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sábado, 13 de junio de 2020

  • 13.6.20
Recuerdos infantiles. Otro tiempo. Distinto. Muchas carencias. Pocos caprichos. Mucha imaginación. Tonterías las mínimas.  



Velas de mocos colgando que se limpiaban en las mangas de la camisa, que se ponía “más tiesa que la roilla de una cabra”, sabañones en las orejas, empeines en la cara, boqueras en las comisuras de los labios. Mucha calle, frío, calor, viento, sol…No había televisores, ni tablets, ni móviles, “ni casi de ná”. 

Una pelota de trapo y dos "pieras" en el suelo la portería, con una soga fina la comba, con trazos en el suelo la picarona o la lima. Un trozo de carbón o cisco y piedrecitas de dos colores la “quincarra”. El "paremacho", el lapo, el  pañolito o el salto la muerte.

Provocaciones, peleas y reconciliaciones. Rabiña, rabiña, tengo una piña, con muchos piñones y tú no los comes. Por aquí pasa el tren por aquí la vía, “furri pa toa la via”, haciéndose una cruz en la frente para dejarse de hablar enfadados. Al rato: “Choca esa mano…, el primer cochino que cogí por el rabo”. Risas y empujones.

Rabonas en el colegio. Felipas en las huertas. Incursiones por los olivares. El Sequero. Cazar con la red o el tirador (tirachinas). Las  Casetas. La Estación y las vías del tren. Jugar, jugar y jugar. 

Chucherías escasísimas pero muy valoradas; “orozules”, caramelos, cotufas, chochitos, pipas de melón o calabaza y chicles de los kioskos. Fama tenían las  paletas, los gallos, las viejas y las torres de caramelo rojo que fabricaba y sorteaba Verajhoy en una reolina de puntillas (ruleta) pregonando por las calles.

Había otras chucherías…, las mejores, las que nos ofrecía gratis la naturaleza. Con el tiempo comprendes el enorme valor energético, la inmensa carga de vitaminas, minerales, proteínas y fibras de estas otras chucherías. Mucho más sanas y más naturales que las golosinas actuales cargadas de “químicos”. 

Eran pocos los que eran capaces de gatear a lo alto de un pino para tirar las piñas, casi todos eran capaces de tostarlas al fuego para abrirlas y sacarles los piñones. Preciado tesoro. Por fortuna muy abundante el pino piñonero en los Alcores.

Fácil de recolectar las patitas, una planta pequeña parecida al cebollino, con una flor azul y un bulbo delicioso bajo tierra del tamaño de un garbanzo. Con sabor a cotufa (chufa). Había muchas en el cerro donde se edificó el colegio León Ríos y sus alrededores. Antes era y sigue siendo ahora el Cerro de las Patitas.

Conocían y conocen todos los niños el sabor de los vinagritos y como hacen la mueca arrugando la cara al mascarlos. Lo que no conocen son  los “caramones”, las raíces de las vinagritos con anudamientos blanquecinos, un poco menos ácidas y con más jugosidad que los tallos.

Pregonaba palodú un vendedor con las angarillas de la bicicleta llenas de raíces. Muchos jóvenes visueños en vez de comprarle preferían ir a la Cañá donde abundaban, finca que está en la carretera Brenes. Con una soleta cavaban y cuando descubrían la raíz tiraban de ella y cortaban en pequeños trozos que una vez limpios  mascaban para libar su dulce jugo.

Majestuoso se alza en un cerro alcoreño el algarrrobo. El árbol más emblemático de nuestro pueblo en la linde de la finca Las Merras (hoy factoría de Paviso) y la huerta La Milagro. Varias generaciones de visueños han disfrutado de sus algarrobas. Enraizado en uno de los puntos más altos de nuestro término se encuentra en la ruta de aterrizaje del aeropuerto. Dicen que muchos pilotos lo tienen de referencia para tomar tierra. Son muchos los algarrobos en nuestra comarca. Sus frutos las algarrobas son saciantes y dulces. Molidas nos recuerdan al Colacao.

Las bellotas se recolectaban cuando dejaban el verde para ponerse marrón y se desprendían fácilmente de su capuchón. Había muchas encinas en las lindes de los olivares en la parte norte de nuestro pueblo. Llegada a la madurez en otoño le tiraban piedras y caían como maná del cielo.

La mancha de una mora con otra mora se quita. Más dulces las negras que las blancas. Son una delicia en los meses de abril y mayo.

Mención aparte merece el palmito. La única palmera autóctona de nuestra zona. Es una palmera enana. Deshojando el troncho llegamos al corazón blanco y crujiente con sabor a nuez pero más fresco. Pelándolo se descubre la inflorescencia blanca que en El Viso le decían la “alegría” la parte comestible más apreciada que dará lugar a los racimos de palmichas, frutos menos dulces y más ásperos que los de la palmera datilera. Con sus hojas trenzadas denominadas empleitas, se hacían cestos, espuertas, macacos, quincanas, canastos, soplillos, esteras y otros objetos de artesanía.  

“Rana, rana, quien no cague ahora, luego le entrará gana”. Detrás de un "vallao" de pitas limpiándose con una piedra o un puñado de yerbas. Tan abundantes las pitas hasta hace poco y ahora muertas. Nunca se le negará al higo chumbo la “jambre” que quitaba en épocas pasadas. Dulces y energéticos. El inconveniente quitarle las puyas. Había que tener reparos y no hartarse porque “atoraban” y había que recurrir a las abuelas para desatascar con una lavativa, inyectando agua calentita en donde la espalda pierde su honesto nombre.

En todas las huertas las acacias al lado de la noria para dar sombra a la vaca que las movía dando vueltas. En primavera ofrecían sus flores blancas y cáliz marrón con un ligero sabor a leche y miel.