de 2021

  • 12.3.21
Estoy de acuerdo en que, a veces, es necesario gritar, llorar o protestar para desahogarnos, para aliviarnos de la presión interior que nos provoca una injusticia flagrante, un reproche inmerecido o un trato vejatorio. Las agresiones, efectivamente, reclaman una compensación que reestablezca el equilibrio emocional.


Hemos de evitar, sin embargo, que nuestra reacción, en vez de curarnos el daño causado, agrave nuestro mal y nos despierte el virus mortífero, homicida y suicida del odio cuyo germen aletargado llevamos todos en los pliegues de nuestras entrañas.

Quizás sea inevitable sentir indignación, rabia, ira, cólera y hasta furia, pero el odio es otro impulso más grave y más peligroso: es un sentimiento permanente e intenso, que nos impulsa a aniquilar de la realidad y hasta del recuerdo a quien nos ha dañado. El odio es una relación con una persona a la que deseamos destruir.

En mi opinión, es posible que no tengamos claro que, frecuentemente, nuestra visión simplificadora vierte todo el mal sobre nuestros enemigos y consideramos que nosotros somos los buenos, los que estamos libres de culpa. En los deportes, en la política y en la religión es frecuente que definamos a los adversarios –a los otros, a los diferentes– como la encarnación del mal radical y que, por eso, los demonicemos y los pintemos como figuras monstruosas.

No advertimos que las raíces del mal y del odio están también ocultas en el interior de nuestros propios corazones. Poner todo el mal en un platillo –el de los enemigos– es librarse inútilmente de un peso que cada uno de nosotros debemos soportar.

En el libro que tengo entre las manos dice lo siguiente: “Aunque no hubiese más que un solo alemán decente, él solo merecería ser defendido frente a esa banda de bárbaros y, gracias a él, no habría derecho a verter odio sobre un pueblo entero. Esto no significa ser indulgentes ante determinadas tendencias, hay que tomar posiciones, indignarse por algunas cosas en determinados momentos, tratar de comprender; pero ese odio indiferenciado es lo peor que hay. Es una enfermedad del alma”.

Estas palabras cobran todo su valor cuando sabemos que fueron escritas por Etty Hillesum (1914-1943), una joven judía que, antes de morir en Auschwitz, contó sus dolorosas experiencias y sus profundas convicciones de que, incluso ante el supremo sufrimiento, hemos de alabar la vida y vivirla “con la plenitud de sentido que la vida requiere”.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

viernes, 5 de marzo de 2021

  • 5.3.21
A falta de unas jornadas para conmemorar el día dedicado a la mujer, me siento en la necesidad y en la obligación de mostrar mi respeto, mi admiración y mi agradecimiento a una mujer concreta en la que resumo las cualidades de todas las mujeres con las que he convivido, con las que he trabajado y de las que he aprendido.


Confieso con todo descaro que de todas ellas he aprendido a vivir, a crecer y a disfrutar. Hoy –os pido que me perdonéis– no me refiero, aunque también las aplaudo, a esas mujeres que los medios de comunicación presentan como modelos ejemplares de la lucha por reivindicar sus derechos humanos.

Dedico mi homenaje a una mujer concreta que, con sus comportamientos, más que con sus discursos, me ha acostumbrado a escuchar, a contemplar y a meditar, a calibrar la importancia de los asuntos menudos y a interpretar los papeles secundarios a los que no solía dar importancia.

Hoy menciono, sin decir su nombre, a quien sin reservarse tiempo alguno y sin pretender destacar, con su lucidez, con su modestia y con su firmeza, ha contribuido, de una manera decisiva, para que realizáramos y culmináramos las tareas familiares y profesionales de las que, sin duda alguna, ella es la autora y la protagonista principal.

Lo menos que puedo hacer es reconocer cómo, a veces sólo con su mirada limpia, refleja el resplandor directo de la satisfacción que ella experimenta por el “privilegio”, como dice ella, de acompañar en los momentos de alegría compartida y participar en las situaciones dolorosas logrando que la vida en común transcurra con dignidad.

Estas son las razones que, a mi juicio, explican la marea de respeto y de cariño que, inevitablemente, desbordan mi capacidad para explicar mi alegría y mi agradecimiento. Ante su grandeza y ante su sencillez solo caben el asombro y el estremecimiento. Sobran las palabras.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

viernes, 26 de febrero de 2021

  • 26.2.21
Con el fin de evitar que se malinterpreten mis palabras declaro abiertamente, en primer lugar, que soy un firme partidario de la libertad de información y de la libertad de opinión. En segundo lugar, afirmo sin reservas que comprendo y acepto que las creaciones artísticas –la pintura, la escultura, la música y la literatura– nos sorprendan por sus peculiares maneras de reinterpretar la realidad, por sus formas diferentes de describir los paisajes y por sus modos originales de relatar los episodios. Por eso reconozco que no es extraño que algunas expresiones estéticas sean provocadoras y nos sorprendan, nos asombren y nos incomoden.


Pero esto no quiere decir que cualquier grito estentóreo, cualquier brochazo desagradable o cualquier pedrada agresiva podamos o debamos calificarlos de artísticos ni mucho menos de aceptarlos como correctos.

Los gritos violentos que defienden el uso de la violencia, la quema de contenedores de basura, la ruptura de cristales, las agresiones a periodistas, los insultos a los que piensan de manera diferente deberían ser denunciados procedan de donde procedan y se dirijan a quienes se dirijan.

En estos momentos de especial dificultad es necesario –urgente– que los políticos, los educadores y los creadores de opinión unan sus voces y nos expliquen a coro que la violencia engendra más violencia, la mentira, más mentira, y la rabia, más rabia

En mi opinión algunas de las raíces de estos lamentables hechos tan repetidos durante los últimos días nacen de ese proceso de banalización que está creciendo en nuestra sociedad, tienen su origen en ese ejercicio irresponsable de restar importancia a unos comportamientos que son peligrosos e inaceptables, a unos valores que son necesarios para vivir y para convivir.

Deberíamos denunciar con claridad esa práctica tan extendida de reírnos de hechos que son graves y de faltar el respeto a instituciones y a personas que poseen unos derechos y una inviolable dignidad. Por favor, al menos, seamos serios.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

viernes, 19 de febrero de 2021

  • 19.2.21
Esta semana deseo referirme brevemente al significado del Miércoles de Ceniza, un rito que, entre muchos pueblos de la antigüedad, era una señal del propósito de cambiar la vida, de mejorar los comportamientos, de ser mejores personas.


No solo los judíos, sino también los griegos, los egipcios, los árabes y otros pueblos de Oriente, se cubrían la cabeza de ceniza en lugar de rociarse con perfumes para expresar el dolor, la pena o el luto. Otras veces se sentaban en el suelo entre ceniza para expresar sus disgustos y sus protestas por las calamidades públicas.

En estos tiempos, por escasa atención que hayamos prestado a los mensajes que nos lanzan los líderes políticos, sobre todo en las vísperas de las elecciones, hemos podido advertir que coinciden en la necesidad de cambiar las cosas. Todos nos prometen que realizarán cambios importantes.

Estoy de acuerdo en que es imprescindible cambiar las leyes para mejorar el bienestar y para alcanzar mayor justicia, mayor igualdad, mayor libertad y mayor solidaridad. Pero, en mi opinión, para que se produzcan esos cambios es imprescindible que cambien cada uno de ellos y cada uno de nosotros. ¿Cómo? Cultivando los valores humanos, esos que nos ayudan a vivir una vida más saludable, más grata y más humana.

La Cuaresma es el tiempo de preparación de la Semana Santa, una manifestación popular en la que participan activamente ciudadanos de diferentes edades, de distintos niveles culturales e, incluso, de diversas convicciones ideológicas.

Es posible que muchos coincidan, al menos en teoría, en la necesidad de cultivar algunos valores como, por ejemplo, la soledad, el silencio, la lectura y, sobre todo, el acompañamiento a los que están solos y la solidaridad con los que necesitan ayuda.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

viernes, 12 de febrero de 2021

  • 12.2.21
En primer lugar y para que no surjan dudas os confieso –queridas amigas y amigos– que me gusta el Carnaval pero también os digo que –como me ocurre con el fútbol, con la política y con el periodismo– lo vivo de una manera moderada, sin excesivo apasionamiento, sin idolatría y sin fanatismo. Por eso procuro mantener cierta distancia que me permita disfrutarlo y, además, analizarlo y criticarlo.

En mi opinión, las agrupaciones nos muestran unos espejos, cóncavos o convexos, en los que se reflejan, alargados o achatados, nuestros rostros y nuestros gestos, nuestras virtudes y nuestros defectos, nuestras aspiraciones y nuestras frustraciones.

Este año, debido a la crisis sanitaria, se han suprimido todos los actos púbicos, no saldremos a las calles y a las plazas pero podremos disfrutar con el buen humor de las coplas desde nuestros hogares gracias a la televisión.

El buen humor, aunque no está relacionado necesariamente con el amor, sí tiene mucho que ver con la amabilidad. Por eso aplaudo el humor que humaniza las relaciones humanas, ese humor al que se refieren muchos de los amigos que nos visitan, cuando nos dicen que el rasgo que más les llama la atención es el fino e ingenioso humor de los habitantes. Se refieren al humor amable que ha de constituir para nosotros un reto, un desafío y una responsabilidad.

El humor es un lenguaje que la Estética lo considera como arte, la Poética como resorte literario y la Antropología como una manifestación cultural: es la consecuencia natural de la facultad humana del lenguaje que puede servir para construir la sociedad o, a veces, para destruirla. Por eso, justamente en estos momentos de preocupación por la dichosa pandemia, nos viene bien condimentar nuestra convivencia ciudadana con algunas pizcas de la sal y de la pimienta de nuestro buen humor.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ
FOTOGRAFÍA: JOSÉ ANTONIO AGUILAR

viernes, 5 de febrero de 2021

  • 5.2.21
En esta ocasión me permito comenzar mi comentario semanal mostrando mi agradecimiento a la editorial Hermida Editores por su decisión de editar en español la novela Distrito del Sur, publicada en inglés en 1936, unos meses después de la muerte de su autora, la periodista y novelista Winifred Holtby, a los 37 años.


En mi opinión, estos momentos de pandemia son especialmente oportunos para establecer una comparación entre los graves problemas que en esta obra se relatan y las importantes cuestiones que nos preocupan en la actualidad en España y en Europa.

Me ha llamado la atención cómo las dolorosas consecuencias de la profunda depresión que sufrió Inglaterra tras la Primera Guerra Mundial guardan una estrecha analogía con las desgracias sanitarias, económicas y sociales que estamos sufriendo como consecuencia de la actual pandemia del coronavirus.

Me ha sorprendido cómo la protagonista, Sarah Burton, una mujer dechado de lucidez, de generosidad y de coraje, se convierte en la abanderada de las batallas por la justicia y por la igualdad, en una luchadora contra “nuestros enemigos comunes: la pobreza, la enfermedad, la ignorancia, el aislamiento, el desequilibrio mental y el desquiciamiento social” (p. 8).

Tras veinte años enseñando en Londres, llega a Yorkshire y, superados los prejuicios de los directivos, Sarah logra el cargo de directora de la Escuela Superior de Kiplington impulsada por la firme determinación de transmitir a las alumnas la convicción de que el futuro les pertenece en contra de las férreas convenciones tradicionales y a pesar de las severas dificultades económicas.

Ante la esterilidad de los ciudadanos que, aunque son conscientes de que el mundo está cambiando, no se ponen de acuerdo, ella decide luchar por la educación de las mujeres y por la transformación de las situaciones extremas en oportunidades para los más necesitados económica, social y sanitariamente. Pone en práctica su convicción de que unas nuevas pautas en el régimen educativo y social pueden moldear las actitudes y cambiar los comportamientos de los individuos.

Esta obra –que responde al modelo de literatura vigente en la actualidad– muestra cómo el espíritu humano, cuando se enfrenta con episodios dolorosos, posee una estimulante capacidad para ayudarnos a “releer” de diversas maneras la vida.

Partiendo del supuesto de que la literatura –la buena literatura– nos proporciona una nueva visión de las cosas, en esta situación de honda preocupación, la lectura de esta novela puede ser un estímulo contra la apatía y un recurso contra el aburrimiento, una defensa contra el miedo y una invitación para que vivamos plenamente cada uno de los intensos segundos que componen nuestra –siempre corta– existencia.

A mi juicio, la autenticidad, la sensibilidad y el compromiso de Sarah Burton –una mujer convencida de que “la técnica adecuada de una directora de escuela consistía en quebrantar todas las reglas del decoro y en justificar la infracción”– constituyen estimulantes invitaciones para que pensemos, para que leamos, para que interpretemos y para que vivamos la vida de una manera más plena.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

viernes, 29 de enero de 2021

  • 29.1.21
Para leer, interpretar, valorar y disfrutar con el libro Prisionero en la cuna, publicado en la Editorial Encuentro, hemos de partir de un supuesto: la literatura nos descubre las cuestiones más palpitantes de la vida y estimula la supervivencia de los valores humanos más acreditados; nos ayuda a acercarnos y a alejarnos de la realidad, a penetrar en nuestro interior y a contemplarnos desde fuera.


Nos hace pensar y reflexionar, sentir y emocionarnos, recrearnos y sufrir, llorar y reír, y, en cierta medida, nos puede servir para que humanicemos nuestras relaciones, aunque a veces la usemos para deshumanizar la sociedad. Esta es la conclusión a la que he llegado durante la lectura de esta obra en la que Christian Bobin relata su infancia en la ciudad francesa de Creusot, conocida por sus antiguas fábricas de acero.

Las escasas peripecias de aquel niño encerrado en su casa favorecen su honda meditación sobre la importancia vital de la soledad, del silencio, de la luz, de la lectura y, en resumen, le descubren cómo las auténticas palabras encierran otra vida escondida, sencilla y hermosa, en oposición a la que proporcionan las gestas espectaculares porque, afirma, “hay muchos menos milagros encima de un escenario que en la vida corriente”.

Y es que, como él nos confiesa, “esta debilidad de permanecer encerrado en la misma ciudad durante más de cincuenta años tuvo como contrapartida “hacerle conocer la persuasiva dulzura de los días sin gloria”, el esplendor abandonado de lo invisible que nos rodea, el cielo de lo banal donde habita el Dios verdadero.

Nos explica cómo, durante la lectura, “miraba las hormigas de las letras avanzar en colonias por el desierto de la página, transparentando migas de luz”. Mientras que se lamenta de lo escaso que le enseñaron sus maestros, “acaso porque hablaban desde sus certezas y no desde la ignorancia primaveral de sus almas”.

También explica cómo él reencontraba la vida en los libros disfrutando del frescor milagroso de tal o cual frase: “un libro –nos dice– puede ser tan ancho como el cielo, y nada será nunca tan enorme como un rostro abierto por el amor”. Leer, efectivamente, es descubrir los mensajes que encierran las palabras, las nubes, las olas, las flores y, sobre todo, los rostros.

Fue en la soledad de su habitación donde aprendió a encontrar el alimento necesario para su dicha y donde identificó la secreta bondad que sostiene cada cosa y cada episodio. Nos cuenta cómo la vida de cada día, la vida simple y sin prestigio, “cansada y con algunos remiendos, como una sábana de algodón, un tanto pesada, vieja por el uso”, es la que mejor preserva la belleza y la bondad.

En esta grave situación, en la que los médicos y los expertos nos advierten sobre la necesidad de un nuevo confinamiento doméstico para doblegar la curva ascendente de contagiados y de muertos, la lectura de este libro nos resultará, sin duda alguna, además de consoladora, intensamente luminosa, estimulante y provechosa.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

viernes, 22 de enero de 2021

  • 22.1.21
Todos los pronósticos coinciden en que durante este primer mes y, al menos, durante el primer trimestre de este nuevo año, lo pasaremos peor que en otras ocasiones porque ya estamos sufriendo la tercera ola del covid. La cuesta de este enero está siendo más empinada porque, además de los problemas económicos, tras los dispendios de las Navidades y de los Reyes, tenemos que estar pendientes de los riegos de contagiarnos e, incluso, de perder la vida.


¿No creéis vosotros que, tras las dolorosas experiencias de la primera y de la segunda olas, deberíamos haber aprendido algunas lecciones para evitar o para paliar algunos de sus perniciosos efectos? Al menos deberíamos aceptar que hemos de cambiar algunas de nuestras formas de pensar y de vivir.

Mis amigos médicos coinciden en que no podemos ser demasiado optimistas aunque este año sea el de la vacuna y, ojalá, el de una reforma de la sanidad que destine mayores medios y, sobre todo, que proporcione un trato preferencial a los profesionales. Por eso todos hemos de seguir apostando por la salud y por la sanidad siendo más generosos que en el pasado.

La rapidez con la que se han logrado las diversas vacunas contra el covid-19 demuestra que, cuando se apoya la investigación, sus frutos nos benefician a todos. Con los datos que tenemos resulta vital que analicemos con tranquilidad lo que ha ocurrido para evitar los mismos errores si se producen rebrotes o nuevas pandemias.

También es urgente que se aumente la financiación de la sanidad pública y de la investigación para elevar el nivel de atención y de los recursos médicos. El orgullo que sentimos por nuestros médicos y por los demás sanitarios que conforman el Sistema Nacional de Salud se debe demostrar apoyando sus justas demandas.

Son urgentes mejores hospitales, bien dotados, con unos profesionales reconocidos y con mejores sueldos. Hacer fuerte nuestra sanidad, nuestra ciencia y nuestra investigación es apostar de verdad por un futuro seguro que nos haga olvidar la pesadilla actual.

Bienvenidos sean los cambios si con ellos recuperamos la calma y la tranquilidad, nuestra vida en definitiva, porque hay un antídoto que nos protegerá de este y de otros virus.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

sábado, 16 de enero de 2021

  • 16.1.21
"Fimosis" es un tecnicismo que está tomado del griego. Pertenece al ámbito de la Cirugía y etimológicamente significa "amordazar la cabeza del perro con bozal". Aunque practicada desde tiempos inmemoriales, en la actualidad los médicos que la efectúan y los varones que la padecen la declaran sin tapujos y la cuentan con detalles.


Los manuales explican que la fimosis es la estrechez del prepucio que dificulta el descubrimiento del glande y, a veces, la micción. No podemos olvidar, sin embargo, que la operación quirúrgica, que consiste esencialmente en la ablación circular del prepucio, es un rito que ha sido practicado de manera continuada por diferentes culturas.

La Antropología nos la describe como una práctica generalizada en algunos pueblos de América Central, como los nahuas (incluidos los aztecas) y los mayas; y en el Sur del continente americano, entre los teamas y los manaos de las Amazonas. Según testimonios de Estrabón e, incluso, de algunos viajeros modernos, también se observa en varios pueblos de África como, por ejemplo, entre los cafres.

Pero su empleo más frecuente desde la más remota Antigüedad está localizado en los pueblos de raza semítica o protosemítica. Entre los hebreos comenzó a practicarse como ceremonia religiosa por el patriarca Abraham, que fue el primero que se circuncidó, operándose él mismo en cumplimiento de una orden de Dios. Desde entonces, este rito es el signo y la condición de la Alianza hecha por Dios con el pueblo judío y se expresa en lengua hebrea por la palabra "berit", que significa "pacto".

El Islam lo ha generalizado entre los pueblos persas, indios, africanos, turcos, mongoles y en algunas comarcas chinas y malayas. Herodoto la interpreta como una medida higiénica, y el judío Filón, además de reconocer su eficacia para evitar el carbunclo, la explica como un símbolo de la pureza de corazón y como un medio que facilita una descendencia numerosa.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

viernes, 15 de enero de 2021

  • 15.1.21
La nevada ha afectado seriamente a toda nuestra vida y, como consecuencia, ha trastocado los contenidos de la información y, por supuesto, nuestras conversaciones. Hemos dejado de referirnos a las cuestiones políticas y hasta nos hemos olvidado de los problemas de coronavirus. Las precipitaciones de nieve y las fuertes rachas de viento han obligado a cortar carreteras, a paralizar las operaciones en aeropuertos, a suspender trenes y a desviar vuelos. El temporal ha influido también en los deportes hasta tal punto que la Real Federación de Fútbol ha determinado la suspensión de muchos de los encuentros programados.


Estos hechos nos demuestran cómo no solo la cronología –el paso del tiempo– sino también la meteorología –los cambios atmosféricos– nos importan mucho. Fíjense como las encuestas nos dicen que, mientras que la información política interesa a un 34 por ciento de la población, los datos meteorológicos los siguen un 70 por ciento. Es que el frío o el calor, la lluvia o el viento influyen en el trabajo y en el ocio, en las actividades comerciales y deportivas y, sobre todo, en nuestro estado de ánimo.

El tiempo, aunque lo midamos linealmente, posee múltiples dimensiones. Los relojes y los calendarios nos despistan y nos engañan porque no son capaces de informar sobre sus contenidos ni de calcular la anchura, la altura y la profundidad de cada instante: hemos de aprender a valorar el tiempo y, en la medida de lo posible, a apresarlo entre nuestras manos.

No podemos borrar, corregir ni enmendar el camino andado, pero el trayecto recorrido nos advierte sobre la senda venidera. Tengamos en cuenta que, a pesar de la erosión del tiempo, el pasado, luminoso u oscuro, alumbra el futuro. Vivir es saborear los diferentes alimentos que la vida nos proporciona, es gustar sus colores, sus olores y sus sabores, y, también, probar su amargor o su acidez.

En contra de lo que nos dicen las ciencias, podemos perder el tiempo y recuperarlo, pararlo y aligerarlo, estrecharlo y ensancharlo, alargarlo y acortarlo, enriquecerlo y empobrecerlo. ¿No es cierto que usted ha vivido unos minutos larguísimos y otros cortísimos? ¿No es verdad que ha revivido momentos de felicidad o de dolor? El tiempo, efectivamente, es un billete ambivalente: su valor depende del empleo que de él hagamos. Y es que el tiempo –el cronológico y el meteorológico-, más que oro, es vida.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

GRUPO PÉREZ BARQUERO


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