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ANDALUCÍA CON UCRANIA

COLEGIO PROFESIONAL DE PERIODISTAS DE ANDALUCÍA

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sábado, 30 de julio de 2022

  • 30.7.22

Abrió los brazos y se levantó Alatorre; se aproximó al antepecho de cristal, tabaleó con los nudillos en el barandal de madera y se arqueó estirándose con los puños hincados en los riñones. Aspiró hondo la fuerte brisa, estuvo distraído en un camarero que caminaba con dos cestas de mimbre por el borde del muelle sorteando los noráis, y tornó a sentarse. Se sirvió una copa y me echó una ojeada: pensaba en algo.

Y pensaba yo si merecía la pena seguir allí; por eso me sorprendió cuando le oí decir:

‒Se le nota a usted en los ojos, centra la mirada –estiró hacia mí los brazos y emparejó los índices–, señal de ataque, sí señor, me gusta. Este hombre encontrará a Castilla –anunció a los otros.

–Me lo tengo filado, comparto tu observación –se repasaba don Mariano el bigote–. Apunta, se le ve clase.

No quise responder, lo acepté como algo que lindaba con la broma; tenía que asimilar la comparación, así lo entendí, con la casta de un toro de lidia. Torneaba yo el ejemplo pero intervino don Fernán.

‒Con naturalidad, por reacción espontánea, hemos formado la pandilla de los Castellae ‒con los dientes entrecerrados, le silbaban las eses, ‒, todo un experimento para nosotros…

–Anda que si no da el clarinazo Elvirita… –lo corregía don Mariano.

–…Gracias, gracias, Elvirita –alzó la mano y saludó al cielo–. Usted ‒a mí‒, si mantiene este órgano ‒se tocó la cabeza‒ sano, y con el ejercicio especializado de su oficio, confirmará sin equívoco la aventura, porque no es otra cosa, del tonto feliz que es Castilla. Se deshará la función de este grupo improvisado; pero él no se librará del escarnio feroz y del pago a tocateja del siguiente banquete, se va a enterar. Por ahora no tenemos ni idea si le sigue el paso de baile a alguna ninfa…

–O le ha dado un síncope y perdió su flaca memoria. O se ha metido en un lío que agravaremos nosotros entrando donde nadie nos llama ‒terció el arquitecto‒. De eso ya nos advirtió Perals; pero, bueno, ya lo arreglará él.

–Mucha fe le tienes tú… y también yo –coincidió don Fernán.

–Es práctico, es el mejor. Quién si no, se sabe todas las leyes.

–Y si le hace falta, añade otra –soltó campechano el señor Alatorre.

–¡No digas eso, por favor! –reprochó dolido el arquitecto.

–Vale, Hugo, es broma. Perals es muy competente, el mejor, un sabio. ¡El muy gilipollas no ha querido venir hoy!

–No ha podido, ya lo explicó –justificaba don Hugo–. Mira el mar, como un plato. Deberíamos ir saliendo.

–Sí –convino–, pero donde manda Gerardo… y acabo de ver a uno de sus porteadores. El señor abogado otra vez se lo pierde.

Volvió el camarero y distribuyó unos platitos con salpicón de marisco y quisquillas que fueron muy celebrados. Agotó en mi copa la botella de blanco con burbuja moribunda; destaponó otra, fresca, espumeante, y la fue sirviendo con hábil esguince de muñeca.

Me entraron ganas de estropearle la pajarita; pero mantuve mi actitud contemplativa.

–Bécquer fue su ídolo juvenil, hasta la tisis le habría copiado –tornó a Castilla el señor Alatorre–. De jovenzuelo, era un romántico –se dirigía a mí, como si diera una clave.

Pinzó una quisquilla. Le siguieron los otros.

‒Ni caso ‒terció don Fernán–. Castilla era un friki de los Rolling y luego del heavy metal, y no es compatible. Así que, lo que dices…

–Sí, se dejó barba, parecía un nido de caracoles –aportó don Mariano–. Todavía la lleva –me informó, y lo hacía en serio.

–El pasado fin de curso, sí –corroboré.

Le sorprendió mi respuesta y quedó observante, acariciaba su copa entre admirado y mosca. Estuve a punto de decirle, también a los otros, que el señor Castilla aún se llamaba romántico; pero no quise provocar otro inútil debate.

‒Eso fue después, puñeta –continuó el señor Alatorre–. Todos cambiamos. –Bebió, se lamió los labios untados de marisco–. Pero padecía de una gran vida interior; un cordón de vida espiritual lo unía a la idea de Dios… –escogió un tenedor y apañó una rodaja de pulpo– …hasta inspirarle el sacrificio: dedicar la vida a la gloria misionera… –masticó y tragó–. Después, con la muerte de su madre, ella tuvo una agonía larga y dolorosa…

–¡Este fraile nos jode el día! –protestó don Hugo, cabeza de crustáceo en ristre.

–…ese cordón, me consta, se rompió. Se quebró su espíritu, se sintió culpable de acudir tarde, de no haberla atendido tanto como… Oye, no se va a joder nada, ¿vale?… En él brotó algo que no… Congeniamos mucho en aquella época, yo había tenido un accidente… –echó al platito el rebujo de la servilleta y se masajeó una rodilla–. Pero él entró en un torbellino, creo, del que me fui separando y ya no tuve, o apenas, noticia de su intimidad ‒concluyó la frase con cierta prisa‒. Pasa el tiempo, nos ignoramos sin tomar conciencia de que la vida, esa infiel casquivana, no espera, te va dejando… –vertió su mirada al agua, que rielaba con fuertes destellos metálicos–. Por cierto, se celebra un concierto de música sacra en la catedral y…

–¿Quién? ‒interrogó rápido el militar; quizá quería disipar el fastidio que poco a poco venía llegando.

–Palestrina, Gaztambide, Hilarión Eslava… –comenzó a recitar el señor Alatorre.

–¡Me apunto! –se entusiasmó don Mariano.

‒¡Vade retro! –rechazó don Hugo, que pinchó un gajo de mejillón y lo masticaba con desgana.

‒Sí, os repartís la pelmada ‒apoyó don Fernán.

‒¡Infieles al buen gusto distinto al de la panza! Carecéis de oído, para la música y la poética palabra –sermoneó cantarín: recuperaba su buen humor el señor Alatorre–. ¡Castilla tenía alma de artista!

–¡Y buen ojo! –completó don Hugo–. Resolvía a ojímetro aquellos problemillas de dibujo técnico. Trazaba las rectas y circunferencias sin regla ni compás, ¡con el pulso que tenía! ¿No os acordáis?

–¿Y tú no te acuerdas? –le reprochaba don Fernán, con la boca llena de salpicón–. Glaucoma. O de niño tuvo un accidente. Le saltó una esquirla de vidrio en un ojo.

–¡Ya, ya! De quien me acuerdo es de don Ricardo: Ya sabe, señor Castilla, que tiene usted un cero –ahuecó la voz don Hugo–, y se reía.

HG MANUEL

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sábado, 23 de julio de 2022

  • 23.7.22

Se desparramó el silencio, teñido por la anécdota de don Fernán, en el viento suave que nos refrescaba con tanta amabilidad en la terraza. Lo rompió el graznido de una gaviota; la vimos volar y desaparecer con su acre chirrido tapada por el cobijo del toldo. Y el graznido me asoció a una evidencia: en aquella tertulia la cortesía era vapuleada a base de bien y sin consecuencia por la camaradería; algo, por otra parte, que la verdadera amistad soporta y consiente (pero yo, para juzgar, solo tuve con ellos un rato de conversación). A todos les pregunté si el señor Castilla era una persona depresiva, si padecía algún tipo de impaciencia o le había surgido un problema frente al que carecía de solución. La ronda fue rápida: todos contestaron, ninguno con claridad: vaguedades, discrepancias… y coincidieron en el no.

–De él, lo que es de él, en los últimos tiempos hablaba poco: falta de contenido –el arquitecto fue el que más le rio el comentario al farmacéutico–. Todo lo demás, en los últimos tiempos, le ponía de mal humor o le traía sin cuidado.

–¡Un cargante! –remató el militar–. Pero tenía su amenidad.

–¡Mucha, mucha! También fantaseaba con los posibles: si posible esto, si posible lo otro… ¡Ah, qué brisa tan buena! –se repantigó don Fernán en su silla. Dio un traguito y quedó en suspenso, el semblante triste, contemplando el mar. Se alzó la manga y miró el reloj–. Gerardo ya no tardará en avisar –anunció.

Y el silencio, por un momento aburrido, comenzaba a extenderse de nuevo. Volvió con la humorada, benevolente y filomeno, el farmacéutico.

–El banquete es descanso de las tareas, alimento del ingenio, muestra de amor, condimento del genio… y… demostración de buena voluntad; también, levadura de la amistad y… Palabras de Ficino para que usted comprenda lo que aquí nos trae –se dirigía a mí–, yo no sabría expresarlo mejor. Así que, supuesto el interés que nos reúne, le quiero decir, si el apuesto capitán de yate, aquí, y el laureado Belisario, allá, no han tenido la cortesía de hacerlo…

–¡Juanín, Juanin…! –todavía en el humo de lo que había contado, le regañó don Fernán.

–…que le invitamos a compartir nuestras humildes viandas, aventurados a esta linda mar de Margarita. Si no le espantan el zarandeo de las olas ni, lo que es peor, la atorrante compañía de unos carcamales.

–¡Qué redicho el jodido éste! –se enfurruñó el militar, y alivió su copa de un trago.

Tras declinar respetuosamente, indagaba yo en el recuerdo de don Fernán; añadía un nuevo color, algo difuso, a la estampa que me venía formando del desaparecido. Traté de observar al farmacéutico sin molestarlo. Mediana estatura, reflejos de tinte castaños y pañuelo abullonado al cuello que realzaba el aire deportivo y castigador de su barbilla partida, su carácter apuntaba a risueño y dicharachero; era sin lugar a dudas el animador del grupo. Al parecer, ofrecida la invitación de un modo tan peculiar, le había llegado el turno evocativo. Era este un modo, supongo, de ceder a la incomodidad –o accidente leve– de admitir en su círculo a un extraño con oficio de entrometido. Entonces recordé el comentario del señor Flores.

–¿Es indiscreto el señor Castilla?

Los cogí de sorpresa con mi pedrada al agua; de pronto, el admitido chiquilicuatre que compartía su vino, su tolerancia y simpatía, se mostraba grosero.

–¿A qué se refiere?

–Sí, ¿de qué puñetas habla? –enderezó el corpachón, cascarrabias, el militar.

–Lo siento. Es una pregunta básica, obligatoria –justificaba la insinuación, sin referencia alguna, con manifiesta torpeza–. Se parte de ella para…

–Esto me recuerda… fue gracioso… –intervino don Fernán–. No le voy a chivar de quién hablo porque no atañe a lo suyo –lo mío, mi investigación–. Un día Castilla se tropezó con uno de nosotros –giró el dedo en un circulito que incluía a todos ellos: los presentes y los ausentes– en un supermercado, y con la urgencia del momento, ¡qué oportuno!, lo previno de que su amante merodeaba por allí. No se dio cuenta de que a la esposa, ¡menuda es!, la tenía justo detrás. ¡La que se armó!

Rieron, sin soltar la carcajada. Nítido: la víctima del indiscreto Castilla aquí no estaba; de modo que fuera venganzas, de ninguno de ellos. «¿Estás de broma?», me reproché.

–Esto pasó hace muchos años –se dirigía a mí don Fernán, como si adivinara–. Y le hizo un favor –todos coincidieron.

Bebimos; paladeamos; contemplamos el mar, las velas…

–Con Castilla compartí la ilusión de la primera novia –comenzó a referir el señor Alatorre, siguiendo la distendida estela que la anécdota de don Fernán había creado–; entre todos vosotros, fue el primero en saberlo: la afinidad, él también andaba enamoriscado, pero en lo suyo me parece que no hubo arreglo. De todos modos, él persiguió siempre un rayo de luna ‒dejó, en pausa cómico-dramática, que las palabras se disolvieran en las succiones y chasquidos que suscitaba el agua–. Ay, este sol, este azul, estas aguas… El corazón me estalla de alegría juvenil.

Sonrieron los otros a la calma del día. Menos el militar:

–Repites la náusea, Alatorre –gruñó.

–¡No me digas, so Mariano! Te doy la razón. Tanto han volado y rozado cristales aquellas golondrinas… ¡Nunca volverán nuestros sueños juveniles!

–Pues déjalos en paz.

–¡Requiescat in pace!

–¡No me seas cenizo, coño! –le reprochó campechano don Fernán, recuperado de la súbita melancolía–. Anoche dormí mal y no sé por qué.

–Siempre se sabe, pero no se quiere. Y eso nunca, pero nunca, te lo arreglará una pastilla –rio con sorna el señor Alatorre.

–No necesito pastillas, me sobra con mi barco. No te olvides, hoy te toca ser el espléndido.

–¿Otra vez yo? –se escandalizó, dedo en el pecho–. Pero, bueno, siempre lo soy.

–De apetito –matizó el arquitecto, el más callado y pensativo: alguna preocupación.

–También –admitió–. Estoy con Bossuet: el apetito es amor.

–¡Joder, con los amores! Que salga Gerardo y eche un trago con nosotros –ordenó en vano el militar.

HG MANUEL

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sábado, 16 de julio de 2022

  • 16.7.22

–Ramas y vergas, ¡cuánta leña vieja! –Don Mariano se limpiaba con un pañuelo los ojos; le sonreía el faroleo al amigo, aireada en flojo vapor su protesta.

Detenidos por un semáforo, la riada de coches se llevaba en su rugido la dilatada broma de réplicas y contrarréplicas. Cruzamos hacia la dura explanada de cemento con sus hiladas de ficus sombrosos; negreaban las grasientas manchas de sus frutos aplastados en el suelo de cemento y sardineles. Pasamos frente a los galpones e instalaciones deportivas, entre un simulacro de jardín con una escueta carabela de mármol agrisado varada en un rectángulo de césped, y accedimos a las exclusivas instalaciones del Club Náutico, un edificio blanco paloma compuesto por dos paralelepípedos superpuestos, con abundantes huecos y saledizos. Diligentemente guiados por un sonriente camarero: camisa crema y pajarita granate, dejamos atrás un salón con vistas marineras, en el que abundaba la madera, el algodón a rayas blancas y azules, y por doquier el adorno alegre y colorido de banderines y gallardetes, amenizado por la charla de algunos socios –alguien se levantó para estrechar con mano efusiva la del biólogo–. Por fin nos instalamos en una despejada terraza, frente al incesante cabeceo de yates y veleros dócilmente amarrados en los pantalanes.

–En seguida le tenemos todo preparado, don Fernán –anunció obsecuente el camarero.

–Lo sé, hijo, lo sé –respondía confiado el biólogo.

–¿Pongo lo de siempre, don Fernán?

–Claro, Nené, lo de siempre.

–¿Y aquí, el señor? –se refería a mí.

–Para todos, hijo, para todos. A él le gustará –convino, y arrugó la cara: me sonreía.

Y se retiró el camarero sin que yo abriera la boca.

El sol brillaba con gran hermosura picante, tentadora, debidamente sofrenada por un oportuno toldo a rallas; una brisilla marinera recorría ágilmente el recinto, iba y volvía, sacudía las puntas del mantel, llegaba a la nariz con toques salinos y escapaba nuevamente hacia el mar; tintineaba el cordaje contra los mástiles de aluminio. Andaba yo en estas sutilezas, con un trago de espumoso burbujeándome en la boca, cuando llegaron los dos que faltaban, cada uno a lomos de su importancia. Hubo saludos, alguna chanza que se traía de pasados encuentros; me observaron curiosos: un farmacéutico y un arquitecto, cuando les fui presentado. Tomamos asiento. De inmediato, el farmacéutico posó en mí sus ojos rientes:

–¿Algún avance? –inquirió.

Fui a responder, pero…

‒Es pronto, lo sé. No se preocupe, ya nos dirá –se adelantó él.

–¿Estaba invitado el señor Castilla? –pregunté a quien quisiera contestar.

–Siempre, como Hernández…–me informaba el farmacéutico.

–Ese chalado –intervino el militar.

–…pero viene poco; Hernández, casi nunca.

–Sin el casi. Nunca –zanjó don Mariano.

–Me duele que Hernández… Es una pena –se amargó el farmacéutico.

–¡Bah! –concluyó el militar.

–¿Ha hablado usted con el señor Castilla últimamente? –seguí con el farmacéutico.

–Pues… me lo tropecé en el bar Puga; pero hace mucho, no sé decirle si medio año. Estaba bien, y solo, lo de estar solo es un capricho que él se da, y con el ánimo de siempre. Quedamos en vernos, sin fecha, cuándo la casualidad disponga –encogió resignado un extremo de la boca: no podía interferir en los caprichos del acaso.

Tomó su copa, bebió lento y chasqueó la lengua con deleite. Lo imitó el arquitecto: cataba con gesto escocido aquel vino delicioso.

–Yo, la última vez, fue aquí, en la comida de… ¿finales de año?… –apuntó el arquitecto, que ahora observaba indeciso el hilo de burbujas.

–Suspendimos la de marzo, demasiado frío según tú y tú –señaló don Fernán al arquitecto y al militar–. Y la de abril, temporal de levante. Nosotros… ¿no fue por abril? –consultó a don Mariano.

–En febrero, ¡mala cabeza! El mismo día pero un mes después de la Pascua Militar. Sí, en La Esquinita. El bar en el que hemos estado antes –me informó.

–¿Y a ninguno de ustedes les dijo o les comentó algo que…?

–No recuerdo de qué hablamos –respondía don Mariano–. Quiero decir que hablamos del tiempo, de los achaques, del cómo te va, de la situación política, de la noticia curiosa del día…

–Sí, sí. Y de algo más. Fue curioso –intervino don Fernán–. En un momento de la conversación, y sin venir a cuento, me preguntó por mi prima, acuérdate, mi única prima –enfatizó–. Me chocó, no la ve desde nuestro último… no, penúltimo curso de instituto, imaginaros. Me desorienté. Pero nada, un segundo, enseguida me vino el flash. Aquel remoto día, de camino a casa, Castilla y yo comentábamos la clase de filosofía: el psicoanálisis, lo recuerdo perfectamente. Alguna explicación tendrá, ¿no os parece? –quiso bromear.

–¡El complejo de la prima! –soltó al farmacéutico.

–Eres la gracia personificada –le afeó–. Sigo. Esto… por primera vez en nuestras vidas, ¡éramos tan jóvenes!…

–¡Bonita canción! –interfería el farmacéutico.

–…los actos propios nos afrontaban para preguntar: ¿por qué?

–Sí, yo a mí: ¿por qué, por qué? –continuaba de burla el farmacéutico.

–¡No callarás! El tema resultaba tan cargado de misterio para unos jovenzuelos educados con el realismo de Aristóteles y a la metafísica de Kant. No parábamos de discutir la novedosa teoría del inconsciente, maravillados por ese pozo repleto de secretos. Bien. Casualmente nos acompañaba mi prima, habíamos coincidido con ella a la puerta de las Jesuitinas, su colegio. De vuelta del instituto siempre pasábamos por allí, era nuestra ruta, os acordareis.

–Yo no –intervino el arquitecto–. Nos traía y llevaba a Beltrán y a mí el chofer de su padre.

–¡Es verdad! –exclamó don Mariano –. ¿Qué habrá sido de él?

–Ingresó en la Escuela Diplomática. Será embajador, tradición familiar. Le perdí la pista.

–Pues yo me lo encontré hace unos años en Stone Town, una de nuestras filiales está en Paje. Beltrán, sí, allí, cónsul general instalando el consulado, poca gestión y muchas obras, manquito él.

–La manquera persiste de niño a hombre, ¡mentecato! –replicó al comentario (tal vez se sintió aludido) don Mariano.

–¡Mala baba…! –sumaba, dolido, el arquitecto.

–¿Y qué tal? –se interesó el farmacéutico.

–Menciono la manquera para acreditar, so berzas. Estaba bien. Cabildeando para salir de allí cuanto antes. Le di un abrazo y él me devolvió medio, no hubo más. Pero vengo al tema. A ver… Hablábamos Castilla y yo muy enteraditos, y ella, mi prima, una monicaca de apenas catorce años, metió baza en la conversación: no solo exponía con total desparpajo las teorías de Freud, las discrepancias de Adler, o la controversia de Jung y no sé qué más, incluso entraba a desmenuzar el análisis que este hizo del Ulises de Joyce. Claro, esto sorprendió tanto a Castilla que se quedó entre simplote y descolocado; a mí, menos, porque ya conocía cómo se las gastaba la sabiondilla. Se picaron, exhibieron sus lecturas, presumieron de nuevos conocimientos, creo que alguno inventado, yo me abstuve. Ella le argumentó y le replicó con esa suficiencia infantil, tan irritante, que Castilla recogió velas, cerró la boca, dimitió. Y ahora, in illo témpore, viene él y me sale con que no ha olvidado aquella lección que le propinó una mocosa. Al pronto me pareció más, mucho más que sorprendente: algo hervía mal en ese cerebro; resultó incómodo, fuera de lugar. Reconozco que me molestó su interés. Pensé en algo impropio, de tiempo estancado, de necrosis sentimental, muy desagradable. Le respondí, un poco de mala forma, que estaba casada y que tenía dos hijos. Entonces, al ver que retraía la mirada, caí en mi error: él sentía un interés genuino por el desarrollo de una mente privilegiada. Solo quería saber cuán lejos había llegado aquella chiquilla tan precoz. Noté que captó mi confusión; pero no le importó, ni se molestó en aclarar el malentendido. Castilla es así: su propia justificación le vale, no necesita la de otros. En fin, rarezas de solitario –concluyó–. Castilla es un solitario –me dedicaba la información, que, por otra parte, ya sabía.

HG MANUEL

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sábado, 9 de julio de 2022

  • 9.7.22

Por hacer tiempo –El tiempo sin empleo carece de valor–, me asaltó fugaz aquella reminiscencia. ¡Menuda sandez!, casi grité. Aunque en mi caso el de empleo rentaba poco; del otro mejor ni acordarse. ¡Buff! Tres cambios en los últimos cinco años, y el nuevo indefectiblemente me alejaba un poco más del centro; el edificio nunca mejoraba: pasillos hoscos y fríos, ascensor achacoso; la oficina siempre era más pequeña y peor amueblada, con toilette costrosa y dos estrechas ventanas asomadas a un patio trasero con halitosis. No obstante… asiduo, paciente, muy cortés y aburrido, persistente como el polvo, allí me aguardaba, sin fallo, sin falta: el silencio. Tuve una idea: quizá podría sacar un buen dinero si realquilaba mi oficina como sala de reposo. La ocurrencia me hizo sonreír. Cualquier día, en cualquier momento, todo puede cambiar. ¿Por qué no? La fe mueve montañas…–. Digo que, por hacer tiempo, merodeé por el barrio y aproveché para ir a la peluquería. Me hicieron hueco, de algo vale ser cliente, y a la repetida pregunta, «¿Cómo lo quiere?», cambié la consabida respuesta. Porque (agudezas aparte), iba yo barajando el lote de anécdotas con que me había obsequiado Cardenal cuando pasé por delante de una agencia de viajes; me llamó la atención un cartel con una serie de frases a cual más ingeniosa que semejaban libertad al hecho de corretear por ahí sin reloj ni teléfono: «¡A tu aire!». Yo, cautivado por la ocurrencia, la repetí a lo bobo: una liberación de mentirijillas. Por supuesto, Faustino admitió la broma en plan meloso; castañeteó las tijeras para animar a los fieles, «Vale, cortito», y las empleó veloz, con la pericia habitual; él es así, también conocía de antemano la propina.

Se acercaba el mediodía. Cielos despejados y sol rumboso, capaz de prometer así como así, de balde, los mejores deseos. Quizá por eso, recién pelado y loción fresquita en la nuca, me sentía amparado por el optimismo. Aunque todavía me zumbaran en los oídos las anécdotas del periodista. «Y las que te quedan por oír», me advertí sabiondo para, dados los antecedentes, reservar paciencia.

Me habían citado cerca del puerto deportivo, en una tabernita situada en el encuentro de una corta avenida con amplia acera, entorpecida por algunos bancos de piedra y por el muro ciego del pabellón de acceso al aparcamiento subterráneo donde esperaba mi coche, y una calle amenizada por la llamativa alegría de macetas en los balcones. El local, muy aireado por sus dos puertas esquineras, era minúsculo y aquellos dos tíos, grandotes ellos, apenas si le dejaban sitio al taburete recién liberado de un feligrés que se despidió del dueño por su nombre y con los ojos como candiles, al ocupado por un meditabundo que de vez en cuando nos ojeaba atarugado desde el extremo de la barra, y al exiguo espacio donde podía moverme. Cuando llegué compartían vino y lo acompañaban con un bocado de caballa en aceite. Me recibieron bien, con amplio apretón de manos y la inmediata invitación, sin derecho a réplica; y allí estuvimos, consumiendo a brazo partido con el tabernero, amigo de ellos. Cuando el vino caldeó la confianza, se admiraron de mi trabajo: «¡Detective privado, humm…!»; después, les entró la curiosidad y me hicieron preguntas, requirieron anécdotas (yo les solté alguna, más o menos verídica, la cosa iba de broma), me compararon con algunos héroes de novela, muy manidos, pero el tema rodó poco, se agotó rápido el interés, y siguieron en lo suyo, el buen humor que se traían con el tabernero. Uno de ellos eran biólogo; el otro, militar. Comprobaron la hora, pagaron lo consumido y se despidieron del amigo, que los vio ir con ojo melancólico.

Alto, galano, la blanca guedeja con suave ondulado tapándole la oreja, sahariana de color cáñamo y náuticos marrones, caminaba el biólogo sonriente y despejado. El militar, cazadora azul marino, pantalón gris, esmerado corte de pelo con remate de flequillo canoso, rostro severo y bigote recortado a la precisa anchura del labio, los zapatos al brillo, de suelas blancas y moñas exactas con herretes, no le restaba elegancia a su estatura la rigidez de una pierna. Yo, entremedias, un tanto desplazado asistía al diálogo.

–En cierta ocasión desgraciada, un joven y bobo capitán se acercó a una bomba cuando iba en misión de rescate –se rechiflaba el biólogo–. Tuvo suerte y lo rescataron a él.

Y miraba de refilón, sonriente, para expresarme que satisfacía así mi (inexistente) curiosidad por el intríngulis de la cojera; aunque la broma era particular, terreno vedado, yo quedaba en mero oyente.

Y oí al militar:

–Desde que comes la porquería de algas que empaqueta tu empresa, te has vuelto un resalao –le replicaba, de buen talante–. Escucha, inepto aprendiz de iconoclasta –se plantó y alzó una mano, hálito vinoso y dedo índice al cielo–: Hombre, solo un hombre es el soldado, dispuesto siempre a la misión…

–…De entregar su sangre con honor –interfería el biólogo.

–…de entregar su sangre con honor. Honor que es y será siempre su vestido –impertérrito, muy cantarín en los acentos, proseguía la soflama el militar–. Con otras palabras mejores, ¡sublimes!, las cantan los reclutas en los cuarteles…

–¡Ta, ta, ta…! –porfiaba el biólogo.

–…lo dice el gran Calderón, poeta y soldado. Y ahora con orgullo las cantaría yo. Pero no te lo mereces, ¡so merluzo! –casi gritó, en el ruido de la avenida, y se ahuyentaron, distraídos, unos turistas que llegaban.

–Cerebro mojado… –aguijaba el biólogo.

–Nos tienen apartados y desconocidos de la población –se lanzaba el soldado con brío corajudo sospechosamente alcohólico–. Según corran los tiempos, a los militares nos glorifican o nos desprecian, ya lo glosó de Vigny. Hoy somos unos pintamonas. Y nos suman, en la misma postergada montonera, a los grandes de la ciencia y de las letras. Los unos cuidan la salud del cuerpo. Los otros, la del alma. Nosotros, que cuidamos la salud de la pa… –un bronco acceso de tos le cortó la palabra–. Valen más, muchísimo más… en los tiempos que no tocan, la vocinglera cohorte… –nuevas toses y carraspeos.

–Mucha cerveza fría –diagnosticó el biólogo.

–…pedigüeña de politiquillos chusqueros y oportunistas, meritorios sobrevivientes del cainismo de partido… ¡jum!, ¡ejem! –se esforzaba.

–No te inflames, Marianín –lo frenaba el biólogo–. Tú eres un gran soldado. Un laureado por la Patria y por la Humanidad.

–Prefiero tu burla al piropo… ¡jum!, cofrade fiel de los imbéciles… ¡ejem! –se le encasquillaba el insulto en la garganta a don Mariano–. La miel destruye al soldado…

Lagrimoso, con el puño tapándose la boca, se destosía el militar.

–¡Ay, quién gustara ciertas mieles! –tergiversó con burla el biólogo–. Aún me verdean las ramas, la verga de mi velero enhiesta aguanta y les acude en busca de amparo alguna avecica que otra –me guiñó cómplice–. Es así –reafirmaba inocente lo inevitable, y se encogía de hombros.

HG MANUEL

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sábado, 2 de julio de 2022

  • 2.7.22

–¡Buf!… Sí, bueno, ninguna de sus preguntas conduce a sitio concreto, y alguna ni merece ser tenida en cuenta. A veces, fijarse en lo simple, en lo cercano, en lo más obvio, da resultado; pero comprendo que no lo tenga fácil, ¿eh?, al menos con lo que yo pueda aportarle. En fin, empezaré por la última. Esto… Castilla y yo nos vimos por última vez hará cosa de… espere… ¿diez años?… no, algo más, y fue en los juzgados. Acudía yo a declarar ante el juez por la denuncia de un mafioso local que me acusaba de haber publicado unas conversaciones, obtenidas de modo ilícito, según él, y así se lo comió el juez, un acojonado, porque el miedo es también otra forma de corrupción, ¡si hubiera visto cómo le temblaban las manos al desgraciado cuando el asesino lo miraba! Castilla se presentó allí, como otros amigos, para mostrarme su apoyo y hacer piña; detalle ingenuo, muy sincero, que tienes que agradecer; aunque, vamos, ¡je, je!, completamente inútil, porque el trago te lo bebes tú solito. Así que, tuvimos ocasión de charlar en el pasillo durante la espera; y si me pregunta de qué, ni idea, ya no me acuerdo. Desde entonces ni he vuelto a verlo ni a saber de él. Tuve mis problemas: estaba amenazado, tenía que andar protegido y alguna que otra temporada, entre aviso y aviso de la policía, debía desaparecer. Añada que también denuncié, por cierto, con la ayuda de un colega suyo, los negocietes y aleluyas de algunos políticos locales, sobre todos el interventor del Ayuntamiento en aquel entonces, ¡menudo pajarraco!, protegidos por sus partidos, los mismos que presionaban para aferrarse al timón del periódico. Ya se puede imaginar el clima; así que, debido a ese ambiente de indiferencia: la impunidad que otorga el borreguismo generalizado, empezaron a fallar las cuentas y mi periódico tuvo un recorrido de mucha dificultad. Estas semillas, por mucho que te la juegues, caen en baldío, se las lleva el viento; sin raíz no hay memoria, y si tú no te fajas, si no espabilas y te reinventas, está níquel: te quedas en la cuneta. Bien, no sé qué más puedo decir que de algún modo le sea útil. No es bebedor, y lo sigo creyendo a pesar de lo que usted afirma que le han dicho, que no lo dudo, ¿eh? No es mujeriego, huye de la bronca, nunca lo vi apostar…. Siempre fue amigo de sus amigos; esto es como afirmar que el agua moja, ¿entiende?, aunque no creo que tenga muchos, su carácter retraído lo impide… –un breve silencio–. Y no le conocí amenazas ni deudas, y tampoco a nadie que lo quiera mal. El único defecto, digamos reseñable, que yo le encontraba, no resulta tan fácil achacarle defectos a alguien tan plano, es el orgullo. Castilla es un tímido orgulloso, y eso perjudica a quien lo padece, porque sumarle orgullo a la timidez es una desgracia. Y sé de lo que hablo, he sido testigo. ¡No me fastidies! –se gritó o le gritó a alguien.

La nueva interrupción me sugirió un zumo de naranjas; fue corta y me quedé en la intención.

–Mire –volvió a la carga–, ese defecto, amén de que es cero ambicioso, le ha quitado muchas oportunidades, y aquí ponga lo que quiera. Por un malentendido sobre que yo lo había menospreciado… Mire, le cuento, así me entiende. Se inauguraba una galería de arte y tenía que entrevistar al dueño, el distinguido hijo de Luca Ursino, el muy distinguido marchante de arte renacentista. Como la materia artística nunca ha sido lo mío, recurrí a Castilla, él sí muy puesto en ella; por entonces, yo había abandonado el piso, nos veíamos poco. Casualmente, él pasaba una mala racha; su padre había caído gravemente enfermo y el enorme gasto médico mermaba la mediocre economía familiar, el sacrificado ahorro de la madre no daba para enviarle dinero suficiente… En ese día, por lo que fuera, no había comido y aprovechó la circunstancia, se quitó el hambre asaltando las bandejas de canapés que paseaban por la sala, y yo lo animé, la verdad. El galerista se dio cuenta y soltó una gracia ante el grupo de invitados: gente guapa, farándulos, algún político, los hay a granel, y algún cuñado, que tampoco faltan… Yo, por quitarle importancia, creo, reí el comentario, más despectivo que gracioso, encantado de seguirle la onda a una rubia, je, je, que se mondaba a mi lado. Pero, fíjese… paradójicamente, un momento de bohemia auténtica lo avergonzó. ¡Sí, que sí…! ¡Me vale, sí! –se interrumpió de nuevo para gritarle a alguien.

Oí murmullos, el consabido tecleteo, un rechinido y a él alejarse.

Suspiré; me masajeé la nariz, me froté el cogote. Le oí volver.

–Ya le digo –prosiguió–, no soportó el bochorno y escapó de allí como alma en pena. La vergüenza, el ridículo son sentimientos que el bohemio desprecia porque carece de orgullo. Pero los tímidos como Castilla se protegen, precisamente, con el orgullo. A cuenta de aquello se interrumpió nuestra amistad. Y quedó latente hasta que un día apareció por el periódico para elogiarme un artículo. No es rencoroso, le sanan las heridas, ¿sabe?, ni mencionó lo sucedido, y yo lo acepté. Por otro lado, los tímidos dan en ingenuos, le pongo otro ejemplo, venial, ¿eh?, hoy tengo el día. Este sucedió mucho después; yo dirigía un periódico y él ya era profesor… Verá, yo destapé un asunto delicado: comisiones, sobornos… con un hilo muy largo, y mantenía la exclusiva. Pero un importante medio nacional quiso pastelear el asunto según un determinado interés político. Así que, so pretexto del halago: quisieron distinguirme con esos colgajos de periodista sagaz, independiente, etcétera, enviaron a uno de sus redactores para entrevistarme. Se dio la casualidad de que hablaba con Castilla en mi despacho; yo le comentaba someramente el asunto. Así que, aprovechándome de su visita, lo presenté al periodista haciéndole creer que Castilla era buen conocedor del asunto. Y allí los dejé, a solas, je, je. La estratagema duró cinco minutos, lo que el enviado, un tío experto, necesitó para asumir la pamema. Castilla necesitó el frío del tiempo para olvidar la broma. Orgullo, nada más; eso sí, distinto al rencor. Por otro lado le sumo el asunto con una filipina, o no era filipina y la tía trabajaba en una ONG filipina, no recuerdo bien, del que salió trasquilado: le costó sufragar algún viaje y otros gastos… inconcretos, dejémoslo ahí. Yo le advertí pero fue inútil, él no atiende a otra razón ni criterio que los suyos. En fin, no entro en más detalles porque a usted no le sirven ni le interesan; solo sirven para que se haga una idea del ingenuo intransigente que es. Un impulsivo; se cree lo que le dicen y no averigua lo que debe antes de echarse al agua, sobre todo si enredan por medio los sentimientos.

–Hombre obstinado… –insinué.

–Evidente, sí.

–Y parece que bastante crédulo.

–¡Je, je! Sí, un pardillo, no se corte, acabo de decirlo. Y añada testarudo, un cabezón de tomo y lomo. Y lo dejo, el tiempo se ha terminado. Ya le llamaré, tengo su teléfono, y me dirá cómo le ha ido, si no le importa –contenía la voz del periodista un tono liviano, saltarín, cercano a la indiferencia, que no supe calibrar.

–Puede que se haya decidido a desaparecer durante una temporada.

–Mire, eso le cuadra, sí. En fin, ha removido usted recuerdos que tenía olvidados. Y, mire, lo agradezco la llamada. Es agradable. Un soplo del ayer, je, je, en el ahogo de esta crisis que nos devora sin pausa, no me refiero a la economía. En el vendaval mediático, tan cambiante, el periodista que no venga de fábrica con el cuello de los pavos: largo, muy largo, cuanto más mejor, para que le vaya pasando y no lo ahogue la bola de incertidumbre, descontrol, degradación de la palabra, de la gramática, que nos ordena el pensamiento y, por lo tanto, el mundo, de los clásicos y obsoletos valores periodísticos… ¡Joder, me voy! –y se fue. Cortó su letanía y la línea quedó muda.

Yo me quedé abstraído; cotejé esto y aquello, removí la ensalada, le di unas cuantas vueltas al bolo y obtuve una conclusión: nada, o casi nada; era como ir dibujando, de oídas, con descripciones contrarias, un muñecote disparejo, desproporcionado. No entré en los amargos augurios del periodista: negro esbozo que yo achacaba a su situación (la desconocía, nunca había leído su periódico, pero su acre pesimismo me hicieron barruntarla). Mi problema exigía rapidez; el valor de mi tiempo lo pagaban otros. «Bueno, como el de cualquier atosigado», me consolé. Y, ¡plin!, me vino a las mientes la frase de Perals.

De camino hacia mi oficina, respondí la llamada perdida del comisario Borrego. Era una tontería ir al anatómico forense; en el servicio de identificación, tanto de la policía como del ayuntamiento, no aparecía registrada ninguna huella de Castilla; por tanto, «su cuerpo no ocupa ningún frigorífico». Aunque si quería regodearme un poquito, Gándara, un inspector de su confianza, me facilitaría el trámite.

Ahora fui yo el que lo mandó a hacer puñetas.

HG MANUEL

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sábado, 25 de junio de 2022

  • 25.6.22

–Ella, era ella –retornó la voz de Cardenal–. Encarnación, sí, no había duda. Vestía unos vaqueros muy ajustados que le sentaban de maravilla; una camisa abierta hasta el ombligo y con los senos… en fin; un collarón de dos vueltas y unas botitas con tacón de aguja; los ojos de ceniza y la boca púrpura… tanta exageración maltrataba esa cara tan noble y tan bonita que Castilla no había parado de buscar. Colofón: una fulana de libro. Pero una fulana postiza, incongruente, rara, casi de carnaval. Y para colmo, la acompañaba un tío mayor con pinta de manejar pasta. Mirábamos y mirábamos sin creerlo; imposible aquel cambio, tremendo. Una chica inteligente, que hablaba con propiedad de muchos temas, en especial de arte, Castilla lo refería maravillado; de presencia angelical, de no haber roto un plato en su vida; muy educada, algo tímida… De verdad, en fin, le digo que al desgraciado le faltó morirse. Ella, que venía de frente, nos vio y tascó el freno. Pienso que había premeditado el encuentro; pero fue tan de sopetón, que ella misma se llevó el gran susto. Sus ojos abiertos, tan abiertos, aún los veo, se fueron a los de Castilla y en ellos se estrellaron. Sentí el golpe, la catástrofe –describía, sensacionalista –, porque fue un choque tremendo de… de… de almas. Presencié el dolor, y que sufría, y que estaba herida en lo más hondo… y tan desesperada como él. Debió arrepentirse, en el acto, de pasar por allí, a sabiendas de que él… ¡En fin! A veces el azar te concede lo que quieres y te hunde. Recuerdo… ¡ejem!, que el encuentro fue delante de una tienda de modas. Ella señaló y le dijo al tipo que entrara y le comprara un sombrerito algo ridículo que había en el escaparate, esto sin dejar de mirar a Castilla con una media sonrisa irónica que era un grito. Imagínenos: él y yo clavados en mitad de la acera, estupefactos, quietos como piedras. Volvió el atildado monigote y ella lo despreció: ya no quería el sombrero, que lo cambiara por un bolso elegido a boleo; y el tío, un cabestro que obedecía como un zarandillo, esto era curioso, agachó la cabeza y regresó a la tienda. Cuando volvió, ella lo cogió del brazo, le dio un beso como el que le da de comer a un perro, soltó unas risas muy sonoras, distorsionadas, muy ordinarias, y se largaron. No sé cuánto duró aquello, pero la sensación fue de… la eternidad consumida en un segundo: Castilla muerto y yo intrigado, creo que el espanto le impedía llorar. Fue un encuentro provocado, lo repito porque estoy convencido. Sí, para una renuncia y despedida en toda regla. Ella parecía que le dijera «Mira y mírame bien: esto es lo que AHORA soy. Ya lo sabes. Así que… ¡largo! ¡Hasta nunca!». Aquello no se podía explicar de otra manera. A Castilla tuve que llevármelo porque era un muñeco. De regreso, mudo y desorientado, pálido como la cera, tomó y tomó sin saltarnos un bar, pagué yo, él no se enteraba, y cuando llegamos al piso cayó redondo. Fue trágico… y simple. Un dolor inesperado y gratuito, a la vez grande y vulgar, absoluto. Esto parece contradictorio pero no lo es; cuanto más… impensado o arbitrario, más tremendo resulta un suceso. Y también le añado, no sé, un daño terrible tenía que haber sufrido aquella chica, el cambio no se explica de otro modo. Nunca volvió a verla, que yo sepa. Yo, tampoco; y mire si he dado vueltas por ahí. A él, lo recuerdo ahora, quizá le sirva, le nació una costumbre que ignoro si ha perdido: daba largos paseos solitarios. Nunca supe a dónde iba, no lo contaba.

Yo escuchaba el episodio, que trascendía el liviano interés de una anécdota, con una incipiente simpatía por el desaparecido, con una rara inquietud. Algún fantasma lejano se propuso invadirme la mañana…

–Volvió a beber –apunté.

–¿Castilla?

–Sí.

–Quizá otro desengaño, ¡je, je! Aunque dos como aquel no le caben a nadie. Usted parece bueno, a lo mejor lo contrato un día de estos.

–Cuando a usted le parezca. ¿Y cómo termina la historia?

Tecleo, chirrido de silla, lapsus, chirrido de silla, tecleo…

Y gasto de paciencia, más paciencia.

–Se centró en sus estudios: la licenciatura, la tesis… Después consiguió una beca y se marchó de lecturer, creo que se dice así, a Norteamérica, a Maine, no sé, y por allí anduvo unos años dando clases de literatura en la universidad. Una fuga de sí en toda regla, es mi opinión. Años más tarde le pregunté por la experiencia y me respondió, literal: ¡Una payasada! No sé qué le ocurriría por aquellas tierras, a él le pareció una pérdida de tiempo; algo me contó con el marchamo de vida estúpida, sin objetivo ni futuro, un ir por ir que desconectó su ritmo, su mundo; no mencionó a la familia porque ya no le quedaba, salvo algún pariente lejano, creo. Esto es lo que recuerdo.

–¿Y no recuerda algo que pueda ser útil para encontrarlo? –a lo tonto, se me escapó la impaciencia.

–Parece que he hablado por hablar, ¿no? –y dejó de hablar. Tecleaba, murmuró algo.

Prieta la mano con el teléfono, permití que la impaciencia me siguiera mordisqueando.

–¡Oiga…! –volvió–. ¿Se le ha olvidado aquello de quién, cómo, dónde y cuándo? ¡Je, je!, perdone, perdone. Verá, en mi profesión me he rozado con muchos policías; también, con algún detective privado, yo mismo he contratado alguno, y sé lo que el mercado ofrece; sin segundas, ¿eh? Pero, si puedo ayudarle en algo, usted dirá, concrete su pregunta, la que me ha hecho es… ¿ambigua? Me obliga a estrujarme la sesera, y es usted quien debe hacerlo. Le puedo dedicar… no más de diez minutos; bueno, ya son casi cinco, enseguida entro en una tertulia política.

También el periodista, como el abogado, me afeaba las preguntas. Y tenía razón; pero estas cuatro, de manual, que él planteaba, aún no había encontrado a quién hacérselas. Un ciudadano corriente, con sus peculiaridades, como todos, que considera a un policía como a cualquier otro funcionario, al que se recurre cuando te sacude la mala suerte o para resolver un simple trámite administrativo, de buenas a primeras desaparece, sin motivo, y nadie sabe dónde ni cuándo ni cómo ni porqué. Todos los amigos de Castilla, incluido el periodista, mantenían con él una relación esporádica, en muchos casos con intermitencias de años, de modo que la información obtenida refería el pasado, con vagas alusiones al presente, a sus actuales circunstancias –salvo la aportación de la profesora, más actual aunque escasa–. Faltaban los detalles, la cercanía, la inmediatez…Paso a paso tenía que ir acotando el terreno; buscaba la senda y la vibración del hallazgo, un tanto a ciegas, como el zahorí. Solo tenía un montón de cromos viejos, desfasados.

–Pues entonces, probemos, a ver si atino –continué, en tono jovial o parecido–. ¿Le conoce alguna relación? ¿Costumbre inveterada? ¿Un sitio especial, favorito, que visitara o al que le gustaría o tuviera proyectado ir? ¿Enemistades, amenazas? ¿Cuándo vio o habló por última vez con el señor Castilla?

HG MANUEL

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sábado, 18 de junio de 2022

  • 18.6.22

–Pues aprovecho y le pregunto. ¿Tiene algún problema… emocional el señor Castilla?

–La preguntita… Mire, y quién, no. Yo hablo de actitud. De cómo se gobierna la ambición. De cómo se entra y se sale de… ¡Bah!, mala idea, déjelo, se despistará –se hartó. Era un tipo nervioso el periodista.

–¿Era bebedor el señor Castilla? –insistí.

–Tanto «señor»… Si le oyera el tratamiento, y tan seguido, seguro que desconfiaba de usted. La verdad es que se las ha cogido, pero no se le puede llamar «bebedor». La juventud es la juventud, y la madurez, pues la madurez. Con esta tontería le digo que de jovencito: estudiante, aspirante a escritor, iconoclasta… con la sopa de ideas que le he descrito, pues se las cogió. Y no por gusto, le entraba mal la bebida; era imitación, pura imitación. Sume a la confusión las maneras del bohemio, a lo Valle-Inclán, porque había leído la biografía escrita por Gómez de la Serna, y a otro… a Cansinos-Asens, los tenía muy manoseados… También probó del agua turbia de Miller, pero ni de lejos se acercó a sus trópicos. Sólo era ingenuo, le repito, un muchacho muy educado que se esforzaba en no parecerlo y a veces se aturdía. Mire, le pongo dos ejemplos. En el primero está lo que él llamaba, secundado por otro que tal bailaba, un amigo suyo, un tal… Hernández, creo…

–Hernández, sí.

–¡Ah!, ¿lo conoce?

–Y le sigue dando al frasco, si hablamos del mismo Hernández.

–Pues le envidio el hígado, a su edad… que será la mía, por cierto. Porque dos Hernández distintos y coincidentes en lo mismo no puede ser. ¿Y él no ha sabido decirle…?

–Me ha dicho, pero no suficiente.

–Lo siento, por usted. Bueno, pues sigo con el primero de esos ejemplos. Le hago la crónica… –se sucedían lapsos, breves caídas de voz, ocupados por ráfagas de tecleo–. Con este, Hernández, un latoso, solía aparecer por nuestro piso y yo los acompañé alguna vez, se iba de tertulias literarias por algunos cafés, todos antiguos o meramente viejos: toque imprescindible era la costra de mugre, y empleo el plural porque duraban en cada sitio lo que el dueño tardaba en hartarse de sus alborotos y largarlos. A ellos acudía la tropilla de letraheridos dispuesta a moquearle la saya a las musas; y allí, entre discusiones, gritos y flatulencias, se cogían la cogorza, tradicional finura, ya sabe, del talento literario. A este repetido ejercicio ellos lo llamaban, asómbrese, el «ibídem literario», y eran de coñac, siempre, y no me pregunte el porqué de esta preferencia, ni del nombrecito absurdo si se tiene en cuenta las veces que cambiaron de local. Los «ibídem», muy de pipiolos, pasaron y ya. El segundo ejemplo de borrachera, una sola y muy seria, es de naturaleza distinta. Verá, le cuento; aunque esto ya no le importa a nadie, y lo conserva mi memoria por extraño y doloroso, un residuo, me lo explico así, del propio hastío de vivir –«¡Vaya!», me dije, «se me ha puesto trascendente el periodista»–. Era nuestro último año de carrera, la exigencia profesional comenzaba a imponerse, yo había realizado mis prácticas veraniegas, ensayaba mis primeros artículos, algún reportaje… Bien, pues casi todos los días, después de nuestra sesión de estudio, a la anochecida, antes de ir al periódico para ganarme el puesto, que diría Pulitzer, no se ría, solíamos darnos una vuelta por la zona; allí nos tropezábamos con amigos, compañeros de estudios, algún ligue y demás… –Lo interrumpió un golpe: el teléfono.

Chirrido de silla, pasos. Silencio.

–¿Oiga? –musité.

La comunicación seguía: unos golpecitos, intercambio lejano de voces… Uno, otro minuto. Decidí que podía aprovechar para concertar otra cita; aún me quedaban por entrevistar algunos de los firmantes del contrato. Usé el otro teléfono, la conversación fue breve: aquellos señores, los últimos de la lista, degustarían una fraternal comida a bordo de un yate «en mitad de la bahía». Pasos que llegaban…

–Perdone –fue su explicación–. Le decía… Sí. Había una chica, guapísima por cierto, que estudiaba historia del arte, con la que solíamos coincidir en uno de aquellos bares, no recuerdo el nombre, de inmediato convertido en parada obligatoria. Ellos se hacían ojitos y se decían sus cosas, siempre a distancia. Se habían encontrado, ¿comprende?, un flechazo. Un buen día hubo pie y Castilla venció su timidez, lo ha sido siempre, un tímido, ¿eh?; se le acercó, digo, y hablaron, con mucho caramelo; tuvieron su aparte, ya sabe. Entonces, alguien, un amigo de ella, el clásico metepatas inoportuno, se presentó, los interrumpió y destrozó el encanto; gracias a ese merluzo no pudieron concretar. Pero no importaba, lo harían al día siguiente; lo capital era que ya se conocían: habían hablado y se gustaban, era evidente. No he visto persona más feliz ni con tantos proyectos ni… ¡Lo que puede la ilusión! Volvimos al día siguiente. Ella no estaba; esperamos, primera decepción. Repetimos; él se quedaba y yo me iba. Al rato volvía y se encerraba en su cuarto, ni media palabra. Así, todos los días, una semana y otra. ¡Decepción, dolor, alarma, qué sé yo! Pasaron unos meses, nuestras rutinas y tal. ¿Y dónde buscarla? Castilla desesperaba. Sólo sabía que estudiaba arte y se llamaba… pongamos un nombre… Encarnación, o Maite, o… bueno, convengamos en Encarnación. Sé que también la buscó en su facultad, pero no dio con ella. Después, un día… entre semana… por la zona, como siempre… él esperanzado, y empeñado en no perderse una cara de chica… ¡pumba!, nos la tropezamos. No se imagina el golpe, la conmoción. Fue eléctrico, una descarga. Quedamos paralizados…

Y se paralizó la línea. ¡Otra vez! Me entraron ganas de mordisquear el teléfono.

Me levanté, di unos pasos por la habitación (no cabían muchos), solo ida y vuelta; fui a la cocina, llené un vaso de agua, di un sorbito… Volví, agarré el teléfono: un zumbidito… Solté aquel aparato mudo, me estiré un dedo, respiré profundo antes de volver a cogerlo… Y, por fin…

HG MANUEL

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sábado, 11 de junio de 2022

  • 11.6.22
Serían las siete de la mañana de un día que se anunciaba esplendoroso, cuando me importunó el señor Flores; se escuchaba un zumbido, un martilleo, el zumbido, el martilleo, y así, a ritmo, mezclado con voces. El hombre ya viajaba (a juzgar por el ruido, en un tren), tal como afirmara la noche anterior.


Entre desayuno y ejercicios matinales pasó el tiempo y llegó la hora, prudente me pareció, de llamar al periodista. Respondió Cardenal con inusitada rapidez. Le expliqué el caso y enseguida se avino a colaborar.

–Espere, un momento –me ordenó, todo dinamismo.

Y lo hice durante no menos de diez minutos, que pasé entretenido en cambiarme el teléfono de oreja.

–Perdone –se disculpó, de aquella manera insustancial, sin concederle motivo, cuando le daba otra vuelta a mis notas y la oreja correspondiente ya comenzaba a protestarme–. Tenía que comprobar la fuente.

–Lejana pero es muy buena: el mismísimo señor Flores –le seguí el tono–. Creo que anoche lamentó su ausencia.

–Seguro que sí, pero no quise aguarle la fiesta. Asistía cierto caballero con el que tuve que ver no hace mucho tiempo.

–Apuesto a que sé quién es.

Escuché una risa alegre, infantiloide, espontánea.

–Parece que es usted un buen detective –ironizó–. Pues sí, el hombrecillo se hace notar mucho, es un gran… –y le volvió la risa–. Flores me cae muy bien; yo comprendo que tiene que navegar entre dos aguas, pero está haciendo una labor maravillosa con lo poco que va quedando del patrimonio histórico, y no lo tiene fácil. También es amigo de Castilla, desde la infancia.

–Lo sé, me lo ha dicho.

Enserió la voz y me pidió que le informara.

Lo hice someramente, haciendo hincapié en aquellos puntos que me interesaban. Él permaneció a la escucha, entre curioso y genuinamente interesado.

–A Castilla no le ha pasado nada que sea distinto a un accidente. Todo lo demás quíteselo de la cabeza.

–Lo afirma con mucha seguridad.

–Solo es una opinión, creo que fundamentada. Nos conocimos en la universidad, compartimos piso, y puedo asegurarle que es una de las personas más sensatas que conozco. De joven tuvo sus veleidades, presumía de espíritu aventurero y tal, como yo, ¿y quién no a esa edad? También le digo que Castilla era un revolucionario, teórico, se entiende, como la mayoría de los universitarios: cambiar el mundo, ¿le suena? El instinto juvenil, atiborrado de ídolos mal digeridos, pretende que le abran la puerta dándole sonoros puñetazos al aire. Es lo de siempre. Hoy, los ídolos son más livianos; algunos, francamente miserables o detestables o…

–Le noto pesimista –corté la retahíla.

–Soy periodista y ya; prolongo la mirada de quienquiera mirar, hasta el detalle más sucio, o estúpido, o trágico –¿por qué no añade «limpio», me pregunté–. Esto que le digo, contra lo que parezca, es mera descripción. La juventud desaparece y quedas integrado en el sistema, que es siempre variable, en continua tendencia. Castilla era un alma solitaria, y resulta que su afán de aventura se resolvía en su interior: imaginando. Leer, pensar y escribir; nada que fuera más allá. Le cuadraba muy bien ganarse la vida como funcionario, ¿comprende?, toda su aventura era interior, je, je…

–Algo así me comentó el abogado –cada poco, su voz se apartaba, así que esto no debió escucharlo.

–Entonces –continuó–, pues fíjese que, tras la licenciatura, incluso mucho antes en mi caso, yo opté por mi vocación, con todos sus riesgos, porque nunca fue fácil, ni lo es, ni lo será, eso está níquel; en cambio, él eligió hacer oposiciones. Aunque tuvo sus épocas, como todo el mundo. En los primeros años de universidad le entró la fiebre inmoral, a lo Henry Miller, y le dio al frasco, al porro y a la vomitera; pero muy temperado, muy borreguil. Después pasó a lo amoral, ya ve, de todo se prueba: Sartre, la Beauvoir, Garaudy con sus bandazos, etcétera; pero yo creo que se decantó más por Camus, este sí le sirvió de guía. Hasta que descubrió a Ciorán, aquí ya se puso insoportable. El existencialismo, la carga de pesimismo… ¿Recuerda? –pregunta retórica.

–Más o menos –dije, para interrumpir, se estaba alargando.

Pero él continuó, imperturbable:

–Le estoy hablando de fiebres, las del estudiante que descubre mirillas para contemplar entre admirado y entontecido las nuevas y fascinantes intimidades del mundo. Castilla quería ser escritor, poeta es más concreto, lo soñaba; todo lo demás era secundario, salvo la inclinación por sus estudios. Siempre tenía libros esturreados por la habitación, no sé cuántas fichas de varias bibliotecas. Aparte, en especial, ya le digo, la poesía. Se deleitaba con los Machado, con Dámaso Alonso, Aleixandre, con su amado Unamuno… quizás los imitaba, se decía alumno de ellos, sin olvidar a Lorca ni a Salinas ni a Rilke ni a León Felipe ni… ¡buf!, por supuesto, a su amadísimo Virgilio, en latín, naturalmente. Aquí me paro, y admire la sopa. Vivía con la fiebre y no paraba de emborronar folios, cuartillas, cuadernos, que amontonaba en carpetas. Yo le pillé alguna, con su tolerancia más que con su consentimiento, y reconozco que no lo entendía del todo, pero rebosaba talento, lo tengo meridiano, ¿no? Y porque me acordaba le ofrecí después una colaboración en mi antiguo periódico. Me dijo que estupendo, creí que muy animado. Y cómo no, pues que lo fue dilatando, me daba un montón de excusas y así rodó la cosa: nunca llegamos a nada. Algo sicológico, sin duda; y esto se lo apunto, tantee por ahí. No sé qué habrá hecho con todos esos borradores. Si los ha perdido, si los ha quemado o si los guarda en un sótano. ¿Usted le ha leído algo?

–No.

–Pues yo, aparte de borradores y un librito juvenil, tampoco.

–Le publicaron otro, dedicado a la muerte de su madre.

–Su madre, una mujer delicada, muy atenta. La recuerdo ofreciéndome una hospitalaria copita de anís y unas pastas servidas en un platito con banda azul. Su casa era de una humildad resplandeciente, todo sencillo y exacto, con ese olor a diáfano que yo asocio al de lavanda. Algo de todo eso impregnaba a Castilla, créame. No sé si lo conserva, je, je. ¿Otro, dice? ¡Ah, sí, claro, que tonto, aquel libro! Pero no llegué a leerlo, no recuerdo por qué. En cambio, no he olvidado que él sentía predilección por una pequeña editorial. Autores escogidos, edición muy cuidada, tapa dura, respeto al texto y demás. Nueva pero ya de éxito en nuestra época; terminó engullida por un grupo editorial que la ha vulgarizado. Envió uno de sus poemarios; le puso fe, me consta, pero le devolvieron el trabajo con una carta de agradecimiento. Una decepción, quizá definitiva; no tengo noticia de que volviera a intentarlo. Perdió el interés, en publicar, no en escribir, eso nunca. Hay quien no baja el listón que se impone, no sabe, y luego llegan las consecuencias –dejó que me las imaginara.

HG MANUEL

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sábado, 4 de junio de 2022

  • 4.6.22
–No me haga usted caso ‒rechazó el señor Flores, despabilado así mi airado ensimismamiento‒. ¡Ah!… algo se me olvidaba –me señaló, de broma o enigmático–, le daba vueltas… y lo acabo de recordar, puede que le sirva. Él, Cardenal, el periodista, resulta que es amigo de Castilla, surgió el tema en una de las tantas conversaciones que hemos tenido. Pienso que si habla con él quizá pueda informarle de algo que yo desconozca. Particularmente, yo necesito esos encuentros con Castilla, nuestros amables intermezzi, casuales, esporádicos, en cualquier parte: paseando una calle, sentados en una terraza… Recuerdo, me resulta inevitable, cuando venía con los otros a jugar a casa después del colegio, que organizábamos, más bien los organizaba yo, campeonatos de fútbol: cada uno elegía el nombre de su equipo favorito y disputábamos con mucho entusiasmo en el pequeño futbolín. Yo anotaba los resultados en una libretita, sumaba los puntos y llevaba al día una tabla clasificatoria. Quería ser periodista deportivo, mi gran vocación; de hecho, mi primer libro, publicado por la editorial Balmis, ¡el gran don José María!, fue una modesta historia del deporte local. Existe algo entrañable entre nosotros, todos…


«¡Ya estamos!» me sublevé, harto de tanta historieta, párrafos y parrafadas; aunque mantuve la cara de palo, a duras penas disfrazada de interés.

–¿No cree que pueda estar de viaje? –lo interrumpí, muy seriecito.

–¿Castilla? Pues… no lo sé. Le recuerdo, éramos muy jóvenes, una frase nada original: «Si adónde vas te llevas, entonces para qué ir», y no se me olvida porque es tremenda, mucho más en boca de un crío. Tal vez se la inspiró algún desengaño o… el consabido hastío juvenil; pero sigo creyendo que contiene todo el tedio del mundo, y algo de esto, como diría… contamina su vida, o yo lo presiento así, desde entonces. Él siempre tuvo algo de fatalista, y con ese ánimo… pues, qué quiere que le diga, muy lejos no se puede ir. Además, Castilla es, a su manera, un tímido; quiero decir que prefiere el segundo plano, y rehúye la evidencia. Exponerse, contra lo que parezca, conlleva responsabilidad, a veces mucha, pues contraes compromisos, ineludibles; más exigentes, o mortíferos, los públicos –secreteó (o, reiterativo, se justificaba), y contra mi esperanza de que cesara la monserga–; y aunque parezca figureo…

Yo volví a interrumpirlo.

–Entonces, si usted cree que no se ha ido de viaje…

–Yo no he afirmado…

–…tal vez se haya recluido en algún lugar, lejos del mundanal ruido, para escribir, leer, meditar, o buscar a una…

–¡Ah, eso está muy bien visto, sí, muy bien! –fingió animarse, así lo noté, el señor Flores–. No se me había ocurrido, cuando es de lo más obvio, claro que sí.

Se venía alzando un pequeño revuelo cerca de la puerta. Fue entonces cuando la dinámica catedrática de historia antigua, la avezada y rubicunda amazona, llegó para interrumpirnos; afanosa, refregándose las manos, me orilló de su alentadora sonrisa, dedicada entera y vera al presidente.

–Francis, cariño –melindreó–, la Importante ha llegado. Viene con todo su séquito, y no te enfades, incluye a un par de fotógrafos.

Presto, aplomado, se puso en pie el señor Flores y se ajustó la corbata.

–Por qué me iba a enfadar. Ya lo imaginaba, igual que tú. Sin perdón ni olvido –bromeó–, le daremos su buen coscorrón en el momento oportuno –le rozó el hombro con la punta de los dedos. Y prolongó el gesto en dirección a la puerta por donde los invitados, en pequeños remolinos, comenzaban a salir; me invitaba a seguirlos–. Puede asistir si quiere. Soportará una charla sobre la necesidad de unificar procedimientos metodológicos, ya sabe que cada cual concibe su proyecto, incluso político. Y hablando de coscorrones –conchabó a la rubia, y se sonreía dirigiéndose a mí–, otra cosa, urgente: se han hallado unos restos de muralla en las obras de ese futuro centro comercial… no recuerdo el nombre. La casualidad, una de nuestros aliados, más un chivatazo nos han puesto sobre aviso y queremos detener las obras; no dejaremos que la ambición destruya esta fuente, una más –peroraba–, que nos habla de aquel plan fundador de la ciudad, hoy tan maltratada por el egoísmo: una variante de la estupidez, y por otra de sus múltiples caras: la indiferencia de los idiotas, llamados así por los griegos, no crea otra cosa –me aclaró, sin yo pedirlo–. Veremos si lo conseguimos. ¡Ah!, le diré, por si le sirve, que en ocasiones, quizá las más inesperadas, Castilla carecía de tacto. Podía herir en lo más íntimo con una indiscreción, impensada, sin mala intención, por supuesto… Estas son las peores –se sonrió, y me dio qué pensar: me recordó a Hernández.

–¿Podría darme el teléfono del periodista? –le pedí, cuando la rubia catedrática ya lo tomaba por el brazo.

–Por supuesto. Mire… –tironeó de él la rubia–. No, si ya, querida Palmira. Si asiste al acto, se lo puedo dar cuando finalice; pero si tiene prisa o no le interesa, lo llamo esta noche o mañana a primera hora.

Sin decidir, aunque optaba por lo segundo, le entregué apresuradamente mi tarjeta. Los seguí despacio: el bullicio de los presentes los iba engullendo, y tomé asiento en la última butaca de la última fila; ante mí, en proyección de totilimundi, las espaldas y cabezas de los invitados, sobre el estrado el orador y la presidencia ornados con la figurería en caballeros y caballos de un enorme tapiz. ¿Me interesaba escuchar la aventura del documento? Cuando el primer asunto comenzó a enredarse entre la capacidad crítica y la creatividad científica, más otros adornos mentales de la arqueología, mi ignorancia, aliada con mi pejiguera, comenzó a echarme. Discretamente me levanté y salí.

Bajé la escalinata, alcancé a oír un leve trueno de aplausos –al parecer, oportuno, abandoné cuando comenzaba lo bueno–; dejé atrás la gran portalada, caminé bajo los árboles y farolas de la céntrica calle, y de buenas a primeras se me iba ocurriendo que el señor Flores, el presidente del Círculo para la Protección y Cuidado del Patrimonio, había esquivado algún encuentro indeseado o simplemente inoportuno fingiendo (ayudado por doña Palmira, catedrática y fiel guardiana) que estaba ocupado conmigo. De rebote, entretuvo la espera soltando el verbo pamplinero con disquisiciones teóricas, en plan de confidencia, sobre el altruismo y el provecho, no sé si tomándole el pelo en tono delicado y a base de bien a un candoroso detective.

–La realidad contra la idea… ¿Cuál ganará…? Siempre es bueno escuchar al que sabe… Aunque tengas la cabeza como un bombo… Tanta palabra y tan parva cosecha… –me iba diciendo, resentido o lunático, calle adelante.

HG MANUEL

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