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lunes, 22 de julio de 2019

  • 22.7.19
Licenciado en Sociología, Rafael Navarro de Castro (Lorca, 1968) trabajó durante quince años en el sector audiovisual y en 2001 se fue a vivir al campo. Lo cuenta en su primera novela, La tierra desnuda. Hijo de un ingeniero agrónomo, pasó los primeros diez años de su vida en una granja antes de mudarse a Granada, primero, y a Madrid después, donde trabajó como guionista. Después se cansó de la capital. Tuvo a su hija, plantó más de un árbol y ahora publica su primer libro, un homenaje a la vida del campo y a sus gentes.



—El escenario de tu novela podría ser cualquier rincón de la España interior. ¿Tanto se parece la soledad de nuestros campos?

—Pues yo creo que sí. De hecho, tengo muchos amigos que me han hablado, del Pirineo hasta Cazorla o Gredos, de que este pueblo podría estar en cualquier lugar de España.

—Allí nace, al mismo tiempo, la Segunda República y un niño llamado Blas, tu protagonista.

—La novela abarca 80 años y va desde el año 1932 hasta el 2012, y cuenta la vida de Blas, que es como una excusa para contar la vida del valle, incluso la vida del país, pero tal como se ve en ese valle y visto a través de los ojos de los campesinos.

—Ochenta años después muere allí y se lleva a la tumba una forma de vida milenaria. Y también algunos secretos.

—Bueno, yo lo que he querido es rescatar sobre todo los valores y los principios que van a desaparecer con estos campesinos, su forma de respetar la tierra, de relacionarse con ella, de relacionarse con el valle, su forma de ayudarse, de cooperar entre ellos, de juntarse para hacer cosas. Estas son las cosas que a mí me parecen importantes que no se pierdan.

—La vida de Blas es la historia de España en el último siglo. Que bien sintetizada sería como...

—Pues, vista desde el campo, es la historia de una decadencia, de un acorralamiento. Porque ellos están cada vez más acorralados. Y el progreso, en muchos sentidos, es innegable, aunque en otros no tanto. A ellos no parece afectarles de ninguna manera.

—Después de quince años trabajando en el sector audiovisual, abandonas Madrid y te trasladas a Monachil. ¿Qué buscabas en el campo o qué no te daba la ciudad?

—La pregunta es buena, porque eran las dos cosas. Por un lado, huía de esta deshumanización de las ciudades, de las prisas, del estrés, del trabajo. Y, por otro lado, buscaba la tranquilidad del campo y la paz del campo. Y tal vez inconscientemente estos valores de los campesinos, de la autosuficiencia, la cooperación, la relación con la naturaleza.

—Te dedicas a las tareas del campo y al movimiento ecologista. Además, construyes tu propia casa.

—Todas esas cosas están en conexión directa con la novela. Tosas esas cosas son todo lo que pretendo contar y defender y homenajear en la novela, que no solo homenajear el pintorequismo y la vida rústica, sino esta filosofía de vida. Mi filosofía de vida está más cerca de la de los campesinos que de la del urbanita.

—Hay quien ve en tu novela ecos de Delibes o de Chirbes.

—Hay ecos de muchos. Con Delibes yo creo que tengo en común la empatía por el mundo rural y del cariño que le tenemos. Y con Chirbes, la preocupación y la verdad en el mundo que te rodea, y la verdad de su goce. Eso es lo que me gusta de Chirbes.

—La vida campesina va a desaparecer. ¿Qué está muriendo con ella?

—Están muriendo otros valores. No hay que tener una idea nostálgica de la vida campesina, porque es durísima. Y no se trata de recuperar eso ni de volver a eso, sino de aprender lo que tengan que enseñarnos que se basa en esos principios.

—'Los santos inocentes', 'La lluvia amarilla', 'Intemperie'. De vez en cuando el campo aparece por una esquina de nuestra literatura. Pero siempre retrata un mundo de miseria.

—Yo creo que ese retrato de hambre, miseria, injusticia, explotación, abuso, maltrato, analfabetismo, ese retrato es ineludible. En mi novela creo que también está. Respecto a los ejemplos que me has puesto, yo he intentado romper el esquema en el último punto. Hago ese mismo retrato pero el resultado de ese mundo es Blas. Es decir, no es Pascual Duarte, que muestra cómo el resultado es la violencia, la brutalidad.

En Los Santos Inocentes, el paisano con el que hemos simpatizado, termina ahorcando al terrateniente en el olivo. En La lluvia amarilla, la mujer se suicida y el marido se deja morir medio loco. En Intemperie, el niño huye del maltrato y al final el pastor termina matando a los guardias civiles que le persiguen. Es como si el resultado de esa vida tan durísima, tan terrible, que es así, siempre fuera la violencia.

Yo he intentado que el resultado en mi novela sea distinto. Es decir, esto es terrible, vale, pero aquí hay gente sana, aquí hay gente normal, sencilla, que no reacciona violentamente. Reacciona más metiéndose en el caparazón, diciendo, bueno, me quedo en mi terrenillo cuidando mis gallinas, mis cabras, y a mí que me dejen.

—Querías huir de los cuentos de pueblo. Escribir en presente de indicativo. Contar que hay miseria pero que también hay flores.

—Quería huir de la batallita del abuelo, del cuento de pueblo, y ponerlo en presente de indicativo. Como coger al lector y decirle no te voy a contar, vente conmigo que vamos a subir a la sierra y vamos a ver cómo estos niños plantan los pinos, o cómo este niño cuida sus cabras aquí en la sierra. Ese era mi objetivo.

—¿Y qué escribes ahora?

—Estoy escribiendo sobre la contaminación, que sería la agricultura industrial moderna. Es decir, se ha muerto una forma de relacionarnos con la naturaleza, con el campo y con la agricultura. Pero hay otra que viene después. Si he hecho el elogio de la tierra, pues esto sería la crítica del plástico.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍA: ELISA ARROYO

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